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Correo del Maestro Núm. 91,diciembre 2003

Incursión al misticismo Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz*

Adolfo Hernández Muñoz

¿Será la mística un adentrarse en sí mismo? ¿Implicará esa penetración connotaciones espirituales, filosóficas o teológicas? Las definiciones son inciertas, a tal grado que no se pueden explicar racionalmente. Entraña, también, cierto dogmatismo o cerrazón en estado ‘subliminal’ y por lo mismo puede ser un peldaño a la ascesis o una superación de la misma. Este entramado de interrogantes nos lleva a otros más, algunos inexpresables. Russell, el filósofo inglés, se muestra cauto al tratar el problema que analiza en Religión y ciencia (1930) y concreta al respecto: “No puedo admitir ningún método para llegar a la verdad, excepto el de la ciencia, pero en el reino de las emociones no niego el valor de experiencias que han dado nacimiento a la religión. En virtud de su asociación con creencias falsas, han producido tanto mal como bien; libres de esta asociación puede esperarse que solamente quede el bien.”1 En otra parte de su estudio (capítulo sobre el misticismo) se pregunta: “¿Habrá que admitir que existe una fuente de conocimiento disponible y en apoyo de la religión, que está fuera de la ciencia y puede ser descrita propiamente como ‘revelación’? Ésta es una cuestión difícil de discutir, porque los que creen que las verdades les han sido reveladas profesan la misma especie de certeza respecto a ellas que la que nosotros tenemos respecto a los objetos de los sentidos.”2

Por otra parte, nos conduce –objeto de esta serie de estudios– a altas cumbres del idioma en forma tal que rebasan el grado de admiración que pueden producirnos algunos hallazgos poéticos. Así, buceando en tratados y textos nos encontramos con tres corrientes correspondientes a tradiciones culturales de las distintas órdenes religiosas: la afectiva (franciscanos y agustinos), la intelectual (dominicos y jesuitas) y, la más importante, de superación de dicha dualidad, representada por los carmelitas. Desde luego, por otra parte, poco podía extraerse del pueblo de la época (analfabeto en un ochenta por ciento). Refiriéndonos a los carmelitas, debemos destacar a dos grandes figuras: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, quienes, de una forma pura, en su intento de formular una experiencia que reconocen inexpresable, acudieron a símbolos, alegorías, comparaciones y antítesis, ampliando las dimensiones conceptuales de la palabra, como sugiere Antonio Alatorre en Los 1001 años de la lengua española.

Teresa de Cepeda y Ahumada

Santa Teresa de Jesús. Escultura de
Bernini (siglo XVII).

http://www.joyofsects.com/art/teresa.jpg

Espiguemos en la intimidad del alma de esos seres posesos y hasta excesivos que se maridan con las ideas. De esta suerte, Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582) ama a Dios con enajenamiento terrible y con ello el misticismo español alcanza cumbres nunca vistas. Teresa, llamada también Teresa de Ávila o Teresa de Jesús o Santa Teresa, escribe sin vanidad y, a decir de Azorín, “emplea el lenguaje corriente en el habla hidalga de Castilla la Vieja”, de suerte que esta mujer “habla al pueblo”. Escribió poca, pero intensa poesía, con fronteras sensuales, ya que su delirante amor por la divinidad es poseso, es carnal:

Ya toda me entregué y di,

y de tal suerte he trocado,

que mi Amado es para mí

y yo soy para mi Amado.

.

Cuando el dulce cazador

me tiró y dejó rendida,

en los brazos del amor

mi alma quedó caída

y, cobrando nueva vida,

de tal manera he trocado,

que mi Amado es para mí

y yo soy para mi Amado.

 

Esta mujer que “trata más señaladamente a los populares que a los aristócratas”, y para quien “el amor al prójimo es la virtud más grata a Dios” es justa cuando proclama: “No nos deseemos acordar de los agravios que nos hicieron y ansi se deben olvidar; pero sí de los que hicimos, para satisfacerlos.”

Ella es, en todo, un manantial que surte a la intimidad del alma. Véanse sus cartas donde desazón y esperanza se someten a una voluntad férrea.

