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Mitos
y olvidos de la memoria nacional
Carlos
Antonio Aguirre Rojas
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Sobre la construcción de
los mitos fundadores de la memoria histórica
Al final
de su texto Sentimientos de la Nación, sólo tres
años después de que el movimiento de independencia en
México comenzara, Morelos propuso, en un curioso punto
final del documento mencionado, que la fecha del 16 de
septiembre fuese festejada cada año, por considerarse
el momento de inicio de la gran lucha.1
Así, cuando aún no era posible prever su desenlace,
ni por lo tanto el grupo vencedor que finalmente impondría
su versión de estos mismos hechos históricos comenzados
en septiembre de 1810, ya había dado inicio el proceso
de formación de uno de los mitos fundadores de
la memoria histórica de la nación mexicana, mito que al
correr de los lustros y las décadas habría de irse afirmando
y estableciendo como el primer estrato definitorio
de las principales ‘señas de identidad’ de
la supuestamente moderna nación mexicana.
De este
modo, estableciendo una primera fecha por conmemorar,
cuya vigencia dura hasta el día de hoy, ese movimiento
de independencia comenzaba a afirmarse, desde sus momentos
iniciales, como el primero y más general de los mitos
constitutivos de la identidad nacional de los mexicanos,
de la identidad general de los habitantes de este país
que habiendo nacido justamente como fruto de dicha independencia
comenzará pocos años después a llamarse México, o República
Mexicana, o Estados Unidos Mexicanos.
Con ello,
México sólo repetía un proceso que la mayoría de las naciones
modernas han recorrido,por el cual el mito de su identidad
nacional se ha afirmado siempre a partir de una gran guerra,
civil o de independencia, como en el caso de Francia y
la Revolución Francesa, de Inglaterra y la revolución
inglesa o de Estados Unidos y de su revolución de independencia,
entre otras.2
Es claro
que todas las naciones del mundo son construcciones
históricas absolutamente recientes, que sólo corresponden
a la época de la historia del capitalismo de los últimos
cinco siglos .3 Y también
es claro que, para afirmarse y legitimarse en general,
esas entidades nacionales se han valido siempre y se valen
aún hoy de la manipulación y la reconstrucción de ciertos
hechos históricos, fabricando esos ‘mitos fundadores’
de las naciones a través de versiones específicas y muy
particulares de dichas guerras, batallas y procesos históricos,
versiones que en general tienden a exaltar a esas guerras
o batallas como ‘gestas gloriosas’ que fundan
una nacionalidad, o un país, o una identidad en la ‘fragua
del heroísmo y de las virtudes’ de los habitantes
de cierto territorio, y en la oposición y defensa, siempre
finalmente victoriosa, frente a los ‘enemigos externos
o internos’, gestas que se enriquecen, renuevan
y prolongan a lo largo de décadas y siglos para consolidar,
afirmar, liberar, defender, modernizar o proyectar hacia
todo el mundo a esa misma nación o país.
Así, una
de las varias dimensiones importantes de esta construcción
histórica de las naciones es la fabricación de una memoria
histórica sobre sus orígenes, su evolución o trayectoria,
sus fiestas y conmemoraciones, pero también sobre sus
símbolos de identidad, sus lugares de culto cotidiano4,
sus rituales principales y también sobre su particular
panteón de ‘héroes y de villanos’. Memoria
histórica que si bien se establece en sus estructuras
fundamentales conforme dicha nación se afirma y se consolida
históricamente, también está sujeta, permanentemente,
a procesos de actualización y de redefinición
profundos, que la rehace y la reinterpreta todo el tiempo
en función de las circunstancias y las necesidades de
cada presente histórico. Si las clases y los grupos
que dominan en cada nueva coyuntura histórica lo hacen,
entre otros medios, a través del esfuerzo de crear en
cada caso cierto consenso ideológico que justifique y
legitime su dominación, es obvio que uno de los varios
mecanismos importantes para crear tal consenso es esa
manipulación y reactualización de la memoria histórica
dominante. Memoria histórica que por lo tanto, y según
los reacomodos y cambios de las clases y los grupos dominantes,
verá enfatizados o marginados a tales o cuales elementos
centrales, a la vez que reinterpretadas sus versiones
anteriores. Además, a su estructura general se agregan,
lenta pero continuadamente, nuevos elementos, matices,
señales o dimensiones nacidas de cada uno de esos presentes
históricos específicos.5
Agreguemos,
para hacer más complejo este cuadro, que frente a esa
‘memoria histórica’ nacional, normalmente
genérica y dominante a nivel social, a pesar de sus cambios,
manipulaciones y reconstrucciones sucesivas, existen
otras memorias alternativas, dominadas y no hegemónicas,
pero igualmente presentes y actuantes dentro de la cultura
y el imaginario colectivo de las sociedades. Memorias
de alcance más local, de existencia más accidentada, o
de presencia social más marginal, aunque a veces igualmente
tenaz, que expresan y rescatan las tradiciones y los recuerdos
de las clases subalternas, para conformar, por ejemplo,
una ‘memoria obrera’ de las luchas, triunfos
y derrotas de la clase trabajadora de un país, o una ‘memoria
campesina’, o una ‘memoria popular’,
que si bien no cumplen el papel hegemónico de memoria
‘oficial’ o ‘nacional’, o supuestamente
‘cohesionante’ de todo un país, sí mantienen
vivas y actuantes las tradiciones, los recuerdos, las
experiencias y las lecciones atesoradas que conforman
la identidad de clase y la identidad social de esos grupos
populares, o campesinos, u obreros, o marginales de una
‘nación’ cualquiera, la que sólo en
el discurso es supuestamente unitaria y homogénea.
