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Correo del Maestro Núm. 91, diciembre 2003

Calendarios La rueda de los años

Ariel Valsagna

 

Porque para cada cosa hay un tiempo,

 y un momento para cada propósito debajo del Cielo

Eclesiastés, 3:1

Cuando alguien nos pregunta qué día es hoy, la respuesta surge natural e incuestionada, como una de esas cosas que siempre han estado ahí y que, sencillamente, son. Nueve, decimos. De noviembre. Del 2003. Domingo. ¿Qué estamos diciendo, realmente? Sin ser conscientes de ello decimos en dónde estamos, bajo qué estrellas, dónde están el Sol y la Luna en este momento; decimos a qué cultura pertenecemos, y en qué Dios creían nuestros padres y abuelos. Estamos diciendo quiénes somos.

Solemos dar por sentado que doce meses son un año, el cual tiene 365 días y cuatro estaciones; que la Navidad es en invierno; que el Año Nuevo es seis días después de la Navidad, y que el año que sigue es el 2004. Eso es así, como dicen, aquí y en China. Bueno, aquí sí; en China es el 16 Bing-Xiu del 10 de Gui-Hai del año 92 del ciclo de años Gui-Wei, año de la Oveja, el cual termina en nuestro febrero. Y mientras mi calendario dice que hoy es 9 de noviembre del 2003, uno en una iglesia ortodoxa en Moscú dice que es 26 de octubre, mientras que en Arabia Saudita es el año 1424 y en Jerusalén es 5764. Sin contar con que en Argentina y Australia es verano.

Calendario como sistema

Un calendario es un sistema de división de grandes periodos de tiempo, cuya unidad más pequeña es el día. Los días se agrupan de acuerdo con ciclos astronómicos regulares, siendo los más importantes (y evidentes) los del Sol y la Luna. Es decir, que cada número regular de días la Luna tiene un ciclo de fases completas y el Sol está en el mismo lugar en el cielo, con su correspondiente influencia en la duración del día y la noche. Básicamente, el ciclo lunar es un mes, y el ciclo solar es un año. Los sistemas calendáricos se basan principalmente en estos dos ciclos; así, hay calendarios solares (como el gregoriano, que rige en México y la mayor parte de Occidente), lunares (como el musulmán) y mixtos o lunisolares (como el hebreo y el chino).

Hasta aquí, ningún problema. A partir de ahí, muchos. Para empezar, los ciclos de la Luna y el Sol no coinciden exactamente. Dicho de manera simple, si al empezar el año (digamos por ahora que el 1° de enero) hay Luna nueva, el siguiente 1° de enero ya no será así, sino que tienen que pasar 19 años para que esto ocurra nuevamente. Es como hacer que dos engranes, uno de 28 dientes y otro de 365, lleguen otra vez a coincidir en su posición inicial. Además, el año solar (también llamado tropical o equinoccial debido a que se mide a partir del equinoccio de primavera, el momento en que la Tierra está más cercana al Sol y la duración del día y la noche es igual) no se cumple en una cantidad exacta de días, sino en 365 días y 6 horas. Este problema se ha resuelto ajustando artificialmente los calendarios, al agregarles cada cierto tiempo uno o varios días para volver a sincronizarlos con la posición real de los astros (en el ‘año bisiesto’ hebreo, por ejemplo, se agrega todo un mes). Muchos calendarios antiguos también toman en cuenta los ciclos de planetas como Venus, o de estrellas como Sirio o las Pléyades por su relación con la proximidad de estaciones de lluvia o sequía. Dentro de estos parámetros prácticamente cada cultura ha resuelto de distinta manera el problema de medir el tiempo, y su identidad está estrechamente ligada a esto.

