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Correo del Maestro Núm. 85, junio 2003

Francisco de Quevedo (1580-1645)
 Un diablo penetrante y satírico*

Adolfo Hernández Muñoz

Retrato de Quevedo.
Colección de grabados Varones ilustres.

Conoció las miserias humanas como pocos, porque las sufrió con largueza. Como tenía genio, vio la luz de la grandeza y su secuela, la melancolía. Amó España de manera desengañada y sus versos hablan irónicamente, en tono de sequedad, de sus tierras. Tal es Quevedo, dividido en varias personalidades. Todo un cúmulo de contradicciones, navegando entre lealtades a toda prueba, inmerso en un escenario mediocre que camina en mitades; una, hacia la pobreza alucinante del pueblo; la otra en la Corte, donde pretendientes y cazafortunas caminan, desvergonzados, por los caminos de una picaresca irrefrenable. Luchó, con poca fortuna, contra los rigores de una Inquisición férrea y el asfixiante intervencionismo de un gobierno –como el de Olivares– que no daba margen a ideas autonómicas, independientes; en suma, un infierno concentracionario que, a la larga, casi acaba con España. Díganlo si no las revoluciones constitucionalistas ahogadas de Portugal, Aragón y Cataluña. Estamos, pues –durante la vida del gran escritor y poeta–, en la doble vertiente de un Imperio que se deshace y de una crisis económico-social que se consolida. Por otra parte, entra triunfante, el conceptismo con su cúspide que es Baltasar Gracián y su mensaje ácido-moral; en tanto, su cima poética es Quevedo. Todos ellos envueltos en una acuciante dicotomía de ‘vida y muerte’ constantes en una sátira, a veces degradante, pero siempre viva e incisiva y donde –en ocasiones– hay remansos de poesía pura. Digamos, en concreto, que es, a su manera, cronista de la decadencia, reflejo puntual de un pueblo que, siendo imperio, conoce el hambre y donde cortesanos y pícaros son mezcla de un todo común que se resuelve en un revoltijo de truhanes y bellacos, aguafuerte de  una España que vive como puede y donde las pompas son, en su mayoría, de oropel. En ese escenario, este poeta maldito es un diablo penetrante y satírico. Díganlo si no los Sueños o El buscón, a los que nos referiremos más adelante. Díganlo también muchos de sus sonetos ‘brevedad de lo que se vive y cuán nada se parece lo que se vivió’, lo que a fin de cuentas sería un combate sin tregua, sin punto de descanso cuyo trágico protagonista sería un personaje que responde al nombre de Francisco de Quevedo, compendio de laconismo lapidario. Pronto entraremos en sus notas biográficas, baremos de un andar angustiado, un ser claramente dividido. En la Historia de la literatura se lee:

.conviene decirlo para no sorprenderse demasiado por el contraste entre un Quevedo grave, metafísico, obsesionado por la fugacidad de la vida humana y un Quevedo chocarrero, y aun indecente, cuyos chistes en verso a menudo tienen una intención burlesca, pero otras veces no atacan a nadie, sino que son un simple ejercicio de ingenio".1

Digamos también que en Quevedo hay una constante batalla por penetrar los entresijos del idioma. El profesor Lapesa lo ha dicho con agudeza:2 “Tanta condensación significativa no cabe en las normas de la sintaxis usual y se ayuda con acrobáticas construcciones.” Por otra parte:

Otro aspecto del conceptismo quevedesco es el estilo concentrado y nervioso de sus obras graves. Lector y traductor de Séneca –no hay que olvidar que nuestro escritor dominaba el latín, el griego y el italiano–, Quevedo emplea la frase cortada, de extrema concisión y abundante en contraposiciones de ideas. Esta sobriedad da relieve a la profundidad del pensamiento, sentencioso y agudo.

