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Correo del Maestro Núm. 87,agosto 2003

Del origen del adjetivo tocayo-ya*

  Arrigo Coen Anitúa

 

El lexicón de la Real Academia Española (drae), el más reciente (2001), a propósito de la voz tocayo y su correspondiente femenino, se limita a poner: “Respecto de una persona, otra que tiene su mismo nombre.” No recuerdo si en ediciones anteriores haya arriesgado el consignar alguna etimología.

María Moliner, en su valiosísimo Diccionario de uso del español, nos dice, “probablemente” heredamos esos términos de la frase ritual del derecho romano: ubi tu Cajus, ego Caja (y traduce: “si tú eres Cayo, yo Caya”) que la desposada dirigía al esposo; a continuación copia al pie de la letra el texto de la Academia arriba citado, y agrega: colombroño.

A su vez, Guido Gómez de Silva, en la parte definitoria de la entrada tocayo, en su Breve diccionario etimológico, no menos valioso que la susodicha obra de la Moliner, también trascribe textualmente la breve explicación de la “Real”, y en la porción ilustrativa comienza asimismo con el adverbio “probablemente”, y sigue: “del latín tu Caius (nombre usado en el derecho romano para designar a una persona ficticia o no identificada), de alguna oración ritual como ‘Ubi tu Caius, ibi ego Caia', 'Donde tú (serás llamado) Caius allí yo (seré llamada) Caia', que dirigía en las festividades de bodas la novia al novio." En párrafo aparte advierte: "La etimología nahua que se ha propuesto (de tocaitl 'nombre, fama') es menos probable."

Acudamos ahora a Joan Corominas, quien dedica tres tupidas columnas de su Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico a la discusión de la entrada tocayo. Copio el primer párrafo:

“Origen incierto: como la documentación más antigua del vocablo procede de España, no es probable que derive del náhuatl tocaytl 'nombre', pero faltan investigaciones semánticas en textos antiguos que confirmen si procede de la frase ritual romana Ubi tu Cajus, ibi ego Caja, que la esposa dirigía al novio al llegar a su casa la comitiva nupcial. 1ª doc.: Aut.” (Estas abreviaturas se traducen por ‘Primera documentación: el Diccionario de Autoridades.’)

Al comienzo del párrafo siguiente, aclara: “Con la definición, ‘lo mismo que colombroño’…”

(El tomo sexto del citado lexicón, llamado de Autoridades, donde aparecen las palabras de la ese a la zeta, se publicó en 1739.)

Los siguientes veinticuatro renglones del susodicho parágrafo los dedica Corominas a demostrar que el adjetivo tocayo-ya, es de uso, como sinónimo de homónimo, en toda la península, y que ha pasado al portugués, “pero sólo es palabra empleada en el Brasil”.

El artículo se extiende sobre ciento cuarenta renglones más, que incluyen las citas aparte. Yo recomiendo su lectura completa, en que se revela un Corominas probo e imparcial.

A todo esto, yo solamente propongo dos preguntas:

1)  Si tocayo y tocaya provienen de la aducida frase ritual romana, ¿por qué no han pasado a las otras lenguas romances y se han conservado sólo en español?

2)  Si el origen es latino, ¿por qué se retrasó la entrada al español hasta principios del siglo XVII?

De estas dos cuestiones se puede concluir que el dichoso adjetivo sí es de procedencia nahua, en cuya lengua el elemento to- vale ‘nuestro’, y caitl, ‘nombre’. Si el mismo nombre es común a dos o más personas, éstas son homónimas, esto es, colombroñas, entre sí.

(A todo esto, colombroño no es más que la dicción envuelta de co- ‘con’, más nombr- ‘nombre’, y la terminación adjetival -oño, del latín -onius; o sea el ‘connombrado’, ‘nombrado', o llamado con el mismo apelativo.)

*El autor de este artículo defiende el uso adjetival de la palabra ‘tocayo’ frente a su calidad de sustantivo.


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