Porque
para cada cosa hay un tiempo,
y
un momento para cada propósito debajo del Cielo
Eclesiastés,
3:1
Cuando alguien nos pregunta qué día
es hoy, la respuesta surge natural e incuestionada, como
una de esas cosas que siempre han estado ahí y que, sencillamente,
son. Nueve, decimos. De noviembre. Del 2003. Domingo.
¿Qué estamos diciendo, realmente? Sin ser conscientes
de ello decimos en dónde estamos, bajo qué estrellas,
dónde están el Sol y la Luna en este momento; decimos
a qué cultura pertenecemos, y en qué Dios creían nuestros
padres y abuelos. Estamos diciendo quiénes somos.
Solemos dar por sentado que doce meses
son un año, el cual tiene 365 días y cuatro estaciones;
que la Navidad es en invierno; que el Año Nuevo es seis
días después de la Navidad, y que el año que sigue es
el 2004. Eso es así, como dicen, aquí y en China. Bueno,
aquí sí; en China es el 16 Bing-Xiu del 10 de Gui-Hai
del año 92 del ciclo de años Gui-Wei, año de la Oveja,
el cual termina en nuestro febrero. Y mientras mi calendario
dice que hoy es 9 de noviembre del 2003, uno en una iglesia
ortodoxa en Moscú dice que es 26 de octubre, mientras
que en Arabia Saudita es el año 1424 y en Jerusalén es
5764. Sin contar con que en Argentina y Australia es verano.
Calendario como sistema
Un calendario es un sistema de división
de grandes periodos de tiempo, cuya unidad más pequeña
es el día. Los días se agrupan de acuerdo con ciclos astronómicos
regulares, siendo los más importantes (y evidentes) los
del Sol y la Luna. Es decir, que cada número regular de
días la Luna tiene un ciclo de fases completas y el Sol
está en el mismo lugar en el cielo, con su correspondiente
influencia en la duración del día y la noche. Básicamente,
el ciclo lunar es un mes, y el ciclo solar es un año.
Los sistemas calendáricos se basan principalmente en estos
dos ciclos; así, hay calendarios solares (como el gregoriano,
que rige en México y la mayor parte de Occidente), lunares
(como el musulmán) y mixtos o lunisolares (como el hebreo
y el chino).
Hasta aquí, ningún problema. A partir
de ahí, muchos. Para empezar, los ciclos de la Luna y
el Sol no coinciden exactamente. Dicho de manera simple,
si al empezar el año (digamos por ahora que el 1° de enero)
hay Luna nueva, el siguiente 1° de enero ya no será así,
sino que tienen que pasar 19 años para que esto ocurra
nuevamente. Es como hacer que dos engranes, uno de 28
dientes y otro de 365, lleguen otra vez a coincidir en
su posición inicial. Además, el año solar (también llamado
tropical o equinoccial debido a que se mide a partir del
equinoccio de primavera, el momento en que la Tierra está
más cercana al Sol y la duración del día y la noche es
igual) no se cumple en una cantidad exacta de días, sino
en 365 días y 6 horas. Este problema se ha resuelto ajustando
artificialmente los calendarios, al agregarles cada cierto
tiempo uno o varios días para volver a sincronizarlos
con la posición real de los astros (en el ‘año bisiesto’
hebreo, por ejemplo, se agrega todo un mes). Muchos calendarios
antiguos también toman en cuenta los ciclos de planetas
como Venus, o de estrellas como Sirio o las Pléyades por
su relación con la proximidad de estaciones de lluvia
o sequía. Dentro de estos parámetros prácticamente cada
cultura ha resuelto de distinta manera el problema de
medir el tiempo, y su identidad está estrechamente ligada
a esto.
Calendario como cultura
El origen de los calendarios siempre
responde, primero, a necesidades prácticas: es tan importante
saber cuándo sembrar, o cuándo moverse hacia terrenos
más cálidos o con mejores pastos en el caso de poblaciones
trashumantes, como cuándo llevar a cabo una fiesta religiosa
para que, efectivamente, la cosecha se dé, las heladas
no se adelanten y las tierras lejanas sean verdes. Esta
necesidad de regular las actividades conduce a buscar
patrones que orienten acerca del paso del tiempo y la
duración de las estaciones, y esto se hace con lo único
que siempre está ahí: el cielo. La Luna cambia con regularidad
asombrosa, y el Sol varía ligeramente su posición a lo
largo del año; las estrellas también giran en el cielo.
