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Correo del Maestro Núm. 87, agosto 2003

La eterna angustia en Calderón de la Barca (1600-1681)

  Adolfo Hernández Muñoz

Naturaleza humana:
¿Quién soy? Pero ¿qué sentido
podrá decírmelo hoy,
si para saber quién soy
fuerza es saber quién he sido?
Y esto está tan escondido
al primer discurso humano
que investigarlo es en vano;
pues si quien a mí sin mí
me hizo, no me informa aquí
a mí de mí, será llano ,
de ansias mis discursos llenos,
torne mi discurso atrás;
pues cuando sé de mí más
es cuando de mí sé menos.

Calderón de la Barca, fragmento
del auto sacramental El pintor de su deshonra

 

Estos últimos años, renombrados críticos preguntaban, con cierta nostalgia: “¿Volverá Calderón?” Podemos responderles, con cierto gozo, don Pedro ha vuelto y goza de buena salud. Díganlo las numerosas puestas en escena, tanto en España, como en toda América, Europa y hasta Asia.

Es, sin disputa, el más grande dramaturgo español, superior a Lope y a Tirso; autor de numerosas obras, muchas maestras, que han merecido traducciones a todas lenguas cultas e incluso imitaciones. Se trata del madrileño Calderón de la Barca, de ascendencia santanderina y flamenca. Digamos de entrada que se distinguen dos vertientes en nuestro escritor; por un lado, se le tacha de dogmático, fanático, de ideología conservadora por su reiterada bandera del honor; pero, a fin de cuentas, se le perdonan estos achaques por su poderoso genio que alcanza ecos mundiales. Azorín lo califica, sin más, de “rotundo y brillante”. Y lo es en la grandeza de la tragedia y en toda la variedad de géneros teatrales, hasta sumar más de doscientas piezas, en donde están: el drama, la comedia, la mojiganga, el sainete cómico, hasta el auto sacramental, del que se ha llegado a decir que era el máximo exponente (armonía entre espíritu y cuerpo). Finalmente, por si fuera poco, Calderón abrevó en los campos de los que, más adelante, sería timbre de orgullo español: la zarzuela.

Desde temprana edad –trece años– recibió alabanzas hasta del propio Lope “por haber merecido en su juventud laureles que están reservados a las canas”. Se aludía a su primer drama, El carro del cielo. De esta suerte, su camino ya se abre a la fama. No obstante, falta madurar y se pone de manifiesto un genio vivo con aires de arrogancia. Dice la crónica que, tras rechazar el sacerdocio que le ofrecían sus prudentes mentores, es actor de sucesos escandalosos, en los que toma parte junto con su hermano Diego. En uno de ellos, persiguió espada en mano al comediante de moda en esa época Pedro de Villegas, que había herido a su hermano, entrando en su persecución en el Convento de las Trinitarias. Todo un episodio de capa y espada que tuvo ecos en la crónica de Madrid, la Villa y Corte. Como un predicador afeara públicamente la conducta del joven, éste le replicó calificando con desprecio las palabras del clérigo y fue condenado a prisión. En otra ocasión, durante el ensayo de sus obras, se produjó una reyerta de la que resultó herido a cuchilladas. Entre sus pendencias, que anuncian un carácter propenso a ira, se cuentan cosas muy escabrosas, como la implicación de los hermanos Calderón en el  homicidio de Nicolás de Velasco, por el año 1621, del que se habló pero no se probó. De todo ello se produjeron críticas entre los grandes ya que Calderón –por herencia de los padres– contaba con algunos padrinos que le ayudaron en sus estudios, cursados brillantemente en el Colegio Imperial de los jesuitas y seguidos en las universidades de Alcalá y Salamanca.

Asimismo, se distinguió en la carrera de armas, sobre todo en la caballería coracera, en los tristes sucesos de Cataluña. Se sabe que, en octubre del 1642, en Lérida fue muy nombrado por una carga histórica en la que participaron 300 jinetes y en la cual se apoderaron de la artillería francesa. De Calderón se menciona un documento conciliatorio que lleva el nombre de Discurso a los catalanes. Por esos días muere en campaña su hermano José. Triste y dolorido, nuestro dramaturgo se refugió durante un tiempo como secretario del duque de Alba. De esas fechas data su obra maestra El Alcalde de Zalamea, donde se airea el concepto del poder mal empleado. En suma, hubo acopio de sabiduría, vertida en su producción teatral, que fascina a los públicos en los corrales de comedias, que pronto tendrán acogida en salas especiales de los recintos reales.