Por otra
parte, más allá de este conflicto, a veces latente y a
veces manifiesto, entre la memoria histórica dominante
y esas memorias dominadas y alternativas, está el hecho
de que dicha memoria no es más que una de las tantas
dimensiones de la cultura en la que se enmarca y, más
en general, del proceso de la historia global del país,
o nación, o espacio social en que se despliega. Ello implica
entonces que, para comprender adecuadamente la estructura
general de cierta memoria histórica nacional, junto con
sus sucesivas readaptaciones y transformaciones acordes
a cada presente específico, hace falta también resituar
a esas memorias –la hegemónica, y las diversas contramemorias
alternativas6–, dentro
de dicha historia general, que es el contexto que explica
tanto su permanencia y vigencia de larga duración, como
sus cambios y sucesivas modificaciones en cada nueva coyuntura
histórica vivida.
Sólo esta reubicación y confrontación
de la memoria histórica respecto de la historia general, que es su contexto
real, nos permite distinguir los elementos reales de los elementos míticos
de dicha memoria. Porque si esa memoria histórica se construye transformando
en símbolos ciertas fechas, personajes, lugares, acontecimientos, hechos
y fenómenos históricos, entonces es claro que dicha conversión simbólica
sólo es posible en la medida que se magnifican y sobredimensionan, deformados,
esos datos históricos recién mencionados.
Lo mismo
sucede con los elementos nuevos que cada presente agrega
a esas memorias, a las configuraciones siempre diferentes
que ellas adoptan; elementos y configuraciones que al
nacer en el suelo de cada coyuntura o circunstancia histórica
nueva se explican también cuando reconstruimos las vicisitudes
y los itinerarios que, a lo largo del tiempo, han recorrido
y cumplido esas mismas memorias y contramemorias que cada
nación forja como otra de las tantas expresiones de su
singular historia cultural.7
Una vez
caracterizadas estas memorias, hegemónicas y alternativas,
como dimensiones específicas de las culturas nacionales
de las sociedades modernas y contemporáneas y, por lo
tanto, como toda realidad cultural, como un espacio de
disputa y de combate ideológico entre los grupos, los
sectores y las clases sociales diversas, tratemos de aproximarnos
con más detalle al caso de las formas diversas y los modos
de desarrollo de esa memoria histórica dentro de la historia
de México, memoria que, desde hace apenas unos cuantos
meses se ha vuelto, una vez más, el terreno de una clara
batalla cultural en torno a la explicación e interpretación
de nuestros diferentes pasados históricos y, en consecuencia,
en torno a los principales elementos de nuestra pretendida
‘identidad nacional’.
Las
estructuras principales de la memoria mexicana hegemónica
[La] memoria colectiva
[…] no conserva el pasado,
sino que lo reconstruye con la ayuda de restos
materiales, de ritos, de textos, de las tradiciones
que ese pasado ha dejado, pero también con el
apoyo de los hechos psicológicos y sociales
recientes, es decir, con el presente.
Maurice Halbwachs,
Les cadres sociaux de la mémoire, 1925. |
Cuando observamos la historia reciente de México, desde
una perspectiva que intente darle densidad histórica a
nuestra mirada y a nuestro análisis, es decir, desde una
perspectiva histórica de larga duración,8
y si nos concentramos en esta dimensión ya referida de
lo que es hoy la estructura general de la singular
memoria nacional de nuestro país, podremos darnos
cuenta de que esta memoria se ha conformado en esas estructuras
básicas y fundantes de su arquitectura general, superponiendo
dos planos centrales que se acoplan y refuerzan mutuamente,
y en torno a los cuales giran el resto de elementos y
partes constitutivas de esta misma memoria dominante.
