Naturaleza humana:
¿Quién soy? Pero ¿qué sentido
podrá decírmelo hoy,
si para saber quién soy
fuerza es saber quién he sido?
Y esto está tan escondido
al primer discurso humano
que investigarlo es en vano;
pues si quien a mí sin mí
me hizo, no me informa aquí
a mí de mí, será llano ,
de ansias mis discursos llenos,
torne mi discurso atrás;
pues cuando sé de mí más
es cuando de mí sé menos. |
Calderón
de la Barca, fragmento
del auto sacramental El pintor de su deshonra
|
Estos últimos años, renombrados críticos
preguntaban, con cierta nostalgia: “¿Volverá Calderón?”
Podemos responderles, con cierto gozo, don Pedro ha vuelto
y goza de buena salud. Díganlo las numerosas puestas en
escena, tanto en España, como en toda América, Europa
y hasta Asia.
Es, sin disputa, el más grande dramaturgo español,
superior a Lope y a Tirso; autor de numerosas obras, muchas maestras, que
han merecido traducciones a todas lenguas cultas e incluso imitaciones. Se
trata del madrileño Calderón de la Barca, de ascendencia santanderina y flamenca.
Digamos de entrada que se distinguen dos vertientes en nuestro escritor; por
un lado, se le tacha de dogmático, fanático, de ideología conservadora por
su reiterada bandera del honor; pero, a fin de cuentas, se le perdonan estos
achaques por su poderoso genio que alcanza ecos mundiales. Azorín lo califica,
sin más, de “rotundo y brillante”. Y lo es en la grandeza de la tragedia y
en toda la variedad de géneros teatrales, hasta sumar más de doscientas piezas,
en donde están: el drama, la comedia, la mojiganga, el sainete cómico, hasta
el auto sacramental, del que se ha llegado a decir que era el máximo exponente
(armonía entre espíritu y cuerpo). Finalmente, por si fuera poco, Calderón
abrevó en los campos de los que, más adelante, sería timbre de orgullo español:
la zarzuela.
Desde temprana edad –trece
años– recibió alabanzas hasta del propio Lope “por
haber merecido en su juventud laureles que están reservados
a las canas”. Se aludía a su primer drama, El
carro del cielo. De esta suerte, su camino ya se abre
a la fama. No obstante, falta madurar y se pone de manifiesto
un genio vivo con aires de arrogancia. Dice la crónica
que, tras rechazar el sacerdocio que le ofrecían sus prudentes
mentores, es actor de sucesos escandalosos, en los que
toma parte junto con su hermano Diego. En uno de ellos,
persiguió espada en mano al comediante de moda en esa
época Pedro de Villegas, que había herido a su hermano,
entrando en su persecución en el Convento de las Trinitarias.
Todo un episodio de capa y espada que tuvo ecos en la
crónica de Madrid, la Villa y Corte. Como un predicador
afeara públicamente la conducta del joven, éste le replicó
calificando con desprecio las palabras del clérigo y fue
condenado a prisión. En otra ocasión, durante el ensayo
de sus obras, se produjó una reyerta de la que resultó
herido a cuchilladas. Entre sus pendencias, que anuncian
un carácter propenso a ira, se cuentan cosas muy escabrosas,
como la implicación de los hermanos Calderón en el homicidio
de Nicolás de Velasco, por el año 1621, del que se habló
pero no se probó. De todo ello se produjeron críticas
entre los grandes ya que Calderón –por herencia
de los padres– contaba con algunos padrinos que
le ayudaron en sus estudios, cursados brillantemente en
el Colegio Imperial de los jesuitas y seguidos en las
universidades de Alcalá y Salamanca.
Asimismo, se distinguió en la carrera de armas, sobre
todo en la caballería coracera, en los tristes sucesos de Cataluña. Se sabe
que, en octubre del 1642, en Lérida fue muy nombrado por una carga histórica
en la que participaron 300 jinetes y en la cual se apoderaron de la artillería
francesa. De Calderón se menciona un documento conciliatorio que lleva el
nombre de Discurso a los catalanes. Por esos días muere en campaña
su hermano José. Triste y dolorido, nuestro dramaturgo se refugió durante
un tiempo como secretario del duque de Alba. De esas fechas data su obra maestra
El Alcalde de Zalamea, donde se airea el concepto del poder mal empleado.
En suma, hubo acopio de sabiduría, vertida en su producción teatral, que fascina
a los públicos en los corrales de comedias, que pronto tendrán acogida
en salas especiales de los recintos reales.
