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Correo del Maestro Núm. 84,mayo 2003

Formas de adoctrinamiento cristiano en la
Nueva España

José Martín Hurtado Galves

Cuando los españoles llegaron a estas tierras, encontraron seres humanos que eran no sólo aparentemente, sino realmente diferentes a ellos. Esto en el sentido de que cada quien construye su realidad a partir de su propio lenguaje, sobre todo cuando éste es el medio para fundamentar un sentido de pertenencia a una cultura dada.

      Los indígenas tenían su propia cosmovisión, que era parte de su devenir tanto individual como social; de igual manera los españoles traían la suya. Entonces, ¿cómo unir a ambas?, esperando sobre todo que, al hacerlo, la de los españoles destruyera a la nativa. Si hubieran tratado de evangelizar sólo con su lenguaje castellano quizás hubieran tardado más, mucho más tiempo; por eso al aprender primeramente el idioma indígena (el náhuatl) y posteriormente al implementar el teatro o drama para ‘llevar’ a los indígenas hasta el cielo y el infierno, al menos visualmente, la evangelización se dio de una manera más rápida y, particularmente, más eficaz de lograrlo.                    

      El presente artículo se divide en dos partes: la primera, “De por qué los frailes evangelizadores tuvieron primeramente que aprender náhuatl”, trata acerca de la importancia del náhuatl en la evangelización, sobre todo, porque dicho idioma fue el que les brindó la posibilidad de llevarla más lejos, pues la hegemonía de los mexicas no había sido sólo militar. El lenguaje era también una forma de extenderse del pueblo nahuatlaca.

      La segunda parte, “El teatro, recurso didáctico de los frailes en la evangelización durante los siglos XVI y XVII”, tiene como objetivo explicar por qué el teatro o la tragedia fue el recurso idóneo para llevar a cabo su ministerio, ya que éste era novedad para la idiosincrasia del indígena, que no sólo veía otra realidad, sino también la idea que se representaba a través de las imágenes del cielo y del infierno. 

De por qué los frailes evangelizadores

tuvieron primeramente que aprender náhuatl

Consumada la conquista de la capital en 1521, ninguna expedición española saldría hacia Oaxaca, Michoacán, Chiapas o al norte de la Nueva España sin llevar consigo hablantes de náhuatl. Los misioneros franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas siguieron más tarde el ejemplo de los conquistadores. La importancia del idioma fue tan grande que se llegaron a representar obras dramáticas en náhuatl ante  públicos que hablaban lenguas totalmente distintas. La lengua mexicana resultó la llave que abrió a los españoles las puertas de muchas regiones de Mesoamérica y despejó el camino para la conquista material, cultural y espiritual (Horcasitas, 1974: 48).

      El idioma náhuatl fue de suyo la ‘punta de lanza’ con que los españoles se abrieron paso para llegar a dominar a los indígenas del continente recientemente descubierto. Antes de la llegada de los europeos, el náhuatl tenía ya su relevancia, pues se extendía no sólo hasta los dominios de la hegemonía mexica, también participaban de su desarrollo los pueblos que de una u otra manera mantenían contacto militar o comercial con los aztecas.

      Cuando Fray Andrés de Olmos escribió su Tratado de hechicerías y sortilegios (1553), lo hizo precisamente en idioma náhuatl. Y no es un caso aislado; lo mismo podemos encontrar en Fray Jerónimo de Mendieta y otros. ¿Por qué no lo hicieron en cualquier otra lengua que se hablara en alguna de las naciones que poblaban Mesoamérica? Al parecer, porque el náhuatl era el idioma hegemónico de las tierras recién descubiertas  y, como lo que buscaban era el sometimiento general de los indígenas, utilizaron esta lengua como vehículo de penetración ideológica. Esto lo podemos constatar en Nuestro pesar, nuestra aflicción, tunetuliniliz, tucucuca (memorias en lengua náhuatl enviadas a Felipe II por indígenas del Valle de Guatemala hacia 1572)1. Aquí vuelve a hacer presencia de manera significativa el náhuatl, pero lo que destaca en este caso en particular es que quienes los escribieron (o narraron lo escrito por los frailes españoles) son indígenas de una región en donde la lengua que destaca es el maya o alguna de sus variantes (Guatemala).