Dos planos centrales superpuestos
que son, en primer lugar, el mito de nuestra Independencia nacional
frente al imperio español, independencia que en esta versión funda la nación
mexicana y que, emancipándose de esa dominación española de casi tres siglos,
daría origen a la historia moderna y contemporánea de México y, en segundo
lugar, el mito de la Revolución Mexicana de principios del siglo XX,
revolución que al mismo tiempo que refrenda y reactualiza nuestra independencia
y soberanía como nación, frente a las presiones y a las influencias de las
potencias y de los capitales extranjeros, permite a México dar el gran paso
hacia su ‘modernización’ y hacia su transformación en un país que, de pleno
derecho y supuestamente en igualdad de condiciones, se integra orgánicamente
dentro del más contemporáneo concierto de las ‘naciones civilizadas’.
Dos mitos centrales constitutivos
de la identidad nacional que las clases hegemónicas han
impuesto como dominante en nuestro país a lo largo de
todo el siglo XX, a los que se agregan con mayor o menor
rango, a veces de manera más armónica y sencilla, a veces
más conflictiva y difícil, la gesta de las guerras y las
leyes de la Reforma juarista, o la obra de algunos presidentes
mexicanos del siglo XX como Lázaro Cárdenas, pero también
ciertos sucesos fundamentales como el reciente movimiento
estudiantil popular de 1968. Así, gravitando en torno
a estos dos procesos centrales de la Independencia mexicana
y de la Revolución Mexicana, van a constituirse esas fechas,
lugares, tradiciones, ritos, textos y conjunto de héroes
y villanos que pueblan de distintas maneras nuestra actual
memoria mexicana.
Pero, como han señalado varios
analistas de la memoria colectiva que antes hemos referido, esta memoria se
define tanto por lo que afirma, consagra y propone conmemorar, como por lo
que niega, omite, margina o condena explícitamente. Del mismo modo en que
no existe el día sin la noche, tampoco hay memoria sin olvido, lo que nos
permite comenzar a reubicar y a recontextualizar desde una perspectiva más
amplia, y al mismo tiempo crítica, estas estructuras generales y fundantes
de la actual memoria nacional mexicana.
Así, resulta curioso comprobar
que en el mito fundador de nuestra independencia, el claro enemigo señalado,
como elemento que debe negarse y condenarse es el dominio colonial español,
ejercido durante tres siglos, y que fue justamente roto y superado por nuestro
movimiento de independencia. Pero, si la independencia negaba ese dominio
español, lo hacía ¿para afirmar qué cosa? ¿Para reivindicar, frente a esa
dominación ibérica de la que entonces logramos emanciparnos, a qué grupo social,
a qué elemento étnico, a qué clase o conjunto de individuos?
Si recordamos
que la dominación española se constituyó avasallando y
sometiendo a las poblaciones indígenas prehispánicas,
tal vez podríamos pensar que al negar lo español, y al
independizarnos, lo haríamos para reivindicar de nuevo
y restituir en su verdadero lugar a esa matriz indígena,
mayoritaria socialmente y más antigua, dentro del conjunto
de la población de lo que entonces comenzaba a ser el
México independiente. Pero, como han venido a recordárnoslo
a todos los rebeldes neozapatistas chiapanecos desde 1994,
este mito de la independencia no se construyó para reivindicar
a los pueblos indígenas originarios de nuestro territorio,9
y ni siquiera a las poblaciones mestizas nacidas del múltiple
y complejo mestizaje cultural de nuestras tres raíces
–la indígena, la negra y la europea–, sino
simplemente para negar a ese dominio español y para reivindicar
frente a él, de modo genérico y bastante impreciso, a
los ‘mexicanos’, es decir a los habitantes
de nuestro país nacidos sobre el territorio nacional .10
Y si recordamos
que esa revolución de independencia fue finalmente capitalizada
por los sectores criollos de la antigua Nueva España,
que marginaron las demandas de los sectores populares
y rearticularon la antigua dependencia respecto de España
para sustituirla por una nueva dependencia más plural
con respecto de varias economías europeas,11
podremos entender por qué en dicho proceso de independencia
y en el mito conmemorativo en que se plasma más adelante
no aparece esta reivindicación ni del elemento indígena,
ni del mestizo popular.
