|
|
Francisco de Quevedo (1580-1645)
Un diablo penetrante y satírico*
Adolfo
Hernández Muñoz
|
|
Retrato de Quevedo.
Colección de grabados Varones ilustres. |
Conoció las miserias humanas como pocos,
porque las sufrió con largueza. Como tenía genio, vio
la luz de la grandeza y su secuela, la melancolía. Amó
España de manera desengañada y sus versos hablan irónicamente,
en tono de sequedad, de sus tierras. Tal es Quevedo, dividido
en varias personalidades. Todo un cúmulo de contradicciones,
navegando entre lealtades a toda prueba, inmerso en un
escenario mediocre que camina en mitades; una, hacia la
pobreza alucinante del pueblo; la otra en la Corte, donde
pretendientes y cazafortunas caminan, desvergonzados,
por los caminos de una picaresca irrefrenable. Luchó,
con poca fortuna, contra los rigores de una Inquisición
férrea y el asfixiante intervencionismo de un gobierno
–como el de Olivares– que no daba margen a
ideas autonómicas, independientes; en suma, un infierno
concentracionario que, a la larga, casi acaba con España.
Díganlo si no las revoluciones constitucionalistas ahogadas
de Portugal, Aragón y Cataluña. Estamos, pues –durante
la vida del gran escritor y poeta–, en la doble
vertiente de un Imperio que se deshace y de una crisis
económico-social que se consolida. Por otra parte, entra
triunfante, el conceptismo con su cúspide que es Baltasar
Gracián y su mensaje ácido-moral; en tanto, su cima poética
es Quevedo. Todos ellos envueltos en una acuciante dicotomía
de ‘vida y muerte’ constantes en una sátira,
a veces degradante, pero siempre viva e incisiva y donde
–en ocasiones– hay remansos de poesía pura.
Digamos, en concreto, que es, a su manera, cronista de
la decadencia, reflejo puntual de un pueblo que, siendo
imperio, conoce el hambre y donde cortesanos y pícaros
son mezcla de un todo común que se resuelve en un revoltijo
de truhanes y bellacos, aguafuerte de una España que
vive como puede y donde las pompas son, en su mayoría,
de oropel. En ese escenario, este poeta maldito es un
diablo penetrante y satírico. Díganlo si no los Sueños
o El buscón, a los que nos referiremos más adelante.
Díganlo también muchos de sus sonetos ‘brevedad
de lo que se vive y cuán nada se parece lo que se vivió’,
lo que a fin de cuentas sería un combate sin tregua, sin
punto de descanso cuyo trágico protagonista sería un personaje
que responde al nombre de Francisco de Quevedo, compendio
de laconismo lapidario. Pronto entraremos en sus notas
biográficas, baremos de un andar angustiado, un ser claramente
dividido. En la Historia de la literatura se lee:
| .conviene decirlo para no sorprenderse
demasiado por el contraste entre un Quevedo grave,
metafísico, obsesionado por la fugacidad de la vida
humana y un Quevedo chocarrero, y aun indecente, cuyos
chistes en verso a menudo tienen una intención burlesca,
pero otras veces no atacan a nadie, sino que son un
simple ejercicio de ingenio".1
|
Digamos
también que en Quevedo hay una constante batalla por penetrar
los entresijos del idioma. El profesor Lapesa lo ha dicho
con agudeza:2 “Tanta
condensación significativa no cabe en las normas de la
sintaxis usual y se ayuda con acrobáticas construcciones.”
Por otra parte:
| Otro aspecto del conceptismo quevedesco
es el estilo concentrado y nervioso de sus obras graves.
Lector y traductor de Séneca –no hay que olvidar
que nuestro escritor dominaba el latín, el griego
y el italiano–, Quevedo emplea la frase cortada,
de extrema concisión y abundante en contraposiciones
de ideas. Esta sobriedad da relieve a la profundidad
del pensamiento, sentencioso y agudo. |
Pero este pensamiento tiene
sus remansos porque ‘es polvo enamorado’, es poeta. En alguna ocasión dirá:
Ojos, guardad al corazón secreto,
pues le guarda la lengua a sus pasiones;
ved que son vuestras lágrimas razones:
que el ciego amor, si es mucho,
es más perfecto.3
Volvemos
al gran investigador Rafael Lapesa4
con estos conceptos extraídos de su Historia de la
lengua española:
| Tan variada como su vida de cortesano
y político, de viajero y estudioso de gabinete, es
su abundantísima obra, gran parte de la cual –sobre
todo la poética– no se publicó hasta después
de su muerte. Cervantes es el novelista; Lope de Vega
es el dramaturgo; Góngora es el poeta. ¿Y Quevedo?
