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Correo del Maestro Núm. 86, julio 2003

Consumar un delito

   Arrigo Coen Anitúa

Impetrar (del latín petrare, ‘hacer’, por patrare, ‘generar’) significa ‘conseguir un favor que se ha pedido con ruegos’; pero se suele usar más como ‘solicitar una gracia con encarecimiento y ahínco’; la ‘acción y efecto de impetrar’ es la impetración; lo que ‘sirve para ello’ es lo impetratorio, ‘quien impetra’ es impetrador o impetradora, y el ‘tipo de esa súplica’ se puede calificar de impetrante.

Del mismo verbo latino petrare, por petrare, ‘ejecutar’ (cuyo sentido es el de ‘ser padre o autor’) proviene nuestro perpetrar (con el prefijo intensivo per-) ‘consumar un delíto’, ‘cometer una culpa grave’; ‘tal acción y también su efecto’ son la perpetración, y  ‘quien perpetra’ es el perpetrador o la perpetradora.

Antes la Academia no definía, sino que se limitaba a dar sinónimos del verbo patrocinar, tales como: ‘defender’, ‘proteger’, ‘amparar’ y ‘favorecer’; ahora, con nota de segunda acepción, ofrece la definición siguiente: “Sufragar una empresa, con fines publicitarios, los gastos de un programa de radio o televisión, de una competición deportiva o de un concurso’. A esa subvención se la nombra patrocinio, y la empresa que la asume, la patrocinadora.

El parricidio es el ‘delito cometido por el que mata a un ascendiente o descendiente, directo o colateral, o  a su cónyuge’ y la ‘persona que comente ese delito’ es parricida.

En la antigüedad clásica, la grecorromana, del ‘nombre que, del padre o de otro antecesor, se le daba al hijo o a otro descendiente  para denotar esa calidad’, se decía patronímico, derivado, vía el latín patronymicus, del griego patronymikós. Hoy se aplica al ‘apellido que antiguamente se daba en España a los hijos, formado del nombre de sus padres’.

Desde los tiempos de las Sagradas Escrituras, a los ‘personajes que fueron cabezas de dilatadas y numerosas familias’ se les dio el nombre de patriarcas. Hoy el título de patriarca lo recibe el ‘varón que por su edad y sabiduría ejerce autoridad en una familia o en una comunidad’. La ‘dignidad de patriarca’ es el patriarcado, y  también lo son el ‘territorio de la jurisdicción’ y el ‘tiempo que dura el gobierno o autoridad del patriarca’, que suele extenderse hasta los parientes, aun lejanos, de un mismo linaje. Lo ‘perteneciente o relativo al patriarca y a su autoridad o gobierno’ es lo patriarcal.

En México tenemos una locución interjectiva con la que sustituimos cualquiera expresión de gusto, contentamiento o aprobación: “¡Qué padre!”; a veces calificamos superlativamente lo que nos agrada, declarando: “¡Está repadre o padrísimo!”

La Academia quiere que nuestra voz papá, sinónimo familiar hipocorístico de ‘padre’, la hayamos heredado del francés; en italiano es babbo. Por contaminación, en México tenemos el repugnante papy, híbrido de pap(á) con un sufijo -y del inglés medio, que da idea de diminutivo y de tratamiento cariñoso; los niños de habla inglesa prefieren el equivalente daddy.

De la ‘persona bien situada, más que por sus propios méritos, por el influjo o el poder de su progenitor’, se dice que es ‘hijo… de papá’. Aquí lo llamamos junior, ‘comparativo de joven’, en latín, y cargamos el término con cierto matiz peyorativo.

En el Nuevo Testamento aparece hasta tres veces —San Marcos XIV, 36; Romanos VII, 15, y Gálatas IV, 6— la palabra abbá, y en las tres seguida de su traducción ‘padre’: “Abba, Padre" es la invocación a la Divinidad, que expresa una íntima relación filial.

Ambas palabras, abba, transformada en abad, y padre, por el uso litúrgico en la sucesión judeocristiana y por el frecuente empleo que le dieron los monjes siriacos, pasaron al lenguaje eclesiástico general y se llamó a los monjes, indiferentemente, abades o padres.

Acerca del origen de la palabra abad, los diccionarios se limitan a poner: “Del latín abbas, -atis, y éste, por medio del griego abbas, del siriaco abba, padre”. No se hace el estudio comparado de esta voz, común a todas las lenguas semitas –en caldeo también es abba–, cuya raíz se halla en el hebreo ab, con el mismo significado de ‘padre’.

La ascendencia del siriaco abba hay que buscarla en el aramaico (grupo de dialectos semíticos, cuyo tipo es el arameo) penetrado en la región de cultura siropalestinense, procedente del noroeste, y luego muy extendido en lenguas populares.

Hay autoridades que afirman que la raíz semítica ab corresponde a la jafética pa, de padre, así que ab, abba, abbas, abi, papa, pappas, etc., en todas las lenguas orientales vale ‘padre’.

El español toma abad del acusativo latino abbatem, del nominativo abba. Le corresponden el italiano abbate, el abe del francés del siglo XI, abbé en francés actual; el abbat provenzal, el catalán abat y el abbade portugués. Y aun es probable que el inglés abbot, mediante el anglosajón abbot, más usualmente abbod, abbud, también provenga del abbatem latino.

En las lenguas neolatinas, abad no es el ‘padre generador o progenitor’, sino el ‘padre moral’, consejero benévolo, anciano respetable: “Abad —dice Monláu— es el padre en la época de la edad muy avanzada, remate de la procreación fisiológica, o sea en los últimos tiempos de los deberes de la paternidad. En lo antiguo llamábamos abades a todos los ‘sacerdotes’ y principalmente a los ‘curas párrocos’. Hoy los titulamos más comúnmente padres”.

Y, a guisa de curiosidad, váse lo que asienta Sebastián Covarrubias en su Tesoro: “Este nombre es hebreo, ab, vale tanto como padre, primero de todos, el más anciano, el señor, el maestro; de manera que este atributo se da a uno por naturaleza, por honra, por edad, por superintendencia, por propagación de fe o doctrina…”

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