Calendario como cultura

El origen de los calendarios siempre responde, primero, a necesidades prácticas: es tan importante saber cuándo sembrar, o cuándo moverse hacia terrenos más cálidos o con mejores pastos en el caso de poblaciones trashumantes, como cuándo llevar a cabo una fiesta religiosa para que, efectivamente, la cosecha se dé, las heladas no se adelanten y las tierras lejanas sean verdes. Esta necesidad de regular las actividades conduce a buscar patrones que orienten acerca del paso del tiempo y la duración de las estaciones, y esto se hace con lo único que siempre está ahí: el cielo. La Luna cambia con regularidad asombrosa, y el Sol varía ligeramente su posición a lo largo del año; las estrellas también giran en el cielo. Son los mismos astros los que avisan a los hombres cuándo se acerca el frío o el calor, la sequía o la lluvia, y tomando como base esas temporadas organizan su vida. Por lo tanto, el momento de las fiestas, como marcas en el transcurrir del tiempo, siempre ha estado presente en la vida de las sociedades y los calendarios son, en su concepción, religiosos, pues sirven de nexo entre la humanidad y el cosmos. Incluso nuestro calendario civil no es otra cosa que el calendario gregoriano, reforma del antiguo calendario juliano de los romanos hecha en el siglo XVI para fijar la fecha de la Pascua, con base en el equinoccio de primavera. Todavía es común que esas fiestas (Pascua, Navidad, etc.) sean la referencia habitual para una temporada del año.

Esta regulación de las actividades sociales responde también a las necesidades de cada pueblo, pues provee las bases para el planeamiento de ciclos agrícolas, de cacería y migración, para la adivinación y pronóstico, y para el mantenimiento de ciclos de eventos civiles y religiosos, por lo que indirectamente sirve como una fuente de orden social e identidad cultural. Cualquiera que sea su grado de sofisticación y de precisión ‘real’, los calendarios deben ser valorados como acuerdos sociales más que por su ‘calidad’ científica.

Las fases de la Luna vistas desde la Tierra

Una nueva ‘era’

La fundación de Roma marcó el inicio delcalendario romano: ab urbe condita.
Foto: Archivo.

De los calendarios que aquí se ha hablado, sólo el chino no tiene una fecha inicial, sino que se cuenta en ciclos de años eternamente proyectados en el pasado y el futuro, sin un año considerado como el primero de la cuenta. Todos los restantes toman una fecha de inicio, generalmente una fecha de fuerte significado simbólico que define también una identidad. Mientras otros pueblos fechaban a partir de la ascensión de sus gobernantes, los griegos fechaban por las Olimpiadas, desde la primera en la cual los griegos se reconocieron como un solo pueblo, pues a nadie más se le permitía participar. Los romanos fechaban a partir de la fundación de su ciudad (ab urbe condita) y, junto con la imposición del latín como lengua común, la regulación de la vida civil y religiosa de acuerdo con su calendario unificó todo un mosaico de culturas disímiles en torno a una única ciudad que era el centro del mundo, y desde cuya creación se contaban los años.

La palabra ‘calendario’ viene de calendarium, o ‘libro de calendas’. Las calendas eran el primer día de cada mes, a partir del cual corrían los intereses de las deudas y se calculaban los impuestos, y éste era el libro donde se anotaban y se registraban las celebraciones y ceremonias.

Otros calendarios toman como punto de partida en la cuenta de los años un evento a partir del cual se desarrolla una nueva ‘era’ para el mundo. Los ejemplos más claros de esto son el calendario cristiano, que cuenta a partir del nacimiento de Jesús con los conocidos ‘a.C.’ (antes de Cristo), ‘d.C.’ (después de Cristo) y ‘A.D.’ (Anno Domini Iesu Christi o Año del Señor, como referencia al reinado de Dios para los cristianos), y el musulmán, que cuenta los años a partir de la Hégira, la huída de Mahoma de La Meca hacia Medina con sus seguidores durante la Luna nueva, momento considerado como el principio ‘oficial’ del islam (viernes 16 de julio de 622 d.C.).

El calendario juliano

En 1582 el papa Gregorio XIII estableció
el calendario que lleva su nombre.
www.cd-astro.org/materiali/ millennium.html

