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Correo del Maestro Núm. 90,noviembre 2003

Xavier Villaurrutia, el nocturno sueño eterno

Guillermo Vega Zaragoza

Autor polígrafo que cultivó con excepcional talento la poesía, la dramaturgia, el ensayo y la crítica; se destacó también como un decidido impulsor de las artes plásticas y el cine, del que fue guionista y adaptador; amante del teatro, del que fue también entusiasta promotor, además de maestro y actor y, por si fuera poco, excelente dibujante. Se trata de una de las personalidades más singulares de la primera mitad del siglo XX mexicano, uno de los artistas más notables e influyentes de su época y del tiempo venidero. Se trata de Xavier Villaurrutia, de quien en este 2003 se conmemora el centenario de su nacimiento.

Para muchos, Villaurrutia es la figura principal del llamado “grupo sin grupo”, el conjunto de intelectuales que coincidieron de 1928 a 1931 en las páginas de la revista Contemporáneos. Compañeros de viaje de Villaurrutia fueron Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, José Gorostiza, Enrique González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano, Salvador Novo, Jorge Cuesta y Gilberto Owen, quienes introdujeron en México los aspectos distintivos de una modernidad que puso intelectualmente a tono al país con el resto del mundo, contribuyendo a que la tarea civilizadora del régimen emanado de la Revolución Mexicana, impulsada por José Vasconcelos, alcanzara prácticamente a plenitud muchos de sus objetivos, y que transformaron y aceleraron dicho proceso modernizador.

Fue influido por la poesía simbolista y el contacto con la obra de Ramón López Velarde dejó honda huella en su obra como poeta. Villaurrutia fue considerado cercano al surrealismo, pues en sus versos la voz repercute en arquitecturas desoladas, tanto en el lenguaje como en las imágenes. Sus juegos de palabras y los espacios vacíos son el resultado de una inteligencia ligada íntimamente a la emoción, y los ecos que aparecen en ellos son la reverberación de un diálogo íntimo con la muerte, que se manifiesta sobre todo en sus poemas “Nostalgia de la muerte” (1938) y “Décima muerte” (1941).

Es posible reconocer el concepto de muerte que permea en la obra poética de Villaurrutia, los vasos comunicantes que la vinculan con otros poetas de su generación que también abordaron el tema de la muerte en sus escritos, como Gorostiza, Cuesta y Ortiz de Montellano. Para ello, es necesario conocer, primero, el origen de Villaurrutia, la relación con sus contemporáneos y la forma en que escritores y poetas más jóvenes, como Octavio Paz, han rescatado y valorado su legado para otorgarle el lugar que merece en la historia de la literatura mexicana de todos los tiempos.

Xavier se escribe con equis

El grupo Contemporáneos reunido en una comida al escritor español Enrique Diez-Canedo (2 de septiembre de 1932). De pie (de izquierda a derecha): Florisel, Xavier Villaurrutia, Francisco Monterde, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Manuel Toussaint, Artemio del Valle-Arizpe, Xavier Icaza, Enrique González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano, Guillermo Jiménez, Jorge Cuesta y Celestino Gorostiza. Sentados: Samuel Ramos, Roberto Montenegro, Julio Torri, Salvador Novo, Enrique Diez-Canedo, Palma Guillén, Gonzalo Zaldumbide, Enrique González Martínez y Mariano Azuela.

http://www.fractal.com.mx/F25ineditos.html

En un artículo reciente, el crítico e historiador Miguel Capistrán nos convida del documento donde se asienta el testimonio del nacimiento del poeta. En el libro número 385 del Registro Civil, en la foja 113-Fte., se encuentra asentada un acta que dice lo siguiente:

En la Ciudad de México, a las 11 once y diez minutos del día 11 once de abril de 1903 mil novecientos tres, (...) compareció el ciudadano Rafael Villaurrutia, de México, casado, de cuarenta años, comisionista que vive en la 3ª. Tercera de Mina número 5 cinco, y presentó vivo al niño JAVIER, que nació en dicha casa el día 27 veintisiete del mes próximo pasado, a las 11 de la mañana, hijo legítimo suyo y de su esposa la señora Julia González, de Chihuahua, de 32 años, vive con su esposo.