 

Pero este pensamiento tiene sus remansos porque ‘es polvo enamorado’, es poeta. En alguna ocasión dirá:

Ojos, guardad al corazón secreto,

pues le guarda la lengua a sus pasiones;

ved que son vuestras lágrimas razones:

que el ciego amor, si es mucho,
es más perfecto.
3

Volvemos al gran investigador Rafael Lapesa4 con estos conceptos extraídos de su Historia de la lengua española:

Tan variada como su vida de cortesano y político, de viajero y estudioso de gabinete, es su abundantísima obra, gran parte de la cual –sobre todo la poética– no se publicó hasta después de su muerte. Cervantes es el novelista; Lope de Vega es el dramaturgo; Góngora es el poeta. ¿Y Quevedo? Quevedo no se deja clasificar: impresiona como prosista serio y refinado (por ejemplo en su Marco Bruto, ampliación pomposa de una de las Vidas de Plutarco; impresiona también como prosista satírico, por ejemplo en sus Sueños y en su Buscón; pero impresiona sobre todo como poeta. Pocos poetas ha habido con una obra tan variada. Quevedo es, con Ronsard5 y con Shakespeare, una de las cumbres de esa exaltación del amor y de la belleza que fue el petrarquismo europeo, al mismo tiempo es uno de los que con más cruel escepticismo han considerado el amor humano en su realidad, el amor no idealizado, y de los que más se han complacido en acumular rasgos y colores para pintar las innumerables fealdades de la vida.

 

Don Francisco de Quevedo y Villegas es una de las cúspides del idioma castellano y uno de sus protagonistas más preparados, quizás el mayor de ellos pero también el más complicado. Su niñez tiene por escenario la corte de Felipe II. Sus padres: don Pedro Gómez de Quevedo –de la nobleza de Toranzo (Santander)–, fue secretario de la princesa María, hija del emperador Carlos V y más tarde de la reina Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II. Su madre, doña María de Santibáñez, fue dama de honor de la reina. Cinco años más tarde queda huérfano y bajo la tutoría de don Agustín de Villanueva que le amparó a lo largo de su carrera –brillantísima– en las universidades de Alcalá y Valladolid, donde empieza a destacar como prosista y poeta. Se manifiesta como consumado políglota, por sus extensos conocimientos de latín, griego, árabe, francés e italiano. Absorbe humanidades y tres ramas de la ciencia (matemática, astronomía y medicina). Finalmente queda muy penetrado en filosofía y derecho. Con el tiempo se convierte en uno de los más esclarecidos cultores del barroco y en especial del conceptismo, por los que navega su contemporáneo, el aragonés Gracián6. La de Quevedo es una vida variada, azarosa, ajetreada, viajera, pero sobre todo erudita, que cultiva contactos con mentes brillantes de la época como el humanista flamenco Justo Lipsio (Joost Lips), maestro de la escuela neoestoica7. Desde su juventud figura en una antología de Pedro Espinosa (Flores de poetas ilustres, de 1605). Ya en esa época es bachiller y amigo de don Pedro Téllez-Girón, el futuro duque de Osuna, con el que lo ligará una gran amistad. Coincidentemente, por esas fechas se inicia su enemistad con Góngora, no se sabe si por motivos académicos o meramente personales, la cual durará toda la vida. Se inicia la publicación –fragmentada– de sus Sueños, de los que hablaremos más adelante, además de El alguacil endemoniado. Un pleito sucesorio por la posesión de la Torre de Juan Abad que, a la postre, ganará y le servirá como constante refugio y hogar creativo, en diversas épocas de su vida. En 1609 dedica a Felipe III su nueva creación Premática de las cotorreras y España defendida y Los tiempos de ahora. Un año más tarde, 1610, le niegan autorización para publicar el Juicio final, amplio mosaico satírico-moral que mereció de la Inquisición ‘reprimendas’ y ‘censuras’. En estos escritos remueve el lenguaje y hace gala de una fase destructora, burlona, que no deja títere con cabeza; es un Aristófanes tremebundo8 y actúa como escalpelo para atacar malas costumbres e hipocresías de toda laya. Detengámonos un poco: Estamos en el Sueño del Juicio Final.

Al sonido de una trompeta comenzó a temblar la tierra y a dar licencia a los güesos que anduviesen unos en busca de otros [...] la manera que algunas almas huían, unas con asco y otras con miedo, de sus antiguos cuerpos [...] Después, fue de ver cómo los lujuriosos no querían que los hallasen sus ojos. los maldecientes las lenguas; los ladrones y matadores gastaban los pies en huir de sus propias manos [...]; una gran chusma de escribanos andaban huyendo de sus orejas”, [y lo más extraordinario] fue ver los cuerpos de dos o tres mercaderes que se habían calzado las almas del revés, y tenían todos los cinco sentidos en las uñas de la mano derecha.