Quevedo no se deja clasificar: impresiona como prosista
serio y refinado (por ejemplo en su Marco Bruto,
ampliación pomposa de una de las Vidas de Plutarco;
impresiona también como prosista satírico, por ejemplo
en sus Sueños y en su Buscón; pero impresiona
sobre todo como poeta. Pocos poetas ha habido con
una obra tan variada. Quevedo es, con Ronsard5
y con Shakespeare, una de las cumbres de esa exaltación
del amor y de la belleza que fue el petrarquismo europeo,
al mismo tiempo es uno de los que con más cruel escepticismo
han considerado el amor humano en su realidad, el
amor no idealizado, y de los que más se han complacido
en acumular rasgos y colores para pintar las innumerables
fealdades de la vida. |
Don Francisco
de Quevedo y Villegas es una de las cúspides del idioma
castellano y uno de sus protagonistas más preparados,
quizás el mayor de ellos pero también el más complicado.
Su niñez tiene por escenario la corte de Felipe II. Sus
padres: don Pedro Gómez de Quevedo –de la nobleza
de Toranzo (Santander)–, fue secretario de la princesa
María, hija del emperador Carlos V y más tarde de la reina
Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II. Su madre,
doña María de Santibáñez, fue dama de honor de la reina.
Cinco años más tarde queda huérfano y bajo la tutoría
de don Agustín de Villanueva que le amparó a lo largo
de su carrera –brillantísima– en las universidades
de Alcalá y Valladolid, donde empieza a destacar como
prosista y poeta. Se manifiesta como consumado políglota,
por sus extensos conocimientos de latín, griego, árabe,
francés e italiano. Absorbe humanidades y tres ramas de
la ciencia (matemática, astronomía y medicina). Finalmente
queda muy penetrado en filosofía y derecho. Con el tiempo
se convierte en uno de los más esclarecidos cultores del
barroco y en especial del conceptismo, por los que navega
su contemporáneo, el aragonés Gracián6.
La de Quevedo es una vida variada, azarosa, ajetreada,
viajera, pero sobre todo erudita, que cultiva contactos
con mentes brillantes de la época como el humanista flamenco
Justo Lipsio (Joost Lips), maestro de la escuela neoestoica7.
Desde su juventud figura en una antología de Pedro Espinosa
(Flores de poetas ilustres, de 1605). Ya en esa
época es bachiller y amigo de don Pedro Téllez-Girón,
el futuro duque de Osuna, con el que lo ligará una gran
amistad. Coincidentemente, por esas fechas se inicia su
enemistad con Góngora, no se sabe si por motivos académicos
o meramente personales, la cual durará toda la vida. Se
inicia la publicación –fragmentada– de sus
Sueños, de los que hablaremos más adelante, además
de El alguacil endemoniado. Un pleito sucesorio
por la posesión de la Torre de Juan Abad que, a la postre,
ganará y le servirá como constante refugio y hogar creativo,
en diversas épocas de su vida. En 1609 dedica a Felipe
III su nueva creación Premática de las cotorreras
y España defendida y Los tiempos de ahora.
Un año más tarde, 1610, le niegan autorización para publicar
el Juicio final, amplio mosaico satírico-moral
que mereció de la Inquisición ‘reprimendas’
y ‘censuras’. En estos escritos remueve el
lenguaje y hace gala de una fase destructora, burlona,
que no deja títere con cabeza; es un Aristófanes tremebundo8
y actúa como escalpelo para atacar malas costumbres e
hipocresías de toda laya. Detengámonos un poco: Estamos
en el Sueño del Juicio Final.
| Al sonido de una trompeta comenzó
a temblar la tierra y a dar licencia a los güesos
que anduviesen unos en busca de otros [...] la manera
que algunas almas huían, unas con asco y otras con
miedo, de sus antiguos cuerpos [...] Después, fue
de ver cómo los lujuriosos no querían que los hallasen
sus ojos. los maldecientes las lenguas; los ladrones
y matadores gastaban los pies en huir de sus propias
manos [...]; una gran chusma de escribanos andaban
huyendo de sus orejas”, [y lo más extraordinario]
fue ver los cuerpos de dos o tres mercaderes que se
habían calzado las almas del revés, y tenían todos
los cinco sentidos en las uñas de la mano derecha.