 

Alcalá-Zamora José y Diez Borque, José María, Pedro Calderón de la Barca, Obras maestras, Ed. Castalia, 2000

Calderón decide ser cortesano y, una vez olvidadas sus crónicas de desafueros, obtiene el hábito de la Orden de Santiago (por esos años la recibirá también el pintor Velázquez); surgen entonces, en cascada magnificente, algunas de sus obras perdurables: “Desde la perfecta comedia de enredo de calculada teatralidad (La dama duende), a la tragedia de amor y celos (El médico de su honra), al drama filosófico (La vida es sueño), del abuso del poder (El alcalde de Zalamea), sin olvidar los autos sacramentales –género en el que llegará a cotas de excelencia, como muestra El gran teatro del mundo- y las 'fiestas teatrales' mitológicas y el teatro breve cómico", señala José María Díez-Borque.

 

Alatorre, Antonio, Los 1001 años de la lengua española, Fundación Bancomer, 1979.

Además, hemos hablado de la zarzuela, en la que incursiona don Pedro; digamos algo de ella. El final de la guerra (Westfalia, 1648) como fondo, tiene en España el nacimiento de la zarzuela. ¿Cómo surge? Para recreo de la Corte se construye una casa de campo llamada ‘La Zarzuela’ por abundar en su zona pequeñas zarzas. En 1648 se estrena una de las primeras obras del género con libreto de Calderón de la Barca y música, una especie de tonadilla escénica de Juan Risco, llamada ‘El Jardín de Falerina’. Un poco más adelante, a Calderón pareció gustarle la novedad y aportó otras obras a estos nuevos empeños teatrales, como El golfo de las sirenas, El laurel de Apolo, El dragoncillo y El sacristán mujer. Se indica que don Pedro tuvo como amigo y colaborador al maestro Juan Hidalgo, autor de una partitura, recién descubierta, llamada Celos aun del aire matan.

En 1635 lo nombran director de las representaciones de Palacio y el nuevo lúdico del Buen Retiro y demás salas, además de los corrales. Por esos años, trágicos para Quevedo, cae en desgracia el conde-duque de Olivares (que tantos quebrantes había producido a España) y nuestro escritor busca cobijo en el sacerdocio, no sin que antes haya habido amores infortunados de los que nacería una niña, muerta prematuramente. Su ordenación, ocurrida en la madurez de sus 51 años, le hacen obtener beneficios y mercedes: Capellán de los Reyes Nuevos de Toledo, Capellán de honor de Su Majestad. En suma, es un respetable y respetado hombre público y ya conocido como gran dramaturgo y comediógrafo. Discreto y prolífico, vivió una época de esplendor que hizo vibrar al teatro español con magníficas puestas en escena.

Pero antes de seguir rastreando por la atormentada vida del creador de tantas obras teatrales que obsesionan, hablemos de otros escenarios, los de la Europa de esos tiempos, que son un dechado de errores y, por lo mismo, caldo de intolerancias y suma de iniquidades y miserias. Todo coronado con la palabra clave: patrioterismo, peste de pueblos y nido de políticas de baja estofa. Digamos, pues, ¿en qué fondo histórico se movió la vida del escritor?

La etapa que transcurre entre 1618 y llega a los 60 constituye una de las más intensas en la historia española y, podríamos añadir, una de las más absurdas, ya que estuvieron a punto de hacer que la endeble monarquía española se fuera a pique. Resumamos: la Guerra de los Treinta Años y la funesta guía del conde-duque de Olivares marcaron el fin del poderío español. Para muestra, mencionaremos el desastre naval de Las Dunas (1639) a manos de los holandeses (gran parte de los navíos sucumbió). Desaliento total y, por añadidura, una península esquilmada. El escritor inglés H. G. Wells lo ha dicho con concisión: “Un mapa, el de Europa, con arreglo a la paz de Westfalia (1648), pone de manifiesto la estúpida división con que terminó aquella lucha. Se ve una maraña de principados, ducados, ciudades libres…” ¿Y España? Una suma de derrotas –en 1659–, alzamientos internos, secesionistas o centrífugos. Una nación desangrada y hambrienta que debe atender rebeliones internas sin cuentos, tanto nacionales como los que atañen a su imperio; así Cataluña y Portugal, Aragón y Andalucía, en la península; en el exterior, Sicilia.

Al mismo tiempo se redondea la obra del insigne madrileño. En 1652 cae Barcelona y, poco después, Felipe IV acepta la paz. España está muy disminuida al tiempo que Calderón alcanza la plenitud. Hablemos de alguna de sus obras y su valoración: El Alcalde de Zalamea, estrujante documento –que retoma un texto anterior de Lope– sobre la violencia y abuso de un capitán sobre supuestos inferiores: la figura de Pedro Crespo, el alcalde, cuya hija es violada por un militar, y el desenlace que cumple con la justicia humana. Lo dice nuestro dramaturgo de una manera que no admite réplica:

Al rey la hacienda y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios.