      Así, no fueron los indígenas los que aprendieron primero de los españoles, sino más bien éstos los que primero tuvieron que aprender el idioma de los que querían someter. Podemos afirmar entonces que el poder del náhuatl llegó a influir incluso entre los mismos españoles. Aunque claro, como un medio para posteriormente dominar a las demás naciones indígenas. Pero, aun así, es necesario analizar la trascendencia que dicha lengua tuvo no sólo entre los recién conquistados, sino también y no menos importante, entre sus descendientes directos; incluso entre nosotros, que hemos olvidado la importancia de dicha lengua (y otras indígenas) con respecto a nuestro sentido de pertenencia a una sociedad que todavía sigue arrastrando el desprecio hacia cualquier idioma indígena.

      Fray Bernardino de Sahagún2 nos dice que fray Francisco de Toral3  le pidió que pusiese en lengua mexicana “cuanto le pareciera útil al dogma, a la práctica y a la duración del cristianismo entre los naturales de la Nueva España, que pudiera servir a los predicadores y ministros del Evangelio”. Y sólo después de treinta años de haber escrito Sahagún su obra en náhuatl se tradujo al castellano, en 1577.

      Entonces el náhuatl era el idioma llave de estas tierras, aunque no desconocemos que también se escribieron libros en otras lenguas autóctonas, como es el caso de la Relación de las ceremonias y ritos, población y gobierno de los indios de la provincia de Michoacán, que le dictaron los ancianos de Tzintzuntzan a fray Martín de Jesús de la Coruña. Pero, aun así, es el náhuatl el que despunta como forma de adoctrinamiento de los indígenas en general.

      El problema lingüístico no es pues un asunto de menor importancia, ya que, dependiendo del idioma, se entendía la cosmovisión del indígena, pero también el fraile predicador se asía de una herramienta (el lenguaje) con la que cifraba su propia interpretación del catecismo, es decir, sin llegar a minimalismos, hacía uso de los términos de la cosmovisión náhuatl para dar a entender a los indígenas la palabra de la nueva religión. Así, el diablo pasó a ser el ‘hombre-búho’: Ca ycuiliuhtoc: "Semper aliquid boni faciro ut diabolus te occupatum inveniat". Quitoznequi: "ma huel xiquixcacahui yn qualli ynic amo tlatçinhuiçotl ypan yn tlacatecolotl". Que está escrito: "Semper aliquid boni faciro ut diabolus te occupatum inveniat". Lo que quiere decir: “Sólo haz lo bueno para que tu pereza no te lleve, no te arrastre hacia el hombre-búho” (Olmos, 1996: 231).        

      Incluso hacían uso del panteón indígena como es el caso de Tlazoltéotl, diosa de la inmundicia, que a la hora en que morían las mujeres las asistía comiéndose todo lo malo que hubieran dicho o hecho, es decir, sus inmundicias; de este modo, podían morir limpias de todos sus ‘pecados’. Y aunque los frailes no mencionaban el nombre de la diosa, sí hacían alusión a las características de su presencia: “Y aquel que no obedece cuando es necesario, entonces Dios se enoja contra él, y así le desea que no venga a expirar, que no acabe, no desaparezca como de costumbre, pero allá donde hay orinas, mierda [sic], en la región de los muertos para siempre lo encerrará”4  (Olmos,1996: 11).

      El objetivo era evangelizar, llevar la doctrina cristiana hasta las mentes y los actos de los indígenas, y para ello recurrían a la misma idiosincrasia de ellos. Así, en algunos lugares de adoración indígena se levantaron templos cristianos; tal es el caso de la villa de Guadalupe, donde antiguamente se veneraba a Tonantzin; lo mismo pasó con dioses que fueron convertidos al cristianismo en forma de santos, como es el caso de la transformación de Huitzilopochtli en Santiago Matamoros, o Tláloc en san Isidro Labrador.   

      Podemos observar que los frailes primero aprendieron de los indígenas que éstos de aquéllos. Aunque, claro, el fin no era muy loable que digamos; pero, aun así, el náhuatl marcó la interpretación del mundo indígena en las mentes de los evangelizadores y por antonomasia en su misión evangelizadora.