Del mismo
modo, tampoco aparece como algo central el tema de la
dependencia económica. Porque si bien es cierto
que después de 1821 México logró su independencia política
frente a España para constituirse en un estado nacional
más o menos libre, soberano y autónomo –lo que además
habría que matizar en muchos sentidos–, la dependencia
económica, en cambio, va a continuar hasta el día de hoy,
aunque hayan cambiado progresivamente los centros económicos
de los que dependemos, pues se mantiene idéntica nuestra
ausencia general de independencia y autodeterminación
económicas.
Por eso, si el mito de la
memoria nacional pone énfasis en la independencia de los ‘mexicanos’ frente
al dominio ‘político’ español, es justamente porque hasta el día de hoy dicha
memoria hegemónica se niega a reconocer el esencial legado de nuestros pueblos
indígenas, el profundo proceso de mestizaje cultural de nuestras poblaciones,
y también nuestra permanente y aún vigente condición de dependencia económica
general y estructural.
Lo mismo sucede con el segundo
plano central o eje de gravedad de esta memoria mexicana dominante, la que
afirmando una vez más que la Revolución Mexicana se hizo en parte contra
el ‘entreguismo’ y la subordinación de Porfirio Díaz respecto de las potencias
extranjeras y de los capitales foráneos –con lo cual se entronca como una
prolongación y reactualización casi natural de los logros de nuestra Independencia–,
insiste sobre todo en el hecho de que, gracias esa Revolución Mexicana se
ha comenzado a edificar el ‘México moderno’, acorde a los tiempos y a las
circunstancias contemporáneas, a la vez que el México completamente ‘civilizado’,
que deja atrás las tradiciones premodernas y arcaicas para enfilarse por la
ruta del progreso y el avance dictados por esa misma ‘modernización’.
Sin embargo,
una vez más, este mito de la Revolución Mexicana incorporado
como segundo eje de la memoria hegemónica y de la identidad
nacional dominante e impuesta, olvida insistir en el hecho
de que dicho México ‘moderno’ sólo se construyó
sobre la derrota general de los grupos campesinos
más radicales que participaron en esa Revolución Mexicana,
de las huestes villistas y zapatistas, y por lo tanto
sobre la marginación, aplastamiento y cancelación del
proyecto de nación que hubiesen podido encarnar esas mismas
clases campesinas radicales.12
Así, reduciendo este proyecto
alternativo a simple ‘componente agrario’ de esa Revolución Mexicana, el mito
de nuestra memoria dominante ignora que una de las causas centrales
de dicha revolución fue la demanda campesina por la propiedad de la tierra,
en la lógica de que “la tierra debe ser de quien la trabaja” y en el espíritu
de hacer justicia real a la que entonces era todavía la clase popular o subalterna
mayoritaria de nuestro país, la clase de los campesinos pobres y explotados.
Además, junto a esta banalización
de la vía campesina radical de la revolución, el mito
de la memoria nacional mexicana todavía vigente instaura
una versión de ese movimiento revolucionario de 1910-1921
en el que, de manera absurda y antihistórica, se nivela
y homogeniza a todas las corrientes diversas y a los distintos
y hasta contradictorios y excluyentes proyectos de nación
que se enfrentaron en esa misma Revolución Mexicana, reduciendo,
por ejemplo, al complejo y radical proyecto socialista
y anarquista de los hermanos Flores Magón al rango de
simples ‘precursores’ o ‘antecedentes’
del estallido de 1910, mientras que deforma y recupera
a Francisco Villa y a Emiliano Zapata, y a las vastas
masas campesinas que ellos acaudillaban, bajo la simple
y limitada condición de ‘caudillos agrarios’
y de ‘ejércitos campesinos’ de una supuestamente
homogénea, unitaria y monolítica Revolución Mexicana,
a la que por añadidura se declara sin más como triunfante.
Junto
con estas manipulaciones, que borran todas las diferencias
cruciales de las muchas revoluciones locales, sociales,
regionales, de clase, de objetivo y de proyecto que fue
esa ‘Revolución Mexicana’, el mito de la memoria
mexicana olvida también señalar que, en virtud de los
reacomodos geopolíticos mundiales de finales del siglo
XIX y principios del siglo XX cronológicos, el proyecto
de un México supuestamente ‘civilizado’ y
‘moderno’ que se impuso como resultado de
la Revolución Mexicana y del triunfo en ella de la facción
del grupo Sonora, era el de imitar y tratar de adoptar,
de una manera totalmente acrítica, el modelo de modernidad
y de civilización que durante el siglo XX se volvió el
modelo hegemónico en todo el mundo occidental, es decir
el modelo estadunidense del tecnocrático y consumista
american way of life.13
Porque después de 1921, y
a todo lo largo del siglo XX, el rasero que ha sido utilizado para medir nuestro
‘tradicionalismo’ o nuestro grado de verdadera ‘modernización’, a la vez que
el supuesto progreso, más lento o más rápido, de nuestra ‘civilización’ ha
sido sin duda el de la mayor cercanía o lejanía en la copia e imitación de
esa modernidad estadunidense que, haciendo abstracción de nuestra historia
original y de nuestro itinerario de los últimos quinientos años, ha pretendido
enjuiciarnos a partir de la comparación sistemática con la economía, la democracia,
la sociedad, la cultura y hasta la civilización estadunidenses.
