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Correo del Maestro Núm. 78,noviembre 2002

Gabino Barreda (II)

Jesualdo

 

En el libro 17 educadores de América, de Jesualdo, encontramos este texto sobre Gabino Barreda. Debido a que es una publicación que ya no está circulación, creemos importante rescatar este escrito, pues habla de una personalidad en la historia de la educación de México y América Latina desde un enfoque no puramente biográfico, sino que hace un análisis preciso, claro y didáctico de su obra dentro de su contexto histórico.

  Hemos dividido el texto en dos partes, la primera fue publicada en el número anterior.

 

¿Cuál era el concepto esencial que informaba esa reforma educativa que Barreda llevó adelante? ¿ Qué aspectos abarcaba? ¿ Cómo era el desarrollo que seguía? Éstos son problemas que nos va a revelar el propio Barreda, a través de su famosa carta —las cartas de Barreda eran siempre documentos en forma de libros que podían ser tomos de una enciclopedia— al Gobernador del Estado de México, su amigo Mariano Riva Palacio, otra gran figura intelectual de la Reforma. En ella “se tocan varios puntos relativos a la instrucción pública” —como reza el cabezal— aparte de que acompaña la ley orgánica del 67 en la cual Barreda aprovecha para llamarle la atención sobre la, para él, fundamental reforma: la que concernía a la creación de la Escuela Preparatoria y “el orden que debe seguirse en el estudio sucesivo de las materias que forman los cursos preparatorios”.1

Este orden no es otro que el que establecía el ciclo comtiano. Para Comte —como se sabe—, las ideas generales positivas se hallan coordinadas en un gran ciclo enciclopédico que comprende la filosfía matemática, la filosofía astronómica, la filosofía físico-química, la filosofía biológica, la sociología y la moral en el orden “de su generalidad decreciente y de su complicación creciente”. Los estudios preparatorios entonces debían comenzar por las matemáticas y terminar en la lógica, interponiendo entre ambas las ciencias naturales: en primer lugar, la cosmografía y la física, luego la geografía y la química, y, por último, la historia natural de los seres dotados de vida, es decir, la zoología y la botánica. Intercalado entre este ciclo científico, Barreda había colocado el estudio de los idiomas en el orden que exigían las necesidades presentes o para posteriores estudios. En el estudio de los idiomas, en cuanto al latín, se realizaba la inversión del antiguo programa; este idioma ocupaba ahora el último tramo, mientras que los primeros, los ocupaban el francés, el inglés y el alemán. De este modo desplazaba a las lenguas muertas por las vivas, ya que en ese entonces, afirma, “cada sabio escribe en el idioma que le es propio y las lenguas vivas, entre ellas muy señaladamente el francés, llenan las funciones que antes desempeñaba el latín”.2 En cuanto a gramática española era transferida al tercer grado, a fin de hacerla verdaderamente provechosa y dar “un conocimiento más profundo y razonado de su idioma”, cosa que exige una inteligencia ya más cultivada, pues el carácter analítico de la gramática —dice— exige “un mayor desarrollo de la facultad de abstracción e inducción”.3

 

Gabino Barreda

Y todo este “fondo de verdad que nos ha de servir de punto de partida, —agrega— debe presentar un carácter general y enciclopédico para que ni un solo hecho de importancia se haya inculcado en nuestro espíritu, sin haber sido antes sometido a una discusión, aunque somera, suficiente para darnos a conocer sus verdades fundamentales”.4 Para Barreda el enciclopedismo, en el que insistían tanto los positivistas, era absolutamente necesario para que “las personas que se consagren a las carreras literarias, reciban una educación homogénea y completa”, por lo menos en su base fundamental. 5