 

Y en fin, en la espeluznante “garganta del Averno” barre con una multitud de sabandijas diciendo:

Era de ver una legión de espíritus malos con azotes, palos y otros instrumentos, cómo traían a la audiencia una multitud de taberneros, sastres, zapateros y libreros, que de miedo se hacían sordos; letrados revolviendo no tanto leyes como caldos y un escribano comiendo sólo letras que no había querido leer en esta vida..

 

He aquí un infierno no muy distinto del de Dante, un reflejo de la calidad humana en su inmensa variedad de injusticias. Los censores barruntaron que algo andaba mal (‘demasiado hiriente’) y suspendieron, en varias ocasiones, la impresión de estos Sueños que, quizás, respondían a realidades.

Frontispicio de una edición de las obras
de Quevedo,1841.
Historia de la literatura, fasciculo 10, Volumen III, Editorial Planeta Mexicana.

En 1611al protagonizar un lance desgraciado, Quevedo sufrió un cambio radical en su vida. Por defender a una dama que había sido abofeteada por un galanteador que la acosaba mientras oía misa, nuestro escritor desafió al ofensor y lo mató de una estocada. El lío que se armó obligó al poeta a huir a Sicilia, donde obtuvo protección del virrey –que era su amigo–, el duque de Osuna, quien lo nombró su secretario. Pasa el tiempo, se olvidan los problemas y su obra crece: El mundo por de dentro, Doctrina moral del conocimiento propio y desengaño de las cosas ajenas. Inicia una serie de viajes al servicio de Osuna y, en 1615, el Parlamento siciliano lo elige como embajador para llevar los donativos ordinarios y extraordinarios a Felipe III; debe portar también otro donativo especial para el duque de Uceda. Tiene, además, otra misión mucho más secreta y delicada: convencer al duque de Lerma, al duque de Uceda y al confesor del rey, el dominico Luis de Aliaga, de la conveniencia de dar el virreinato de Nápoles al duque de Osuna. La misión tiene éxito y, pese a las intrigas del poderoso conde-duque de Olivares en la Corte, logra que se prorrogue el virreinato de Nápoles, un año después, por tres años. En 1617 se le concede el hábito de caballero de la Orden de Santiago y el rey le da una pensión en Italia de cuatrocientos ducados. Pero hay conjuras de las que tiene aviso Quevedo, en Roma y Nápoles; la ‘Conjuración de Venecia’ que trataría de la desastrosa conducción de la Nación por parte de Felipe III y Felipe IV. La crónica habla de medidas tiránicas y tributos arbitrarios que dieron por resultado la separación temporal de Cataluña (1640-1652) y la definitiva de Portugal, además de las hostilidades, reanudadas, entre España y Holanda. A mediados de 1618, en junio, defiende ante el Consejo de Estado al duque de Osuna de la acusación de complicidad en la Conjuración de Venecia. Se sabe que Quevedo no participó en este complot, pero no era muy ajeno a él, como lo demuestra una carta que el propio conde-duque escribe al rey y en la que le dice: “(asunto Quevedo). [...] confidente de Francia y correspondiente de franceses”9 De 1619 a 1621 se retira a su Torre de Juan Abad, pero en la capital se precipitan los acontecimientos: regresa y es procesado el conde de Osuna y sus resultados alcanzan al poeta que es encarcelado en Uclés, para ser, bajo revisión, confinado de nuevo en la Torre. Muere Felipe III y su sucesor, Felipe IV, sigue la ruinosa política que aconseja el conde-duque. El 25 de septiembre de 1624 muere en prisión su amigo y protector el duque de Osuna. Quevedo, que le sirvió en Italia y que le fue fiel hasta su propio perjuicio cuando aquél cayó en desgracia política, le dedica un sentido soneto:10

Memoria soy del más glorioso pecho

que España en su defensa vio triunfante;

en mí podrás, amigo caminante,

un rato descansar del largo trecho.

