A
los que se acercan de puntitas a los niños
para
no ahuyentar el asombro...
Monique
Zepeda
En este libro, inteligente, sensible y profundo, la autora
nos brinda reflexiones que tienden a superar lo anquilosado
y rígido en la práctica magisterial cotidiana. Al entrar
en contacto con sus páginas, cada docente de manera personal
tendrá la posibilidad de enriquecer creativamente su quehacer
en el aula y mirar en su interior y en el de sus alumnos.
El libro se caracteriza por su riqueza de ideas, y a continuación
les presentaremos líneas más generales de su pensamiento,
meras pinceladas de color para pintar todas las aulas.
Ser educador es una osadía, pues la elección de ser maestro
supone sueños y riesgos. El sueño de modelar al educando, casi de crearlo
según el propio deseo, transformándolo para que se parezca lo más posible
a la imagen ideal del ser humano, para que actúe según las convicciones que
el maestro ha sabido transmitir, para que llegue más lejos de lo que él ha
llegado, para que alcance lo que él no ha podido lograr.
En la práctica educativa, al igual que en la vida, no
hay nada sin conflicto. Negarlo es desconocer la experiencia humana y huir
es un recurso limitado: el conflicto no atendido siempre nos alcanza y se
hace presente. De esta forma, la tensión de lo no resuelto irrumpe en nuestra
conciencia ocupándola, invadiéndola de manera demandante. Sin esta conciencia
disponible, quedaría poco espacio para la pasión de enseñar y de aprender.
Para ciertos maestros, el recuerdo que dejó un profesor
en su infancia determina su estilo de enseñar. Lo utilizan de modelo, quizá
sin estar totalmente conscientes de ello. Hay personas que abandonan intereses
genuinos porque el criterio aplastante de un maestro así lo determinó.
El modo de relacionarse con los alumnos está determinado
por la forma en que se sitúa cada profesor frente al conocimiento, ya sea
que lo detente, lo comparta o permita que los alumnos tengan un papel en el
descubrimiento de éste.
A manera de herencia, el niño transfiere en el maestro
una parte de los sentimientos que tiene por sus padres. Los sentimientos de
admiración y cariño, dirigidos anteriormente a los padres, son ahora depositados
en el profesor, pero también lo son aquellos afectos de ambivalencia y hostilidad.
El deseo de amar, de ser amado, de poseer, de apropiarse,
es común tanto al alumno como al maestro y eso confunde inconscientemente
al niño: no sabe ya si es su propio interés el que lo motiva a aprender, o
si es el deseo de ocupar un lugar en el afecto del maestro.
Reconocer la inseguridad es comenzar
a transformarla en valentía. Reconocerla frente a los
alumnos es mostrarse como un ser atravesado por las heridas
de lo humano, pero que se enfrenta, que da batalla a las
tareas de la vida. Paradójicamente, esto sólo puede lograrse
desde un lugar de confianza en sí mismo; de transparencia,
mas no de ingenuidad. Una vez más, la frontera entre exponerse
y mostrarse es de un tramado sutil y delicado, como casi
todo lo que atañe al campo de lo humano.
Hay actitudes en los docentes que pueden dejar lesiones
en los alumnos que van más allá de la boleta de calificaciones, y que si se
les permitiera, los niños las señalarían de esta manera: “Que no señalen ciertos
errores en voz alta y frente al grupo. Que no se burle, que no se humille,
que no pongan apodos sarcásticos. Que no se compare, por favor, que no se
compare con nadie, que ya bastante se compara uno por dentro. Que las carencias
no se exhiban, que ya duelen por sí solas. Que las cartitas de amor no sean
expuestas si caen en sus manos. Que guarden algunos secretos. Que los defectos
no sean utilizados en contra de nadie. Y si tienen que ser señalados para
ser corregidos, por favor, en privado, porque crecer no es fácil de por sí,
y los escarnios sólo siembran espinas.”
Respecto a la imagen real y la idealizada que de sí mismo
tiene el maestro, entre más distancia exista entre una y otra, habrá mayor
esfuerzo y desgaste, mayor rigidez y dificultad en la relación con los alumnos,
ya sea porque reaccionan contra ese disfraz de la debilidad, o bien, porque
se someten a él.
