Aunque no escasean quienes afirman que a la larga es
recurrente y que su regreso periódico puede hasta predecirse,
no cabe duda de que la moda es un ‘modo,
estilo o uso pasajero –frecuentemente fugaz–
que se adopta en ciertos lugares’.
De su efimeridad da testimonio el dicho, muy popularizado,
de que “moda es lo que pasa de moda”.
El drae puntualiza: “…con especialidad en los trajes,
telas y adornos, principalmente los recién introducidos”; pero de sobra se
sabe que hay modas no sólo en los atuendos sino también en cualquier aspecto
de la vida social, cuando tal o cual práctica se pone en vigencia y se actualiza
por consentimiento público.
La dicción moda, en español, es herencia del francés
mode, a principios del siglo XVII, pero únicamente como, en
general, ‘el modo, el uso o la manera’. Sólo dos siglos después se comenzará
a usar la acepción moderna de moda, y sus derivados, modista, modistería,
y el “repetidamente reprobado” modisto, forma en masculino que se niega
a desaparecer.
En cuanto al latín modus, origen del francés mode
y de nuestro modo, en la lengua madre también significa ‘manera de
proceder o de acontecer’ y también ‘medida’. Su origen es el indeuropeo mod-o-,
de mod-, y éste de med-, ‘medir’, ‘tomar providencias’, y de
ahí médico y medicina, ‘arte de prever, prevenir y de curar
cualquier trastorno de la salud’.
Todo este exordio viene a cuento porque de unos treinta
años a esta parte se ha puesto en boga, esto es, de moda, el término
globalización.
Pero no en su sentido lato de ‘universalización’, sino
en el restringido de “tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse
alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales” (drae).
En economía política (en su tiempo llamada crematística)
la globalización consiste en el libre intercambio de bienes y servicios entre
todos los países del mundo (de ahí el concepto de ‘aldea global',
en oposición al de 'economía de campanario').
Esta exclusión de los factores geográficos es consecuencia
de los siempre más rápidos transportes y del espectacular adelanto de las
comunicaciones, hoy satelitales. Así, el desarrollo económico pasa a depender,
no tanto de la política de los gobiernos sino más bien de las peculiaridades
de los mercados ‘exteriores’.
Tal práctica neoliberal se sacude de la intervención de
los estados en la determinación de precios, y cuando éstos se disparan de
los parámetros acostumbrados, ponen en peligro los intereses de los trabajadores.
Ante esta alarma, de unos diez años a esta parte ha surgido
un movimiento internacional de denuncia que, desgraciadamente, ha optado por
manifestaciones violentas, lo cual les ha merecido a tales contestatarios
el poco feliz nombre de globalifóbicos.
Inútilmente clamo lo disparatado del desdichado adjetivo,
¡está mal pergeñado!
La regla gramatical es clara: el elemento compositivo
para calificar al que tienen una fobia es, simple y sencillamente,
-fobo, ba, como en xenófobo, hidrófobo, claustrófobo, agoráfobo
y acrófobo.
Ya me resigné a la irreversibilidad de tantos dislates:
y apechugué, pero sigo temiendo que, dada mi inveterada ginofilia,
alguien vaya a querer enjaretarme, en lugar de un correcto ginófilo,
un horroroso ginecofílico.