      Ahora bien, había dos categorías de obras bien definidas: Artes, como llamaban entonces a la gramática y vocabularios como instrumentos de trabajo y estudio, formaban la primera, y en la segunda habría que colocar las doctrinas, o catecismos, los sermonarios, los confesionarios, la traducción, etc., que venían a ser como manuales de trabajo cotidiano (Ricard, 1995: 121).

      Dentro de los segundos estaban, por ejemplo, los Tratados de hechicerías y sortilegios, así como el Tratado sobre los siete pecados mortales, los dos de fray Andrés de Olmos, y las Oraciones, ensalmos y conjuros mágicos del archivo inquisitorial de la Nueva España. Este tipo de libros eran escritos por lo regular en náhuatl, y éste era tan importante, que en 1584 se hablaba desde Zacatecas hasta Nicaragua. Por ello Felipe II, en su real cédula del 19 de septiembre de 1580, la nombra la “lengua general de los indios”. En esta real cédula afirmaba que “la inteligencia de la lengua general de los indios es el medio más necesario para la explicación y enseñanza de la doctrina cristiana y que los curas y sacerdotes les administren los sacramentos”, y “rogaba y encargaba” a los prelados “que no ordenen de sacerdotes ni den licencia para ello a ningún clérigo o religioso que no sepa la lengua general de los indios de su provincia” (Ricard, 1995: 124-125).

      Para los españoles este idioma era el vehículo idóneo para poder relacionarse con los indígenas, pues a todas las naciones les era conocido; formaba parte de la propia cultura e idiosincrasia mesoamericana de manera general. Y ya que la identidad de cualquier persona se basa principalmente en su lenguaje, y si por medio de éste los frailes podían hacer llegar su palabra (la de ellos y la de los conquistadores), entonces el náhuatl era su más fiel aliado.       

      ¿Cómo lograron posteriormente minimizar el náhuatl los primeros españoles que llegaron a estas tierras? Es decir, después de que fue su vehículo principal de penetración ideológica, ¿cómo es que lo soslayaron hasta el grado de casi desaparecerlo? Si tomamos en cuenta que el desprecio hacia los ‘naturales’ era acendrado, podremos comprender que el apogeo del náhuatl duró sólo mientras los indígenas aprendieron el castellano, y con él los rudimentos necesarios para aceptar la nueva cultura que llevaba implícito el cambio de creencias, no sólo religiosas, sino también sociales, políticas, militares, económicas, etc. Después, la xenofobia se encargó de que nosotros mismos, como descendientes de esos indígenas aculturados fuéramos poco a poco olvidando nuestro origen lingüístico y, con ello, olvidándonos de nuestras raíces socioculturales, sobre todo de la parte lingüística: el náhuatl5.

      Recordemos algunas palabras de fray Andrés de Olmos en las que utiliza términos que de suyo eran propios de los rituales de iniciación al telpochcalli o al calmecac por parte de los padres del niño al momento de entregárselo al huehuetlatolli: “Collar mío, pluma preciosa mía, quizá no hayas oído contar como ellos, los hombres-búhos, juntan todos sus poderes, hacen todo lo que pueden, para apoderarse, para hacerse dueños de alguien, para mofarse de él, para gobernarlo, para someterlo, para  agarrarlo con lazos, en un agujero, en una cuerda, y así con ellos se llora, se es afligido, roto, atormentado, horrorosamente quemado.” (Olmos, 1990: 7). 

      Como podemos ver, utilizaban el náhuatl como significado y significante, y por ello, la penetración ideológica tuvo más poder, pues les llegaba desde dos enfoques: a) como lo nombrado (el objeto); y, b) como la forma de nombrarlo (la palabra).               

El teatro, recurso didáctico de los frailes en la evangelización durante los siglos XVI y XVII

El cuerpo humano, lugar privilegiado del combate entre el bien y el mal, se convirtió también en el espacio donde se desarrolló la potentia de los santos; fue el campo de la lucha entre la enfermedad y el milagro. El santo, personaje de vida inimitable por el común de los mortales, era en esta época un intercesor, más que un modelo. El culto a los santos se convirtió así, para Occidente, en un medio ideal para cristianizar a los pueblos paganos al establecer una nueva forma de socialización basada en el patronazgo y en la subordinación a las sedes que guardaban las reliquias6 (García et al., 1997: 52).