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| Alcalá-Zamora José
y Diez Borque, José María, Pedro Calderón
de la Barca, Obras maestras, Ed. Castalia, 2000 |
Calderón decide ser cortesano y, una
vez olvidadas sus crónicas de desafueros, obtiene el hábito
de la Orden de Santiago (por esos años la recibirá también
el pintor Velázquez); surgen entonces, en cascada magnificente,
algunas de sus obras perdurables: “Desde la perfecta
comedia de enredo de calculada teatralidad (La dama
duende), a la tragedia de amor y celos (El médico
de su honra), al drama filosófico (La vida es sueño),
del abuso del poder (El alcalde de Zalamea), sin
olvidar los autos sacramentales –género en el que
llegará a cotas de excelencia, como muestra El gran
teatro del mundo- y las 'fiestas teatrales' mitológicas
y el teatro breve cómico", señala José María Díez-Borque.
|
| Alatorre, Antonio, Los 1001 años
de la lengua española, Fundación Bancomer,
1979. |
Además, hemos hablado de la zarzuela,
en la que incursiona don Pedro; digamos algo de ella.
El final de la guerra (Westfalia, 1648) como fondo, tiene
en España el nacimiento de la zarzuela. ¿Cómo surge? Para
recreo de la Corte se construye una casa de campo llamada
‘La Zarzuela’ por abundar en su zona pequeñas
zarzas. En 1648 se estrena una de las primeras obras del
género con libreto de Calderón de la Barca y música, una
especie de tonadilla escénica de Juan Risco, llamada ‘El
Jardín de Falerina’. Un poco más adelante, a Calderón
pareció gustarle la novedad y aportó otras obras a estos
nuevos empeños teatrales, como El golfo de las sirenas,
El laurel de Apolo, El dragoncillo y El
sacristán mujer. Se indica que don Pedro tuvo como
amigo y colaborador al maestro Juan Hidalgo, autor de
una partitura, recién descubierta, llamada Celos aun
del aire matan.
En 1635 lo nombran director de las representaciones
de Palacio y el nuevo lúdico del Buen Retiro y demás salas, además de los
corrales. Por esos años, trágicos para Quevedo, cae en desgracia el conde-duque
de Olivares (que tantos quebrantes había producido a España) y nuestro escritor
busca cobijo en el sacerdocio, no sin que antes haya habido amores infortunados
de los que nacería una niña, muerta prematuramente. Su ordenación, ocurrida
en la madurez de sus 51 años, le hacen obtener beneficios y mercedes: Capellán
de los Reyes Nuevos de Toledo, Capellán de honor de Su Majestad. En suma,
es un respetable y respetado hombre público y ya conocido como gran dramaturgo
y comediógrafo. Discreto y prolífico, vivió una época de esplendor que hizo
vibrar al teatro español con magníficas puestas en escena.
Pero antes de seguir rastreando por la atormentada
vida del creador de tantas obras teatrales que obsesionan, hablemos de otros
escenarios, los de la Europa de esos tiempos, que son un dechado de errores
y, por lo mismo, caldo de intolerancias y suma de iniquidades y miserias.
Todo coronado con la palabra clave: patrioterismo, peste de pueblos y nido
de políticas de baja estofa. Digamos, pues, ¿en qué fondo histórico se movió
la vida del escritor?
La etapa que transcurre entre 1618 y llega a los 60 constituye
una de las más intensas en la historia española y, podríamos
añadir, una de las más absurdas, ya que estuvieron a punto
de hacer que la endeble monarquía española se fuera a
pique. Resumamos: la Guerra de los Treinta Años y la funesta
guía del conde-duque de Olivares marcaron el fin del poderío
español. Para muestra, mencionaremos el desastre naval
de Las Dunas (1639) a manos de los holandeses (gran parte
de los navíos sucumbió). Desaliento total y, por añadidura,
una península esquilmada. El escritor inglés H. G. Wells
lo ha dicho con concisión: “Un mapa, el de Europa,
con arreglo a la paz de Westfalia (1648), pone de manifiesto
la estúpida división con que terminó aquella lucha. Se
ve una maraña de principados, ducados, ciudades libres…”
¿Y España? Una suma de derrotas –en 1659–,
alzamientos internos, secesionistas o centrífugos. Una
nación desangrada y hambrienta que debe atender rebeliones
internas sin cuentos, tanto nacionales como los que atañen
a su imperio; así Cataluña y Portugal, Aragón y Andalucía,
en la península; en el exterior, Sicilia.
Al mismo tiempo se redondea
la obra del insigne madrileño. En 1652 cae Barcelona y,
poco después, Felipe IV acepta la paz. España está muy
disminuida al tiempo que Calderón alcanza la plenitud.
Hablemos de alguna de sus obras y su valoración: El
Alcalde de Zalamea, estrujante documento –que
retoma un texto anterior de Lope– sobre la violencia
y abuso de un capitán sobre supuestos inferiores: la figura
de Pedro Crespo, el alcalde, cuya hija es violada por
un militar, y el desenlace que cumple con la justicia
humana. Lo dice nuestro dramaturgo de una manera que no
admite réplica:
Al rey la hacienda y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios. |
Un crítico ha dicho: “Ritmo binario de armonía y
discordia que mantiene suspendido al espectador hasta la escena en la que
interviene el rey y soluciona el conflicto. Pedro Crespo se convierte en figura
imperecedera y su justicia es la justicia.”
