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El altar es el sitio sagrado donde
los vivos honran a los muertos. En él se colocan flores,
adornos, veladoras y comida.
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Las fiestas de muertos que se celebran en todo el país
son una amalgama de las culturas mesoamericanas –fundamentalmente
la mexica– y del mundo hispánico. El carácter lúdico
que éstas presentan deriva de la cosmovisión azteca. Fuera
del país estos festejos son vistos con asombro por los
tintes carnavalescos, la animación y la alegría general
con que son desarrollados.
El origen del aspecto festivo se halla en la concepción
de la muerte en la sociedad mexica, que formó parte del ciclo cosmogónico
del devenir y no se entendía como un fin. La muerte es vista como un despertar,
como un renacimiento a otro mundo, el mundo de los muertos. Según la forma
de morir, se accedía a determinado lugar del inframundo.
Los guerreros muertos en la batalla y los que perecían
en la piedra de los sacrificios iban al Tonatiuhichan (la Casa del
Sol); se les llamaba los cuauhteca (gente del águila), y se convertían
por cuatro años en compañeros del Sol desde el amanecer hasta el cenit, periodo
después del cual volvían a la tierra transformados en colibríes.
Las mujeres que morían durante el parto iban a Cihuatlampa,
el lado de las mujeres, y se las denominaba las cihuateteo; ellas se
volvían compañeras del Sol desde el cenit hasta el crepúsculo, obtenían una
vida inmortal y en algunos días funestos descendían a la tierra y provocaban
enfermedades y terror.
Aquellos que morían por alguna causa relacionada con el
agua (ahogados, de hidropesía, fiebre) iban al Tlalocan, el paraíso
de Tláloc, y se hacían de una vida inmortal plena de placeres y abundancia.
Los niños pequeños tenían como destino el Xo-chatlapan
o Tamoanchan (Lugar de nuestro origen), donde eran alimentados por
un árbol nodriza que daba leche, el Chichihuacuauhco.
Los que tenían una muerte natural iban al Mictlán
(Lugar de los muertos), en donde viajaban por cuatro años para finalmente
extinguirse en la nada.
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Muro de los cráneos, en el Templo
Mayor de Tenochtitlán.
La América antigua, V. I, Folio/Ediciones del Prado,
Madrid, 1992. |
Debido a estas ideas de la vida y
la muerte, los aztecas ofrendaban a sus difuntos con frutas,
legumbres, gallinas, ropa, mantas, y sacrificaban a doncellas,
a jóvenes y a esclavos para ayudar a sus muertos en su
camino por el otro mundo. Las ofrendas se realizaban periódicamente
a los 20, 40, 60 y 80 días después del deceso; y luego
durante cada año en las fechas previstas por el calendario
azteca para esas festividades –hay constancia al
menos de cinco fiestas principales en las cuales la sociedad
azteca llevaba a cabo rituales y ofrendas a los muertos.
En el quinto mes se realizaba la denominada Tóxcatl
que estaba dedicada a Tezcatlipoca. En cada casa se hacía fiesta y
se ofrendaba a los muertos con alimentos y vestidos, además de danzas.
El Tlaxochimaco ocurría en el noveno mes (entre
el 12 y el 31 de julio) y era una fiesta a Huitzilopochtli, ceremonia
a la que también se nombraba Mihcailhuitontli (Fiesta de los muertitos).
En ella se hacían ofrendas de maíz, calabaza, frijol y otras legumbres, y
resaltaba por los tristes cantos dedicados a los muertos.
En el siguiente mes azteca, el décimo (del 1 al 20 de
agosto) se celebraba el Xócotl Huetzi, dedicado al dios del fuego,
Xiuhtecuhtli, y era la fiesta de los adultos muertos o Hueymihcáilhuitl.
Se llevaban a cabo ceremonias dentro y fuera de los templos en una atmósfera
de tristeza y con los rostros pintados de negro.
El decimocuarto mes se le hacía fiesta a Mixcoatl
y la gente elaboraba saetas y dardos que luego enterraba en las sepulturas
de los muertos en la guerra.
El decimoctavo mes (del 8 al 27 de enero) se hacía fiesta
nuevamente para Xiuhtecuhtli y durante las ceremonias se ofrecían tamales
a los muertos en cada una de sus sepulturas.
El aporte hispano
La imposición del cristianismo al mundo mexica, a pesar
de la violencia con que llegó a realizarse, no consiguió desterrar del todo
las antiguas creencias y cultos prehispánicos. Pero ciertas coincidencias
entre ambas culturas –como las ofrendas, las penitencias y la vigilia– hicieron
más sencilla esta tarea.
El culto azteca a la muerte fue casi totalmente erradicado.
