Las tradiciones del género utópico de tarde en tarde nos hacen adentrar en
uno de los territorios más fecundos y complejos del pensamiento de los últimos
quinientos o seiscientos años por lo menos, en una de las invenciones de la
modernidad que, a través de sus múltiples aristas, no cesa de fertilizar el
terreno de lo educativo, de lo social.
Ciertamente la utopía nace en Occidente
en torno al siglo XVI, en las tramas sutiles que se tejen
entre el saber y el poder, con un sentido político que
arrastra consigo las formas posibles del gobierno de la
sociedad y las proyecta a la educación; se trata de un
campo de tensiones y de conflictos entre el saber y el
poder, de pugnas por la delimitación de territorios, de
establecimiento de esclusas para evitar intromisiones.
Y si bien es una de las expresiones del imaginario colectivo1
que se abre con la modernidad, en la perspectiva del tiempo
lineal que se desplaza en pos de las promesas de futuro,
con el mito de Prometeo contiene, en germen, sus atributos:
Zeus, señor de los dioses, representa el poder y manda
encadenar a Prometeo –que representa el saber y
la proyección inteligente del futuro–, en la cima
de una roca, castigándolo por haber mostrado a los hombres
el arte del fuego. Ahí permanecerá, de por vida, como
inmortal que es, con un águila que lo ronda y le desgarra
el hígado sin que se lo destruya definitivamente –el
hígado, como sabemos, es el órgano que representa el humor
melancólico, que es el propio de los intelectuales–.
Prometeo, al igual que Zeus, es un dios y no se doblega
ni se doblegará jamás a su poder, tanto es así que acepta
el castigo; ambos son dueños y señores de su territorio,
no hay intercambio entre ellos, no existe la posibilidad
de llegar a un acuerdo, no se tienden puentes en ninguna
dirección.
El mito prometeico ya nos permite avizorar una de
las coordenadas en las que se desplaza la utopía; el saber, con sus atributos
de añoranza, de búsqueda de perfección, de plenitud, de autonomía, y la pugna
con el poder, que lo expulsa de su terreno, que lo quiere doblegar, someterlo,
que lo castiga. El relato despliega el drama que subsiste permanentemente
entre el saber y el poder, motivo que atraviesa las construcciones utópicas.
Si asumimos que la utopía es una
de las expresiones del imaginario colectivo,2
¿qué rasgos la delimitarían frente a otras manifestaciones
de este género?, ¿cuáles pueden ser los alcances del pensamiento
utópico en la educación?
. Como género se definió en el siglo XVI con la obra
del inglés Tomás Moro (1478-1535) quien, influido por los viajeros que descubren
tierras ignotas, propone el viaje a Utopía (1516), una isla de-ninguna-parte
cuya organización política y vida social se plantean en términos de la más
absoluta de las igualdades. Del griego u, ‘negación’, y topos,
‘lugar’, remite al no-lugar, al lugar inexistente. Coexisten por esos años,
otras elaboraciones de este tipo muy conocidas: La Ciudad del Sol (1602),
del dominico napolitano Tommaso Campanella (1568-1639), cuya construcción,
circular y radial que alberga en el centro al Sumo Sacerdote, expone en sus
muros, a la vista de todos, el conocimiento; la otra de la trilogía es La
Nueva Atlántida (1623), de Francis Bacon (1561-1626), en pos de nuevas
formas de conocimiento propiciadas y concentradas en la Casa de Salomón. Una
vasta producción de este tipo se siguió dando desde entonces hasta nuestros
días, incluido éste en que el lector revisa este texto.
. Las utopías ciertamente son una de las expresiones
del imaginario colectivo pero propias de los letrados: son un ejercicio de
inteligencia, sana combinación de fantasía y razonamiento que proyecta el
lugar deseado, el tiempo imaginado liberado de las presiones del poder donde
el deseo construye mundos posibles, habitables.