 

Los Villaurrutia eran una familia criolla legítimamente aristócrata venida a menos por la Revolución: los Villaurrutia eran “marqueses del Apartado”. Guillermo Sheridan, en su notable estudio Los Contemporáneos ayer, nos informa que entre sus antepasados había poetas y miembros de la alta clerecía colonial, o humanistas célebres como el doctor Jacobo de Villaurrutia, hombre de vida apasionante, quien se había recibido de abogado en Sevilla (aunque había nacido en Santo Domingo, siendo hijo del mexicano Antonio Bernardino de Villaurrutia), fundó en México el Diario de México junto a Octavio Bustamante; participó en la guerra de Independencia y llegó a ser presidente de la Suprema Corte en 1831, además de poeta y cuentista de cierta fama. Jacobo de Villaurrutia fue padre de Wenceslao de Villaurrutia, que vivió en Cuba, industrial y humanista, padre, a su vez, de Jacobo Villaurrutia, teórico y reformador de la agricultura cubana, abuelo de Xavier. Además, Xavier era sobrino de don Jesús Valenzuela, antiguo mecenas de la Revista Moderna.

Villaurrutia, 1951. Fotografía de Lola Álvarez Bravo.
Octavio Paz, Xavier Villaurrutia en persona y en obra, México, FCE, 2003

 

Como correspondía a su posición social, al principio Xavier acudió a escuelas privadas, como el Colegio Francés, pero en 1916 sucumbió a la educación pública. No obstante, jugaba tenis y sus padres le proporcionaban una mensualidad para sus gastos personales. Así, en 1918, en la Escuela Nacional Preparatoria Xavier conoció a otro joven que, con los años, sería su principal amigo y compañero de andanzas literarias durante lo que le quedaba de existencia: Salvador Novo. Se conocieron en la clase de Erasmo Castellanos Quinto y Villaurrutia lo abordó cuando se enteró de que también, como él, escribía versos. Formarían ambos, una “generación bicápite”, que luego se uniría al contingente mayor de los llamados Contemporáneos.

Así describe físicamente Miguel Capistrán a nuestro poeta: “Bajito de cuerpo, de espléndidas manos blancas, tersas, expresivas, y de grandes ojos alertas, de boca gruesa, endeble sin embargo, delgado, débil, enfermizo.” No obstante, al recordarlo años después, Octavio Paz lo retrata con mayor justeza: en efecto, era delgado, frágil y bajo de estatura, pero “no pretendía ser humilde ni inclinaba la cabeza: la erguía y la movía de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, entre curioso y desdeñoso. Un pájaro que reconoce sus terrenos y define sus límites. Como Novo era elegante pero, a diferencia de sus amigo, buscaba la discreción. Vestía trajes grises y azules de tonos oscuros. Al caminar, con la mirada en alto, taconeaba con fuerza. Usaba camisas blancas, inmaculadas y que –demasiado amplias– acentuaban la delgadez de su cuello. Piel mate, labios delgados, nariz de ventanas anchas, una fisonomía que habría sido más bien común de no ser por la humedad de los ojos –grandes y pardos bajo las cejas estrictas– y la amplitud de la noble frente. El pelo era negro y levemente ondulado”. Cuenta Paz que Villaurrutia sabía oír y sabía responder, “dos virtudes raras, sobre todo entre escritores”. Hablaba sin precipitación, se le veía oírse su hermosa voz, grave, y fluyendo como un río oscuro. Sus ademanes eran sobrios y exactos. “Dos notas constantes, espuela y freno: la ironía, a veces cruel, y la cortesía”.

Eterno adolescente

Lo primero que habría que resaltar en la llamada generación de los Contemporáneos es que se trata de escritores sumamente precoces. Casi todos, entre los 15 y los 20 años ya habían publicado en revistas e incluso libros propios, daban clases y hasta ocupaban cargos de responsabilidad en el gobierno y la Universidad. Como afirma José Joaquín Blanco, el propio Xavier Villaurrutia “publicó buenos poemas desde los dieciséis años y antes de los veinte ya era el crítico de su generación, uno de los más lúcidos y trascendentes de toda la historia literaria de México; sus artículos  adolescentes, sin retoque, fueron recopilados en el volumen de ensayos Textos y pretextos, donde los artículos de la casi pubertad no desentonan con los posteriores.”