No obstante, el culto a los muertos se fusionó con el modo católico de honrar
a los difuntos, lo cual se hacía al día siguiente de la celebración de Todos
los Santos, el 2 de noviembre.
Fray Diego de Durán relata que los indígenas colocaban
una ofrenda el día primero y otra el día 2, y explica que esto sucedía por
ser una costumbre muy antigua entre los naturales. Es decir, que los indígenas
adaptaron la primera fecha para el Mihcailhuitontli y la segunda para
el Hueymihcáilhuitl.
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Día de Muertos en el cementerio
de la isla de
Janitzio, en el lago de Pátzcuaro, Michoacán.
Foto: Francisco Emilio de la Guerra |
Los españoles honraban a sus difuntos
con ofrendas de pan, vino, cera, pero sólo en pocos lugares
celebraban comidas familiares. Las ofrendas se llevaban
a la misa o eran colocadas sobre las propias sepulturas.
También se elaboraban platillos especiales, dulces y el
pan de muerto.
Las ofrendas hispanas eran un acto de recuerdo y amor
a los parientes fallecidos. A veces con el fin de pedir cierto don, o para
no despertar su enojo.
En algunos sitios, la noche del 1º de noviembre se tocaban
las campanas y se hacían fogatas para las ánimas, en las cuales los jóvenes
cocían castañas y bebían vino.
De calaveras y muerte
Una manifestación esencial del día de los Fieles Difuntos
es la calavera. Las culturas precolombinas tuvieron a la calavera, al cráneo,
por símbolo esencial de la muerte (en contraste con el esqueleto europeo)
y ella fue representada in-
veteradamente en murales, códices, piedra y cerámica.
El concepto prehispánico de la muerte como un eslabón
generador de energía, como un germen de vida, explica quizá el modo en que
a través de los siglos se ha recreado y asimilado la idea de la calavera en
México: desde el uso de la palabra ‘calavera’ para referirse a la persona
que lleva una existencia dedicada a los placeres, a la fiesta, es decir, sin
tomarse en serio la vida; pasando por esas otras calaveras, tradicionalmente
escritas en cuartetos octosílabos rimados, que hacen mofa de la vida a través
de la muerte (aparecidas a finales del siglo XVIII para satirizar la pedantería
de los panegíricos mortuorios y que iban con la caricatura de la persona a
la que se dedicaban); hasta las calaveras de azúcar, de chocolate o de amaranto
en las que las personas buscan su propio nombre, para luego comérselas con
singular alegría, alcanza aún a percibirse cierto eco del pensamiento prehispánico
que los mexicanos hemos heredado.
Ofrenda
En la festividad del Día de Muertos la ofrenda tiene un
papel preponderante en la atención y servicio a los difuntos. La ofrenda no
es de ningún modo un obsequio, sino un ofrecimiento. Un modo de compartir
con los parientes fallecidos los frutos obtenidos durante el año.
Ella se prepara con antelación y solemnidad. La creación
de la ofrenda muestra sentimientos de gratitud, amor y veneración, pero tras
éstos se hallan también el miedo al disgusto y la insatisfacción que los muertos
pueden sentir hacia sus familiares por olvidarlos.
Aunque los elementos que conforman la ofrenda son variados
de una región a otra del país, pueden señalarse básicamente los siguientes:
1. Altar doméstico. Adornado con papel picado, palmillas.
2. Flores. Cempasúchil, cacalosúchil, crisantemos.
3. Ceras. Velas y veladoras dedicadas a cada uno de los
difuntos, las cuales los guían en su camino a las moradas de sus familiares.
4. Alimentos. Desde las más humildes viandas, como los
frijoles, hasta platillos muy sofisticados como el mole de guajolote.
5. Bebidas. Agua, café, chocolate, mezcal, aguardiente,
cerveza, brandy.
6. Copal e incienso.
7. Dulces. Éstos destinados a los niños y dependiendo
de la región del país se hacen con formas de animales o querubines; y también
están las tradicionales calaveritas de azúcar.
6. Ritos de recepción.
7. Ritos de atención a los difuntos.
8. Ritos de despedida.
La fiesta de Xantolo en la Huasteca hidalguense
La festividad de Xantolo en San Miguel y en San Lucas
abarca los dos últimos días de octubre y los dos primeros de noviembre. En
cada hogar la familia, por muy pobre que sea, coloca ante un altar con bebida
y alimentos, un arco hecho de caña de azúcar o de palos cubiertos con palma,
flores de muerto, mano de león y de olote, lo cual simboliza una puerta abierta
a los muertos.
Por la mañana y por la tarde se encienden velas blancas
y amarillas forradas con tiras de papel de colores, además de ahumar con copal.