Frente a la especialidad, Barreda coloca, pues, decididamente, al enciclopedismo que defiende con tenacidad: “Cada uno de los conocimientos que se adquieran, cada hecho real cuyo verdadero mecanismo se comprende, sostiene, es una nueva fuerza que se agrega al sistema complejo de nuestra actividad mental, y una fuente inagotable de la que podrán surgir, en el momento más inesperado, las inspiraciones más felices...”6 Para él, la eduación de las especialidades era “mezquina y estrecha”, de origen retrógrado ya que procedía de la institución teocrática, sobre todo cuando la especialidad tendía a perpetuar en las descendencias, los oficios o trabajos de sus antepasados.7

Ahora bien, este enciclopedismo que propugna, desenvuelto con un criterio científico, evitaría uno de los mayores males —para él— que existen socialmente debido a la cultura: la anarquía intelectual, como llamó Comte a este mal, o sea esa divergencia de métodos para resolver un mismo asunto. La falta de esa homogeneidad, que Barreda trata de demostrar con ejemplos, que se advierte aun en las personas más cultas, es la que origina en su concepto, toda una serie de errores de apreciación, que explican “la completa anarquía que reina actualmente en los espíritus y que se hace sentir sucesivamente en la conducta práctica de todos”8, con lo cual demuestra una absoluta fidelidad a su maestro. ¿Cómo alcanzar, entonces, a uniformar esa conducta para la acción práctica? ¿Acaso ello se conseguiría con sólo expedir leyes nacionales al efecto? “Para que la conducta práctica sea, en cuanto cabe, suficientemente armónica con las necesidades reales de la sociedad —contesta Barreda—, es preciso que haya un fondo común de verdades de que todos partamos, más o menos deliberadamente, pero de una manera constante”.9

Así plantea Barreda esta necesidad de homogeneizar, mendiante la razón de los hechos a la luz del positivismo, aunque nos dice, que este criterio que lo posee no es una invención comtiana, sino que es propia de toda clase, secta o religión, que trata de controlar el pensamiento mayoritario. No otra cosa hicieron los sagaces jesuitas —pone por ejemplo— gracias a lo cual habían podido subsistir, a pesar de sus sinrazones, hasta ese tiempo, habiendo dejado fuera de la enseñanza los mejores conocimientos como “la química, la historia natural, la astronomía realmente científica y una buena parte de la física...” que no encontraron cabida en su programa general. Visto el error del Trivio y el Cuatrivio, los modernos jesuitas se apresuraron a reparar el mal aunque ello cuando ya las cosas no tenían remedio. Porque en este problema —agrega Barreda— “un solo camino que se deje al error, una sola fuente de nociones reales que se abandone a la arbitrariedad y al capricho individuales, basta para hacer abortar todo un plan de educación, por muy bien combinado que parezca en lo restante”.10 Por cuya razón, precisamente, todo estudio de la naturaleza que se realice para alcanzar una opinión positiva debe ser completo, sin dejar afuera “ninguno de los hecho generales y fundamentales que forman su conjunto”.11 Y en consecuencia: “Una educación en que ningún ramo importante de las ciencias naturales quede omitido —agrega—; en que todos los fenómenos de la naturaleza desde los más simples hasta los más complicados se estudien y analicen a la vez teórica y prácticamente en lo que tienen de más fundamental; una educación en que se cultive así a la vez el entendimiento, y los sentidos, sin el empeño de mantener por fuerza tal o cual opinión, tal o cual dogma político o religioso, sin el miedo de ver contradicha por los hechos esta o aquella autoridad; una educación, repito, emprendida sobre tales bases y sólo con el deseo de hallar la verdad, es decir, de encontrar lo que realmente hay, y no lo que en nuestro concepto debe haber en los fenómenos naturales, no puede menos de ser, a la vez que un manantial inagotable de satisfacciones, el más seguro preliminar de la paz y del orden social, porque él pondrá a todos los ciudadanos en condiciones de apreciar todos los hechos de una manera semejante y, por lo mismo, uniformará las opiniones hasta donde esto es posible...” pues, en forma un tanto simplista, Barreda creía “que las opiniones de los hombres son y serán siempre el móvil de todos sus actos”.12