|
Y en fin, en la espeluznante
“garganta del Averno” barre con una multitud
de sabandijas diciendo:
| Era de ver una legión de espíritus
malos con azotes, palos y otros instrumentos, cómo
traían a la audiencia una multitud de taberneros,
sastres, zapateros y libreros, que de miedo se hacían
sordos; letrados revolviendo no tanto leyes como caldos
y un escribano comiendo sólo letras que no había querido
leer en esta vida.. |
He aquí un infierno no muy
distinto del de Dante, un reflejo de la calidad humana en su inmensa variedad
de injusticias. Los censores barruntaron que algo andaba mal (‘demasiado hiriente’)
y suspendieron, en varias ocasiones, la impresión de estos Sueños que,
quizás, respondían a realidades.
|
Frontispicio de una edición
de las obras
de Quevedo,1841.
Historia de la literatura, fasciculo 10, Volumen III,
Editorial Planeta Mexicana. |
En 1611al
protagonizar un lance desgraciado, Quevedo sufrió un cambio
radical en su vida. Por defender a una dama que había
sido abofeteada por un galanteador que la acosaba mientras
oía misa, nuestro escritor desafió al ofensor y lo mató
de una estocada. El lío que se armó obligó al poeta a
huir a Sicilia, donde obtuvo protección del virrey –que
era su amigo–, el duque de Osuna, quien lo nombró
su secretario. Pasa el tiempo, se olvidan los problemas
y su obra crece: El mundo por de dentro, Doctrina
moral del conocimiento propio y desengaño de las cosas
ajenas. Inicia una serie de viajes al servicio de
Osuna y, en 1615, el Parlamento siciliano lo elige como
embajador para llevar los donativos ordinarios y extraordinarios
a Felipe III; debe portar también otro donativo especial
para el duque de Uceda. Tiene, además, otra misión mucho
más secreta y delicada: convencer al duque de Lerma, al
duque de Uceda y al confesor del rey, el dominico Luis
de Aliaga, de la conveniencia de dar el virreinato de
Nápoles al duque de Osuna. La misión tiene éxito y, pese
a las intrigas del poderoso conde-duque de Olivares en
la Corte, logra que se prorrogue el virreinato de Nápoles,
un año después, por tres años. En 1617 se le concede el
hábito de caballero de la Orden de Santiago y el rey le
da una pensión en Italia de cuatrocientos ducados. Pero
hay conjuras de las que tiene aviso Quevedo, en Roma y
Nápoles; la ‘Conjuración de Venecia’ que trataría
de la desastrosa conducción de la Nación por parte de
Felipe III y Felipe IV. La crónica habla de medidas tiránicas
y tributos arbitrarios que dieron por resultado la separación
temporal de Cataluña (1640-1652) y la definitiva de Portugal,
además de las hostilidades, reanudadas, entre España y
Holanda. A mediados de 1618, en junio, defiende ante el
Consejo de Estado al duque de Osuna de la acusación de
complicidad en la Conjuración de Venecia. Se sabe que
Quevedo no participó en este complot, pero no era muy
ajeno a él, como lo demuestra una carta que el propio
conde-duque escribe al rey y en la que le dice: “(asunto
Quevedo). [...] confidente de Francia y correspondiente
de franceses”9 De
1619 a 1621 se retira a su Torre de Juan Abad, pero en
la capital se precipitan los acontecimientos: regresa
y es procesado el conde de Osuna y sus resultados alcanzan
al poeta que es encarcelado en Uclés, para ser, bajo revisión,
confinado de nuevo en la Torre. Muere Felipe III y su
sucesor, Felipe IV, sigue la ruinosa política que aconseja
el conde-duque. El 25 de septiembre de 1624 muere en prisión
su amigo y protector el duque de Osuna. Quevedo, que le
sirvió en Italia y que le fue fiel hasta su propio perjuicio
cuando aquél cayó en desgracia política, le dedica un
sentido soneto:10
Memoria soy del más glorioso pecho
que España en su defensa vio triunfante;
en mí podrás, amigo caminante,
un rato descansar del largo trecho.