Son los mismos astros los que avisan a los hombres cuándo
se acerca el frío o el calor, la sequía o la lluvia, y
tomando como base esas temporadas organizan su vida. Por
lo tanto, el momento de las fiestas, como marcas en el
transcurrir del tiempo, siempre ha estado presente en
la vida de las sociedades y los calendarios son, en su
concepción, religiosos, pues sirven de nexo entre la humanidad
y el cosmos. Incluso nuestro calendario civil no es otra
cosa que el calendario gregoriano, reforma del antiguo
calendario juliano de los romanos hecha en el siglo XVI
para fijar la fecha de la Pascua, con base en el equinoccio
de primavera. Todavía es común que esas fiestas (Pascua,
Navidad, etc.) sean la referencia habitual para una temporada
del año.
Esta regulación de las actividades
sociales responde también a las necesidades de cada pueblo,
pues provee las bases para el planeamiento de ciclos agrícolas,
de cacería y migración, para la adivinación y pronóstico,
y para el mantenimiento de ciclos de eventos civiles y
religiosos, por lo que indirectamente sirve como una fuente
de orden social e identidad cultural. Cualquiera que sea
su grado de sofisticación y de precisión ‘real’,
los calendarios deben ser valorados como acuerdos sociales
más que por su ‘calidad’ científica.
 |
| Las fases de la Luna vistas desde
la Tierra |
Una nueva ‘era’
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La fundación de
Roma marcó el inicio delcalendario romano: ab urbe
condita.
Foto: Archivo. |
De los calendarios que aquí se ha
hablado, sólo el chino no tiene una fecha inicial, sino
que se cuenta en ciclos de años eternamente proyectados
en el pasado y el futuro, sin un año considerado como
el primero de la cuenta. Todos los restantes toman una
fecha de inicio, generalmente una fecha de fuerte significado
simbólico que define también una identidad. Mientras otros
pueblos fechaban a partir de la ascensión de sus gobernantes,
los griegos fechaban por las Olimpiadas, desde la primera
en la cual los griegos se reconocieron como un solo pueblo,
pues a nadie más se le permitía participar. Los romanos
fechaban a partir de la fundación de su ciudad (ab
urbe condita) y, junto con la imposición del latín
como lengua común, la regulación de la vida civil y religiosa
de acuerdo con su calendario unificó todo un mosaico de
culturas disímiles en torno a una única ciudad que era
el centro del mundo, y desde cuya creación se contaban
los años.
La palabra ‘calendario’
viene de calendarium, o ‘libro de calendas’.
Las calendas eran el primer día de cada mes, a partir
del cual corrían los intereses de las deudas y se calculaban
los impuestos, y éste era el libro donde se anotaban y
se registraban las celebraciones y ceremonias.
Otros calendarios toman como punto de partida en la cuenta
de los años un evento a partir del cual se desarrolla
una nueva ‘era’ para el mundo. Los ejemplos
más claros de esto son el calendario cristiano, que cuenta
a partir del nacimiento de Jesús con los conocidos ‘a.C.’
(antes de Cristo), ‘d.C.’ (después de Cristo)
y ‘A.D.’ (Anno Domini Iesu Christi
o Año del Señor, como referencia al reinado de Dios para
los cristianos), y el musulmán, que cuenta los años a
partir de la Hégira, la huída de Mahoma de La Meca hacia
Medina con sus seguidores durante la Luna nueva, momento
considerado como el principio ‘oficial’ del
islam (viernes 16 de julio de 622 d.C.).
El calendario juliano
|
En 1582 el papa Gregorio XIII estableció
el calendario que lleva su nombre.
www.cd-astro.org/materiali/ millennium.html |
El año 708 de la fundación de Roma
(46 a.C.) fue conocido como “el año de la confusión”:
Julio César, bajo sugerencia del astrónomo egipcio Sosígenes,
insertó 90 días para devolver el calendario romano a su
lugar con respecto a las estaciones, pues el calendario
tradicional estaba muy desfasado. Ese año tuvo así 445
días. Se decretó que los años durarían 365 días distribuidos
en 12 meses, de los cuales los impares (primero, tercero,
quinto, etc.) tendrían 31 días, y los pares 30, salvo
febrero que tendría 29, más un día (el 30) que se intercalaría
cada cuatro años para evitar el corrimiento de las fechas
de acuerdo con el año solar, calculado en 365.25 días.