El año 708 de la fundación de Roma (46 a.C.) fue conocido como “el año de la confusión”: Julio César, bajo sugerencia del astrónomo egipcio Sosígenes, insertó 90 días para devolver el calendario romano a su lugar con respecto a las estaciones, pues el calendario tradicional estaba muy desfasado. Ese año tuvo así 445 días. Se decretó que los años durarían 365 días distribuidos en 12 meses, de los cuales los impares (primero, tercero, quinto, etc.) tendrían 31 días, y los pares 30, salvo febrero que tendría 29, más un día (el 30) que se intercalaría cada cuatro años para evitar el corrimiento de las fechas de acuerdo con el año solar, calculado en 365.25 días. Fue en honor a Julio César que, después de su muerte, se puso su nombre (Iulius) al quinto mes (quintilis), lo que ascendió al César del poder temporal al poder eterno, con la facultad de regir edades junto con los demás dioses. Ocho años después, Cayo Julio César Augusto fue nombrado primer emperador de Roma y declarado divino, por lo cual se dio su nombre (Augustus) al sexto mes (sextilis). Pero el mes del emperador tenía sólo 30 días, y para ha lagar su vanidad se le dio la misma duración que al mes de César, quitándole un día más a febrero, que ya era irregular de todos modos; así el mes augustus pasó a tener 31 días, y el februarius 28.

Con el advenimiento del cristianismo como religión oficial del imperio se hizo necesario un calendario litúrgico oficial para definir las fiestas más importantes: Navidad y Pascua. La primera se declaró como una fiesta fija, de acuerdo con normas que veremos más adelante; la segunda debía ser movible, para guardar la debida relación con la Pascua judía. Recordemos que las fiestas de la Semana Santa conmemoran la muerte y resurrección de Jesús, que transcurrió durante esa celebración, la cual está determinada por ciclos lunares y no tiene fecha fija. El Concilio de Nicea (325 d.C.) se reunió principalmente para decidir esta cuestión, y decretó que la Semana Santa debía ser celebrada siempre el primer domingo después de la primera Luna llena que sigue al solsticio de primavera (cuando el día y la noche tienen igual duración), para no adelantarse ni superponerse a la celebración judía. Esto da como resultado una fecha entre el 22 de marzo y el 25 de abril, a partir de la cual se calculan todas las demás fiestas movibles.

Así, el calendario oficial del imperio se convirtió en el de la Iglesia, y su manera de contar el tiempo, honrando a sus dioses y divinizando a sus emperadores, sobrevivió después de la caída de aquél, y es la que usamos hoy.

Calendario gregoriano

El cálculo del año solar en 365 días con 6 horas resulta bastante apropiado para fines prácticos, y es coherente con el pragmatismo típico de la cultura romana, pero es inexacto, pues sobran 11 minutos, lo que provoca un retraso con respecto al movimiento del Sol de un día cada 160 años. Así, a la fecha del Concilio de Nicea el equinoccio de primavera ya no ocurría el 21 de abril, como estaba asentado en las tablas calendáricas, sino el 25. De un modo muy práctico, lo único que se hizo al respecto fue mover cuatro días la fecha para equinoccios y solsticios, de modo que también la Navidad (que coincidía tradicionalmente con el solsticio de invierno, el 21 de diciembre) se fijó el día 25.

 La costumbre de fechar desde el nacimiento de Cristo se incorporó a partir del siglo VI, cuando no había un emperador romano a partir de cuyo reinado contar. Los obispos se reunieron en el año 1708 de la fundación de Roma, bajo el auspicio del emperador.

Para principios del siglo XVI, el retraso con respecto al ciclo solar ya acumulaba 10 días, y se había perdido totalmente la relación con respecto a la Pascua judía. El papa Gregorio XIII convocó a otro Concilio en Trento el año 1582, donde, entre otras reformas al culto y de índole teológica (el asunto de la Trinidad y la cualidad humana o divina de Cristo) se decidió devolver a su lugar el calendario, esta vez eliminando 10 días. De este modo, a la noche del 4 de octubre de 1582 siguió la mañana del 15 de octubre. Se decidió, para prevenir el desfase, que todos los años divisibles entre 4 serían años bisiestos, salvo los que fueran divisibles entre 100; éstos sólo lo serían en caso de ser divisibles entre 400. De esta manera, el año 2000 es bisiesto, mientras que el año 1900 no lo fue. Este sistema tiene un desfase de un día cada 2500 años, aproximadamente.