Y si un docente verdaderamente busca el cambio, ¿de qué
otra manera podría buscarlo si no es por medio de preguntas? La pregunta es
una manera poderosa de reflexionar, es un espejo donde podemos mirarnos. El
espejo es implacable y las respuestas pueden lastimar o raspar la fantasía
que nos habíamos construido. Es más, hay preguntas que cuartean definitivamente
la imagen interna. ¿Vale la pena?, ¿vale la pena mirar con los ojos abiertos?
¿Qué imagen tengo de mí mismo? ¿Cuáles son las áreas de mi trabajo que me
complacen? ¿En qué me siento deficiente? ¿Qué puedo hacer ¿Por qué no lo hago?
¿Qué me detiene? ¿Cuánto resentimiento tengo? ¿Cuánto entusiasmo poseo todavía?
¿Cómo me relaciono? ¿Con quién o quiénes? ¿Hasta dónde soy capaz de llegar
en esa búsqueda de aprecio? ¿Me gusto? ¿Me apruebo? ¿Me felicito o no? ¿Puedo
darme cuenta de qué preguntas me alteran, me incomodan? ¿Cómo las evado? ¿Huyo?
¿Cuánto tiempo seguiré huyendo?
Gracias a Piaget hemos aprendido lo que sí sabe el alumno,
lo que impera en su forma de pensamiento, las hipótesis
anteriores a la aprehensión de un nuevo conocimiento.
Y surgen de nuevo las preguntas: ¿Cómo escuchar a otro
si sólo me escucho a mí mismo, si nadie que no sea yo
puede enriquecerme o conmoverme? La humildad es entonces
una garantía de no quedar encerrados en el circuito de
una verdad única: la nuestra. La pregunta que debería
prevalecer en el corazón del campo educativo es ¿en qué
clase de mundo queremos vivir? Porque de ahí depende nuestra
elección de dónde trabajar, de cómo enseñar y para qué
enseñar.
Es el profesor el que desencadena y orienta la comunicación
en el grupo, es quien mantiene la iniciativa en una situación educativa tradicional.
En términos ideales, el detonador de un diálogo son las preguntas abiertas
y amplias. Preguntas que puedan admitir diversas respuestas, que sean consideradas
correctas, que estimulen, que soliciten las opiniones, que dejen espacio para
tomar iniciativas; preguntas que obliguen a expresarse con mayor precisión.
Mucho se ha hablado de la autoestima y sabemos que un
entorno cálido y respetuoso en los primeros años es una condicionante vital
para la construcción de la autoestima. Sin un ambiente afectuoso y consistente,
el niño difícilmente podrá construir una confianza en su capacidad de pensar,
confianza para resolver desafíos, para tomar con las dos manos su derecho
a triunfar. Es por eso que las palabras irrespetuosas de padres y maestros
dejan mellas importantes en la personalidad y en el destino de los niños.
Sucede frecuentemente que un alumno se equivoca, entonces
más que intentar esconder el equívoco, hay que hacer patente que el error
no corresponde a sus verdaderas capacidades. Un error no nos califica ni nos
condena. Las equivocaciones forman parte de la vida, y de ahí surge la posibilidad
de revisar nuestras debilidades. Y si el docente se siente molesto por eso,
el enojo en todo caso debería dirigirse a la conducta y no contra el alumno.
La relación entre la escuela y el significado debería
ser considerada como algo indisociable. Donde surge el significado, ahí hay
educación; donde no aparece, lo que hay son otros procesos distintos al educativo:
adiestramiento, amaestramiento, o entrenamiento tal vez, que son casi lo mismo.
Nada nos impide compartir con los alumnos una lectura
que nos apasione, un fragmento de música significativo para nosotros, un poema,
un dibujo, un juego, un momento de fecundo silencio, una imagen, un olor,
una historia, o un recuerdo. Cada día debería tener un instante de paraíso...
dijo un poeta que nos dejó su tesoro y se llevó su nombre.
| *Reseña del libro Profesión: maestro,
de Monique Zepeda (Ediciones SM, Col. Aula Nueva,
México, 2003, 132 pp.) |