Fue en honor a Julio César que, después de su muerte,
se puso su nombre (Iulius) al quinto mes (quintilis),
lo que ascendió al César del poder temporal al poder eterno,
con la facultad de regir edades junto con los demás dioses.
Ocho años después, Cayo Julio César Augusto fue nombrado
primer emperador de Roma y declarado divino, por lo cual
se dio su nombre (Augustus) al sexto mes (sextilis).
Pero el mes del emperador tenía sólo 30 días, y para ha
lagar su vanidad se le dio la misma duración que al mes
de César, quitándole un día más a febrero, que ya era
irregular de todos modos; así el mes augustus pasó
a tener 31 días, y el februarius 28.
Con el advenimiento del cristianismo
como religión oficial del imperio se hizo necesario un
calendario litúrgico oficial para definir las fiestas
más importantes: Navidad y Pascua. La primera se declaró
como una fiesta fija, de acuerdo con normas que veremos
más adelante; la segunda debía ser movible, para guardar
la debida relación con la Pascua judía. Recordemos que
las fiestas de la Semana Santa conmemoran la muerte y
resurrección de Jesús, que transcurrió durante esa celebración,
la cual está determinada por ciclos lunares y no tiene
fecha fija. El Concilio de Nicea (325 d.C.) se reunió
principalmente para decidir esta cuestión, y decretó que
la Semana Santa debía ser celebrada siempre el primer
domingo después de la primera Luna llena que sigue al
solsticio de primavera (cuando el día y la noche tienen
igual duración), para no adelantarse ni superponerse a
la celebración judía. Esto da como resultado una fecha
entre el 22 de marzo y el 25 de abril, a partir de la
cual se calculan todas las demás fiestas movibles.
Así, el calendario oficial del imperio
se convirtió en el de la Iglesia, y su manera de contar
el tiempo, honrando a sus dioses y divinizando a sus emperadores,
sobrevivió después de la caída de aquél, y es la que usamos
hoy.
Calendario gregoriano
El cálculo del año solar en 365 días
con 6 horas resulta bastante apropiado para fines prácticos,
y es coherente con el pragmatismo típico de la cultura
romana, pero es inexacto, pues sobran 11 minutos, lo que
provoca un retraso con respecto al movimiento del Sol
de un día cada 160 años. Así, a la fecha del Concilio
de Nicea el equinoccio de primavera ya no ocurría el 21
de abril, como estaba asentado en las tablas calendáricas,
sino el 25. De un modo muy práctico, lo único que se hizo
al respecto fue mover cuatro días la fecha para equinoccios
y solsticios, de modo que también la Navidad (que coincidía
tradicionalmente con el solsticio de invierno, el 21 de
diciembre) se fijó el día 25.
La costumbre de fechar desde el nacimiento
de Cristo se incorporó a partir del siglo VI, cuando no
había un emperador romano a partir de cuyo reinado contar.
Los obispos se reunieron en el año 1708 de la fundación
de Roma, bajo el auspicio del emperador.
Para principios del siglo XVI, el
retraso con respecto al ciclo solar ya acumulaba 10 días,
y se había perdido totalmente la relación con respecto
a la Pascua judía. El papa Gregorio XIII convocó a otro
Concilio en Trento el año 1582, donde, entre otras reformas
al culto y de índole teológica (el asunto de la Trinidad
y la cualidad humana o divina de Cristo) se decidió devolver
a su lugar el calendario, esta vez eliminando 10 días.
De este modo, a la noche del 4 de octubre de 1582 siguió
la mañana del 15 de octubre. Se decidió, para prevenir
el desfase, que todos los años divisibles entre 4 serían
años bisiestos, salvo los que fueran divisibles entre
100; éstos sólo lo serían en caso de ser divisibles entre
400. De esta manera, el año 2000 es bisiesto, mientras
que el año 1900 no lo fue. Este sistema tiene un desfase
de un día cada 2500 años, aproximadamente.
