Hablar de convivencia en el actual contexto sociohistórico
nos compromete a reconocer que en la sociedad se han producido
transformaciones estructurales de orden económico y social;
ello promovió como consecuencia una serie de mutaciones
en la subjetividad colectiva que aún no se pueden dimensionar
en toda su extensión. Es por ello que las consideraciones
que siguen adquieren un carácter provisional y por lo
tanto inacabado, pues la historia de las relaciones intersubjetivas
muestran que es inherente a las transformaciones de la
subjetividad un gradual proceso de mutación social, político,
económico, ecológico, y también en implicación recíproca
con aquella, mutaciones del imaginario social.
Abocarse
a la problemática de la convivencia en el ámbito de la
institución escolar requiere de una serie de definiciones,
entre ellas, la del –precisamente– vocablo
convivencia; es así que decimos que invoca a las relaciones
de coexistencia entre el sujeto y el otro, entre el sujeto
y el grupo (y lo social), entre el sujeto y sus propios
deseos. Esa coexistencia es producto de la construcción
de la subjetidad colectiva misma; entonces, el registro
de consideraciones que permitan elementos de análisis
para una mejor intrusión en la problemática nos convoca
a la investigación de aquellos procesos que permiten a
la subjetividad convertirse en tal con las particularidades
propias de la textura actual del imaginario social y sus
procesos de edificación de identidades, además del análisis
de las particularizaciones que adquieren las relaciones
intersubjetivas en la escuela contemporánea, con las acciones
de violencia tanto visible como invisible que se instalan
en dicha institución. Ello permite, a manera de conclusión
parcial, considerar que los modos y contenidos de las
relaciones entre las subjetividades perfilan las formas
de intercambio simbólico que se despliegan en la sociedad
global, por lo que creemos posible la composición de nuevas
modalidades de gestión educativas donde el niño y el adulto
adquieran capacidad de deliberación y autonomía. Por lo
tanto, creemos necesario analizar algunas significaciones
tales como autoridad, obediencia y castigo en la institución
escolar.
Por
un orden descentrado
Pensamos
que el funcionamiento de la escuela se centra en la presencia
del adulto, así se sostiene la escena escolar y crea,
como un efecto que le es inherente, una lógica de las
relaciones intersubjetivas. Ese movimiento lógico, que
fluye articulando las subjetividades, erige significaciones
tales como la autoridad, la obediencia, el orden, el castigo,
las sanciones, el consenso y el dolor, entre otras. Sobre
ellas reflexionaremos, pues están relacionadas de manera
inequívoca con las posiciones que los sujetos asumen en
la escena escolar.
Es así
que la autoridad del adulto puede ci-mentarse en el poder
que él representa con su posición centralizante, o bien,
contrariamente, en el respeto a los valores a partir de
la autonomía de los alumnos. De esos sentidos y otros
que se abrirán en el decurso de este artículo, se despliega
la escena montada entre el adulto, el niño y el sistema
escolar; que tiene, además, como claro objetivo la búsqueda
–no siempre acompañada del encuentro consecuente–
de un consenso legitimado por los disensos, que es lo
que podemos acordar en llamar pluralismo democrático.
Ese pluralismo
estará cercano a la diversidad cuando el consenso pueda
caracterizarse por la dignidad, y con ello queremos afirmar
que contenga la multiplicidad de racionalidades, discursos,
lenguas, modos de pensar y de sentir en juego, en oposición
a la primacía de una sola racionalidad, lengua, modo de
pensar y de sentir; esa preeminencia es la que emana del
sistema educativo.
Por
ello resulta necesario consignar que el currículo centralizado
es la instancia que las instituciones toman como referencia
para aquella primacía. Y ello supone que la contención
de otros currículos que se apartan de la estandarización
puede perder valor, pues el alejamiento y la divergencia
no están prescritos, sino sancionados. Pero es importante
considerar que esa desviación, de angulación relativa
y creciente, bien puede ser el embrión de la gestación
de una subjetividad que se posiciona de forma distinta
respecto del mandato y ello quiere significar que obedece
a otra cosa, de otra manera, con otra lógica y con otros
afectos.
Recordemos:
la obediencia representa uno de los temas más significativos
del proceso de enseñanza-aprendizaje. Y cuando decimos
obediencia reconocemos que sin un orden de conformidad
entre ambas partes (el enseñante y el aprendiente) no
existiría el aprendizaje. Esa existencia supeditada nos
lanza al análisis del orden de la obediencia; recorramos
estos conceptos.
Si nos
hemos preguntado ¿con qué derecho una persona manda a
otra? (nos interroga A. Ariel1), podemos suprimir el vocablo
‘derecho’ y nos queda sólo: ¿por qué una persona
manda a otra?