El mismo Blanco aventura una hipótesis de esta precocidad: “Quizás parte de la explicación sea que la Revolución alejó del país a los escritores adultos, los cuales se vieron comprometidos con alguna de las facciones vencidas o huyeron por terror a la violencia. Por otro lado, el clima poco apto para la vida intelectual y académica que privó en el país, y principalmente en la ciudad de México, encauzó a otras actividades a toda una generación (la de los Siete Sabios), anterior a la de Contemporáneos. Así los jóvenes que andaban por los veinte años cuando Obregón llegó al poder se vieron dueños y señores de la cultura nacional: los grandes escritores viejos y ligados al porfirismo estaban abatidos y desprestigiados, y toda una generación, la intermedia entre el Ateneo de la Juventud y los Contemporáneos, no había existido para la literatura. En París ocurrió algo semejante durante la Primera Guerra Mundial: al ser llamados a filas los muchachos mayores de dieciocho años, fueron relevados por sus hermanos de catorce, quince o dieciséis, quienes vivieron a esas edades aventuras y situaciones que de otra manera sólo habrían conocido mucho después.”

Asimismo, José Vasconcelos tuvo mucho que ver con esta invitación a la precocidad: recurrió a los jóvenes para que le ayudaran en las campañas y labores de la Universidad y la Secretaría de Educación Pública porque la “regeneración moral de la patria” exigía personas “no viciadas” por intereses y apetitos, ni habituadas a la mezquindad o a la rutina en el trabajo: con los jóvenes quizá se fracasara, con los mayores el fracaso sería seguro. “La precocidad de Contemporáneos no fue sino una respuesta brillante a un requerimiento social, inteligentemente planeado, en la etapa de ‘reconstrucción’ del país que siguió a la lucha de facciones”, afirma Blanco.

De alguna forma, Villaurrutia resume esta actitud vital que contagió a sus coetáneos: “Quiero un estilo que tenga siempre mi edad, la edad que quiero tener siempre y que es, mejor que la de un joven, la de un adolescente. Pensará usted: ¡Pero un adolescente tiene todas las edades! Precisamente.”

El poeta Salvador Novo (1904-1974).
http://www.geocities.com/WestHollywood/Village/
7797/01salvadornovo.html

¿No resulta, entonces, por lo menos paradójico que uno de los temas que obsesionarán a algunos miembros de esa generación sea precisamente el de la muerte, a pesar de que sean visiones completamente distintas? Nos referimos desde luego a Nostalgia de la muerte, de Villaurrutia; Muerte sin fin, de José Gorostiza, y Muerte de cielo azul, de Bernardo Ortiz de Montellano. En su lúcido ensayo al respecto, Octavio Paz se pregunta: “La aparición de estos tres libros es reveladora, pero ¿qué es lo que realmente revela? ¿Una obsesión? ¿Una epidemia de melancolía? ¿Una moda, un contagio intelectual? ¿Por qué esta repentina aparición de la muerte en la conciencia, la sensibilidad y la imaginación de un grupo de poetas mexicanos?”

Y él mismo responde: el amor y la muerte, gemelos adversarios, han sido constante asunto de los poetas desde el origen de la civilización, y aunque la imagen de la muerte acompaña al hombre desde el principio, periódicamente se vuelve una preocupación obsesiva. “Hay épocas enamoradas de la muerte y otras procuran exorcizarla. La muerte aparece y desaparece de la conciencia de los hombres con cierta regularidad cíclica. Además nuestra idea de la muerte cambia con las épocas y las sociedades; hay tantas visiones de la muerte como civilizaciones. Como las otras ideas e imágenes de los hombres, la muerte está sujeta al cambio y a la recurrencia. Se aleja del horizonte espiritual de una época y, al cabo de un tiempo regresa, es otra: la recurrencia es cambio. Los grandes cambios, quiero decir: la muerte y nacimiento de las civilizaciones, se manifiestan por la emergencia de una imagen de la muerte. Cada civilización tiene la suya.”

¿No sería posible, entonces, que al cantarle a la muerte, en realidad los Contemporáneos estuvieran entonando las exequias de la Revolución que veían convertirse en gobierno y que traicionaba los ideales que alguna vez enarboló, y que al mismo tiempo le cantaban un réquiem al nacionalismo intelectual que permeaba en esos años, para darle cristiana sepultura y saludar el advenimiento del cosmopolitismo, del que tantas veces los acusaron?