Este trabajo era posible realizar —según él— mediante el método positivista, especie de “puédelo todo” de los comtianos y de cuya superstición Barreda, como todos los positivistas, adolecía: “Los hombres más que doctinas, necesitan métodos; más que instrucción han de menester educación”, repite con las palabras de su maestro. Ese método es el que sirve a las ciencias positivas, mediante el cual “desde los más sencillos raciocinios deductivos hasta las más complicadas inferencias inductivas”, cruzan por delante de los ojos no como abstracciones oscuras, sino a través de una práctica continua y sistemática. Este criterio es el que explica, pues, el ciclo de los conocimientos propuestos. Primero matemáticas, “la mejor escuela en que todos podrán aprender la verdad, regla práctica de la deducción y el silogismo”, pues “los raciocinios matemáticos, —agrega citando a Stuart Mill—, son la base indispensable de una verdadera educación científica.13

Y no es que esta disciplina pueda no importar concretamente al abogado, por ejemplo, es que debe hacerlo. Los estudios preparatorios deben, de este modo, más que detenerse en la aplicabilidad directa de la doctrina, hacerlo en el método.

Vicente Rivapalacio

Los conocimientos deben así, ser “una verdadera gimnástica intelectual”, considerando Barreda, la educación intelectual como “el principal objeto de los estudios preparatorios”.14

Así, de este mismo modo, en su carta a Riva Palacio, Barreda va justificando el proceso de su ciclo, materia por materia, en su orden de elementalidad de los fenómenos en relación a los sentidos del hombre, hasta llegar a la Lógica, que es quien cierra el proceso y realiza la recapitulación, utilizando, para estudiarla, los dos procedimientos, la inducción y la deducción, que Barreda considera como los únicos caminos para llegar a la verdad. En la misma carta todavía se proclama partidario de los exámenes, siempre que fuera posible, prácticos, pues entendía que los exámenes de esta forma son los únicos capaces de ser “un freno que impida el abuso de la libertad y una verdadera garantía de la aptitud de los alumnos”.15

En esta Escuela Preparatoria, en donde Barreda fincaría todo su interés y un poco abusativamente el de la educación en general, como si el mayor problema de su pueblo fuera preparar profesionales y no desanalfabetizar la masa del pueblo, se inicia el ciclo del conocimiento que se completaría luego en las Facultades, de acuerdo con su criterio de capacitar a los mejores para el mayor beneficio social. “Lo que la sociedad ha menester —dice—, es que se consagren a las especialidades, sino las personas que, en virtud de sus disposiciones peculiares, tienen para ello una afición decidida”16, pues el propósito de la ley fue “poner a cada uno en aptitud de juzgar de sus propósitos y naturales disposiciones para cultivar con más esmero las que resultasen más propias para el servicio de la sociedad, y dar a todos un fondo común de sólida instrucción, del cual pudiesen más tarde sacar sus ulteriores aspiraciones”.17

Es evidente que, dentro de los principios positivos, el sistema de la Preparatoria era, como aseveraba Barreda, “un sistema completo” y “no un simple hacinamiento incoherente de conocimientos”, como podría suponerse. Los comtianos, exagerando las vitudes de la ciencia como elemento del conocimiento, suponían que en “ese tránsito de una ciencia a otra, el alumno se adiestra sin fatiga y con fruto en el uso de todos los procedimientos lógicos de que tendrá que hacer uso de continuo en toda su vida, mantiene un comercio incesante con las cosas reales de nuestro mundo, se familiariza con las dificultades de toda operación práctica que verse sobre los hechos y no sobre creaciones de nuestra imaginación, y se alecciona también, en la manera de vencer estas dificultades”.18 Y, por otra parte, que las ciencias naturales servían al educando para penetrarse íntimamente “de que la verdadera ciencia práctica tiene por base la más estricta conformación con las leyes efectivas de los fenómenos, y que la invevitable condición para modificar estos, es siempre la de conformarnos con aquéllas”.19