La respuesta,
lejos de ser simple, se vuelve compleja en el orden escolar;
dos cuestiones –para comenzar– fundan la obediencia
o, mejor dicho, fundamentan la razón de la autoridad.
Esa razón, por un lado, para sustentarse requiere del
amor, y por otro necesita de la fuerza.
El amor
es lo que permite escuchar a quien enseña aquello que
pregunta quien aprende. Sin esa escucha, el que enseña
monologa, y el que aprende no puede sino dejar caer su
confianza en el saber de aquel que enseña. Ese saber que,
sostenido, supone la apertura del porvenir.
¿Reconocemos
a adultos/docentes que monologan y por lo tanto no se
aman más que a sí mismos? El monólogo es por lo tanto
lo que resiste como muralla de palabras a la escucha de
quien quiere hacerse oír. Pero los monólogos no sólo se
edifican de palabras, existen también gestualidades, posicionamientos
corporales, que dicen que el adulto monologa y no ama
a quien dice enseñar. Ello es evidente en el estudio llevado
a cabo por C. Kaplan2, donde por intermedio de una técnica
de entrevistas obtiene descripciones por parte del docente
de algunos de sus alumnos, a través de adjetivaciones,
donde la consigna es realizar combinaciones entre dos
alumnos y diferenciarlo de un tercero. Así se generaron
‘constructos’ clasificatorios que se corroboraron
en la observación de la hora de clase; pues aquellos alumnos
que la docente describe de una determinada manera, ocupan
en el aula un determinado lugar ( por ejemplo los ‘conversadores’
ocupan el fondo del salón, mientras que los niños descritos
como de ‘buena conducta’ están instalados
en la primera fila de la sala, cerca de la maestra). Es
necesario hacer notar que el encuadre no es otro que el
del binarismo, o la oposición de elementos clasificatorios
(inteligente-no inteligente, buen-mal alumno).
Esos ‘constructos’
denotan no sólo adjetivaciones y juicios conformados,
sino también el modo en que el discurso institucional
no puede escuchar a los niños-alumnos en su decir, esto
es, en las posibles variaciones que puedan sucederse en
su devenir escolar, pues la muralla que se crea ya no
sólo es de palabras, sino de una masa ideativa que se
esparce sobre toda la institución, y asigna los lugares
de tal forma que los hace inmodificables. Entre las palabras
del monólogo y las ideas, el amor a sí mismo del adulto
se reproduce, pues casi nada puede escuchar de lo que
dice el niño con sus palabras y con su cuerpo.
El otro
aspecto a considerar es el de la fuerza. Esta fuerza reside
en aquel que enseña, pues es el único que puede retirar
el amor a quien lo necesita, y esa quita sólo debe hacerse
en el buen momento.
Además,
esa fuerza es independiente del ‘saber’ y
del contenido del mismo, y es esgrimida cuando el castigo
es inminente. Pues lo que organiza a la sociedad no es
otra cosa que el temor a la pérdida del amor del otro;
ése es el límite que resiste y teme traspasar la subjetividad.
Ahora
bien, cuando algunos de los dos aspectos está ausente,
el fundamento deja de ser tal; así, por ejemplo, si es
el amor el que no está como componente en la razón de
la autoridad, entonces no habrá temor a perderlo. Y si
existe un exceso de castigo, el deseo del otro se transforma
en ley, y ello presupone la apelación a la disciplina
como último recurso. El castigo significa por ello que
el amor bien puede ser retirado, y de hecho eso hace la
sociedad cuando reprocha penalmente a alguien por la comisión
de un delito.
Si, en
cambio, queda la fuerza sola, sin el amor, no se obtiene
una enseñanza, sino que, en todo caso, se logra atemorizar.
El dolor como producto del castigo genera a su vez temor
al dolor, en una memoria orgánica y corporal-subjetiva.
Ese temor engendra asimismo sumisión, pero no obediencia
en el sentido de conformidad. Pues se piensa más en la
fuga y en eludir que en capturar la palabra del enseñante;
en verdad, cuando el castigo se instala como elemento
central en la escena escolar, la palabra es sustituida
por el golpe o por el grito. La escena se rompe de esa
forma, y no puede componerse sobre la razón de la autoridad,
que es la que otorga el derecho de que alguien mande a
otro, con base en la conformidad subjetiva.
Si la
huida es imposible, el odio se transforma entonces en
complacencia y también puede transformarse en aburrimiento,
que es una forma velada de agresión que recae sobre el
niño.
La escena
escolar está repleta de situaciones de fuga de los niños,
como también de complacencia y aburrimiento. Pensemos
en algunas de las causas mencionadas como posibles orígenes
del malestar de los niños en las instituciones escolares.