Eso, por
otra parte, ilustra lo que han señalado varios estudiosos
del fenómeno de la memoria histórica: que dicha memoria
tiende siempre a eliminar las contradicciones de la historia
real, constituyéndose como una construcción coherente
y armónica, y en la que sus distintas partes embonan y
se complementan siempre sin conflicto y de manera pertinente.
Entonces, si el mito de la independencia niega nuestra
raíz indígena y nuestro complejo mestizaje cultural de
tres siglos, y desconoce además la dependencia económica
que sobrevive más allá de la independencia política, entonces
es lógico que a la abstracta y genérica reivindicación
de los fantasmales y poco concretos ‘mexicanos’,
y al reclamo y defensa de una limitada y también etérea
‘independencia nacional’ puramente política,
corresponda, armoniosa y tersamente, el mito de una Revolución
pretendidamente unitaria, homogénea, triunfante y supraclasista,
cuyo principal fruto es el paso hacia una modernidad también
desencarnada, nebulosa y supuestamente perfecta e ideal.
Complementación armoniosa
y lineal del mito independentista con el mito revolucionario, que entonces
hace posible que el resto de los elementos de esa memoria hegemónica y dominante
graviten igualmente dentro de esta lógica selectiva de ciertos énfasis, pero
también de ciertos olvidos estratégicos, de los diversos hechos, fenómenos
y procesos históricos esenciales de nuestro devenir.
Por ejemplo, el fenómeno del
juarismo y del movimiento de Reforma en México, en el que sobre todo se enfatiza
la ‘defensa’ de la nación frente a la intervención francesa extranjera y el
logro de una separación clara entre la esfera pública laica del Estado y el
mundo privado y específico de las creencias religiosas. Una visión que concibe
a la obra de la ‘Reforma’ en México sólo como reiterado refrendo de
nuestra ‘independencia’ –amenazada por la potencia francesa– y como una suerte
de equitativo ‘reparto’ de espacios sociales y de funciones y tareas entre
dicho poder público del Estado y los poderes privados de la Iglesia y el clero
mexicanos.
Pero esta visión idílica de
la memoria hegemónica olvida entonces subrayar el papel esencial que
ha tenido el proceso de desamortización de los bienes del clero cumplido en
estos mismos tiempos, proceso que, al acotar y disminuir significativamente
el enorme poder económico de la Iglesia en México, hizo a la vez posible
que el Estado limitara y controlara realmente, al menos en cierta medida,
a dicho grupo de la Iglesia mexicana. Iglesia mexicana que, dominada por el
estrato rico del alto clero, no sólo apoyó abiertamente las varias intervenciones
extranjeras que padecimos a lo largo del siglo XIX e incluso a comienzos del
siglo XX, sino que también jugó permanentemente un papel reaccionario y profundamente
conservador dentro de la historia de México, oponiéndose sistemáticamente
a los cambios sociales progresistas, y a las demandas populares de todo el
conjunto de las clases subalternas mexicanas.
Con ello el juarismo, lejos
de ser ese terso y pacífico reparto de tareas entre Iglesia y Estado, fue
más bien una enérgica denuncia de ese papel en general retardatario del alto
clero mexicano, a la vez que una igualmente radical imposición, desde el Estado,
de una clara estrategia de definición y acotamiento de los límites que debería
tener y mantener el poder económico y social de esa ‘Iglesia de los ricos’
que, hasta antes de 1968, fue en su abrumadora mayoría la Iglesia en México.
O también
el caso del papel que ocupa, en esa memoria dominante,
la obra de Lázaro Cárdenas, que en la versión oficial
es exaltada tanto por el acontecimiento muchas veces celebrado
de la ‘expropiación petrolera’ –leído,
una vez más, como refrendo de nuestra independencia y
soberanía frente a las compañías petroleras extranjeras–,
como por el acendrado ‘agrarismo’ cardenista,
que vendría a profundizar y relanzar, culminándolo, el
‘reparto agrario’ o la ‘reforma agraria’
derivada de la ‘fuerte vena agrarista’ de
la Revolución Mexicana.