 

Un crítico ha dicho: “Ritmo binario de armonía y discordia que mantiene suspendido al espectador hasta la escena en la que interviene el rey y soluciona el conflicto. Pedro Crespo se convierte en figura imperecedera y su justicia es la justicia.”

La vida es sueño, que podemos calificar de cumbre de la dramaturgia calderoniana, nos presenta una intensa meditación sobre los destinos humanos, una visión barroca sobre el libre albedrío, un juego entre la vida y la muerte, el sentido de la culpabilidad. En fin, el andar del hombre entre realidades y apariencias, un trasegar cervantino vuelto a revivir en crónica de realidades y apariencias, ironías y veras. Segismundo, en el parlamento de la primera jornada, con una cadena y vestido de pieles, iguala en dramática belleza el soliloquio del príncipe de Dinamarca, “Ser o no ser”, en el celebrado Hamlet de Shakespeare. He aquí dos fragmentos:

¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
apurar, cielos, pretendo
ya que me tratáis así,
qué delito cometí

contra vosotros naciendo.

Aunque si nací, ya entiendo

qué delito he cometido;

bastante causa ha tenido

vuestra justicia y rigor,

pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

En la segunda jornada:
(Segismundo)
Es verdad;
pues reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición

por si alguna vez soñamos.

Y sí haremos, pues estamos

en mundo tan singular

que el vivir sólo es soñar;

y la experiencia me enseña

que el hombre que vive sueña

lo que es hasta despertar.

 

El maestro Riquer dice que Calderón trabajó “como un orfebre los versos”. Con La vida es sueño Calderón está en la cúspide.

Hay regresos en esta especie de angustia existencial en El pintor de su deshonra que encabeza este ensayo y nos dice que el ser más hecho, a lo mejor es un intento. He aquí la agonía y el ritornello calderoniano. Del amplio abanico de creaciones calderonianas destaca El príncipe constante, que se resume en una actitud personal: la del hombre que ha elegido morir por sus convicciones que son, además de la fe, todo un agregado ético que no acepta doblegarse ante el poder. Por otra parte, había que entretener a los espectadores de los corrales y las comedias de enredo que con amores, muchos celos y un añadido de malentendidos harían las delicias de la villa capital. De este corte podemos destacar: La dama duende, Casa con dos puertas mala es de guardar, El astrólogo fingido y No hay burlas con el amor.

Hay una obra de Calderón que mueve a estudio y comentario y que ha merecido mucha atención: se trata de El mágico prodigioso, en donde asistimos a un pacto entre el Demonio (en demanda de almas perturbadas) y Cipriano, que ama a Justina (¿bebió Goethe, en su Fausto, de este manantial?). Nuestro personaje se sume en el bosquecillo con graves enigmas: ¿quién mueve los orbes? Pero estamos ante un sencillo enunciado del amor, y Cipriano ama de una manera inconsciente, incontenible, de tal manera que la respuesta se la da un extraño caballero, el Demonio, quien le dice, muy gallardo y desenvuelto:

Yo soy, pues saberlo quieres,
un epílogo, un asombro

de venturas y desdichas,
que unas pierdo y otras lloro.|

 

Y de esta guisa, el Demonio sigue desgranando conceptos en los oídos del joven, un intelectual huérfano de ecuanimidad que olvida la filosofía. Azorín ha explorado las cuitas del hombre:

“Cipriano, intelectual, contemplativo, es seducido. Quiere vivir la vida. Quiere que no se le escape la vida. Quiere que la juventud sea juventud. ¡Y allá queda atrás el retiro deleitoso, con sus florestas y sus rosas, y los paseos en hondas meditaciones, y los libros, y la preocupación constante por lo eterno y lo indiscernible. Cipriano ama, Cipriano se entrega violentamente al amor. La vida es acción. Porque el amor de Cipriano no es el idilio normal y pasajero. La pasión de nuestro amigo está plena de contradicciones, dificultades e incidentes. El amor de Cipriano es amor imposible.

“Cipriano ama a Justina. ¡Qué bello, qué delicado el retrato de Justina. Uno de los momentos más hondos del drama es cuando Justina, sin saber como, a impulsos de una fuerza misteriosa, se siente presa de algo que ella no sabe lo que es. No lo sabe; pero todo en la Naturaleza –los árboles, las flores, las montañas, los habitantes rápidos del aire–, todo está diciendo: ‘¡Amor, amor!’ Esta escena lírica, del drama no tiene superior en la literatura clásica de todos los países europeos…”Y entonces la venta; nuestro filósofo firma (escribe con la daga en un lienzo, habiéndose sacado sangre de un brazo):

Cipriano: (¡Qué hielo!,
¡qué horror!, ¡qué asombro!)
Digo yo, el gran Cipriano,
que daré el alma inmortal
(¡qué frenesí!, ¡qué letargo!)
a quien me enseñare ciencias
(¡qué confusiones!, ¡qué espantos!)
con que pueda atraer a mí
a Justina, dueño ingrato:
y lo firmé de mi nombre.