En los excesos de coacciones, que podemos deno-minar como
complejo coactivo, es donde la subjetividad del niño y
también la del adulto se hallan en los bordes mismos de
la convivencia, por los violentamientos que se producen
en la descomposición y/o desequilibrios de estos dos elementos,
el amor y la fuerza. Pues bien, la coacción no es sino
un recurso surgido de la desesperación, ya que el fundamento
se resquebraja y convierte la convivencia en una escena
de circulación de afectos donde el más débil acata los
mandatos.
¿Cómo
se relaciona esto con la serie de mecanismos que se despliegan
entre los sujetos en la escuela? Es posible pensar que
la obediencia en el sentido del acatamiento, obtenida
desde la descomposición de la razón de la autoridad, se
complementa con los dispositivos que implementan los mecanismos
que violentan la convivencia pero principalmente todos
se conjugan en la instalación de una racionalidad superior
que abreva, a su vez, en una lógica única del sistema,
donde la ausencia de amor es la característica del sistema
educativo. Y esta ausencia nos remite a la unidimensionalidad
del sentido que se establece para interpretar la realidad.
Hemos observado ya que aquello que se transmite como única
manera de entender la compleja composición de la realidad,
en verdad tiene como esencia una moral de la competencia,
donde el poder se percibe venido del más allá, de las
entrañas de la burocracia misma. Allí, docentes y alumnos
se encuentran entrampados en el juego de poder que ellos
no determinan, ni tampoco pueden percibir en su origen;
pero sí son afectados por sus determinaciones.
La obediencia
como acatamiento, con su carencia de amor expuesta por
la imposibilidad que tienen los adultos de escuchar a
quienes aprenden, y después de desplegadas las estrategias
inconscientes y preconscientes que consolidan los mecanismos,
termina por cimentar una forma de subjetividad más cercana
al complejo compulsivo, lleno de pequeñas coacciones cotidianas,
donde todo está reglamentado al mismo tiempo que se ignoran
los poderes visibles e invisibles de los niños, y también
de los adultos en algunos casos. Y esa subjetividad está
alejada del placer de la enseñanza, por el lado de los
adultos, como del placer del aprendizaje, en el caso de
los niños, pues lo que importa, según parece, es el resultado,
el final de carrera, cumplir con el programa y no el tránsito
con sus múltiples variaciones, con sus series de pequeños
poderes que circulan entre el niño y el adulto en la escena
escolar.
Ello supone
el reconocimiento de que los poderes son los que están
instalados en el centro de la escena, compuestos por la
decisión de uno y otro actor; pero bien, la sensación
imperante es la de que el poder llega desde las sombras
de lo desconocido, perdiéndose por lo tanto la razón que
fundamenta tal o cual regla, lo que deja de ser una conformidad
del consenso, para transformarse en un imperativo.
La acción
de compartir la empresa de la vida entre el maestro y
el niño tiene su punto de partida, entonces, en la coexistencia
que supone un marco de justicia, según lo entendemos,
esto es, el amor consciente, generalizado, humanizado
a toda la humanidad, con sus cualidades de paciencia,
atención, indulgencia y cuidado por parte de los adultos
a los niños. Ese amor se compatibiliza con la posibilidad
de éstos de escuchar a los que dicen enseñar. Si monologan,
ya no hay justicia, ni coexistencia, ni paciencia, sólo
hay certeza en lo que el adulto dice y, por lo tanto,
desmentida de lo que el niño supone que sabe y puede.
El diagrama
escolar se encuentra enhebrado por múltiples hilos de
poder, pero que confluyen en la voz y figura del docente,
quien a su vez presta su cuerpo y subjetividad a lo que
se desprende del sistema como sentido e interpretación.
Nada puede deliberarse, pues ya casi todo ha sido pensado.
Tampoco pueden accionarse decisiones, pues éstas serán
sancionadas como elementos desviantes. La falta de deliberación
se evidencia, por lo demás, en las omisiones que se presentan
sobre la construcción por parte de los niños del currículo;
esto es, que pueden los niños (a través de debates grupales)
ir conformando ellos mismos, por elección, el programa
a continuar. Esto puede parecer una audacia, pero en verdad
el niño deliberativamente, conociendo sólo algunos atributos
de los temas por conocer, puede construir un recorrido
singular por el currículo de acuerdo con su deseo y su
compromiso. El adulto, en tales circunstancias debe coordinar
esa instancia de deliberación y guiar el pasaje a la acción,
soportando ser sólo una referencia a veces muda del encuadre,
a veces participante cuando las circunstancias lo requieran,
y resignarse a ser en esa escena una figura centralizante.
Citas
1A.
Ariel, ‘La autoridad y la obediencia”,
revista La Maga, suplemento Psicología. Buenos Aires,
septiembre de 1996.
2C.
Kaplan, Buenos y malos alumnos, Ed. Aique, 1994. |