Lágrimas de soldados han deshecho
en mí las resistencias de diamante;
yo cierro al que el ocaso y el levante
a su victoria dio círculo estrecho.
|
Historia de la literatura, fasciculo
10, Volumen III,
Editorial Planeta Mexicana. |
En tanto
crece su fama literaria, lo acechan enemigos mortales;
en 1625 publica Cartas del caballero de la Tenaza y
en los años 1627 y 1628 se imprimen nuevas ediciones de
El buscón y de los Sueños, en tanto se urden
amenazas en su contra. En 1634 se casa con doña Esperanza
de Mendoza, viuda de Fernández Liñán de Heredia, que resulta
matrimonio fallido, ya que se separan dos años más tarde.
Se siguen editando sus obras, entre ellas su célebre El
buscón, una estrella más en la picaresca de esos años
en los que circulaban copias de El Lazarillo de Tormes,
Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán y La vida
del escudero Marcos de Obregón, de Vicente Espinel.
Y en suma, ¿qué es El buscón? Un pícaro que nos
da cuenta de sus truhanerías con mucho desenfado. Varias
ediciones de la obra en Madrid, Zaragoza, Barcelona e
incluso en Francia, en Rouen, hablan del éxito. Quevedo
busca congraciarse con el poderoso conde-duque y le dedica:
‘Cómo ha de ser un privado’ y también su edición
de las obras poéticas de Fray Luis de León. Pero a pesar
de todo, el de Olivares lo tiene entre ceja y ceja y hay
otros más que, embozados, le atacan por connivencia con
los franceses. Muestra de ello es un sangriento libelo
contra Quevedo, aparecido en Valencia, donde se tacha
al poeta de: “...maestro de errores, doctor en desvergüenzas,
licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades,...”
La divisa con la que navega El buscón es clara:
“Haz como vieres, dice el refrán, y dice bien. De
puro considerar en él, vino a resolverme de ser bellaco
con los bellacos, y más, si pudiere, que todos. No sé
si salí con ello, pero yo aseguro a v.m. que hice todas
las diligencias posibles...” El libro es pura delicia,
y, sin duda, recomiendo el capítulo IX titulado: ‘En
que me hago representante, poeta y galán de monjas’.
Nuestro Alberti 11 advierte
el escenario en el que vive Quevedo:
[...] fúnebre y divertido
carnaval del descenso de un pueblo. Dolor y retortijones de hambre, bascas
y morisquetas de la muerte, que los vivos y encandilados lentes de Don Francisco
van a aumentar, a encalabrinar hasta lo insoportable.
Sigue escribiendo nuestro
biografiado; dedica al duque de Medinaceli El Rómulo; por su parte
saca a luz Vida de Marco Bruño y reedita Sueños y La perinola.
Por esos años, una llamada Junta de Reformación destaca el ‘amancebamiento’
de nuestro poeta y hombre de Corte con una actriz, Ledesma.
|
Historia de la literatura, fasciculo
10, Volumen III,
Editorial Planeta Mexicana. |
De repente
hay novedades, corren rumores de que en la Conjura de
Venecia sí estuvo nuestro poeta y además huyó cuando acabaron
con los conjurados: disfrazado de pordiosero y empleando
un magnífico acento italiano. ¿Será cierto? Otras fuentes
lo desmienten y lo ubican en Madrid en esos días que los
hechos sucedieron. Pero hay una relación de sucesos –pese
a su siempre proclamada inocencia, que no pudieron desmentir–
y que se refiere a su prisión y su liberación después
de la caída del conde-duque de Olivares, nefasto personaje
de la crisis española de esos años, e inductor del final
del gran escritor.
La introducción
que antecede a la Antología poética lo resume José
Ma. Pozuelo:12
| Alterna Quevedo los años siguientes
las estancias en la Torre, dedicadas a la creación
y lectura, con viajes a la Corte. En 1639 es detenido
en casa del duque de Medinaceli y conducido a la cárcel
de San Marcos de León. Su prisión nada tiene que ver
con el apócrifo memorial: Católica, Sacra y Real
Majestad; ni Quevedo lo compuso, como Blecua ha
demostrado, ni lo depositó debajo de la servilleta
del Rey. |
La prisión de Quevedo coincidió
con la deportación del de Medinaceli a Andalucía. La teoría
del duque de Maura y de Gregorio Marañón es que la prisión
de Quevedo obedeció a su relación con los adversarios
extranjeros del conde-duque, que querían sustituir, con
ayuda de algunos grandes de España, el poderoso valimiento
unipersonal de Olivares por un valimiento oligárquico.