Y si bien es cierto que después
de la contrarreforma agraria salinista y de la política
‘desnacionalizadora’ de los últimos gobiernos
mexicanos, esta versión oficial del cardenismo
original comienza incluso a resultar incómoda y difícil
de integrar en esa memoria hegemónica oficial, eso no
elimina el hecho de que en dicha versión oficial de nuestra
memoria dominante se haya omitido lo que representaba,
en profundidad, el proyecto de Lázaro Cárdenas de impulsar
una educación socialista en México, junto al papel
extraordinariamente protagónico que, todavía en
vísperas de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron tanto
las clases campesinas pobres como la clase obrera mexicana,
proyectos y protagonismo que sólo se explican por la enorme
fuerza y vitalidad de una radical revolución social popular
que, aunque fue claramente derrotada, se mantuvo sin embargo
muy viva, actuante y presente todavía durante toda la
coyuntura histórica que en el mundo y también en América
Latina y en México se desplegó entre la Primera y la Segunda
guerras mundiales .
Igualmente sucede, por ejemplo,
con el movimiento estudiantil popular de 1968, que si desde su origen se implantó
con gran fuerza en la memoria popular de las clases subalternas de
México, al principio rechazado y desdeñado, o hasta minimizado, por esa memoria
hegemónica dominante, comenzó en cambio, hace sólo unos pocos años y sobre
todo a partir de su trigésimo aniversario, a tratar de ser incorporado, banalizándolo
y deformándolo, dentro de esa memoria hegemónica dominante.
Y así, tratando de reducir
este movimiento y esta verdadera tragedia popular de 1968
a la condición de un simple ‘capítulo’ más
de una supuestamente ‘larga lucha’ por la
democracia, lo que este intento de cooptación y banalización
olvida es el carácter fundante y generador de ese
movimiento que en México, igual que en todo el mundo,
fue en verdad una profunda y radical revolución cultural
de grandes dimensiones y, en consecuencia, la creación
de un nuevo escenario, radicalmente distinto al
anterior, en lo que se refiere a la cultura política vigente,
a la cultura de todos los grupos y partidos de la izquierda,
a múltiples prácticas de la vida cotidiana en el ámbito
de la familia, de la escuela y de la sociedad, al carácter,
demandas y papel de los viejos y también de los múltiples
nuevos movimientos sociales, y hasta de la etapa general
misma que, a partir de esa fecha, vive el capitalismo,
tanto en México y América Latina como en todo el planeta. Y ello
no por la irrupción de una fantasmal y en verdad nada
nueva ‘globalización’ –proceso que se
inicia hace quinientos años, con el propio surgimiento
del capitalismo–, sino más bien porque 1968 representa,
a nivel mundial y por lo tanto también en México, el
inicio de la crisis terminal y definitiva del sistema
capitalista mundial en cuanto tal.15
Y con ello, toda una profunda estela de cambios sociales,
políticos, económicos y culturales de gran envergadura
que nosotros hemos presenciado y vivido en México muy
claramente, igual que se han vivido en toda América Latina
y en el mundo entero.
Lo mismo
que en la economía, en la sociedad, en la política y en
la cultura globales de nuestro país y del mundo; también
en la historia, en la historiografía y en la memoria,
las consecuencia de esta ruptura, simbolizada en el doble
quiebre de la revolución cultural de 1968, y también de
la crisis económica internacional de 1972-1973, han sido
impactos de un alcance muy profundo, que han desplegado
de maneras diversas a lo largo de los últimos seis o siete
lustros. Efectos importantes sobre las memorias existentes
en México, tanto la hegemónica como la memoria popular
y las subalternas, y sobre la historia y la historiografía
mexicanas, que son el claro telón de fondo de la disputa
que ahora presenciamos en torno a la redefinición en curso
de las señas principales de identidad de nuestra memoria
histórica y de nuestra historia en general.
Citas
1
Cfr. el texto de José María Morelos y Pavón, Sentimientos
de la Nación, incluido en la Enciclopedia de México,
Tomo VII, Página 4196, Coedición Secretaría de Educación
Pública-Compañía Editora de Enciclopedias de México,
México, 1987. El texto dice literalmente: “23°.
Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre,
todos los años, como el día aniversario en que se
levantó la voz de la independencia, y nuestra santa
libertad comenzó, pues en ese día fue en que se abrieron
los labios de la nación, para reclamar sus derechos
y empuñó la espada para ser oída, recordando siempre
el mérito del grande héroe el señor Don Miguel Hidalgo
y su compañero Don Ignacio Allende.”