Visión de la muerte

Retrato de Carlos Pellicer por el artista ecuatoriano
Oswaldo Guayasamín (1968).
www.suafyl.filos.unam.mx/html/mirada-libro/Guaya1.html

Para entender la visión de la muerte en la poesía de Xavier Villaurrutia sería necesario también comprender la importancia que tuvo el surrealismo en su concepción poética, la preeminencia del sueño y su contraparte, la lucidez, así como el erotismo, la soledad, la esterilidad, el amor y el dolor en el horizonte de su sensibilidad y sus obsesiones vitales.

En el ensayo donde analiza las vertientes principales de la poesía villaurrutiana, titulado “La presencia de una ausencia”, el también poeta Ramón Xirau identifica tres temas recurrentes: la renuncia al mundo, la soledad y la relación amor-muerte. Sobre el primero, Xirau sostiene que: ”Villaurrutia inventa un mundo para negarlo. Desde su soledad mágicamente invoca a las cosas que sabe inexistentes. No encuentra más que su propia conciencia fingidora de mundos. El artista, decía Villaurrutia, ‘se ha asomado solamente a su abismo interior’ y algunas veces ‘por miedo de no resistir al vértigo, ha cerrado los ojos’. El poeta cierra los ojos, pero no resiste al vértigo y en su lucha de luces y de sombras se siente solo.”

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina.
Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,

querer tocar el grito y sólo hallar el eco
querer asir el eco
y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro
y tocar un espejo.
(“Nocturno de la estatua”)

 

Así, se enlaza con el segundo tema: “Desarraigado del mundo que lo circunda, del espacio donde paisajes y personas lo sitúan y lo precisan, el sujeto queda abandonado a sí mismo. Si la búsqueda de la soledad proviene en los poetas clásicos de un claro acto del intelecto, en Villaurrutia nace de una intención más secreta, escondida y emotiva. La soledad ya no le atrae como atraen la quietud, el reposo, la contemplación, el ocio o la libertad, sino con la atracción vertiginosa de los abismos interiores. La experiencia de la soledad es, para él, experiencia de vacío.”

Y mi voz ya no es mía
dentro del agua que no moja
dentro del aire de vidrio
dentro del fuego lívido que corta como el grito
Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro
cae mi voz
y mi voz que madura
y mi voz quemadura
y mi bosque madura
y mi voz quema dura
como el hielo de vidrio
como el grito de hielo
aquí en el caracol de la oreja
el latido de un mar en el que no sé nada
en el que no se nada
porque he dejado pies y brazos en la orilla
siento caer fuera de mí la red de mis nervios
mas huye todo como el pez que se da cuenta
hasta ciento en el pulso de mis sienes
muda telegrafía a la que nadie responde
porque el sueño y la muerte nada tienen ya


[que decirse.
(“Nocturno en que nada se oye”)

 

Además de gran poeta, Villaurrutia fue
un excelente dibujante.
Octavio Paz, Xavier Villaurrutia en persona y en obra, México,FCE, 2003

 

Es la relación amor-muerte la que Xirau aborda con especial agudeza: “La preocupación constante por el tema de la muerte no ha permitido siempre ver que Xavier Villaurrutia es un poeta del amor y que, precisamente por ello, llega a ser poeta de la muerte. En su vivencia del amor vienen a fundirse angustia y amargura. Amor que es tan sólo deseo u olvido, dejadez, lasitud y ausencia, ¿qué podrá ser sino amor desencarnado, aunque carnales sean deseo y lasitud? Si el pasado y el futuro son las únicas formas de este amor, si el presente huye y se rehuye, huyen con él la posesión y el deleite amoroso. Y es precisamente en este hueco del presente, en este no ser de la vida erótica, donde se injerta el sentimiento de la muerte, constante  eterna de quien dejando de tener aún no tiene.”

Para Xirau, Villaurrutia no es el poeta del amor mutuo desgraciado que enseña la leyenda. Los obstáculos que nacen entre el amante y la persona amada no aparecen en Villaurrutia como obstáculos secretos que el amante siente interponerse entre él y su deseo. Si en el desarrollo tradicional del tema del amor y de la muerte ésta queda ligada a la castidad que el héroe se impone con plena y lúcida intención, Villaurrutia siente el amor como renuncia y deseada pasividad. “El poeta no crea obstáculos objetivos y reales. Se aísla, fabrica sus propias imposibilidades, se interna así una vez más en la ignorada galería de su alma donde tiene la certidumbre de no hallar este amor antes proyecto y ahora ausencia.” De esta manera, el sentimiento de la muerte surge de la angustia que entraña el amor: “y más que por el goce y el delirio, amarte por la angustia y por la duda”. Así, “el presente es vacío, presente ausencia. Vacío de mundo, ausente de la persona amada una nueva plenitud viene a invadir el alma del poeta: plenitud de muerte. Y así llega la muerte a constituir la esencia de su espíritu”.

