El lexicón de la Real Academia Española (drae), el más
reciente (2001), a propósito de la voz tocayo y
su correspondiente femenino, se limita a poner: “Respecto
de una persona, otra que tiene su mismo nombre.”
No recuerdo si en ediciones anteriores haya arriesgado
el consignar alguna etimología.
María Moliner, en su valiosísimo Diccionario de
uso del español, nos dice, “probablemente” heredamos esos términos de
la frase ritual del derecho romano: ubi tu Cajus, ego Caja (y
traduce: “si tú eres Cayo, yo Caya”) que la desposada dirigía al esposo; a
continuación copia al pie de la letra el texto de la Academia arriba citado,
y agrega: colombroño.
A su vez, Guido Gómez de Silva, en la parte definitoria
de la entrada tocayo, en su Breve diccionario etimológico, no
menos valioso que la susodicha obra de la Moliner, también trascribe textualmente
la breve explicación de la “Real”, y en la porción ilustrativa comienza asimismo
con el adverbio “probablemente”, y sigue: “del latín tu Caius (nombre
usado en el derecho romano para designar a una persona ficticia o no identificada),
de alguna oración ritual como ‘Ubi tu Caius, ibi ego Caia', 'Donde
tú (serás llamado) Caius allí yo (seré llamada) Caia', que dirigía en las
festividades de bodas la novia al novio." En párrafo aparte advierte: "La
etimología nahua que se ha propuesto (de tocaitl 'nombre, fama') es
menos probable."
Acudamos ahora a Joan Corominas, quien dedica tres
tupidas columnas de su Diccionario crítico etimológico castellano e
hispánico a la discusión de la entrada tocayo. Copio el primer párrafo:
“Origen incierto: como la documentación más antigua
del vocablo procede de España, no es probable que derive del náhuatl tocaytl
'nombre', pero faltan investigaciones semánticas en textos antiguos que confirmen
si procede de la frase ritual romana Ubi tu Cajus, ibi ego Caja, que
la esposa dirigía al novio al llegar a su casa la comitiva nupcial. 1ª doc.:
Aut.” (Estas abreviaturas se traducen por ‘Primera documentación: el Diccionario
de Autoridades.’)
Al comienzo del párrafo siguiente, aclara: “Con la
definición, ‘lo mismo que colombroño’…”
(El tomo sexto del citado lexicón, llamado de
Autoridades, donde aparecen las palabras de la ese a la zeta,
se publicó en 1739.)
Los siguientes veinticuatro renglones del susodicho
parágrafo los dedica Corominas a demostrar que el adjetivo tocayo-ya,
es de uso, como sinónimo de homónimo, en toda la península, y que ha pasado
al portugués, “pero sólo es palabra empleada en el Brasil”.
El artículo se extiende sobre ciento cuarenta renglones
más, que incluyen las citas aparte. Yo recomiendo su lectura completa, en
que se revela un Corominas probo e imparcial.
A todo esto, yo solamente propongo dos preguntas:
1) Si tocayo y tocaya provienen de la aducida
frase ritual romana, ¿por qué no han pasado a las otras lenguas romances y
se han conservado sólo en español?
2) Si el origen es latino, ¿por qué se retrasó la entrada
al español hasta principios del siglo XVII?
De estas dos cuestiones se puede
concluir que el dichoso adjetivo sí es de procedencia
nahua, en cuya lengua el elemento to- vale ‘nuestro’,
y caitl, ‘nombre’. Si el mismo nombre
es común a dos o más personas, éstas son homónimas, esto
es, colombroñas, entre sí.
(A todo esto, colombroño no
es más que la dicción envuelta de co- ‘con’,
más nombr- ‘nombre’, y la terminación
adjetival -oño, del latín -onius; o sea
el ‘connombrado’, ‘nombrado',
o llamado con el mismo apelativo.)
| *El autor de este artículo defiende
el uso adjetival de la palabra ‘tocayo’
frente a su calidad de sustantivo. |