2Cfr. sobre este punto
las agudas observaciones de Giovanni Levi, quien refiere
estos casos comparándolos con la situación de Italia,
donde ese ‘mito fundador’ de la nación
italiana no existe, en la entrevista: La discusión
histórica tiene consecuencias políticas en el sitio
en internet: http://ns.fcs.ucr.ac.cr/~historia/articulos/e-levi.htm
3Cfr. sobre este punto
Eric Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1780,
Ed. Crítica, Barcelona, 1997, en donde Hobsbawm parece
pretender incluso que dichas naciones serían un fenómeno
solamente de los últimos dos siglos vividos, o por
lo menos en lo que corresponde a su carácter más orgánico.
Por nuestra parte creemos más bien que la nación es
una creación del moderno sistema capitalista, cuya
era data, como afirmó Carlos Marx, ‘del siglo
XVI’.
4Sobre estos llamados
‘lugares de la memoria’ cfr. la obra coordinada
por Pierre Nora, Les lieux de mémoire, (7 volúmenes),
Ed. Gallimard, París, 1984-1992, y también el dossier
principal del número 307 de Le magazine littéraire,
París, 1993. Para una crítica de la exageración ‘conmemorativa’
a que dio lugar esta obra, cfr. Carlos Antonio Aguirre
Rojas, “La historia modernista francesa entre
1985 y 1995. Apunte introductorio” en el libro
Diez años de historiografía modernista, Ed. Universidad
Autónoma de Barcelona, Barcelona, 1997. Una aproximación
diferente a algunos de estos temas conectados con
dichos ‘lugares de la memoria’, pero también,
más en general, a los complejos vínculos entre memoria
e historia, puede verse en el libro de Raphael Samuel,
Theatres of memory, Ed. Verso, Londres, 1996.
5Sobre esta maleabilidad
de la memoria colectiva y sobre su constante reactualización
en cada nuevo ‘presente’ histórico, cfr.
el clásico libro de Maurice Halbwachs, Les cadres
sociaux de la mémoire, Ed. Albin Michel, París, 1994,
en especial el Capítulo VI. Véase también el agudo
comentario crítico de Marc Bloch a esta obra de Halbwachs,
“Memoria colectiva, tradición y costumbre. A
propósito de un libro reciente”, en Historia
e historiadores, Ed. Akal, Madrid, 1999. Véase también
el artículo de Marcia Mansor d’Alessio, “Memoria:
leituras de M. Halbwachs e P. Nora” en la Revista
Brasileira de História, Volumen XVIII, Num. 25/26,
Sao Paulo, 1993.
6Sobre esta difícil
relación entre memoria hegemónica y las posibles ‘memorias
alternativas’ o ‘contramemorias’,
cfr. el artículo de Carlo Ginzburg, La preuve, la
mémoire et l’oubli en el sitio: http://www.abbc.com/aaargh/fran/actu/actu02/doc2002/artium.html
7Sobre este punto, cfr.
el muy desigual número de la revista Ayer, titulado
“Memoria e Historia”, revista Ayer, num.
32, Madrid, 1998. Véase también el texto de Peter
Burke “La historia como memoria colectiva”
incluido en Formas de historia cultural, Ed. Alianza
Editorial, Madrid, 2000.
8Sobre esta perspectiva
de la larga duración histórica, cfr. el clásico ensayo
de Fernand Braudel, “La historia y las ciencias
sociales. La larga duración” en Escritos sobre
Historia, Ed. Fondo de Cultura Económica, México,
1991. También Carlos Antonio Aguirre Rojas, Fernand
Braudel y las ciencias humanas, Ed. Montesinos, Barcelona,
1996 y Ensayos Braudelianos, Ed. Manuel Suárez Editor,
Rosario, 2000.
9De este modo, creemos
que si bien ciertos elementos derivados de esa matriz
indígena han sido efectivamente recuperados e integrados
dentro de dicha memoria hegemónica, lo han sido sólo
en una condición claramente marginal o muy puntual,
como por ejemplo ciertos elementos de ese origen indígena
dentro del escudo de nuestra bandera nacional, o también
en el recuerdo muy acotado y sin más consecuencias
de la figura del mártir Cuauhtémoc –significativamente
concebido en esta condición de ‘mártir’,
mucho más que en la de héroe rebelde en contra de
la Conquista, por ejemplo–, elementos que tienen
claramente un papel totalmente secundario y marginal
dentro de dicha estructura general de esa memoria
dominante. De manera que la creación de dichos mitos
de la memoria y de la identidad nacional del México
‘moderno’ si parece hacer, casi totalmente,
tabla rasa con los elementos de esa memoria indígena
referida. Lo que, obviamente, no es un obstáculo para
que dichos elementos tengan un papel mucho mas esencial
e importante dentro de las diversas memorias alternativas
de las diferentes clases populares subalternas. Para
una explicación diferente a la nuestra de este punto,
cfr. los trabajos de Enrique Florescano, Etnia, Estado
y Nación, Ed. Taurus, México, 2001, La bandera mexicana,
Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 2001 y Memoria
Mexicana, Ed. Fondo de Cultura Económica, México,
1999.