Juan de Yepes y Álvarez

San Juan de la Cruz (1542-1591).

www.devocionario.com/santos/jcruz_2.html

Por este camino, Juan de Yepes y Álvarez o San Juan de la Cruz (1542-1591) creó una de las obras líricas de mayor intensidad y belleza de ese siglo. Recordemos que Menéndez y Pelayo dijo en alguna ocasión que “las canciones de san Juan de la Cruz no parecen ya de hombre, sino de ángeles”. Se sabe, de este hombre atormentado, que se sitúa entre los místicos de entraña; esas voces, herméticas en ocasiones y muy hermosas y explícitas en otras, tienen su origen en el campo arábigo, de donde, al parecer, procede su padre.

San Juan de la Cruz nació en el pueblecillo de Fontiveros, provincia de Ávila. Sus canciones, de esencia bucólica, con tintes eróticos, tienen la particularidad de que la voz que en ellas habla es una voz esencialmente femenina y llegó a turbar a las autoridades eclesiásticas que, en consecuencia, impusieron ciertos vetos para que pudieran circular. Hay que hacer notar que la conducta de Juan de Yepes en los centros religiosos estuvo marcada por extrañas circunstancias. Del Cántico espiritual espigamos algunas quintetas con resplandores sensuales o ¿quizás orientales?

Pastores, los que fuerdes

allá por las majadas al otero,

si por ventura vierdes

a aquel que yo más quiero,

decidle que adolezco, peno y muero
.

¡Oh, cristalina fuente!

Si en esos semblantes plateados

formases de repente

los ojos deseados

que tengo en las entrañas dibujados.
.

La noche sosegada

en par de los levantes del aurora,

la música callada,

la soledad sonora,

la cena que recrea y enamora.

.

Gocémonos, amado,

y vámonos a ver en tu hermosura

al monte y al collado,

do mana el agua pura;

entremos más adentro en la espesura.


Todas las figuras del poema sugieren presencias inquietantes un tanto alejadas de lo espiritual, no obstante ser acabados dibujos campiranos, bucólicos. Así las cosas, nuestro místico, tras recalar en varios sitios y entrar en agonía poética (ver la película de Carlos Saura sobre  el rapsoda sufriente, Noche obscura) llegó al convento de carmelitas –que había sido fundado en 1587 en Jaén por el padre Jerónimo Gracián– y murió con serenidad y recato. En sus celebrados versos de “Noche obscura” casi lo cronicó:

En una noche obscura,
con ansias en amores inflamada,

¡oh, dichosa ventura!,

salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

 

Y de esta suerte, el atormentado san Juan de la Cruz encontró el sosiego eterno. La filosofía basada en el misticismo tiene una gran tradición, de Parménides a Hegel. Se sabe que el gran griego introdujo en la metafísica la distinción entre realidad y apariencia, o el camino de la verdad y el camino de la opinión, como les llama.

Será Russell quien manifieste: “Es importante no caricaturizar la doctrina del misticismo, en la que hay, según pienso, una sustancia de sabiduría.” Véase cómo trata de evitar las consecuencias extremas que parecen seguirse de la negación del tiempo.

Parece que en cuanto a misticismo, España aporta una cuota muy importante en un país muy visceral en sus quereres y muy especial por el cruce de sangres que aportan y aportarán visiones encendidas, tanto políticas como poéticas. En suma, quizá sea Iberia almácigo de misticismo de toda laya.

 

 

Bibliografía

RUSSELL, Bertrand, Religión y ciencia. Fondo de Cultura Económica, México, 1965.
MENÉNDEZ Y PELAYO, Marcelino, Poetas líricos españoles, Real Academia Española.
ALATORRE, Antonio, Los 1001 años de la lengua, Bancomer, 1979.
AZORÍN, Castellanías. Obras Completas. Tomo IV, Aguilar, Madrid,1948.

 

Notas

1 B. Russell, Religión y ciencia, FCE, México, 1965, p. 122.
2 Ibid., p.130.

*Este texto forma parte de la serie El castellano: acerca de sus venturas y desventuras, de la cual ya se han publicado los artículos: “Cervantes” (revista número 59), “La lengua madre del imperio” (60), Nacimiento del idioma español en la roca cántabra (62), “Canasta de ingenios” (63), “Del Marques de Santillana a Garcilaso de la Vega (71), “Tirso de Molina” (73), “Lope de Vega y Carpio” (75), “Tres rivales y un misterio” (78), “Juan Ruiz de Alarcón” (80), “Quevedo” (85), “Calderón de la Barca” (87), “El sereno y angélico Fray Luis de León” (89). En numeros posteriores se continuará con la publicación de esta serie.

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