Enmarcado
en un paisaje de murallas, torres e iglesias, surge el
auge comercial en la Edad Media. La vida económica de
entonces tenía como centro el mercado, además de algunos
locales donde los miembros de las diversas corporaciones
desempeñaban sus actividades. En ese entorno, destaca
Francisco de Marco Datini, un representante de los mercaderes
medievales y portador sus nuevos valores. Su casa, en
Prato, Italia, actualmente se conserva como museo.
El libro posee la magia necesaria
para que ante nuestros ojos cobre vida la casa de Datini: su patio, su huerto
y su jardín, y para que cada una de sus habitaciones aparezcan ante nosotros
ocupadas por la actividad constante de su dueño, su familia, sus sirvientes
y esclavos. Esta obra, por medio de profusas ilustraciones y textos descriptivos,
nos lleva de la mano al recorrido de la mansión del mercader y sus espacios
exteriores. También, en los últimos capítulos, sabremos qué fue el fundago
y cómo se hacían las operaciones cambiarias de esa época.
Mucho de lo que sabemos sobre
la conducción de compañías y sociedades mercantiles se debe a que el archivo
de Datini pudo conservarse hasta la fecha; éste, aunado a su correspondencia
privada, permite echar un vistazo a la vida cotidiana, mentalidad, valores,
e incluso inseguridades y angustias de aquel tiempo.
La vida económica en la Edad
Media tenía como centro el mercado y algunos locales, donde los miembros de
las diversas corporaciones celebraban sus actividades. La riqueza no se ostentaba
y hasta los grandes mercaderes y banqueros realizaban sus negocios en sedes
bastante modestas, casi bodegas. A finales del siglo XIV, la vida económica
se hizo más compleja y activa: triunfaba la nueva economía de intercambio.
Las grandes compañías diversificaron sus inversiones y pusieron sus capitales
en varias empresas. Al poseer los medios de producción, pudieron enriquecerse
a sí mismos y a sus compañías, pero también favorecieron a varias categorías
de trabajadores.
Pero volvamos a la figura
del importante mercader Francisco de Marco Datini (1335-1410), nacido en Prato,
Italia. Huérfano de un modesto tabernero, a los quince años y completamente
solo, dejó La Toscana para buscar fortuna en Aviñón, Francia, que en aquel
tiempo era residencia de los papas y uno de los emporios más prósperos de
Europa. Vivió allí por más de treinta años, donde tuvo un ascenso vertiginoso.
Creó un emporio que se extendió al comercio de las armas, la lana, los metales,
el trigo la sal y las especias; también fabricaba géneros, comerciaba con
obras de arte, joyas y bordados al mismo tiempo; tuvo también un banco que
efectuaba actividades cambiarias. Cuando ya era rico, regresó a Prato en 1383,
y activó a compañías comerciales en su ciudad natal y en Florencia, Pisa,
Génova, Barcelona, Valencia, Mallorca e Ibiza.
Actualmente, encontramos en
la plaza principal de Prato, una estatua en honor de Datini porque a su muerte
cedió sus posesiones a los pobres. Un inventario de 1407 describe la casa
de Francisco Datini como “grande y hermosa, situada en Prato, en la puerta
Fuia, con gran habitación, pozo, patio y galería con bóveda pintada y muy
bonita”. Esta descripción denota la casa de un rico: una galería con frescos
y un patio con pozo eran un lujo, y la “gran habitación” consistía en quince
piezas amplias, cuando en esa época las casas privadas más bellas contaban
solamente con diez o doce .
El libro describe la casa
de Datini y cada uno de sus espacios interiores, asimismo
sus fincas, campos de cultivo y las actividades que se
desarrollaron en cada uno de estos lugares. Encontramos
una descripción pormenorizada del patio, del jardín y
el huerto, de la cocina, el comedor, la recámara, el pequeño
estudio y la oficina y, finalmente, las fincas. A continuación
describiremos el almacén, que nos da cuenta del tipo de
víveres y cantidades que allí se guardaron; y posteriormente
recrearemos el jardín y el huerto.
