El orgullo mexicano, a veces mal asumido como una muy personal forma de nacionalismo,
se sintió muy herido en la década pasada por la presencia de ‘voces’ extranjeras
que, con pruebas o sin ellas, se creyó intervinieron en los acontecimientos
políticos del país, opinando con respecto a las decisiones que el ejecutivo
tomó entonces, o bien, observando, únicamente observando. Los medios de comunicación
tampoco han sido muy amistosos y, de alguna manera, han contribuido a esta
suerte de xenofobia: Apenas el año pasado lanzaron un grito de alarma porque
sus cámaras atisbaron paseándose en San Salvador Atenco a unos turistas españoles,
como si ello hubiese influido directamente en la decisión de revocar el decreto
expropiatorio que tomó el presidente de la república.
En contraste, al estudiar
la Revolución Cubana se experimenta cierta sensación de
orgullo y solidaridad al llegar al movimiento del 26 de
julio, que se gestó en Chalco, Estado de México. Desde
luego, algunos gobiernos de entonces (los años cincuenta)
calificaron de ‘agitadores’ y ‘comunistas’
a los hermanos Fidel y Raúl Castro y al argentino Ernesto
Che Guevara. Al triunfo de la revolución, jóvenes
de todas partes del mundo participaron en la reconstrucción
económica, moral y educativa de Cuba. Asimismo, España
y la guerra civil de 1936 fue un caso extremo de intervencionismo
extranjero ‘de buena fe’, por así decirlo,
aunque indudablemente el contexto histórico contribuyó:
era 1936 y el fascismo se abría paso a golpes.
No obstante, la historia nacional
no carece de héroes ni de acontecimientos ni de gestos similares cuando se
piensa en el sacrificio e intervención extranjera. Un breve vistazo a la Revolución
de Independencia encuentra a Francisco Javier Mina, El Mozo, uno de
los más notables caudillos españoles que perdieron la vida al lado de los
insurgentes. Javier Mina, joven audaz, de principios y convicciones firmes
y claros, se incorporó al ejército español a los diecisiete años, en 1808,
cuando Napoleón invadió España e hizo preso a Fernando VII, con lo que también
dio un pretexto a la América hispánica para levantarse en armas. El instinto
guerrillero de Mina pronto lo hizo odioso a los franceses, y su carrera militar
fue tan veloz como corta su vida. A los veintiún años ya era un coronel de
nombradía y tenía a su mando el Alto Aragón. Sin embargo, cuando Fernando
VII recuperó el trono reinstauró el absolutismo y Mina encabezó una rebelión
fallida que lo obligó a huir de España. Así llegó a Inglaterra, donde hizo
amistad con Fray Servando Teresa de Mier y en 1816 partió del puerto de Liverpool
con destino a América. En Estados Unidos no sólo recibió ayuda económica de
liberales españoles y americanos, como Daniel Smith, sino que conformó una
flotilla de voluntarios, que desembarcó en abril de 1817 en Soto la Marina,
Tamaulipas; su actividad insurgente, de regular éxito, pero intensa, comenzó
inmediatamente y en mayo recibió el grado de general de la “División Auxiliar
de la República Mexicana”, compuesta en su mayoría por veteranos de la guerra
napoleónica, franceses y norteamericanos. El Mozo era intrépido e impaciente,
cualidades que ligadas en tiempos de guerra atraen la desgracia, y aunque
asestó duros golpes a las tropas realistas y asumió el mando superior insurgente
del Bajío, cuando pretendió tomar Guanajuato le fue imposible conquistar la
plaza. Asediado por el ejército realista, se replegó junto con Pedro Moreno
en el rancho El Venadito, donde fueron sorprendidos. Pedro Moreno murió en
la refriega; los demás insurgentes fueron pasados por las armas. Mina fue
degradado, juzgado como ‘traidor al rey y a la patria’, y fusilado. Todo esto
siete meses después de su desembarco, a los veintiocho años. Después de la
incursión de Mina y su División Auxiliar de la República Mexicana, la guerra
de independencia no vio mayor triunfo sino el obtenido por el Ejército Trigarante.
Esta apretada semblanza de
Francisco Javier Mina no sólo revela la calidad de un espíritu indómito, sino
lo mucho que la historia de la América independiente le debe a Francia. La
derrota de Napoleón cambió la geografía política de Europa sustancialmente:
el Imperio Español a la postre se desmoronó, cayeron los pequeños reinos y
nacieron otros menos débiles, de la misma manera que se instauraban monarquías
parlamentarias y repúblicas. Asimismo, las guerras napoleónicas ofrecieron
a Estados Unidos la tranquilidad de conformar una sólida nación, a costillas
de México, que se debatía en múltiples luchas intestinas.
No es ocioso abundar sobre
la guerra de 1845-1847 con el vecino país del norte y recordar al Batallón
de San Patricio, compañía compuesta por más de 250 emigrantes católicos irlandeses
quienes, habiendo huido hacia Estados Unidos a causa de una hambruna que azotaba
su tierra natal, fueron enrolados en el ejército y enmedio de “la guerra más
injusta jamás habida” —como la calificó el general Ulysses Grant—, además
de negarse a combatir en el ejército estadunidense, que lo había conformado,
se unieron a los mexicanos. El Batallón de San Patricio tuvo un trágico fin:
fueron martirizados al deponer las armas tras la defensa del ex Convento de
Churubusco. Tampoco debe olvidarse que la política expansionista del presidente
Polk (1845-1849) fue criticada duramente entre algunos ciudadanos de ese país.