Luego se sirve café, chocolate, pan, tamales, refrescos o cervezas.
El día 2 desde muy temprano, las familias acuden al cementerio.
Limpian las tumbas, ponen cruces nuevas, coronas, collares de cempasúchil
y velas o veladoras. En el mismo panteón ofrendan tamales, calabazas, chayotes,
mandarinas, camotes, cacahuates, atole, elotes, café, chocolate, limas y manzanas.
Luego de que los sacerdotes bendicen las tumbas, la gente levanta los alimentos
y las bebidas.
Durante la fiesta de Xantolo los familiares acostumbran
visitarse, obsequiarse alimentos y convivir durante buena parte del día. Las
familias llegan a tener de 10 a 15 visitas durante esta época.
Muy esperado por estos pueblos es el baile de los kolis
o viejos. Los kolis son personas disfrazadas de ancianos que van de
casa en casa bailando al ritmo de una banda de viento o de un trío de huapangueros.
Representan dramas y con su capacidad de alburear y sus gritos llenan de alegría
la fiesta.
San Pedro Potla, Temascalcingo
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El olor a flores, chocolate
y copal impregna la fiesta de Xantolo en la Huasteca.
www.mural.com/deviaje/articulo/314327/ |
Los habitantes mazahuas de San Pedro
Potla, que se halla al norte de Toluca, reciben a sus
difuntos desde el día 30 de octubre. El 30 llegan los
no bautizados que vienen del limbo. El 31 es el día de
los angelitos o pequeños difuntos. El primero de noviembre
está dedicado a difuntos mayores y el día 2 a todos los
fieles difuntos.
En este poblado se recibe a los muertos con calabaza,
chayote, elote, pan, haba, frijol, frutas y bebidas, como el pulque, la cerveza,
el vino, agua, café‚ o chocolate.
A cada uno se le coloca una vela para iluminar su camino.
Se les ofrecen rezos y la comida del altar.
El día 2 todas las familias asisten al panteón en medio
de cantos, llevando flores y las veladoras puestas desde
el día 30.
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Los adornos de papel picado con
temas del Día de Muertos son muy frecuentes en las
ofrendas.
mexico.udg.mx/arte/diademuertos/ muertos1.html |
Fiesta en Cosoltepec, Huajuapan,
Oaxaca
Dos son las más festividades más importantes en Cosoltepec:
una es la de la patrona del lugar, Santa Gertrudis Magna, y la otra es la
del de Día de Muertos.
Con mucha anticipación, los pobladores ahorran para esta
última fiesta. El 31 de octubre y el 1º de noviembre están destinados para
los niños o angelitos y el día 2 para los adultos. El altar se prepara en
forma de arco con una rama de sauce, ya sea sobre el suelo o en una mesa.
Se adorna con flores de cempasúchil y de cacalosúchil, de diferentes colores.
Los alimentos que se ofrendan van desde frijoles de olla, el tradicional mole
con carne de gallina o guajolote, el mole con carne de chivo o la barbacoa,
los elotes, el dulce de calabaza.
A los niños, que son los que llegan primero, se les ofrece
la comida sin picante, acompañada de atole, chocolate, café y pan de muerto.
A ellos también se les ofrenda con dulces en forma de animalitos o ángeles.
Durante el día, tres o cuatro veces, se quema copal para que el aroma
relaje a los difuntos y puedan descansar de su largo viaje.
En cuanto a los difuntos adultos, la ofrenda varía sólo
porque los alimentos tendrán ahora chile y serán acompañados con bebidas alcohólicas.
Desde las 5 de la mañana del día 2 de noviembre la gente
desfila hacia el cementerio para adornar las tumbas de sus difuntos. La banda
del pueblo asiste también para tocar algunas marchas fúnebres a cambio de
un desembolso económico o algunos litros de alcohol.
Las tumbas son tapizadas de flores de cempasúchil, veladoras,
frutas y comida. Todo el día suenan las campanas de la iglesia para despedir
a los muertos.
Bibliografía
RÍOS, Guadalupe,
et. al., Día de muertos. UAM (Colección Molinos de
Viento 91), México, 1995.
Día de muertos, Comp. Pablo Sandoval Hernández y Camelia
Margalli Hernández, Universidad Pedagógica Nacional,
México, 1999.
OCHOA Zazueta, Jesús Ángel, La muerte y los muertos.
SEP, México, 1974.
RODRÍGUEZ Álvarez, María de los Ángeles, Usos
y costumbres funerarias en la Nueva España. El Colegio
de Michoacán, El Colegio Mexiquense, México, 2001.
WESTHEIM, Paul, La Calavera. Editorial ERA, México,
1971. |