Exalto los senos erectos y duros
que bajo las vestes blancas y livianas
fingen sonrosadas y quietas campanas
que han de repicarlas príncipes futuros.
Elogio los senos vírgenes y puros,
jamás mancillados por manos profanas,
y que, cual ovejas níveas y tempranas,
tal vez los ofrenden en ritos impuros.
Los senos sin mancha, los que por la noche
abren somnolientos su tímido broche
y esperan el beso que el amor efluvia.
Aquellos que sueñan con tenues vagidos
y sienten que roza sus brotes floridos
una peregrina cabecita rubia.
Bendigo los otros: los ricos, los cálidos,
cuyo fin de fines en dar se concreta,
y que nuestra madre nos brindara, inquieta
de nuestro semblante por los tintes pálidos.
Bendigo mil veces, odres evangélicos
que en el plenilunio de vuestra blancura
saciasteis nuestra hambre con esa ternura
que tal vez tuvisteis para otros famélicos.
Benditos mil veces, odres sacrosantos,
porque vuestro vino bordó los encantos
de nuestra primera visión melancólica;
porque la más alta gratitud os cubre
y siendo cual flores caducas de octubre
sois cándidas rosas de miel apostólica.
Senos cortesanos, mustios y sin gracia,
que sólo gozasteis las dichas primeras
y no palpitáis ya en las primaveras,
hundidos y aislados en vuestra falacia.
Senos cortesanos, donde el necio sacia
su afán de belleza con las pasajeras
caricias palurdas de sus manos fieras,
sólo yo sollozo con vuestra desgracia.
Quizá alguna noche, bañados de luna
cabe la fontana semejasteis una
pareja de novios de dos ruiseñores.
Mas podéis salvaros, senos de maritirio,
y ostentar la noble palidez del lirio,
enjugando el llanto de los pecadores.
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