La muerte toma siempre la forma de la alcoba
que nos contiene.


Es cóncava y oscura y tibia y silenciosa,
se pliega en las cortinas en que anida la sombra,
es dura en el espejo y tensa y congelada,
profunda en las almohadas y, en las sábanas, blanca.

Los dos sabemos que la muerte toma

la forma de la alcoba, y que en la alcoba
es el espacio frío que levanta
entre los dos en muro, un cristal, un silencio.

Entonces sólo yo sé que la muerte
es el hueco que dejas en el lecho
cuando de pronto y sin razón alguna
te incorporas o te pones de pie.

.

La muerte es todo esto y más que nos circunda,
y nos une y separa alternativamente,
que nos deja confusos, atónitos, suspensos,
con una herida que no mana sangre.

Entonces, sólo entonces, los dos solos, sabemos
que no el amor sino la oscura muerte
nos precipita a vernos cara a los ojos,
y a unirnos y a estrecharnos, más que solos


 
[y náufragos,
todavía más, y cada vez más, todavía.
(“Nocturno de la alcoba”)

 

Para Villaurrutia, el morir es también un despertar. Atraído por el vacío de espíritu y cuerpo, fuera de sí, sustituido por la muerte, expresa constantes negaciones. Y ya excluidos mundo, amor, persona, vida, quédase consigo mismo, consigo la muerte, donde ya no valen las palabras. En su renuncia al mundo y a las personas, Xavier Villaurrutia ha seguido una línea paralela a la de los místicos. Como Gorostiza, sin embargo, es incapaz de encontrar dentro de sí una realidad abdicada. Su proceso de interiorización no tiene por objeto el conocimiento de la verdad. Todo se ha perdido cuando “ya la esperanza dejó caer la última nota/y resuena un silencio sin fin, cóncavo y duro”.

Por sus incursiones poéticas en el sombrío universo de la muerte, la noche y el sueño, tal vez muchos consideren que fue Villaurrutia un ser igualmente sombrío, serio, de carácter fantasmal. Sin embargo, a decir de Capistrán, “nada tiene que ver su poesía con su verdadera naturaleza y espíritu, porque de acuerdo con el testimonio de quienes lo conocieron y trataron, de quienes convivieron con él, el autor de Nostalgia de la muerte era una persona jovial, ‘muy amiguero’, como lo recordaba Salvador Novo; “un imán que atraía hacia sí a todo mundo”, según la expresión de Agustín Lazo, su grande y cercano amigo, muy dado a las bromas, aficionado al baile y dueño, sobre todo, de gran agudeza, que se revelaba irónica, satírica, en especial cuando hacía gala del gran sentido del humor que poseía y que era en gran medida una expresión alegre de su inteligencia.

No obstante, habría que coincidir con Xirau en que no es Villaurrutia poeta de mayorías. Escribió poco y para pocos. El mismo Octavio Paz afirmó: “Villaurrutia es el autor de unos quince o veinte poemas. Poesía solitaria y para solitarios. ¿Pocos? A mí me parecen muchos. Esa veintena de poemas cuentan entre los mejores de la poesía de nuestra lengua y de su tiempo.”

Bibliografía

BLANCO, José Joaquín, Crónica de la poesía mexicana. Editorial Katún, 1982.
CAPISTRÁN, Miguel, “Mañana comienza la celebración por el centenario de Villaurrutia”, en La Jornada, miércoles 26 de marzo de 2003.
PAZ, Octavio, Xavier Villaurrutia en persona y en obra. Fondo de Cultura Económica, 1978.
VILLAURRUTIA, Xavier, Obras. Fondo de Cultura Económica, 1966.
XIRAU, Ramón, “Xavier Villaurrutia. La presencia de una ausencia”, en Antología de Ramón Xirau. Premio Alfonso Reyes 1988. Ed.Diana, 1989.

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