10Sobre este complejo
mestizaje cultural de la Nueva España y sobre sus
múltiples consecuencias, cfr. Bolívar Echeverría,
La modernidad de lo barroco, Ed. Era, 1998 y también
Tzvetan Todorov, La conquista de América: el problema
del otro, Ed. Siglo XXI, México, 1989. Esta ambigüedad
que se negaba a reivindicar específicamente el elemento
indígena y que incluía genéricamente en ‘los
mexicanos’ a todos los habitantes nacidos en
nuestro propio territorio es muy clara ya en el Plan
de Iguala, propuesto por Agustín de Iturbide en febrero
de 1921 (cfr. el texto de este Plan de Iguala, en
la Enciclopedia de México, Tomo VII, Páginas 4200
y 4201, antes citado). Y es claro que el proceso de
construcción del mito de la independencia mexicana,
habrá de retomar y continuar esta misma ambigüedad
hasta el día de hoy.
11Por lo demás, este
desenlace de la Independencia de México es parte de
una tendencia más amplia que se repite igualmente
en toda América Latina, en donde igualmente son marginadas
las clases populares, y en donde dichas independencias
resultan sólo en una reestructuración de los grupos
internos de las mismas elites dominantes dentro de
la etapa colonial, junto a una simple reorientación
y desplazamiento de nuestra dependencia respecto de
los centros económicos entonces hegemónicos. Sobre
este punto, cfr. Immanuel Wallerstein El moderno sistema
mundial: la segunda era de gran expansión de la economía-mundo
capitalista, Tomo III, Ed. Siglo XXI, México, 1998.
12Sobre estos proyectos
campesinos alternativos dentro de la Revolución Mexicana,
cfr. Friederich Katz, La guerra secreta en México,
Ed. Era, México, 1982, y Pancho Villa (2 volúmenes),
Ed. Era, 1998. También de Adolfo Gilly, La revolución
interrumpida, Ed. El Caballito, México, 1976.
13Sobre este punto,
cfr. la entrevista a Bolívar Echeverría “Chiapas
y la conquista inconclusa”, en el libro colectivo
Chiapas en perspectiva histórica, Ed. El Viejo Topo
(Segunda Edición), Barcelona, 2002. También muchos
de los ensayos de Carlos Monsiváis, que ha criticado
y ridiculizado agudamente esta versión del ‘ser
moderno’ al modo norteamericano, impuesta durante
todo el siglo XX por las clases dominantes mexicanas,
por ejemplo en su libro Amor perdido, Ed. Era, México,
1999.
14Sobre este punto cfr.
el libro antes mencionado de Adolfo Gilly La revolución
interrumpida. Véase también nuestro artículo, Carlos
Antonio Aguirre Rojas, “Mercado interno, guerra
y revolución en México: 1870-1920” en Revista
Mexicana de Sociología, año 52, num. 2, México 1990.
15Para una crítica de
esta ideología hoy muy en boga de la ‘globalización’
cfr. Immanuel Wallerstein “¿Globalización o
era de transición?: una perspectiva de larga duración
de la trayectoria del sistema-mundo” en la revista
Eseconomía, nueva época, num. 1, México, otoño del
2002 y Carlos Antonio Aguirre Rojas, “Para una
crítica de los conceptos de globalización y mundialización”
en el libro América Latina, Historia y Presente, Ed.
Universidad Michoacana, Morelia, 2002. Para la caracterización
de esta crisis terminal del capitalismo cfr. Immanuel
Wallerstein “La imagen global y las posibilidades
alternativas de la evolución del sistema-mundo 1945-2025”,
en Revista Mexicana de Sociología, año 61, num. 2,
México, 1999, y Después del liberalismo, Ed. Siglo
XXI, México, 1996. Véase también el libro coordinado
por el mismo Immanuel Wallerstein y T. K. Hopkins,
The age of transition. Trajectory of the world-system,
1945-2025, Ed. Zed Books, Nueva York, 1996. |
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