      Como podemos leer, los santos sirvieron no sólo como ejemplo en las comunidades donde   vivieron; fueron también el arquetipo a seguir por parte de los nuevos conversos. En el caso de los indígenas de la Nueva España se usaron los que ya existían de facto en el Viejo Mundo, y los mismos dioses indígenas fueron metamorfoseados para lograr la aceptación de la nueva religión por parte de los naturales. Pero esto no era cosa de cambiar así como así a las antiguas deidades. En el caso de poder nombrar a quién venerar y a quién no, fue motivo de un proceso en el que, al final, el Papa tuvo la última palabra para resolver el conflicto. Hasta el siglo X sólo habían sido reconocidos para su veneración los arcángeles, los mártires, los ermitaños antiguos, los obispos y monjes. A fines del siglo X comenzaron a ser propuestos como modelos algunos laicos nobles y reyes, y apenas en el siglo XIII  se canonizó a un santo campesino… A partir del siglo XII la canonización fue derecho exclusivo del pontífice, con lo que se daba fin al antiguo proceso practicado desde el siglo V, por el que la elevación de un personaje al culto público era realizada por la devoción popular y ratificada con la autorización del obispo de la región y muy rara vez por el Papa (García, et al., 1997: 55).    

     Como vemos, la canonización  de nuevos santos en el siglo XVI ya no era tan fácil, además, no era ése el objetivo. Lo que se pretendía era convertir al cristianismo a los indígenas; así, se recurrió a una especie de ‘maquillaje’ de sus antiguas deidades por nuevas imágenes. Pero, ¿cómo hacer para que los naturales las aceptaran?, ¿cómo explicarles que ahora tenían que adorar a otro Dios y a algunos hombres como santos? Sabemos por los primeros cronistas que los frailes evangelizadores se valían al inicio de su ministerio de maneras muy rudimentarias: “…al principio tuvieron que usar de la predicación a señas”. Cuenta Muñoz Camargo que los religiosos se veían reducidos a predicar solamente la existencia del cielo y del infierno. Para indicar el infierno señalaban “la parte baja de la tierra con la mano [y decían] había fuego, sapos y culebras, y acabando de decir esto, elevaban los ojos al cielo, diciendo que un solo Dios estaba arriba, ansí mismo apuntando con la mano, lo cual decían siempre en los mercados”. Naturalmente, los indios nada entendían. El dominico fray Domingo de la Anunciación puso a prueba un procedimiento menos rudimentario: escribía un breve sermón en castellano, lo hacía traducir a la lengua del país por alguno de los intérpretes, lo aprendía de memoria y, al fin, iba a declamarlo ante los indios, sin más conocimiento directo que el de la sustancia del asunto. Muy pronto percibió los inconvenientes de esta manera de proceder y hubo de renunciar a ella, y se esmeró en el estudio de la lengua náhuatl (Ricard, 1995: 119).       

      Para la magnitud de la empresa que pretendían realizar los frailes evangelizadores, el idioma hegemónico de Mesoamérica no les fue suficiente, pues, como cualquier otro, podía transmitir el sentido y contenido de lo que el lenguaje representaba; es decir, lo que representa de la realidad. No eran ya suficientes el significado y el significante para su objetivo; necesitaban ir más allá de lo que alguna vez discutieron Cratilo y Hermógenes7. Entonces, si querían llegar a la concientización de las masas, y sobre todo, que la evangelización fuera más allá del discurso que muere al ser olvidado; o sea, que tuviera un efecto en la práctica diaria de los indígenas, tenían que utilizar una forma en la que el onoma, la palabra ya existente (la de los indígenas, en este caso sus creencias religiosas) fuera sustituida por otra; una en la que se sostuviera una creosis deóntica8 con base en los dogmas de fe consustanciales de la fe cristiana.