Entrar en el almacén de la casa Datini
era un festín para la vista y el olfato. En la gran cámara abovedada, seca,
fresca y escrupulosamente limpia, estaban ordenados sacos de cereales y legumbres
secas (garbanzos, lentejas, habas), barriles con pescado y carne conservados
en sal, cestos con almendras y pasas, castañas y nueces. Del techo colgaban
jamones, mortadelas, tocinos de puerco, salchichas, vejigas llenas de unto
y morcilla, higos y dátiles. Sobre las repisas, un par de grandes quesos parmesanos
y otros quesos de la región puestos a añejar, que debían ser engrasados casi
todos los días, frascos de confituras, ánforas de miel, recipientes de jalea.
De este local, vigilado día y noche, no salía ni entraba un solo cucharón
de harina que no fuera cuidadosamente registrado. Con mayor cuidado aún se
custodiaba la reserva de vinos: unos que provenían de las haciendas de Datini;
y otros, los más costosos, traídos de las demás regiones vitivinícolas de
Italia y del extranjero.
Nada mejor que tomar un escrito
de el propio Francisco Datini para describir su jardín:
Quise hacer un jardín frente a mi casa, de 32 brazas de largo y de 14
de ancho, lleno de naranjos, rosas, violetas y otras hermosas flores; me costó
muchos florines ; fue una gran locura. Hubiese sido mejor invertirlos en una
hacienda...
Había allí también granados,
limoneros, emparrados y setos de laurel. Las flores se enviaban con regularidad
a la vecina Iglesia de San Francisco o se usaban para trenzar coronas y guirnaldas
que se usaban como adorno en las mesas de los banquetes. No podía faltar el
pozo, con brocal de piedra, sobre una cisterna subterránea abovedada. Los
árboles del huerto, que se encontraba cerca del jardín, se plantaron cuando
la casa estaba todavía en construcción. Lo cuidaba un viejo jardinero y lo
supervisaba doña Margarita, esposa de Francisco. Sabemos también que las criadas
trabajaban con mucho agrado en las labores del huerto. Allí se cultivaban
lechugas, espinacas, acelgas, nabos, zanahorias, melones, ajos, cebollas,
puerros, coles, garbanzos y habas, tan tiernas, que se desbarataban sin pasar
por el fuego. Había menta, salvia, tomillo, mejorana, perejil y romero, hierbas
para cocinar, y para hacer tisanas curativas y cosméticos. Aunque el huerto
era vasto, sus productos se consumían con gran rapidez.
Además de sus veinte casas
y residencias personales en Prato, Florencia y Pisa, Datini
sabía que la tierra era una óptima oportunidad de inversión.
Llegó a poseer más de treinta hectáreas que comprendían
un bosque de encinos para que fueran a pacer los puercos,
y un cenegal del que procedían las anguilas que se servían
con frecuencia en la mesa.
Las tierras
producían verduras y trigo. También de ellas procedía
el aceite y vino que se consumía o se almacenaba. En las
fincas se criaban animales: aves de corral, ganado porcino,
ovino y bovino; de los que se obtenía carne, huevos, leche
y quesos para vender con buenas ganancias en la ciudad
o para almacenar en la casa patronal.
En la Edad Media la limosna
significaba mucho más que caridad. Era frecuente que al acercarse su muerte,
los señores, hombres de armas y ricos burgueses, confesaran públicamente que
habían actuado mal y devolvieran al pueblo parte de sus bienes. Los mercaderes
sentían más que otros esa necesidad, pues con frecuencia sus actividades caían
en la usura; entonces hacían donaciones de inmuebles a la Iglesia, construían
hospitales para los pobres, lazaretos para los enfermos en épocas de epidemias,
y asilos para los peregrinos. Como ya mencionamos con anterioridad, Datini
cedió a los pobres todo lo que poseía, incluída su residencia en Prato.