El calendario gregoriano sólo fue aceptado inmediatamente por las naciones que se guiaban por el rito romano, mientras que otras comunidades eclesiásticas (protestantes u ortodoxas) se atuvieron al calendario juliano; esto no porque se rechazara la validez de las observaciones astronómicas de aquél, sino porque fue decretado en una bula, la Inter Gravissimus, que también definía, como dijimos, cuestiones teológicas. No se podía aceptar una parte de la bula y desechar la otra, así que lisa y llanamente no se aceptó. La adopción del calendario gregoriano en Europa fue un proceso que se extendió por más de 400 años. Si a esto sumamos que en algunos lugares no se tomaba como fecha de inicio del año el 1 de enero sino el 25 de marzo (el equinoccio de primavera, según el calendario juliano), la tarea del historiador que quiera correlacionar fechas se vuelve particularmente complicada.

Para alguien que cruzara el Canal de la Mancha desde Holanda hacia Inglaterra el 22 de febrero de 1706, grande sería su sorpresa cuando se encontrara con que al poner pie en la isla lo hacía en el año de 1705. Si hubiera pisado Escocia, en cambio, sí lo hubiera hecho en 1706, pero lo hubiera hecho el 12 de febrero; 10 días antes de bajar del barco según la fecha de Amsterdam. La discrepancia de los años se debe al hecho de que Escocia y los Países Bajos comenzaban el año en enero, mientras que Inglaterra, hasta el año 1752, lo hacía en marzo. La diferencia en días se debe al uso del calendario gregoriano en los Países Bajos, y del juliano en Escocia e Inglaterra.

Calendario hebreo

El patriarca Hillel reformó el calendario hebreo.
www.szyk.org/szykonline/hillel.html

Al igual que el cristiano, el calendario hebreo ha sufrido reformas y ajustes a lo largo de los siglos. En su forma actual es un calendario lunisolar (es decir, que tiene en cuenta tanto los ciclos del Sol como de la Luna) basado más en el cálculo que en la observación, y es el calendario oficial de Israel, así como el calendario litúrgico de la fe judía.

El calendario está basado en el ciclo metónico, que es cuando el Sol y la Luna coinciden en sus fases de traslación, lo cual ocurre cada 19 años solares, en los que se desarrollan 235 lunaciones. Así, el mes está calculado en 29 días, 12 horas y 793 halakim (una hora se divide en 1080 halakim de 3.33 segundos). Este sistema da una duración al año solar de 365.2468 días, que si bien es más largo que la duración astronómica promedio del año solar de 365.2422 días, permite calcular acertadamente la Luna nueva dentro de un día determinado durante un periodo de 14 mil años. Si consideramos que el calendario hebreo va por el año 5764 y que empieza desde la fecha de creación del mundo (así que no calcula antes de eso), se puede predecir que no va a necesitar ajustes por un tiempo. El año judío está dividido en 12 meses de 29 y 30 días, y a los años 3, 6, 8, 11, 17 y 19 del ciclo metónico de 19 años se agrega (o más bien se duplica) un mes, Adar II. El día 1 del mes comienza con la molad o ‘Luna nueva’.

Como decíamos, el calendario cuenta a partir de la creación del mundo, que fue calculada por el patriarca Hillel II (359 d.C.), quien dictó las reformas actuales rompiendo con la tradición; antes de eso la fecha de la Luna nueva se fijaba por observación, lo que resultaba en proyecciones inexactas hacia atrás o adelante. El cálculo se hizo de acuerdo a la Biblia, y la Era del Mundo inicia el calendario con el domingo 1 de Tishri (el primer mes) del año 1; esto coincide con el domingo 7 de octubre del 3760 a.C. (calendario juliano), por lo tanto, el Año Nuevo judío es en otoño. En el calendario hebreo el día se cuenta desde la puesta del sol, es decir que el sábado (Sabbath) empieza al anochecer del viernes; como esa hora varía con las estaciones, para fines calendáricos las 00:00 horas coinciden con las 18:00 horas. Además de ser ésta la tradición general en el Medio Oriente (también los musulmanes cuentan así los días), coincide con la declaración de las Escrituras acerca de que el Sol se creó el cuarto día (por lo tanto la oscuridad precede a la luz), y de que el primer día de la semana es el domingo, pues en el séptimo Dios descansó.

Calendario musulmán

Bandera del islam.

