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Correo del Maestro Núm. 84,mayo 2003

Las patrias amigas

Gerardo de la Cruz

El orgullo mexicano, a veces mal asumido como una muy personal forma de nacionalismo, se sintió muy herido  en la década pasada por la presencia de ‘voces’ extranjeras que, con pruebas o sin ellas, se creyó intervinieron en los acontecimientos políticos del país, opinando con respecto a las decisiones que el ejecutivo tomó entonces, o bien, observando, únicamente observando. Los medios de comunicación tampoco han sido muy amistosos y, de alguna manera, han contribuido a esta suerte de xenofobia: Apenas el año pasado lanzaron un grito de alarma porque sus cámaras atisbaron paseándose en San Salvador Atenco a unos turistas españoles, como si ello hubiese influido directamente en la decisión de revocar el decreto expropiatorio que tomó el presidente de la república.

En contraste, al estudiar la Revolución Cubana se experimenta cierta sensación de orgullo y solidaridad al llegar al movimiento del 26 de julio, que se gestó en Chalco, Estado de México. Desde luego, algunos gobiernos de entonces (los años cincuenta) calificaron de ‘agitadores’ y ‘comunistas’ a los hermanos Fidel y Raúl Castro y al argentino Ernesto Che Guevara. Al triunfo de la revolución, jóvenes de todas partes del mundo participaron en la reconstrucción económica, moral y educativa de Cuba. Asimismo, España y la guerra civil de 1936 fue un caso extremo de intervencionismo extranjero ‘de buena fe’, por así decirlo, aunque indudablemente el contexto histórico contribuyó: era 1936 y el fascismo se abría paso a golpes.

No obstante, la historia nacional no carece de héroes ni de acontecimientos ni de gestos similares cuando se piensa en el sacrificio e intervención extranjera. Un breve vistazo a la Revolución de Independencia encuentra a Francisco Javier Mina, El Mozo, uno de los más notables caudillos españoles que perdieron la vida al lado de los insurgentes. Javier Mina, joven audaz, de principios y convicciones firmes y claros, se incorporó al ejército español a los diecisiete años, en 1808, cuando Napoleón invadió España e hizo preso a Fernando VII, con lo que también dio un pretexto a la América hispánica para levantarse en armas. El instinto guerrillero de Mina pronto lo hizo odioso a los franceses, y su carrera militar fue tan veloz como corta su vida. A los veintiún años ya era un coronel de nombradía y tenía a su mando el Alto Aragón. Sin embargo, cuando Fernando VII recuperó el trono reinstauró el absolutismo y Mina encabezó una rebelión fallida que lo obligó a huir de España. Así llegó a Inglaterra, donde hizo amistad con Fray Servando Teresa de Mier y en 1816 partió del puerto de Liverpool con destino a América. En Estados Unidos no sólo recibió ayuda económica de liberales españoles y americanos, como Daniel Smith, sino que conformó una flotilla de voluntarios, que desembarcó en abril de 1817 en Soto la Marina, Tamaulipas; su actividad insurgente, de regular éxito, pero intensa, comenzó inmediatamente y en mayo recibió el grado de general de la “División Auxiliar de la República Mexicana”, compuesta en su mayoría por veteranos de la guerra napoleónica, franceses y norteamericanos. El Mozo era intrépido e impaciente, cualidades que ligadas en tiempos de guerra atraen la desgracia, y aunque asestó duros golpes a las tropas realistas y asumió el mando superior insurgente del Bajío, cuando pretendió tomar Guanajuato le fue imposible conquistar la plaza. Asediado por el ejército realista, se replegó junto con Pedro Moreno en el rancho El Venadito, donde fueron sorprendidos. Pedro Moreno murió en la refriega; los demás insurgentes fueron pasados por las armas. Mina fue degradado, juzgado como ‘traidor al rey y a la patria’, y fusilado. Todo esto siete meses después de su desembarco, a los veintiocho años. Después de la incursión de Mina y su División Auxiliar de la República Mexicana, la guerra de independencia no vio mayor triunfo sino el obtenido por el Ejército Trigarante.

Esta apretada semblanza de Francisco Javier Mina no sólo revela la calidad de un espíritu indómito, sino lo mucho que la historia de la América independiente le debe a Francia. La derrota de Napoleón cambió la geografía política de Europa sustancialmente: el Imperio Español a la postre se desmoronó, cayeron los pequeños reinos y nacieron otros menos débiles, de la misma manera que se instauraban monarquías parlamentarias y repúblicas. Asimismo, las guerras napoleónicas ofrecieron a Estados Unidos la tranquilidad de conformar una sólida nación, a costillas de México, que se debatía en múltiples luchas intestinas.

No es ocioso abundar sobre la guerra de 1845-1847 con el vecino país del norte y recordar al Batallón de San Patricio, compañía compuesta por más de 250 emigrantes católicos irlandeses quienes, habiendo huido hacia Estados Unidos a causa de una hambruna que azotaba su tierra natal, fueron enrolados en el ejército y enmedio de “la guerra más injusta jamás habida” —como la calificó el general Ulysses Grant—, además de negarse a combatir en el ejército estadunidense, que lo había conformado, se unieron a los mexicanos. El Batallón de San Patricio tuvo un trágico fin: fueron martirizados al deponer las armas tras la defensa del ex Convento de Churubusco. Tampoco debe olvidarse que la política expansionista del presidente Polk (1845-1849) fue criticada duramente entre algunos ciudadanos de ese país. George Ryerson, colono de Texas, fue uno de sus oponentes más tenaces. Ryerson no sólo se opuso a la anexión de Texas, inclusive combatió por su parte en favor de los mexicanos y se consagró a la defensa de la Baja California, que terminó colonizando, sin menoscabo de la soberanía nacional.