      Para tal efecto pensaron en representar los elementos que conforman el catecismo, y el teatro fue la herramienta idónea. Hay que distinguir que el teatro era sobre todo tragedia, por el carácter de religiosidad que tenía. Así evoluciona de la siguiente manera: De la Misa surgió el Drama medieval; y de éste, el drama clásico, del que se desprende a su vez el drama cortesano náhuatl; y, el drama misionero náhuatl.

     En la Nueva España el drama náhuatl se dividía en cinco formas de representación:

1.  El drama litúrgico: Se cantaba como parte de una misa dentro de la iglesia el día de la fiesta del santo o en la fecha que se suponía que había sucedido la acción. Esta forma primitiva ya no existía en la primera mitad del siglo XVI, cuando los franciscanos llegaron a México, pero está ligado estrechamente con los dramas litúrgicos La natividad de San Juan Bautista, La anunciación y La asunción, todas representadas en Tlaxcala antes de 1540.

2.  El misterio o representación tomada de las Sagradas Escrituras. Obviamente se conecta con el drama litúrgico: El campo común entre éste y el litúrgico es muy amplio, pero no siempre está integrado a una misa, ni se celebra en una fiesta especial. Como ejemplos se pueden citar El auto de la caída de nuestros primeros padres y El sacrificio de Isaac.

3.  El drama alegórico: Se distingue de otros géneros en que se personifican figuras simbólicas como la fe, el remordimiento o la paciencia. Es típico de la Edad Media tardía. Los personajes alegóricos aparecen rarísima vez.

4.  El drama moral o didáctico: No está tomado de las Sagradas Escrituras. Trata de la conducta buena o mala de personajes ficticios y de las consecuencias de sus acciones. Son ejemplos en náhuatl El mercader y La educación de los hijos.

5.  El drama profano: Es una representación de tipo no religioso. Son escasos los ejemplos de este género en náhuatl, tanto los antiguos de la época colonial como de la moderna. En el estado de Guerrero se representaron algunos como El tecuani cimarrón.  

     Las razones que tenían los frailes para evangelizar por medio del drama o teatro representativo de los preceptos cristianos, según fray Blas de la Torre en el año de 1640, eran

.para que conmoviesen a los otros e indujesen al arrepentimiento de sus culpas y hacer o incitar las devociones que en ellos se representaban, según la calidad o caso de dicho neixcuitle, caso necesarísimo al indio, que sólo se mueve por los ejemplos, especialmente de representaciones. Aquí eran traídos como por fuerza a la doctrina y misa, en especial el cholulteco, menos estable que otros y más orgulloso que ninguno, en que se reconoce la dificultad y trabajo que costaría aquí a los fundadores asentar el evangelio (De la Torre, citado por Horcasitas, 1974: 72).  

      Otro religioso, el padre Vetancurt, en 1698 escribió algo parecido: “Esto [el teatro] instituyeron los primitivos padres, porque como los naturales no tienen más entendimiento que los ojos, les ponen a la vista los misterios para que queden en la fe más firmes” (Vetancurt, citado por Horcasitas, 1974: 73).

      Pero las razones de un indígena del siglo XVI eran diferentes a las de los españoles:   Inic nican pehua in quenin omochihuaya in nexcuitili ejemplo amo tlanahualoya, ihuan tlacatecolotl amo mahuiltiaya ica christianos. “Aquí se comienza de cómo se hacían los ejemplos dramáticos, para que no acechara, para que no jugara el demonio con los cristianos” (Manuscrit Mexicain 291, citado por Horcasitas, 1974: 73).        

      Como podemos ver, las razones de los religiosos no eran compartidas por los indígenas. No coincidían tampoco en que fuera el mismo fin; mientras que para los frailes los indígenas “sólo se mueve[n] por los ejemplos [visuales]” y porque “no tienen más entendimiento que los ojos”; para el indio era una forma de purificar el ambiente y ahuyentar al demonio.   

      Los españoles estaban muy lejos de tener la razón, y no sólo porque estuvieran utilizando una falacia (argumentum ad hominem circunstancial)9, sino porque ellos mismos habían sido cristianizados por medio de imágenes; es decir, no sólo por medio de la palabra, sino también, y muy importante, por medio ‘de los ojos’. A diferencia de los judíos o los musulmanes, que no representan a sus dioses dentro de sus templos, esto por la ley del anitocismo, que prohíbe representar, sea por medio de la pintura o de la escultura, a seres vivos dentro de su lugar de adoración, porque esto –dicen– corresponde solamente a Dios (Adonai, Señor; o, Alá, altísimo) y hacerlo es tanto como rivalizar con el mismo creador.