Protegido por la semioscuridad de la última Luna nueva, el profeta Mahoma huye de La Meca donde peligran su vida y su mensaje, y es seguido por un grupo de hombres fieles a la palabra de Alá, que él ha oído y revelado. Este mensaje crecerá y se extenderá como la Luna creciente para llenar de luz al desierto y al mundo. Ésta es la imagen de la Luna creciente en la bandera verde del islam, y éste es el momento en que empieza la cuenta de los días para los musulmanes en todo el mundo. Pocos años después el califa Omar, sobrino y sucesor del profeta Mahoma, declaró que aquél fue el día 1 muharram del año 1 de la Hégira (A.H.); era el 16 de julio del año 622 para los cristianos.

El calendario musulmán es estrictamente lunar, sin tomar en cuenta los años solares. Esto está fijado por el Corán en la sura IX. Como resultado, el ciclo de doce meses lunares se repite sobre las estaciones aproximadamente cada 33 años. Para fines religiosos los meses se cuentan desde la primera visibilidad de la Luna creciente; para fines civiles se usa un calendario tabulado. Este sistema hace que haya ligeros desacuerdos entre distintas comunidades o distintas autoridades religiosas, e incluso ligeras variaciones de fechas de acuerdo con la visibilidad de la Luna creciente en diferentes lugares, por ser fundamental la observación de la Luna para declarar el comienzo del Ramadán, mes santo de ayuno y oraciones pero, como todo calendario, funciona con base en la convención y es suficiente a los fines para los que fue concebido.

La semana tiene siete días nombrados por números, salvo el quinto (jum’a), día de oración y reverencia que coincide con el viernes y, a diferencia del sabbath, no es de descanso. Al igual que en el calendario hebreo, el nuevo día empieza a la puesta del sol del día anterior, o sea que el jum’a comienza al atardecer del jueves.

Los días de Dios y de los dioses

El Calendario Galván se publicó por 
primera vez en 1826.

La semana como la conocemos es de siete días, número tradicionalmente sagrado. En la semana romana cada día estaba presidido por un planeta, el cual era la manifestación del dios en el cielo, cuando no el dios mismo. Esto hace que toda la semana fuera igualmente santa, sin días de descanso o reverencia regular sino sólo los de fiestas anuales. Cuando sólo hubo oficialmente un dios, los demás perdieron su lugar en la santidad de los días aunque dejaron sus nombres, salvo el domingo o dies Dominicus.

. Domingo: antes dies Solis, día del Sol.

. Lunes: dies Lunae, día de la Luna.

. Martes: dies Martis, día de Marte.

. Miércoles: dies Mercurii, día de Mercurio.

. Jueves: dies Iovii, día de Júpiter (Jove).

. Viernes: dies Veneris, día de Venus.

. Sábado: dies Saturnii, día de Saturno.

Una nota llamativa en todos los cómputos de  tiempo es que, aunque las fechas difieran y los calendarios se reajusten, la secuencia de los días de la semana se ha mantenido inalterable y coincidente en las tres religiones reveladas (cristianismo, islamismo y judaísmo), más notablemente la concordancia entre los días hebreos y romanos del cómputo de Hillel, con su correspondiente relación con las fases de la Luna desde entonces y hasta nuestros días.

Atentos al devenir

Actualmente, a casi nadie le falta una agenda en el bolsillo para anotar los pendientes del mes. Siguen ahí como desde siempre las previsiones de los días para sembrar o huir del frío, siguen las fechas de las fiestas que se calculan mirando al cielo. Podemos conseguir almanaques, anuarios y calendarios (como el célebre Más Antiguo Galván que se viene publicando en México hace casi 180 años) para saber cómo vamos a ordenar nuestra vida durante el año, y saber cuándo podremos salir de vacaciones y cuáles serán los días de recogimiento y oración. Podemos buscar la fecha de la Luna nueva para plantar flores en la maceta “para que se den mejor” y para cortarnos el pelo, y revisar cuándo empiezan las clases y vencen las deudas. Muy poco han cambiado las cosas desde que un emperador puso su nombre a un mes, un sacerdote tenía que comprar incienso para la próxima saturnalia que se le venía encima y un tendero aplazaba un pago para la próxima calenda. Y así, bajo la mirada de dioses y emperadores, entre planetas, estrellas y satélites decimos qué día es hoy nombrando sin nombrar a la Luna, el Sol y el paso de la humanidad por el mundo. Mundo que, como sabemos, empezó un domingo por la noche.

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