También a Francia (pero a Napoleón III) México le debe la plena afirmación de su autonomía po-lítica tras el breve y costoso Imperio de Maximiliano. Entonces, el México juarista halló quizás en Italia a uno de sus mayores aliados. La simpatía entre el rey Víctor Manuel II y Benito Juárez no fue casual: ambos países libraban entonces una lucha política común, plena de reformas liberales y nada gratas al clero. La famosa plaza que en la ciudad de México lleva el nombre del unificador de Italia es un accidente de la historia: Giusseppe Garibaldi nunca puso un pie en México, a diferencia de Luis G. Ghilardi.

Ghilardi nació en 1800 y combatió en España y al lado de Garibaldi en Italia. Vino por primera vez a México en 1853 y publicó una obra de estrategia militar que durante muchos años fue esencial entre la alta oficialidad mexicana. Su Curso de arte y ciencia militar estaba dedicado a Antonio López de Santa Anna; pero apenas tuvo el gusto de conocerlo, Ghilardi se sumó al Plan de Ayutla proclamado por Juan Álvarez en 1854. Bajo las órdenes de Santos Degollado fue ascendido a general y participó en varias batallas hasta que fue herido en combate y regresó a Italia. La invasión francesa señaló su regreso a México, al frente de una legión de voluntarios italianos, desprendidos de Garibaldi. Tras hacer una escala en Estados Unidos, que dedicó a hacer proselitismo juarista, se puso a las órdenes de Juan Álvarez y ocupó y fortificó el puerto de Acapulco. Sin embargo, su misión principal era cumplir una encomienda del general Garibaldi: entregarle a Benito Juárez una lisonjera carta en la que solicitaba el indulto para Maximiliano. Luis Ghilardi también tuvo que ver en la victoria de Puebla y en otras batallas importantes; sin embargo, compartió el destino de Mina: en 1864 fue fusilado por los franceses en Aguascalientes.

Aunque la petición de Garibaldi no surtió efecto, la adhesión del pueblo mexicano al ‘glorioso Garibaldi’ fue ciega. Paradójicamente, en 1870 unos seiscientos mexicanos partieron de Nueva York para unirse a él en defensa de la República Francesa, sometida por Prusia.

Si Giusseppe Garibaldi conoció México nomás de oídas, no fue el caso de su nieto. Australiano de nacimiento, apenas se enteró de la revolución maderista, se trasladó a Chihuahua al frente de unos legionarios extranjeros. En varias fotos se le reconoce al lado de Francisco y Gustavo Madero, con su pistola al cinto y su sombrero decorado con una banda tricolor, distintivo de los revolucionarios. Se le reconoce al lado de los caudillos de la Revolución no sólo porque trabó una buena amistad con ellos, sino porque formó parte del Estado Mayor del Gobierno Provisional de Madero. José Garibaldi, como la mayor parte de los extranjeros que tomaron parte en la Revo-lución, no permaneció en México para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos; tras la firma del Pacto de Ciudad Juárez regresó a Europa y se enfrascó en otras guerras... ninguna en Australia, debe señalarse.

La injerencia extranjera en el campo diplomático puede calificarse de escandalosa durante los años previos y posteriores a la renuncia de Porfirio Díaz. La actitud de los embajadores de Cuba y Estados Unidos es emblemática y absolutamente opuesta durante el régimen maderista. El primero, Manuel Márquez Sterling, tuvo una participación muy activa en los acontecimientos de la Decena Trágica, pero nula en cuanto al resultado que obtuvo defendiendo las vidas de Francisco Madero y José María Pino Suárez (no podía ser de otro modo, pues era imposible fiarse de Huerta). En cambio, Henry Lane Wilson tuvo una exitosa gestión actuando al margen de su gobierno, tanto que alteró el curso de los acontecimientos al apoyar la contrarrevolución de 1913. Pero no todos los ‘gringos’ son malos en esta historia. Ahí están el periodista John Kenneth Turner, que además de ser un convencido anarco-magonista, denunció enérgicamente la intervención del embajador; o John Reed, que siguió metido entre ‘la bola’ testificando la campaña de Villa y, como Turner con su México bárbaro, Reed dio testimonio de su estancia en el país en México Insurgente y con los relatos reunidos en Hija de la Revolución.

Ya sería un exceso hablar de los beneficios del exilio europeo, y particularmente del español, que provocó el fascismo antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. En cambio, sería un error omitir la Guerra Fría y la psicosis anticomunista de los años 1950 a 1970, porque es probable que sea responsable, en parte, de esta sutil xenofobia que ha alcanzado su cúspide tras los internacionalmente sonados sucesos de Chiapas en 1994… pero ¿cómo aislar hoy de los medios de comunicación cualquier acontecimiento, por insignificante o trascendente que sea? y, sobre todo, ¿qué nación, qué gente, qué individuo puede resolver sus conflictos sin ayuda de otros hombres y mujeres, hayan nacido donde hayan nacido?

Recuérdese que la historia la hacen las personas y, cosa rara, éstas suelen interesarse por los asuntos humanos que atañen al conjunto de individuos que conforman una nación… generalmente ajena. En este aspecto, México es un país afortunado, pues siempre han sido espíritus nobles, y notables quienes han acogido las causas mexicanas plenas de justicia. Siempre más allá de la muerte.

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