La vida es sueño, que podemos calificar de
cumbre de la dramaturgia calderoniana, nos presenta una intensa meditación
sobre los destinos humanos, una visión barroca sobre el libre albedrío, un
juego entre la vida y la muerte, el sentido de la culpabilidad. En fin, el
andar del hombre entre realidades y apariencias, un trasegar cervantino vuelto
a revivir en crónica de realidades y apariencias, ironías y veras. Segismundo,
en el parlamento de la primera jornada, con una cadena y vestido de pieles,
iguala en dramática belleza el soliloquio del príncipe de Dinamarca, “Ser
o no ser”, en el celebrado Hamlet de Shakespeare. He aquí dos fragmentos:
¡Ay mísero de mí,
y ay infelice!
apurar, cielos, pretendo
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
En la segunda jornada:
(Segismundo) Es verdad;
pues reprimamos esta
fiera condición,
esta furia, esta ambición
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive sueña
lo que es hasta despertar. |
El maestro Riquer dice que Calderón
trabajó “como un orfebre los versos”. Con
La vida es sueño Calderón está en la cúspide.
Hay regresos en esta especie de angustia existencial
en El pintor de su deshonra que encabeza este ensayo y nos dice que
el ser más hecho, a lo mejor es un intento. He aquí la agonía y el ritornello
calderoniano. Del amplio abanico de creaciones calderonianas destaca El
príncipe constante, que se resume en una actitud personal: la del hombre
que ha elegido morir por sus convicciones que son, además de la fe, todo un
agregado ético que no acepta doblegarse ante el poder. Por otra parte, había
que entretener a los espectadores de los corrales y las comedias de enredo
que con amores, muchos celos y un añadido de malentendidos harían las delicias
de la villa capital. De este corte podemos destacar: La dama duende, Casa
con dos puertas mala es de guardar, El astrólogo fingido y No hay burlas
con el amor.
Hay una obra de Calderón que mueve a estudio y comentario
y que ha merecido mucha atención: se trata de El mágico
prodigioso, en donde asistimos a un pacto entre el
Demonio (en demanda de almas perturbadas) y Cipriano,
que ama a Justina (¿bebió Goethe, en su Fausto,
de este manantial?). Nuestro personaje se sume en el bosquecillo
con graves enigmas: ¿quién mueve los orbes? Pero estamos
ante un sencillo enunciado del amor, y Cipriano ama de
una manera inconsciente, incontenible, de tal manera que
la respuesta se la da un extraño caballero, el Demonio,
quien le dice, muy gallardo y desenvuelto:
Yo soy, pues saberlo
quieres,
un epílogo, un asombro
de venturas y desdichas,
que unas pierdo y otras
lloro.| |
Y de esta guisa, el Demonio sigue desgranando conceptos
en los oídos del joven, un intelectual huérfano de ecuanimidad que olvida
la filosofía. Azorín ha explorado las cuitas del hombre:
“Cipriano, intelectual, contemplativo,
es seducido. Quiere vivir la vida. Quiere que no se le
escape la vida. Quiere que la juventud sea juventud. ¡Y
allá queda atrás el retiro deleitoso, con sus florestas
y sus rosas, y los paseos en hondas meditaciones, y los
libros, y la preocupación constante por lo eterno y lo
indiscernible. Cipriano ama, Cipriano se entrega violentamente
al amor. La vida es acción. Porque el amor de Cipriano
no es el idilio normal y pasajero. La pasión de nuestro
amigo está plena de contradicciones, dificultades e incidentes.
El amor de Cipriano es amor imposible.
“Cipriano ama a Justina. ¡Qué
bello, qué delicado el retrato de Justina. Uno de los
momentos más hondos del drama es cuando Justina, sin saber
como, a impulsos de una fuerza misteriosa, se siente presa
de algo que ella no sabe lo que es. No lo sabe; pero todo
en la Naturaleza –los árboles, las flores, las montañas,
los habitantes rápidos del aire–, todo está diciendo:
‘¡Amor, amor!’ Esta escena lírica, del drama
no tiene superior en la literatura clásica de todos los
países europeos…”Y entonces la venta; nuestro
filósofo firma (escribe con la daga en un lienzo, habiéndose
sacado sangre de un brazo):
Cipriano: (¡Qué hielo!,
¡qué horror!, ¡qué asombro!)