El calendario gregoriano sólo fue
aceptado inmediatamente por las naciones que se guiaban
por el rito romano, mientras que otras comunidades eclesiásticas
(protestantes u ortodoxas) se atuvieron al calendario
juliano; esto no porque se rechazara la validez de las
observaciones astronómicas de aquél, sino porque fue decretado
en una bula, la Inter Gravissimus, que también
definía, como dijimos, cuestiones teológicas. No se podía
aceptar una parte de la bula y desechar la otra, así que
lisa y llanamente no se aceptó. La adopción del calendario
gregoriano en Europa fue un proceso que se extendió por
más de 400 años. Si a esto sumamos que en algunos lugares
no se tomaba como fecha de inicio del año el 1 de enero
sino el 25 de marzo (el equinoccio de primavera, según
el calendario juliano), la tarea del historiador que quiera
correlacionar fechas se vuelve particularmente complicada.
Para alguien que cruzara el Canal
de la Mancha desde Holanda hacia Inglaterra el 22 de febrero
de 1706, grande sería su sorpresa cuando se encontrara
con que al poner pie en la isla lo hacía en el año de
1705. Si hubiera pisado Escocia, en cambio, sí lo hubiera
hecho en 1706, pero lo hubiera hecho el 12 de febrero;
10 días antes de bajar del barco según la fecha de Amsterdam.
La discrepancia de los años se debe al hecho de que Escocia
y los Países Bajos comenzaban el año en enero, mientras
que Inglaterra, hasta el año 1752, lo hacía en marzo.
La diferencia en días se debe al uso del calendario gregoriano
en los Países Bajos, y del juliano en Escocia e Inglaterra.
Calendario hebreo
|
El patriarca Hillel reformó el calendario
hebreo.
www.szyk.org/szykonline/hillel.html |
Al igual que el cristiano, el calendario
hebreo ha sufrido reformas y ajustes a lo largo de los
siglos. En su forma actual es un calendario lunisolar
(es decir, que tiene en cuenta tanto los ciclos del Sol
como de la Luna) basado más en el cálculo que en la observación,
y es el calendario oficial de Israel, así como el calendario
litúrgico de la fe judía.
El calendario está basado en el ciclo
metónico, que es cuando el Sol y la Luna coinciden
en sus fases de traslación, lo cual ocurre cada 19 años
solares, en los que se desarrollan 235 lunaciones. Así,
el mes está calculado en 29 días, 12 horas y 793 halakim
(una hora se divide en 1080 halakim de 3.33 segundos).
Este sistema da una duración al año solar de 365.2468
días, que si bien es más largo que la duración astronómica
promedio del año solar de 365.2422 días, permite calcular
acertadamente la Luna nueva dentro de un día determinado
durante un periodo de 14 mil años. Si consideramos que
el calendario hebreo va por el año 5764 y que empieza
desde la fecha de creación del mundo (así que no calcula
antes de eso), se puede predecir que no va a necesitar
ajustes por un tiempo. El año judío está dividido en 12
meses de 29 y 30 días, y a los años 3, 6, 8, 11, 17 y
19 del ciclo metónico de 19 años se agrega (o más bien
se duplica) un mes, Adar II. El día 1 del mes comienza
con la molad o ‘Luna nueva’.
Como decíamos, el calendario cuenta
a partir de la creación del mundo, que fue calculada por
el patriarca Hillel II (359 d.C.), quien dictó las reformas
actuales rompiendo con la tradición; antes de eso la fecha
de la Luna nueva se fijaba por observación, lo que resultaba
en proyecciones inexactas hacia atrás o adelante. El cálculo
se hizo de acuerdo a la Biblia, y la Era del Mundo inicia
el calendario con el domingo 1 de Tishri (el primer mes)
del año 1; esto coincide con el domingo 7 de octubre del
3760 a.C. (calendario juliano), por lo tanto, el Año Nuevo
judío es en otoño. En el calendario hebreo el día se cuenta
desde la puesta del sol, es decir que el sábado (Sabbath)
empieza al anochecer del viernes; como esa hora varía
con las estaciones, para fines calendáricos las 00:00
horas coinciden con las 18:00 horas. Además de ser ésta
la tradición general en el Medio Oriente (también los
musulmanes cuentan así los días), coincide con la declaración
de las Escrituras acerca de que el Sol se creó el cuarto
día (por lo tanto la oscuridad precede a la luz), y de
que el primer día de la semana es el domingo, pues en
el séptimo Dios descansó.