Si bien el libro describe
la casa y las actividades de un mercader específico apoyándose en registros
bien documentados, no descuida la descripción general de las demás actividades
comerciales que se dieron a lo largo y ancho de la Europa medieval. A continuación
las describiremos brevemente:
Los mercaderes analizaban
el efecto que pudiera tener en el comercio todo lo que sucedía en Europa y
en el Mediterráneo: una batalla, una tregua, una carestía, una inundación,
la elección de un papa o el matrimonio de un príncipe. Actuaban aprovechando
la coyuntura precisa, ya fuera en tiempos de paz o de guerra.
Como el comercio se extendía
por Europa, era fundamental que en otras tierras las compañías
tuvieran un fundago; es decir, una filial que tenía
su tienda, oficina, almacén y habitación. En tierras extranjeras
era una pequeña patria, y cada colonia de mercaderes tenía
su propio barrio como una comunidad autónoma de la soberanía
local. Varios asalariados trabajaban en estas filiales:
un administrador, notarios, contadores o cajeros, y mozos.
Había mensajeros que servían a más de una compañía y llevaban
cartas lacradas de administradores y notarios.
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La actividad de mercaderes
y banqueros estuvo estrechamente ligada. Los comerciantes de moneda se dividían
en usureros, cambistas y banqueros. Quienes se dedicaban a la usura hacían
préstamos prendarios con altísimo interés, y pese a ser despreciados, cumplían
una función social necesaria. Los cambistas además de cambiar dinero, recibían
depósitos y comerciaban con piedras preciosas, oro y plata en lingotes; eran
en buena medida los responsables de la circulación normal del dinero; estaban
autorizados y eran respetados por la sociedad. Por último, los banqueros hacían
préstamos a personas o compañías, invertían en actividades diversas y obtenían
cuantiosas ganancias por la emisión de letras de cambio, títulos de crédito,
y órdenes de pago.
No era fácil la transportación
de mercancías de un lugar a otro, por lo que mentir acerca de su destino era
casi una norma. Viajar por tierra en la Edad Media ofrecía grandes peligros,
sobre todo en bosques y pantanos, que fueron refugios de vagabundos y forajidos
que asaltaban a los viajeros; por esta razón, los mercaderes se desplazaban
en grupos numerosos acompañados de una escolta armada. En los siglos XIV y
XV, los movimientos comerciales se hicieron principalmente en dirección al
mar para evitar, en lo posible, el desembolso para cubrir arenceles y pagos
por derechos de tránsito.
El panorama del comercio europeo,
en términos generales, puede dibujarse así: En el norte, el Hansa (una liga
de ciudades comerciales) dominaba el Mar del Norte y el Báltico, e intercambiaba
los productos del nordeste (fierro, madera, pieles, trigo, arenque, pescado
alquitrán) por las manufacturas de lujo de la industria italiana (joyas, terciopelos,
obras de arte, cuero, trabajado) o por las especias de Oriente, importadas
por naves venecianas o genovesas. Sin embargo, Italia continuaba dominando
el gran comercio internacional a través de Venecia, Génova, Milán y Florencia,
que monopolizaban el tráfico en el Mediterráneo.
Un glosario al final de la
obra nos auxilia a entender el sentido de varias palabras que se usan en el
texto y quizá desconocemos, como arancel, escarcela, florín, fundago, galera,
lazareto y malvasía, entre otras.
Otras obras de esta colección,
publicadas por la misma editorial son La vida en un castillo medieval y
La vida en un monasterio medieval.
*Reseña
del libro La vida en la casa de un mercader medieval,
con textos de Renzo Rossi e ilustraciones de Giorgio
Bacchin, México, Correo del Maestro / Ediciones
La Vasija, 2001. 45 págs.
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