Digo yo, el gran Cipriano,
que daré el alma inmortal
(¡qué frenesí!, ¡qué letargo!)
a quien me enseñare ciencias
(¡qué confusiones!, ¡qué espantos!)
con que pueda atraer a mí
a Justina, dueño ingrato:
y lo firmé de mi nombre.
Demonio: (Ya se rindió a mis engaños
el homenaje valiente,
donde estaban tremolando
el discurso y la razón.)
¿Has escrito?
Cipriano: Sí, y firmado.
Demonio: Pues tuyo es el Sol que adoras.
|
Acaba todo como un todo calderoniano.
Azorín lo apuntilla en su ensayo:“En Justina está,
en el drama, simbolizada la acción. Y Cipriano, el intelectual,
el filósofo, cuando ansioso, anhelante, va a abrazar a
Justina, se encuentra con un vestiglo1 entre los brazos.
La acción, para un intelectual, es eso: una sombra, un
fantasma, un esqueleto, nada.
Quien en un instante pudo
en facciones desmayadas de lo pálido y caduco,
desvanecer los primores de lo rojo y lo purpúreo.” |
Así, El mágico prodigioso es una metáfora
de lo inalcanzable por medio del intelecto. No obstante, cabe aclarar que
la verdad no puede ocultarse. En el auto sacramental El
laberinto del Mundo hay un largo diálogo de la verdad, que
termina así:
y el hilo de la Verdad
es tan constante y tan fuerte,
que por más que le adelgace,
no es posible que se quiebre. |
 |
Calderón es estudiado en el extranjero.
Goethe usó muchos de los armazones filosóficos de nuestro
dramaturgo y de todo ello surgió su famoso Fausto.
Pero otros muchos y brillantes ingenios han abrevado en
los dramas de Calderón, como Corneille, Moliere, Le Sage,
Voltaire y Albert Camus, entre los franceses; Tieck, Halm
e Immermann, en los alemanes; Killigrew, Dryden, Wycherley,
Barclay, entre los ingleses. Por otra parte, filósofos
como Schopenhauer, Hegel, los hermanos Schlegel, Grillpanzer
y el vienés escritor Hofmannsthal han recurrido al ingenio
madrileño. Va de anécdota: a punto de componer Parsifal,
Wagner lo lee “con admiración”, dice. En Italia,
Farinelli y Sciacca lo elogian deslumbrados. Críticos
contemporáneos como Ernst Robert Curtius lo consideran
“el broche de oro” de una literatura preñada
de inspiración cristiana, por añadidura esencial: una
eterna angustia en busca de claridad por el destino humano.
Estudios eruditos y profundos de Manuel Durán, Roberto
G. Echeverría, Eugenio Trías, Valbuena Prats, Antonio
Regalado. Y hay muchos más a citar.
Llega a los 81 años. Ha conocido
tres reinados (más miserias que regocijos): Felipe III,
Felipe IV y Carlos II con una monarquía disminuida, mediocre,
proclive a la extinción. Pero Calderón, entre altibajos,
ha conocido la gloria. Hasta el último día estuvo escribiendo.
Era 1681 y entre sus manos –ya yertas– quedaron
sus autos sacramentales Amar y ser amado y Divina
Filotea. Su obra es cinco veces más extensa que la
de Shakespeare y se iguala con la gigantesca de Lope de
Vega. Ahondar en Calderón es adentrarse en una bibliografía
inmensa. Hay mucho de ego en la planeación de sus funerales
y su entierro fue memorable; mas, como ocurrió con los
creadores inmortales de España (Cervantes, Lope de Vega
y el pintor Velázquez), sus restos se perdieron. Pero
mientras haya teatro y lectores, Calderón perdurará y
sus preguntas tendrán, siempre, la angustia que permeó
su obra.
Bibliografía
ALCALÁ Zamora, José,
La España de Calderón y los rasgos fundamentales
de una obra monumental, Universidad Complutense y
Real Academia de Historia.
AZORÍN, Obras completas, selección de
los tomos: 2-4 y 9 sobre aspectos de Calderón
de la Barca.
CALDERÓN de la Barca, Obras completas, Edición
crítica de Ángel Valbuena Prats, Aguilar,
Madrid, [s.a.].
DÍEZ-BORQUE, José María,Obras
maestras de Calderón de la Barca, Ed. Castalia,
Madrid, 2000.
HERNÁNDEZ Muñoz, A., Apuntes sobre la
zarzuela, Dirección de Crédito, México,
1994.
SEGUR, Conde de, La Guerra de los Treinta Años.
España en la decadencia, Cuadernos de Cultura,1945.
TRÍAS, Eugenio, Calderón de la Barca,
Omega, Barcelona, 2002.
WELLS, H. G., Breve historia del mundo, México,
Porrúa, 1998. |
| 1 Vestiglo:
el diccionario lo describe como un monstruo horrible
y fantástico. No confundir con vestigio. |