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Correo del Maestro Núm. 82,marzo 2003

Confesión

Arrigo Coen Anitúa

Tengo que confesar un... error, que no pecado. Y ni aun el error tendría disculpa si no fuese más que por la edad que yo tenía en aquel tiempo en que lo cometí: hace 73 años, en 1930. ¡Yo sumaba 17 ingenuas primaveras!

Para abundar en mi descargo, puedo aclarar que aún  no había cursado las materias de literatura: no fue sino hasta 1933 cuando cursé algunas asignaturas que me ayudarían a revalidar, para la Escuela Libre de Derecho, los estudios hechos en una carrera técnica (pomposamente llamada de Perito Bancario).

Un amigo, compañero entonces de ignorancia y de cuyo nombre pude fácilmente olvidarme, llevó al café en que solíamos reunirnos, unos sonetos, para los que no escatimó elogios, que componían un Triptico a los senos, subtitulado: De la mujer virgen, De la madre y De la hetaira. (A partir de éste, todos los subrayados son míos.)

  

Exalto los senos erectos y duros

que bajo las vestes blancas y livianas

fingen sonrosadas y quietas campanas

que han de repicarlas príncipes futuros.

   Elogio los senos vírgenes y puros,

jamás mancillados por manos profanas,

y que, cual ovejas níveas y tempranas,

tal vez los ofrenden en ritos impuros.

   Los senos sin mancha, los que por la noche

abren somnolientos su tímido broche

y esperan el beso que el amor efluvia.

   Aquellos que sueñan con tenues vagidos

y sienten que roza sus brotes floridos

una peregrina cabecita rubia.

   Bendigo los otros: los ricos, los cálidos,

cuyo fin de fines en dar se concreta,

y que nuestra madre nos brindara, inquieta

de nuestro semblante por los tintes pálidos.

   Bendigo mil veces, odres evangélicos

que en el plenilunio de vuestra blancura

saciasteis nuestra hambre con esa ternura

que tal vez tuvisteis para otros famélicos.

   Benditos mil veces, odres sacrosantos,

porque vuestro vino bordó los encantos

de nuestra primera visión melancólica;

   porque la más alta gratitud os cubre

y siendo cual flores caducas de octubre

sois cándidas rosas de miel apostólica.

   Senos cortesanos, mustios y sin gracia,

que sólo gozasteis las dichas primeras

y no palpitáis ya en las primaveras,

hundidos y aislados en vuestra falacia.

   Senos cortesanos, donde el necio sacia

su afán de belleza con las pasajeras

caricias palurdas de sus manos fieras,

sólo yo sollozo con vuestra desgracia.

   Quizá alguna noche, bañados de luna

cabe la fontana semejasteis una

pareja de novios de dos ruiseñores.

   Mas podéis salvaros, senos de maritirio,

y ostentar la noble palidez del lirio,

enjugando el llanto de los pecadores.

 

Ante todo, pese a la antipatía que he venido acumulando, no puedo dejar de reconocer que el escandido —la métrica y el ritmo de cada verso— es impecable. Quizás esa indiscutida musicalidad influyó en el encanto, ¡ay de mí!, con que esos 42 renglones me sedujeron, al grado de que quise aprendérmelos y hasta llegué a declamarlos en reuniones familiares durante cuatro años, tiempo al cabo del cual cayó en catacresis el hechizo y pude darme cuenta de cuan infamemente cursis son.

¿Cuál podía haber sido su conjuro si, incluso hoy, trato con esta confesión de que se me absuelva de aquel error? ¡Ah, ya sé! Es el tema lo que que apela a los sentimientos elevados del lector y lo predispone al descuido de otros factores de crítica, y, en segundo lugar, es el atinado disfraz de refinamiento expresivo, tras el cual acecha la insidia de esa lírica trasnochada, que en vano -hoy me percato- intenta ser poesía.

Lo peor del caso es que, antes de esta confesión escrita, en repetidas ocasiones, cuando he tratado de poner en evidencia el incalificable fraude, y aun después de haber hecho notar lo ripioso de ciertas construcciones y la petantísima elección del vocabulario —pecado de lesa retórica—, no han faltado espíritus gazmoños que se han atrevido a aducir argumentos, traídos por los cabellos, —¡claro!— en defensa de tamaños desacatos al arte del estilo.

Por lo cual me remito a los lectores de Correo del Maestro, para que en su fuero interno, en su intimidad, que no puede menos que ser sincera, emitan su juicio, a ver si no me salen con que: “Arrigo, ¿no crees que exageras?”

A lo que yo, empecinado, respondo: “¡Voto a Sanes... que no! Y aun me quedo corto”.

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