Demonio: (Ya se rindió a mis engaños
el homenaje valiente,
donde estaban tremolando
el discurso y la razón.)
¿Has escrito?
Cipriano: Sí, y firmado.
Demonio: Pues tuyo es el Sol que adoras.

 

Acaba todo como un todo calderoniano. Azorín lo apuntilla en su ensayo:“En Justina está, en el drama, simbolizada la acción. Y Cipriano, el intelectual, el filósofo, cuando ansioso, anhelante, va a abrazar a Justina, se encuentra con un vestiglo1 entre los brazos. La acción, para un intelectual, es eso: una sombra, un fantasma, un esqueleto, nada.

 

Quien en un instante pudo
en facciones desmayadas
de lo pálido y caduco,
desvanecer los primores de lo rojo y lo purpúreo.”

 

Así, El mágico prodigioso es una metáfora de lo inalcanzable por medio del intelecto. No obstante, cabe aclarar que la verdad no puede ocultarse.   En el auto sacramental El laberinto del Mundo hay un largo diálogo de la verdad, que
termina así:

y el hilo de la Verdad
es tan constante y tan fuerte,
que por más que le adelgace,
no es posible que se quiebre.

 

 

Calderón es estudiado en el extranjero. Goethe usó muchos de los armazones filosóficos de nuestro dramaturgo y de todo ello surgió su famoso Fausto. Pero otros muchos y brillantes ingenios han abrevado en los dramas de Calderón, como Corneille, Moliere, Le Sage, Voltaire y Albert Camus, entre los franceses; Tieck, Halm e Immermann, en los alemanes; Killigrew, Dryden, Wycherley, Barclay, entre los ingleses. Por otra parte, filósofos como Schopenhauer, Hegel, los hermanos Schlegel, Grillpanzer y el vienés escritor Hofmannsthal han recurrido al ingenio madrileño. Va de anécdota: a punto de componer Parsifal, Wagner lo lee “con admiración”, dice. En Italia, Farinelli y Sciacca lo elogian deslumbrados. Críticos contemporáneos como Ernst Robert Curtius lo consideran “el broche de oro” de una literatura preñada de inspiración cristiana, por añadidura esencial: una eterna angustia en busca de claridad por el destino humano. Estudios eruditos y profundos de Manuel Durán, Roberto G. Echeverría, Eugenio Trías, Valbuena Prats, Antonio Regalado. Y hay muchos más a citar.

Llega a los 81 años. Ha conocido tres reinados (más miserias que regocijos): Felipe III, Felipe IV y Carlos II con una monarquía disminuida, mediocre, proclive a la extinción. Pero Calderón, entre altibajos, ha conocido la gloria. Hasta el último día estuvo escribiendo. Era 1681 y entre sus manos –ya yertas– quedaron sus autos sacramentales Amar y ser amado y Divina Filotea. Su obra es cinco veces más extensa que la de Shakespeare y se iguala con la gigantesca de Lope de Vega. Ahondar en Calderón es adentrarse en una bibliografía inmensa. Hay mucho de ego en la planeación de sus funerales y su entierro fue memorable; mas, como ocurrió con los creadores inmortales de España (Cervantes, Lope de Vega y el pintor Velázquez), sus restos se perdieron. Pero mientras haya teatro y lectores, Calderón perdurará y sus preguntas tendrán, siempre, la angustia que permeó su obra.

Bibliografía

ALCALÁ Zamora, José, La España de Calderón y los rasgos fundamentales de una obra monumental, Universidad Complutense y Real Academia de Historia.
AZORÍN, Obras completas, selección de los tomos: 2-4 y 9 sobre aspectos de Calderón de la Barca.
CALDERÓN de la Barca, Obras completas, Edición crítica de Ángel Valbuena Prats, Aguilar, Madrid, [s.a.].
DÍEZ-BORQUE, José María,Obras maestras de Calderón de la Barca, Ed. Castalia, Madrid, 2000.
HERNÁNDEZ Muñoz, A., Apuntes sobre la zarzuela, Dirección de Crédito, México, 1994.
SEGUR, Conde de, La Guerra de los Treinta Años. España en la decadencia, Cuadernos de Cultura,1945.
TRÍAS, Eugenio, Calderón de la Barca, Omega, Barcelona, 2002.
WELLS, H. G., Breve historia del mundo, México, Porrúa, 1998.

1 Vestiglo: el diccionario lo describe como un monstruo horrible y fantástico. No confundir con vestigio.

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