. Si bien las utopías 'son hijas de su tiempo' y su sentido
se recrea constantemente proyectando alternativas para las necesidades y los
conflictos que experimentan los distintos grupos sociales y las diversas épocas,
todas ellas participan de cierta dosis de 'locura', sana o menos sana, de
fantasías de mundos al revés, trastornados, en comparación con lo que una
sociedad, un tiempo, fija como normal aislándolo de lo que no lo es para evitar
que el mal se disemine por todas las ciudades. En las utopías se sedimenta
una de las más sugerentes narrativas medievales, la de La nave de los locos,
temática compartida por varios –Sebastián Brand con su Narrenschiff;
Artemius Güdrom, con su Ars navigatoris, entre otros–, según la cual
embarcaban a los locos y los conducían a alta mar, a donde las aguas eran
más profundas y las corrientes más fuertes; ahí los dejaban, en medio de delirios,
de conversaciones extravagantes y de estados oníricos que no iban a ninguna
parte. El aislamiento y el abandono representaba la posibilidad de su curación
o de su muerte. Ahí se acababa el problema.
Erasmo recogió muchas de estas lecciones en su Elogio
de la locura, (publicado al inicio del siglo XVI,
que está detrás de la Utopía de Moro), y las leyó
desde otra perspectiva; si la locura está en todos lados
y la sabiduría se recluye en unos cuantos, hay que trastocar
los términos y aventurarse en un gesto de locura, el único
posible, a pensar la vida desde lugares renovados, a cambiar
las cosas, a proponer un nuevo centro en el que converjan
sueño y realidad, locura y proyecto para asir el futuro.
Así, la sabiduría penetraría en todos los rincones.
La crítica hacia las utopías, y la
negación de sus posibilidades, también se ejerce distorsionándolas
e invirtiendo sus propuestas, como sucede con Cyrano de
Bergerac en El otro mundo o los Estados e Imperios
de la Luna (1657), partícipe de la locura, de la inversión
de los mundos, quien, con perplejidad, se plantea: “¿Cómo
formar otro mundo, cuyas contradicciones, lejos de influir
sobre su crecimiento, sean las condiciones mismas de su
posibilidad creadora?”3
. Las utopías nacen de una fractura, de la crisis, del
conflicto que sobrepasa los límites de lo aceptable. Alrededor de ellas hay
añoranza y desasosiego que tienden a buscar nuevos centros que restablezcan
el equilibrio. Surgen como reacción de la intelligentsia que no quiere
someterse a la opresión de la realidad que por momentos se recrudece volviéndose
insoportable. A través de ellas se moviliza un potencial capaz de desprenderse
de la vida diaria para imaginar nuevos horizontes de expectativas.
. Las utopías, como género literario, también son herederas
de otras tradiciones medievales: el gusto por las fábulas, que siempre encierran
una moraleja, que plantean una lección, una enseñanza. Plantean modelos a
seguir, ejemplos de vida social.
. Quieren conjurar el caos y la incertidumbre, por ello
construyen universos cerrados en los que todo está ordenado, regulado y previsto
hasta en sus ínfimos detalles. La consigna asumida de evitar todo lo que pueda
corromper o distorsionar el proyecto hace que se tracen fronteras, reales
o imaginadas, entre ese mundo que se quiere perfecto y el exterior: el agua
rodea la porción de tierra que se habita, como en el caso de La Nueva Atlántida;
las murallas, altas, concéntricas, que rodean la sociedad deseada organizan
a los pobladores de La Ciudad del Sol, de Campanella. Devienen enclaves.
. El incentivo de las utopías es el
deseo de poder habitar de otra manera, mejor, más plena
y gratificante, el tiempo y el espacio. Y si bien las
construcciones utópicas se datan en torno al siglo XVI,
puede decirse que su posibilidad ya se plantea en el siglo
XII, con las profecías de Joaquín De Fiore que permitían
avizorar el advenimiento de una nueva era. Así, participan
del milenarismo, uno de los legados más significativos
del pensamiento judeocristiano y de sus diversas versiones
secularizadas. Corren en pos de la esperanza, como bien
lo plantea la obra cimera de Ernest Bloch que concreta
su ontología del "todavía-no", dirigida al horizonte de
lo posible.4
. Las utopías muestran improntas del neoplatonismo, herencia
también del cristianismo, buscando el perfeccionamiento y la armonía en sus
diversas formas, pero no por ello dejan de ser fundamentalmente laicas, secularizadas:
no es Dios el que resuelve las cosas, es el hombre, con su autonomía, con
su libre albedrío, responsable de sí mismo y de los demás el que, optando
por obrar bien o mal, también decide participar en la construcción de lo que
es bueno para todos. La utopía pertenece al mundo de los hombres, conflictivo
y laberíntico, que toma la vida entre sus manos e imagina las salidas posibles.
