No está por demás recordar, de entrada, que no hay sinónimos perfectos. Aun
en el caso de que en la mayor parte de los diccionarios dos veces aparezcan
definidos con idénticos términos; por ejemplo, los adjetivos interfecto
y occiso, en los lexicones más explícitos sí se especifica la diferencia:
aunque en la entrada occiso, sa se limiten a “muerto violentamente”,
en la de interfecto, ta agregan “…en especial si ha sido víctima de
una acción delictiva” (en ambos casos se aclara que la una y la otra dicciones
suelen usarse más como sustantivos).
Todo lo anterior viene a cuento porque no hace mucho se
me preguntó qué diferencia hay entre los conceptos de aburrimiento,
hastío y fastidio.
Pese a que aburrimiento etimológicamente sea sinónimo
más afín a aborrecimiento –pues los dos derivan del latín abhorrere,
‘sentir horror’, ‘repugnarse de’–, en el drae aparece, no definido sino descrito
como: “Cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente por disgustos o
molestias o por no contar con algo que distraiga o divierta.”
En cuanto a hastío, que por etimología es doblete
de fastidio (ambos del latín fastidium, ‘disgusto’, ‘desdén’,
‘altanería’, ‘exigencia’), la Academia lo define, en primera acepción: “repugnancia
a la comida”, y, en segunda, lo hace sinónimo de ‘disgusto’, en el sentido
de ‘tedio’.
Y héte que de fastidio el drae, de buenas a primeras
nos espeta: “Enfado, cansancio, aburrimiento, tedio”; luego particulariza:
“Disgusto o desazón que causa la comida mal recibida por el estómago, o el
olor fuerte y desagradable de una cosa.” (Así, resulta sinónimo de asco
y de náusea.)
¡Con razón acudió a mí el consultante! ¡Cómo no iba a
quedar perplejo ante tal rejuego de equivalencias! Bueno; no me consta que
haya hecho por su cuenta la indagación. Y tampoco nada me asegura que la pregunta
me haya sido planteada sin intención de echarme un toro para ver qué lidia
le daba yo. Quiero pensar que se me consultó ingenuamente, sin malicia. Y
voy a corresponder y a responder con el mismo candor.
Los vocabularios, cuando son muchos los hablantes que
hay en los distintos niveles de cultura, como es el caso del mundo de la hispanoparla,
se ven obligados, por razones de economía de espacio, a ofrecer ‘matices ideológicos’
de las palabras propuestas. Esos matices por lo regular se cruzan en los campos
de la significación, o sea en el ámbito semántico. Los conceptos se asocian
unos a otros y por eso dan la impresión de ser sinónimos. El buen semiólogo,
entonces, lo que hace es limitar el territorio al rango de información en
el que supone que está el consultante. Adopta una hipótesis de las dimensiones
crónica (cuándo), tópica (dónde) y estrática (entre quiénes)
que ubican cada caso. Ya ahí, le basta con deducir los ‘sentimientos (sensaciones)
inmediatamente asociados’, que influyen en la semiosis (la ‘acción
de atribuir significados’) espontánea del interpelador.
Aplicando tal estratagema al intento de solución a la
sinonimia propuesta, tenemos para aburrimiento una sensación de cansancio;
para hastío, una de hartazgo, y para fastidio, la de
enojo.
Allí es donde fácilmente se puede hallar las diferencias
solicitadas: el aburrimiento solicita distracción; el hastío pide alivio,
descargo, y el fastidio clama por una acción de desquite o quizá venganza.