Calendario musulmán
Protegido por la semioscuridad de
la última Luna nueva, el profeta Mahoma huye de La Meca
donde peligran su vida y su mensaje, y es seguido por
un grupo de hombres fieles a la palabra de Alá, que él
ha oído y revelado. Este mensaje crecerá y se extenderá
como la Luna creciente para llenar de luz al desierto
y al mundo. Ésta es la imagen de la Luna creciente en
la bandera verde del islam, y éste es el momento en que
empieza la cuenta de los días para los musulmanes en todo
el mundo. Pocos años después el califa Omar, sobrino y
sucesor del profeta Mahoma, declaró que aquél fue el día
1 muharram del año 1 de la Hégira (A.H.); era el
16 de julio del año 622 para los cristianos.
El calendario musulmán es estrictamente
lunar, sin tomar en cuenta los años solares. Esto está
fijado por el Corán en la sura IX. Como resultado, el
ciclo de doce meses lunares se repite sobre las estaciones
aproximadamente cada 33 años. Para fines religiosos los
meses se cuentan desde la primera visibilidad de la Luna
creciente; para fines civiles se usa un calendario tabulado.
Este sistema hace que haya ligeros desacuerdos entre distintas
comunidades o distintas autoridades religiosas, e incluso
ligeras variaciones de fechas de acuerdo con la visibilidad
de la Luna creciente en diferentes lugares, por ser fundamental
la observación de la Luna para declarar el comienzo del
Ramadán, mes santo de ayuno y oraciones pero, como
todo calendario, funciona con base en la convención y
es suficiente a los fines para los que fue concebido.
La semana tiene siete días nombrados
por números, salvo el quinto (jum’a), día
de oración y reverencia que coincide con el viernes y,
a diferencia del sabbath, no es de descanso. Al igual
que en el calendario hebreo, el nuevo día empieza a la
puesta del sol del día anterior, o sea que el jum’a
comienza al atardecer del jueves.
Los días de Dios y de los dioses
|
El Calendario Galván se publicó
por
primera vez en 1826. |
La semana como la conocemos es de
siete días, número tradicionalmente sagrado. En la semana
romana cada día estaba presidido por un planeta, el cual
era la manifestación del dios en el cielo, cuando no el
dios mismo. Esto hace que toda la semana fuera igualmente
santa, sin días de descanso o reverencia regular sino
sólo los de fiestas anuales. Cuando sólo hubo oficialmente
un dios, los demás perdieron su lugar en la santidad de
los días aunque dejaron sus nombres, salvo el domingo
o dies Dominicus.
. Domingo: antes dies Solis, día del Sol.
. Lunes: dies Lunae, día de
la Luna.
. Martes: dies Martis, día
de Marte.
. Miércoles: dies Mercurii,
día de Mercurio.
. Jueves: dies Iovii, día de
Júpiter (Jove).
. Viernes: dies Veneris, día
de Venus.
. Sábado: dies Saturnii, día
de Saturno.
Una nota llamativa en todos los cómputos
de tiempo es que, aunque las fechas difieran y los calendarios
se reajusten, la secuencia de los días de la semana se
ha mantenido inalterable y coincidente en las tres religiones
reveladas (cristianismo, islamismo y judaísmo), más notablemente
la concordancia entre los días hebreos y romanos del cómputo
de Hillel, con su correspondiente relación con las fases
de la Luna desde entonces y hasta nuestros días.
Atentos al devenir
Actualmente, a casi nadie le falta
una agenda en el bolsillo para anotar los pendientes del
mes. Siguen ahí como desde siempre las previsiones de
los días para sembrar o huir del frío, siguen las fechas
de las fiestas que se calculan mirando al cielo. Podemos
conseguir almanaques, anuarios y calendarios (como el
célebre Más Antiguo Galván que se viene publicando
en México hace casi 180 años) para saber cómo vamos a
ordenar nuestra vida durante el año, y saber cuándo podremos
salir de vacaciones y cuáles serán los días de recogimiento
y oración. Podemos buscar la fecha de la Luna nueva para
plantar flores en la maceta “para que se den mejor”
y para cortarnos el pelo, y revisar cuándo empiezan las
clases y vencen las deudas. Muy poco han cambiado las
cosas desde que un emperador puso su nombre a un mes,
un sacerdote tenía que comprar incienso para la próxima
saturnalia que se le venía encima y un tendero aplazaba
un pago para la próxima calenda. Y así, bajo la mirada
de dioses y emperadores, entre planetas, estrellas y satélites
decimos qué día es hoy nombrando sin nombrar a la Luna,
el Sol y el paso de la humanidad por el mundo. Mundo que,
como sabemos, empezó un domingo por la noche.