. Esto nos lleva a reconocer en ellas
el espíritu del Renacimiento que restituye al hombre su
dignidad y lo coloca en el centro del Universo, como enlace
entre los mundos posibles, capaz de construir su propia
morada en la tierra. El lugar que a partir de entonces
se le atribuye al ser humano le permite ampliar el horizonte
de la mirada: ya no se trata solamente de ver hacia arriba,
hacia abajo, hacia los lados, hacia atrás, como bien lo
expresa la pintura medieval, sino de fijar un punto en
el horizonte para proyectar en un continuum, el
conjunto de lo que se desea percibir, dando un ordenamiento
a los elementos y aspectos que se seleccionan para constituirlo.5
No es casual que el siglo XV descubra el sentido de la
proyección y de la perspectiva; por eso puede pintar otros
mundos cercanos, imaginar la vida en otros lugares y dar
la posibilidad a seres humanos y sociedades de adueñarse
del porvenir. El interés renacentista por el diseño arquitectónico,
por la construcción de ciudades con un sentido más humano
que propicie la vida de otra manera, también ejerció un
gran atractivo en aquellos que se darían a la tarea de
inventar otros reinos del saber, donde el poder fuera
subsidiario de su deseo.
. Pero la tensión y la pugna entre el intelectual y el
gobernante, la contienda entre el saber y el poder por el dominio del espacio,
no siempre cede: el poder domina el espacio de la realidad; el saber lo 'pinta'
imaginándoselo como le gustaría y ésta es su arma, la dimensión política de
su actuación, a través de la educación, de la producción de conocimiento,
mediada por las alianzas, por las batallas dadas, por el espacio ganado para
otros mundos posibles, para otros tiempos venideros.
. En el curso de los siglos el utopismo desplaza el foco
de su atención del espacio al tiempo. Me explico: alrededor de los siglos
XVI y XVII, cuando los descubrimientos de otras tierras no se habían agotado,
el imaginario colectivo que nos ocupa se planteaba como utopía propiamente
dicha: ciudades remotas emplazadas en otros lugares aunque coexistieran en
el mismo tiempo. En la medida en que avanza la Ilustración, orientada por
la perspectiva lineal que corre en una sola dirección en pos del progreso,
del dominio de la Razón, y en el momento en que ya se sabe que no hay más
tierras por descubrir, la utopía se transforma en ucronía, es decir,
la ciudad se imagina, se proyecta no en otro espacio, sino en otro tiempo,
el del futuro que conlleva la posibilidad de su realización.
Todo esto, ¿qué implicaciones puede tener en la vida
cotidiana de nuestras escuelas?
Notas
1
Por imaginario me refiero a una perspectiva del mundo,
que integra creencias, interpretaciones, perspectivas
desde las cuales se percibe y se le da sentido a la
realidad social. No necesariamente pasa por el plano
de la conciencia ni del discurso como tal; tampoco
corresponde a las imágenes en diversos soportes que
pueden dar cuenta de los imaginarios que las originan.
2 Hacia 1928 Karl Mannheim
planteó la relación entre la ideología y la utopía:
ambas coinciden en que no se corresponden con la realidad;
sin embargo, en la primera la perspectiva del pasado
hace las veces de parámetro para ejercer la crítica
del presente, en tanto que la segunda a partir del
presente plantea el modelo de futuro.
3 Cyrano de Bergerac,
El otro mundo, Conaculta (Colección Cien del Mundo),
México, 1992, p. 34.
4 Me refiero a Ernest
Bloch, Principio esperanza, Editorial Aguilar, Madrid,
1977. El autor replantea el sentido de absoluto que
mediaba entre la confrontación de la realidad y la
utopía, leída como fracaso, a través de las posibilidades
reales de los procesos de renovación social.
5 Si la misma etimología
latina de perspectiva nos remite a ‘mirar a
través de’, la estructura que se define en estos
términos “niega, por lo tanto, la diferencia
entre delante y detrás, derecha e izquierda, cuerpos
y el medio interpuesto (‘espacio libre’),
para resolver todas las partes del espacio y todos
sus contenidos en un único Quantum continuum”
(panofsky:1973, p. 11). |