Lágrimas de soldados han deshecho

en mí las resistencias de diamante;

yo cierro al que el ocaso y el levante

a su victoria dio círculo estrecho.

Historia de la literatura, fasciculo 10, Volumen III,
Editorial Planeta Mexicana.

En tanto crece su fama literaria, lo acechan enemigos mortales; en 1625 publica Cartas del caballero de la Tenaza y en los años 1627 y 1628 se imprimen nuevas ediciones de El buscón y de los Sueños, en tanto se urden amenazas en su contra. En 1634 se casa con doña Esperanza de Mendoza, viuda de Fernández Liñán de Heredia, que resulta matrimonio fallido, ya que se separan dos años más tarde. Se siguen editando sus obras, entre ellas su célebre El buscón, una estrella más en la picaresca de esos años en los que circulaban copias de El Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán y La vida del escudero Marcos de Obregón, de Vicente Espinel. Y en suma, ¿qué es El buscón? Un pícaro que nos da cuenta de sus truhanerías con mucho desenfado. Varias ediciones de la obra en Madrid, Zaragoza, Barcelona e incluso en Francia, en Rouen, hablan del éxito. Quevedo busca congraciarse con el poderoso conde-duque y le dedica: ‘Cómo ha de ser un privado’ y también su edición de las obras poéticas de Fray Luis de León. Pero a pesar de todo, el de Olivares lo tiene entre ceja y ceja y hay otros más que, embozados, le atacan por connivencia con los franceses. Muestra de ello es un sangriento libelo contra Quevedo, aparecido en Valencia, donde se tacha al poeta de: “...maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades,...” La divisa con la que navega El buscón es clara: “Haz como vieres, dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vino a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiere, que todos. No sé si salí con ello, pero yo aseguro a v.m. que hice todas las diligencias posibles...” El libro es pura delicia, y, sin duda, recomiendo el capítulo IX titulado: ‘En que me hago representante, poeta y galán de monjas’. Nuestro Alberti 11 advierte el escenario en el que vive Quevedo:

[...] fúnebre y divertido carnaval del descenso de un pueblo. Dolor y retortijones de hambre, bascas y morisquetas de la muerte, que los vivos y encandilados lentes de Don Francisco van a aumentar, a encalabrinar hasta lo insoportable.

Sigue escribiendo nuestro biografiado; dedica al duque de Medinaceli El Rómulo; por su parte saca a luz Vida de Marco Bruño y reedita Sueños y La perinola. Por esos años, una llamada Junta de Reformación destaca el ‘amancebamiento’ de nuestro poeta y hombre de Corte con una actriz, Ledesma.

Historia de la literatura, fasciculo 10, Volumen III,
Editorial Planeta Mexicana.

De repente hay novedades, corren rumores de que en la Conjura de Venecia sí estuvo nuestro poeta y además huyó cuando acabaron con los conjurados: disfrazado de pordiosero y empleando un magnífico acento italiano. ¿Será cierto? Otras fuentes lo desmienten y lo ubican en Madrid en esos días que los hechos sucedieron. Pero hay una relación de sucesos –pese a su siempre proclamada inocencia, que no pudieron desmentir– y que se refiere a su prisión y su liberación después de la caída del conde-duque de Olivares, nefasto personaje de la crisis española de esos años, e inductor del final del gran escritor.

La introducción que antecede a la Antología poética lo resume José Ma. Pozuelo:12


Alterna Quevedo los años siguientes las estancias en la Torre, dedicadas a la creación y lectura, con viajes a la Corte. En 1639 es detenido en casa del duque de Medinaceli y conducido a la cárcel de San Marcos de León. Su prisión nada tiene que ver con el apócrifo memorial: Católica, Sacra y Real Majestad; ni Quevedo lo compuso, como Blecua ha demostrado, ni lo depositó debajo de la servilleta del Rey.