George Ryerson, colono de Texas, fue uno de sus oponentes más tenaces. Ryerson
no sólo se opuso a la anexión de Texas, inclusive combatió por su parte en
favor de los mexicanos y se consagró a la defensa de la Baja California, que
terminó colonizando, sin menoscabo de la soberanía nacional.
También a Francia (pero a
Napoleón III) México le debe la plena afirmación de su
autonomía po-lítica tras el breve y costoso Imperio de
Maximiliano. Entonces, el México juarista halló quizás
en Italia a uno de sus mayores aliados. La simpatía entre
el rey Víctor Manuel II y Benito Juárez no fue casual:
ambos países libraban entonces una lucha política común,
plena de reformas liberales y nada gratas al clero. La
famosa plaza que en la ciudad de México lleva el nombre
del unificador de Italia es un accidente de la historia:
Giusseppe Garibaldi nunca puso un pie en México, a diferencia
de Luis G. Ghilardi.
Ghilardi nació en 1800 y combatió
en España y al lado de Garibaldi en Italia. Vino por primera vez a México
en 1853 y publicó una obra de estrategia militar que durante muchos años fue
esencial entre la alta oficialidad mexicana. Su Curso de arte y ciencia
militar estaba dedicado a Antonio López de Santa Anna; pero apenas tuvo
el gusto de conocerlo, Ghilardi se sumó al Plan de Ayutla proclamado por Juan
Álvarez en 1854. Bajo las órdenes de Santos Degollado fue ascendido a general
y participó en varias batallas hasta que fue herido en combate y regresó a
Italia. La invasión francesa señaló su regreso a México, al frente de una
legión de voluntarios italianos, desprendidos de Garibaldi. Tras hacer una
escala en Estados Unidos, que dedicó a hacer proselitismo juarista, se puso
a las órdenes de Juan Álvarez y ocupó y fortificó el puerto de Acapulco. Sin
embargo, su misión principal era cumplir una encomienda del general Garibaldi:
entregarle a Benito Juárez una lisonjera carta en la que solicitaba el indulto
para Maximiliano. Luis Ghilardi también tuvo que ver en la victoria de Puebla
y en otras batallas importantes; sin embargo, compartió el destino de Mina:
en 1864 fue fusilado por los franceses en Aguascalientes.
Aunque la petición de Garibaldi
no surtió efecto, la adhesión del pueblo mexicano al ‘glorioso Garibaldi’
fue ciega. Paradójicamente, en 1870 unos seiscientos mexicanos partieron de
Nueva York para unirse a él en defensa de la República Francesa, sometida
por Prusia.
Si Giusseppe Garibaldi conoció
México nomás de oídas, no fue el caso de su nieto. Australiano de nacimiento,
apenas se enteró de la revolución maderista, se trasladó a Chihuahua al frente
de unos legionarios extranjeros. En varias fotos se le reconoce al lado de
Francisco y Gustavo Madero, con su pistola al cinto y su sombrero decorado
con una banda tricolor, distintivo de los revolucionarios. Se le reconoce
al lado de los caudillos de la Revolución no sólo porque trabó una buena amistad
con ellos, sino porque formó parte del Estado Mayor del Gobierno Provisional
de Madero. José Garibaldi, como la mayor parte de los extranjeros que tomaron
parte en la Revo-lución, no permaneció en México para ver cómo se desarrollaban
los acontecimientos; tras la firma del Pacto de Ciudad Juárez regresó a Europa
y se enfrascó en otras guerras... ninguna en Australia, debe señalarse.
La injerencia extranjera en
el campo diplomático puede calificarse de escandalosa durante los años previos
y posteriores a la renuncia de Porfirio Díaz. La actitud de los embajadores
de Cuba y Estados Unidos es emblemática y absolutamente opuesta durante el
régimen maderista. El primero, Manuel Márquez Sterling, tuvo una participación
muy activa en los acontecimientos de la Decena Trágica, pero nula en cuanto
al resultado que obtuvo defendiendo las vidas de Francisco Madero y José María
Pino Suárez (no podía ser de otro modo, pues era imposible fiarse de Huerta).
En cambio, Henry Lane Wilson tuvo una exitosa gestión actuando al margen de
su gobierno, tanto que alteró el curso de los acontecimientos al apoyar la
contrarrevolución de 1913. Pero no todos los ‘gringos’ son malos en esta historia.
Ahí están el periodista John Kenneth Turner, que además de ser un convencido
anarco-magonista, denunció enérgicamente la intervención del embajador; o
John Reed, que siguió metido entre ‘la bola’ testificando la campaña de Villa
y, como Turner con su México bárbaro, Reed dio testimonio de su estancia
en el país en México Insurgente y con los relatos reunidos en Hija
de la Revolución.
Ya sería un exceso hablar
de los beneficios del exilio europeo, y particularmente del español, que provocó
el fascismo antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. En cambio,
sería un error omitir la Guerra Fría y la psicosis anticomunista de los años
1950 a 1970, porque es probable que sea responsable, en parte, de esta sutil
xenofobia que ha alcanzado su cúspide tras los internacionalmente sonados
sucesos de Chiapas en 1994… pero ¿cómo aislar hoy de los medios de comunicación
cualquier acontecimiento, por insignificante o trascendente que sea? y, sobre
todo, ¿qué nación, qué gente, qué individuo puede resolver sus conflictos
sin ayuda de otros hombres y mujeres, hayan nacido donde hayan nacido?
Recuérdese que la historia
la hacen las personas y, cosa rara, éstas suelen interesarse
por los asuntos humanos que atañen al conjunto de individuos
que conforman una nación… generalmente ajena. En
este aspecto, México es un país afortunado, pues siempre
han sido espíritus nobles, y notables quienes han acogido
las causas mexicanas plenas de justicia. Siempre más allá
de la muerte.