      Entonces, los españoles no eran coherentes con su decir y su hacer, al menos en lo que respecta a la religión que habían aprendido y al momento en que la transmitían. Había sido parte de su aculturación; para los indígenas, había sido la aculturización más brutal que pudieran haber sufrido. 

      Para terminar, es necesario entender que los frailes usaron el teatro o drama como recurso didáctico para evangelizar a los indígenas; y que el náhuatl dentro del drama, fue no sólo una herramienta lingüística, sino una punta de flecha ideológica con la que pudieron ‘herir de muerte’, es decir, evangelizar y adoctrinar socioculturalmente  a los pueblos conquistados.

     Así, de manera concreta, los evangelizadores relacionaron:

1.  el conocimiento (la palabra de Dios) con la realidad (lo que se ve), y

2.  sus opiniones (interpretaciones del texto sagrado) con la apariencia (lo que podían creer los indígenas que veían por medio del teatro).

     ¿Dónde quedó la división entre la realidad y la fantasía en las mentes de los indígenas? Como diría Martín Lutero: “El Evangelio pertenece a los pobres y a los afligidos, y no a los príncipes y a los cortesanos que viven en seguridad y deleite continuos, ajenos a toda tribulación.” 

Citas

1  Publicada por la UNAM y el Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica en 1996.
2  En Historia de las cosas de la Nueva España.
3  Posteriormente llegó a ser obispo de Michoacán.
Fray Andrés de Olmos escribió esto entre 1551 y 1552. Y, ya en el s. XIII, Dante Alighieri había escrito en la Divina Comedia, en el Octavo círculo del Infierno, Canto XVIII, segundo foso, acerca de los aduladores que estaban sumergidos entre la mierda [sic]; específicamente Dante ve a dos: Alejo Interminelli de Lucca y la prostituta Tais.  
5 O cualquier lengua autóctona que se hable en la región en la que viviéramos. Pues ¿cómo podríamos ser parte de nuestra cultura desconociendo de facto las raíces prístinas de la misma?.
6 Las reliquias eran parte del cuerpo de algún santo (dedos, cráneos, rótulas, tibias, etc.) o bien, alguna prenda de vestir o algún utensilio que hubiera usado en vida. En Europa llegaron a existir varias iglesias que se disputaban la veracidad de contar con el cráneo de algún santo o apóstol; por ello llegaron a haber hasta más de seis cráneos del mismo personaje. 

7 En los Diálogos de Platón, Cratilo afirmaba que las cosas tienen el nombre que les corresponde, de manera natural (teoría de phisis); mientras que Hermógenes sostenía que los nombres de las cosas eran dados por cuestiones convencionales (teoría de nomos).
8 Creosis: coherencia, racionalidad, exactitud, orden, sistematicidad, inteligibilidad y sentido. Deóntico: formulación de juicios de valor a partir de estructuras sociales, económicas, culturales, morales, etcétera. 
9 Con esta falacia se ataca a la persona, no al discurso circunstancial de ésta, en este caso las creencias religiosas.

 

 

Bibliografía

ANÓNIMO, Nuestro pesar, nuestra aflicción (Memorias en lengua náhuatl enviadas a Felipe II por indígenas del Valle de Guatemala hacia 1572), México, UNAM, 1996.

ALIGHIERI, Dante, La divina comedia, México, Bruguera, 1976.

DE OLMOS, Fray Andrés, Tratado de hechicerías y sortilegios, México, UNAM, 1990.

-------- Tratado sobre los siete pecados mortales, México, UNAM, 1990.

HORCASITAS, Fernando, El teatro náhuatl, épocas novohispana y moderna, México, UNAM, 1974.

RICARD, Robert, La conquista espiritual de México, México, Siglo XXI, 1995.

RIVA PALACIO, Vicente, México a través de los siglos, t. II, México, Editorial Cumbre, 1958.

 

 

 

 

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