Todo este planteo filosófico de Barreda es el que sirve a las razones de la Reforma educativa en especial de la Preparatoria. En verdad, el problema más urgente y crítico, era el de la enseñanza primaria que fue considerado con mucho menos detención por los reformistas, sin embargo. Al estado social que vimos, una escuela primaria bien orientada, profusa y con los recursos específicos para su atención, hubiera alcanzado mucho mayor trascendencia que los cursos preparatorios que fueron la preocupación principal de Barreda. El positivismo que inculcara Comte en París al grupo de mexicanos, y en especial a Gabino Barreda, trajo como consecuencia este enceguecimiento en su aplicación, que no medía las condiciones en que se les debía considerar. En un país destruido económicamente, con un industrialismo precario y con una masa en una ignorancia absoluta —como vimos—, no era ciertamente fundando y atendiendo una Preparatoria como mejor se colaboraba en la vertebración —tan necesaria— de la nación, ni tal vez, tampoco, con un positivismo intransigente, por las desproporciones existentes entre el estado social del pueblo y la proyección de la doctrina.

En sus treinta artículos sobre Instrucción Pública, contestando a los diputados que pretendieron modificar la ley del 2 de diciembre del 67, en 1872, con medidas que se entendían como un retroceso sobre los hechos, evidentes confusiones para el futuro, Barreda establece nuevas reafirmaciones a su doctrina, que no las transcribimos porque son homólogas a las contenidas en su carta a Riva Palacio. Pero en el

Ignacio Ramirez , el Nigromante

Dictamen sobre Instrucción Pública, cuya redacción estuvo a su cargo (y que lo firmaron otros valores de su tiempo: Ignacio Ramírez, Rafael Martínez de la Torre, Guillermo Prieto y Roberto Esteva), Barreda establece conceptos sobre la instrucción primaria que mucho nos merece comentarlos.

En él sostenía la obligatoriedad de la enseñanza aun violando la libertad individual, porque ello “no es cuestión de principios o de rutinas, es cuestión de conveniencia, de progreso y, lo que es más, aún, de exigencia social”;20 y la sostenía, además, porque creía firmemente que era “el único camino seguro, aunque lento, de poner remedio a los males que aquejan a la sociedad actual y muy especialmente a la nuestra”.21 ¿Cuál era para Barreda, en consecuencia, el objeto de la educación? “Es y debe ser un verdadero cultivo...” —dice—. Pero como el cultivo puede emprenderse o bien para “desarrollar el individuo con todas sus propiedades o atributos”, o bien para procurar “el mayor desenvolvimiento de unas a expensas de otras”, siguiendo a Spencer prefiere distinguir estos cultivos según sean morales, intelectuales o físicos. Pero en general asienta que, “observar, analizar, generalizar, dominar o nombrar, describir, definir, clasificar, y por último inducir y deducir, son incesantes e indispensables ocupaciones de nuestra vida práctica o especulativa”.22

Como los valores intelectuales para él, como para el positivismo, deben primar sobre los demás, la “educación del entendimiento” debe ser “completa y universal” y aún la de los adultos —dice—, se les haga palpar la armonía real de las cosas como ellas son y como todo el mundo las ve”.23 Por medio de una “educación objetiva y práctica”, se ha de tratar de corregir, pues, esa cadena de silogismos abstractos que ha sido hasta ahora el conocer del niño. Educación que realizará “la economía de la fuerza intelectual así como la muscular”, mediante esfuerzos poco prolongados, cosa que Barreda recomienda conseguir con “el empleo de todas nuestras facultades y no de una sola” —como sucedía antaño con la memoria, burro de carga del aprendizaje, con cuya unidad se logrará “fortalecer nuestras facultades naturales” y “retardar” la fatiga de un modo notable.24

