De las cuando menos diez acepciones que se dan a la voz
cadencia, escojo para los fines de este artículo la de
‘proporcionada distribución de los prosodemas (acento,
tono, ritmo y resonancia, o sea, intensidad, altura, tiempo
y armonía), ya en la prosa o ya en el verso’.
Sería prolijo repetir que
para obtener el mejor efecto en la prolación de una frase cualquiera son indispensables
la atinada elección y la combinación de esos elementos fónicos. Con ello se
logra el énfasis requerido para matizar la importancia de lo que se está diciendo
o leyendo.
Y cuando lo que se profiere
debe llevar mayor carga afectiva, bien para la alabanza o bien para el insulto,
con tanto mayor razón (a fortiori) se tiene que emplear tan útiles
recursos.
Ahora bien: la expresión más
socorrida de vituperio que usamos en México, y me atrevo a agregar que sin
distinción de estratos sociales, es la clásica ‘mención de la madre’, en la
forma ya estereotipada que todos conocemos y que, gracias a una sinalefa,
se reduce a un enunciado de cinco sílabas.
Prescindiendo de que en el
sobrentendido soez se encuentra todo el peso emocional de la ‘oración’ que
estamos tratando, ¿qué es lo que imprime a este dicho su peculiar elocuencia?
Los griegos y romanos medían,
escandían, los versos contando el número de pies, los cuales, a su vez constaban
de algunas sílabas, largas o breves, diferencia que hoy ya no se aprecia porque
se ha perdido la necesidad y, por ende, la práctica de captar esas ‘cantidades’.
Desde los siglos del romanceamiento,
en nuestras lenguas se ha venido midiendo los versos por el número de sílabas,
y observando en cuáles de ellas caen los acentos.
Una de las estrofas preferidas
entre los griegos era la llamada sáfica adónica, consistente en tres endecasílabos
sáficos (con acento en la cuarta y en la octava), como el conocidísimo de
Las golondrinas, de Gustavo Adolfo Bécquer: “tu corazón, de su profundo
sueño”, y uno adónico, de cinco sílabas (con acento en la primera y en la
cuarta), como en “tiernas caricias” o “toma mis manos”.
La literatura castellana conserva
una célebre estrofa que mis letrados lectores identificarán inmediatamente,
en tanto que yo, ¡triste de mí!, no recuerdo el nombre del autor. Dice así:
Dulce vecino de la verde selva,
huésped eterno del abril florido,
vital aliento de la madre Venus,
céfiro blando.
Apréciese cómo no se ha menester
ni siquiera de la rima para que los periodos melódicos fluyan por sí mismos
(semicadentes), y en el cuarto verso se obtiene una completa satisfacción
del oído en vitud de su cadencia.
Pues ese “céfiro blando” tiene
la misma estructura cadente que ostenta la mentada, objeto de estas líneas.
El esquema rítmico griego
era ¯ ˘ ˘, ¯ ˘ esto es, un pie dáctilo (una larga y dos breves)
más uno espondeo (una larga y una breve).
El esquema del escandido actual
es ⁄ — — / —, o sea, un pentasílabo con la primera y la cuarta sílabas
tónicas.
Traten de escuchar mis oyentes
(mis lectores, en sus adentros) el efecto adónico de la siguiente estrofa:
"Como que quiere llover,
como que quiere hacer aire,
y el que no lo quiera crer
que vaya y…¡vuelva a la tarde!
José Alfredo Jiménez hace
derroche de intuición de lo mexicano en las letras de sus canciones. Y no
es excepción en su “Me cansé de rogarle”, ese remate del dodecasílabo, “si
sus labios se abrieron fue pa decirme”… “¡ya no te quiero!” ¿No suena pior
que una mentada?
Otro compositor, ingeniosísimo,
intérprete atinado de las reacciones populares, en alguna de sus graciosas
creaciones nos brinda un magistral juego de palabras, una paráfrasis, anagráfica
sí, pero isocadente del hiriente imperativo de que estamos ocupándonos: “¡Minga
a tu chadre!”
Para ponerles una áurea fíbula
(léase broche de oro) a las presentes líneas, les paso al costo, ¡gratis!,
la aportación que a esta tesis hizo un alumno mío, músico él, que me tradujo
a escritura musical el tema rítmico de la mentada: es un tresillo y dos corcheas.
Aquí detengo mi camino sin
dejar de recordar que una fórmula típica de despedida en el ingenioso estado
de Veracruz es “No se te olvide”.
Y…¡Tátata tata!… con lo que
me expongo a tener que imaginarme un lejano “¡la tuya!”