El cardenal Richelieu y Roma verían con buenos ojos la
empresa. La intervención personal del rey, la deportación
de Medinaceli, la dureza con que se trató a Quevedo, hablan
de un asunto grave. El gacetillero Pellicer lo sugiere
al decir:
El vulgo habla con variedad de la
prisión de Quevedo; unos dicen que era porque escribía
sátiras contra la monarquía; otros, porque hablaba
mal del gobierno y otros aseguraban que adolecía del
propio mal del señor Nuncio y que entraba cierto francés,
criado del señor cardenal de Richelieu, con gran frecuencia
en su casa.
Quevedo defendió siempre su inocencia, lo que no
le privó de cuatro duros años de cárcel y que el rey
ni siquiera lo recibiera cuando salió de prisión.
Estos años quebraron su salud física, aunque aumentaron
su lucidez sobre las escasas posibilidades de la política
imperial y acrecentaron su pesimismo político-social.
Retirado en la Torre, escribiendo cartas desoladoras
pero con talante estoico y resignado, le sobrevino
la muerte en 1645 (8 de septiembre). |
Se ha dicho acerca de Quevedo
todo y de todo, pero habría que remarcar lo que todos los eruditos han proclamado:
cumbres de lírica, agudeza sin par y juego de vituperios y alabanzas en conjunción
infernal. No sabemos si es cumbre de religiosidad o si el escepticismo campea
en él . Oír sus sonetos es un juego de belleza con atisbos de azufre. No tiene
par en la literatura española. Es y será único.
1Historia de la literatura (10, págs..
69-70), Ed. Planeta Mexicana.
2Los 1001 años de la lengua española, Antonio Alatorre
(citas de Rafael La pesa), pp. 274-275, Bancomer,
S.A. 1979
3Antología poética, Edición, introducción José Ma.
Pozuelo.-74 Soneto pág. 94
4Historia de la lengua española (7a. Edición), Madrid,
1968.
5Los 1001 años de la lengua española.-Antonio Alatorre,
Bancomer S.A., 1979.
6“Gracián” (serial en Comunidad Ibérica),
México, 1967, Editores Mexicanos Unidos.
7Lipsio (Justo), castellanización de Joost Lips, humanista
flamenco (Overijse, Brabante, 1547 -Lovaina, 1606).
Se hizo protestante y posteriormente comulgó de nuevo
con los católicos. Enseñó en las universidades de
Jena, Leiden y Lovaina (1592). Fue uno de los maestros
de la escuela neoestoica.
8Sueño del Juicio final, Quevedo, 1627- Selección.
9Cita del hispanista E. H. Elliot. Ver también J.
Ma. Pozuelo, “Introducción” en Antología
poética, 1994.
10Epitafio del sepulcro y con las armas del propio.
“Habla el mármol”, Soneto 49 de Antología
poética, Barcelona, 1994. Ed. Planeta.
11Alberti, Rafael, ”Don Francisco de Quevedo,
poeta de la muerte”, Revista Nacional de Cultura
(Caracas) XII, 1960 pp. 6-23
12J. Ma. Pozuelo, “Introducción” a la
Antología poética (XXIV) Barcelona, 94-Plan. |
Bibliografía
ALATORRE Antonio, Los 1001 años de la lengua española, México,
Bancomer, S.A. 1979
Antología poética, Barcelona, Ed. Planeta, 1994.
Historia de la lengua española (7a. edición), Madrid, 1968.
QUEVEDO, Sueño del Juicio final, Quevedo, 1627- Selección.
ALBERTI Rafael, “Don Francisco de Quevedo, poeta de
la muerte”, Revista Nacional de Cultura (Caracas)
XII, 1960 pp. 6-23 |
| *Este texto forma parte de la serie
El castellano: acerca de sus venturas y desventuras,
de la cual ya se han publicado los artículos: “Cervantes”
(revista número 59), “La lengua madre del imperio”
(60), “Nacimiento del idioma español en la roca
cántabra” (62), “Canasta de ingenios”
(63), “Del Marqués de Santillana a Garcilaso
de la Vega” (71),“ Tirso de Molina”
(73), “Lope de Vega y Carpio” (75), “Tres
rivales y un misterio” (78) y “Juan Ruiz
de Alarcón” (80). En números posteriores se
continuará con la publicación de esta serie. |
|
|
|
|
|