En lo que respecta al método para alcanzar este propósito, se debe tener en cuenta esta observación sobre los niños: “Todos conocen la insaciable sed de aprendizaje que los devora, lo cual se revela en cada momento de sus preguntas sobre todas las materias. ¿Por qué, pues, esa ansia de saber se transforma en la escuela en una repugnancia insuperable, la cual hace del mismo niño, que en su casa es vivo y penetrante, un tipo perfecto de obtusidad y de torpeza?”25 Para Barreda ello se debe a que en los medios en que aprende el niño, a excepción de los escolares, “los niños parten del conocimiento de los objetos que hieren sus sentidos, para buscar la generalización abstracta que debe enlazarla con otros conocimientos, y en la escuela se les quiere hacer partir o lo que es peor todavía, para quedarse estancados en el terreno abstracto puro y, por lo mismo, incomprensible para ellos”.26 Por lo tanto —agrega—, se ha de invertir el punto de partida: es decir que en vez de la inducción —que “no es útil sino en casos excepcionales, ni es aplicable sino con inteligencias más avanzadas...”27 se ha de usar la deducción; además, debe fomentarse y secundarse en el niño, “las tendencias espontáneas de su actividad. Toda lección si se quiere que ella sea interesante para el niño, y por lo mismo fructuosa al objeto concreto tomado como punto de partida, se debe volver —a él— después de cada síntesis abstracta”.28 En una palabra, y siempre consecuente con su doctrina, Barreda recomienda a los maestros el método objetivo, y para cumplir tal fin, que “sean los objetos reales y no sus representaciones los que se pongan en manos de los educandos”.29

De este modo, la comprobación se realizará mediante todos los sentidos, en especial el tacto, afirmador del objetivo. Y todavía agrega que “se deje a la actividad del niño toda la libertad y la espontaneidad para su desarrollo y para su fecundidad; que el profesor no haga en lo posible sino allanar el camino; que no se explique todo lo relativo a un objeto, sino cuando haya logrado despertar suficientemente la curiosidad de los niños”.30 Pero eso sí, una vez despierta y a fin de alcanzar las comprobaciones científicas y destruir las falsas creencias, “nada deberá omitirse entonces para hacerle sentir al niño cuando sea oportuno, este importante carácter de la fe moderna o científica”.31

Esta transmisión de conocimientos, finalmente, supone un maestro con una preparación doctrinaria nada común y científica, no menos importante. Para obviar las dificultades que se presentarán para la obtención de tales profesionistas, Barreda aconsejaba la preparación de tres tipos de maestros. Un primer tipo “que haya adquirido —decía— una sólida instrucción en cada una de las ciencias que se ocupan del estado de las propiedades de las cosas u objetos que le van a servir de punto de partida para sus lecciones”; un segundo tipo “formado por personas de menos instrucción, pero educadas siempre en este sistema que aplicará también, aunque con sujeción a ciertos textos dispuestos al efecto”, y un tercer tipo, “para escuelas de menor importancia”, que trabajará con textos que se redactarán muy apropiadamente. Como lazo que refirmará el éxito de esta labor sistemática estarán “las relaciones sociales y políticas” de los maestros con el Estado, juradas “al servicio de nuestra causa que es toda de progreso y civilización”.32

Como se ve, y no podía ser de otro modo, para Barreda, el maestro debía no sólo ser el oficiante concreto de su misión educativa, sino, además, un hombre político embarcado en una doctrina que sustentara ideas de reparación y de justicia. Veinte medidas prácticas aconsejaba la Comisión, a que nos hemos referido en su

Guillermo Prieto

Dictamen: obligatoriedad de la enseñanza hasta los trece años y especificación de los imposibilidatados acogidos a la excepción, penas a los infractores y destino de su producido; escuelas con horarios adecuados para los niños que trabajan; rubro para escuelas en cada lugar de quinientos habitantes; contralor de esos rubros por una Junta (condición de sus miembros, remoción de los infractores y tiempo de duración de las Juntas); declaración, cada septenario, de lo que supone, como mínimo, la instrucción primaria: lectura, escritura, ortografía castellana, las cuatro reglas aritméticas, elementos de historia nacional y gimnasia, sin que este programa inhiba toda otra complementación en la escuela de perfeccionamiento; asistencia escolar; tres clases a cargo de profesor titulado, condiciones para sus grados de obligatoriedad del título para dirección y censo anual escolar.33