 

La prisión de Quevedo coincidió con la deportación del de Medinaceli a Andalucía. La teoría del duque de Maura y de Gregorio Marañón es que la prisión de Quevedo obedeció a su relación con los adversarios extranjeros del conde-duque, que querían sustituir, con ayuda de algunos grandes de España, el poderoso valimiento unipersonal de Olivares por un valimiento oligárquico. El cardenal Richelieu y Roma verían con buenos ojos la empresa. La intervención personal del rey, la deportación de Medinaceli, la dureza con que se trató a Quevedo, hablan de un asunto grave. El gacetillero Pellicer lo sugiere al decir:

El vulgo habla con variedad de la prisión de Quevedo; unos dicen que era porque escribía sátiras contra la monarquía; otros, porque hablaba mal del gobierno y otros aseguraban que adolecía del propio mal del señor Nuncio y que entraba cierto francés, criado del señor cardenal de Richelieu, con gran frecuencia en su casa.
   Quevedo defendió siempre su inocencia, lo que no le privó de cuatro duros años de cárcel y que el rey ni siquiera lo recibiera cuando salió de prisión. Estos años quebraron su salud física, aunque aumentaron su lucidez sobre las escasas posibilidades de la política imperial y acrecentaron su pesimismo político-social. Retirado en la Torre, escribiendo cartas desoladoras pero con talante estoico y resignado, le sobrevino la muerte en 1645 (8 de septiembre).

 

Se ha dicho acerca de Quevedo todo y de todo, pero habría que remarcar lo que todos los eruditos han proclamado: cumbres de lírica, agudeza sin par y juego de vituperios y alabanzas en conjunción infernal. No sabemos si es cumbre de religiosidad o si el escepticismo campea en él . Oír sus sonetos es un juego de belleza con atisbos de azufre. No tiene par en la literatura española. Es y será único.

1Historia de la literatura (10, págs.. 69-70), Ed. Planeta Mexicana.
2Los 1001 años de la lengua española, Antonio Alatorre (citas de Rafael La pesa), pp. 274-275, Bancomer, S.A. 1979
3Antología poética, Edición, introducción José Ma. Pozuelo.-74 Soneto pág. 94
4Historia de la lengua española (7a. Edición), Madrid, 1968.
5Los 1001 años de la lengua española.-Antonio Alatorre, Bancomer S.A., 1979.
6“Gracián” (serial en Comunidad Ibérica), México, 1967,  Editores Mexicanos Unidos.
7Lipsio (Justo), castellanización de Joost Lips, humanista flamenco (Overijse, Brabante, 1547 -Lovaina, 1606). Se hizo protestante y posteriormente comulgó de nuevo con los católicos. Enseñó en las universidades de Jena, Leiden y Lovaina (1592). Fue uno de los maestros de la escuela neoestoica.
8Sueño del Juicio final, Quevedo, 1627- Selección.
9Cita del hispanista E. H. Elliot. Ver también J. Ma. Pozuelo, “Introducción” en Antología poética, 1994.
10Epitafio del sepulcro y con las armas del propio. “Habla el mármol”,  Soneto 49 de Antología poética, Barcelona, 1994. Ed. Planeta.
11Alberti, Rafael, ”Don Francisco de Quevedo, poeta de la muerte”, Revista Nacional de Cultura (Caracas) XII, 1960 pp. 6-23
12J. Ma. Pozuelo, “Introducción” a la Antología poética (XXIV) Barcelona, 94-Plan.

Bibliografía

 

ALATORRE Antonio, Los 1001 años de la lengua española, México, Bancomer, S.A. 1979

Antología poética, Barcelona, Ed. Planeta, 1994.

Historia de la lengua española (7a. edición), Madrid, 1968.

QUEVEDO, Sueño del Juicio final, Quevedo, 1627- Selección.

ALBERTI Rafael, “Don Francisco de Quevedo, poeta de la muerte”, Revista Nacional de Cultura (Caracas) XII, 1960 pp. 6-23

 

 

 

*Este texto forma parte de la serie El castellano: acerca de sus venturas y desventuras, de la cual ya se han publicado los artículos: “Cervantes” (revista número 59), “La lengua madre del imperio” (60), “Nacimiento del idioma español en la roca cántabra” (62), “Canasta de ingenios” (63), “Del Marqués de Santillana a Garcilaso de la Vega” (71),“ Tirso de Molina” (73), “Lope de Vega y Carpio” (75), “Tres rivales y un misterio” (78) y “Juan Ruiz de Alarcón” (80). En números posteriores se continuará con la publicación de esta serie.

 

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