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Correo del Maestro Núm. 90,noviembre 2003

Globalización, de nuevo en boga

Arrigo Coen Anitúa

Aunque no escasean quienes afirman que a la larga es recurrente y que su regreso periódico puede hasta predecirse, no cabe duda de que la moda es un ‘modo, estilo o uso pasajero –frecuentemente fugaz– que se adopta en ciertos lugares’.

De su efimeridad da testimonio el dicho, muy popularizado, de que “moda es lo que pasa de moda”.

El drae puntualiza: “…con especialidad en los trajes, telas y adornos, principalmente los recién introducidos”; pero de sobra se sabe que hay modas no sólo en los atuendos sino también en cualquier aspecto de la vida social, cuando tal o cual práctica se pone en vigencia y se actualiza por consentimiento público.

La dicción moda, en español, es herencia del francés mode, a principios del siglo XVII, pero únicamente como, en general, ‘el modo, el uso o la manera’. Sólo dos siglos después se comenzará a usar la acepción moderna de moda, y sus derivados, modista, modistería, y el “repetidamente reprobado” modisto, forma en masculino que se niega a desaparecer.

En cuanto al latín modus, origen del francés mode y de nuestro modo, en la lengua madre también significa ‘manera de proceder o de acontecer’ y también ‘medida’. Su origen es el indeuropeo mod-o-, de mod-, y éste de med-, ‘medir’, ‘tomar providencias’, y de ahí médico y medicina, ‘arte de prever, prevenir y de curar cualquier trastorno de la salud’.

Todo este exordio viene a cuento porque de unos treinta años a esta parte se ha puesto en boga, esto es, de moda, el término globalización.

Pero no en su sentido lato de ‘universalización’, sino en el restringido de “tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales” (drae).

En economía política (en su tiempo llamada crematística) la globalización consiste en el libre intercambio de bienes y servicios entre todos los países del mundo (de ahí el concepto de ‘aldea global', en oposición al de 'economía de campanario').

Esta exclusión de los factores geográficos es consecuencia de los siempre más rápidos transportes y del espectacular adelanto de las comunicaciones, hoy satelitales. Así, el desarrollo económico pasa a depender, no tanto de la política de los gobiernos sino más bien de las peculiaridades de los mercados ‘exteriores’.

Tal práctica neoliberal se sacude de la intervención de los estados en la determinación de precios, y cuando éstos se disparan de los parámetros acostumbrados, ponen en peligro los intereses de los trabajadores.

Ante esta alarma, de unos diez años a esta parte ha surgido un movimiento internacional de denuncia que, desgraciadamente, ha optado por manifestaciones violentas, lo cual les ha merecido a tales contestatarios el poco feliz nombre de globalifóbicos.

Inútilmente clamo lo disparatado del desdichado adjetivo, ¡está mal       pergeñado!

La regla gramatical es clara: el elemento compositivo para calificar al que tienen una fobia es, simple y sencillamente, -fobo, ba, como en xenófobo, hidrófobo, claustrófobo, agoráfobo y acrófobo.

Ya me resigné a la irreversibilidad de tantos dislates: y apechugué, pero sigo temiendo que, dada mi inveterada ginofilia, alguien vaya a querer enjaretarme, en lugar de un correcto ginófilo, un horroroso ginecofílico.

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