¿Hasta dónde pudo ser cumplida y alcanzó cierto éxito esta Reforma educativa planeada y sostenida por Barreda? Hagamos un pequeño resumen empezando por la enseñanza primaria. La obligatoriedad a que se refiere la ley, es indudable que resultó más teórica que práctica, pues no fue posible cumplirla siquiera en los Ayuntamientos, cuanto menos en los latifundios, teniendo la Sociedad Lancasteriana que seguir desarrollando su labor contraria al concepto y al método que sostenía la ley.

Existe una irónica desproporción entre las sanciones creadas para obligar la concurrencia de los niños a clase, y la falta de medios del Estado para crear escuelas y dotarlas de los elementos necesarios para el cumplimiento de sus obligaciones. Esa misma desproporción existe entre la cultura que se le exigía al maestro —para cuya preparación se había insistido en la Preparatoria para varones de San Ildefonso, llamada así desde entonces, y otra para señoritas que funcionaba en el ex convento de la Encanación—, y el sueldo de seis pesos al mes que se le asignaba a los maestros en la mayor parte de los lugares. Como también existía desproporción entre el estado social y político en que se encontraba México (con una masa varias veces millonaria de indígenas y mestizos que nada, o casi nada, se había enterado de los cambios políticos y que seguía tan fanática y religiosa como antes) y la doctrina del método positivista que, intransigentemente, habían enarbolado los teóricos de la Reforma.

Parecería que para Barreda y demás colaboradores fueran inexistentes todos los otros graves problemas que tenía México: el latifundismo, el caciquismo blanco, la servidumbre y degradación indígena, el rudimentario primitivismo de las industrias, etc. Sin atender, en verdad, a casi ninguno de estos problemas en forma decidida, los educadores planteaban la radical transformación de un mundo ignaro en un mundo positivista, como si ello fuera posible mediante golpes de la varita mágica. Por todas estas razones, la Reforma se limitó a la Preparatoria ciudadana en donde, si bien las contradicciones existían igualmente, aunque en menor escala, eran equilibradas por la obra activa de Barreda y el grupo de sus colaboradores. El mismo Barreda, en su informe de diciembre de 1869, reconoce esa tenaz oposición que afectaba directamente a la Escuela Preparatoria, institución ésta ‘que inaugura, dice, un porvenir muy lisonjero para la instrucción general...”34 Es posible que para un devoto de tal naturaleza del positivismo, como lo era él, fuera suficiente halago de su realización, el hecho que reconoce en su carta del 70: “Jamás en ninguna época, ni en ningún establecimiento, se habían estudiado en nuestro país de una manera tan completa y mucho menos tan práctica, las ciencias físicas y naturales como se ha hecho en la Escuela Preparatoria, durante los tres años que lleva de funcionar”.35

Si para tal tiempo la historia reconoce que esta obra por sí sola era suficiente, Barreda no es siquiera discutido. Ya no es poco decir que hasta 1857 en verdad México, había estado bajo la influencia total del Clero en todos los órdenes de la vida. “La introducción al país de obras que iniciasen siquiera en dicho progreso, era considerada como verdadero contrabando. Ignorabase hasta entonces, en lo general, la existencia de métodos científicos de la moderna enseñanza y no se sospechaba la formación de una teoría completa del raciocinio inductivo. En los cerebros más avanzados, Balmes se tenía como última palabra, como “la expresión más acabada del adelanto filosófico de la época”, escribe un positivista.36 Es por tal razón, que en este ahogamiento colonial tan semejante al del resto de la América Hispánica, el brote positivista que trajera Barreda de Europa, bien pronto debería convertirse en árbol. Su obra así, y por estas condiciones que privaban, justamente, tiene mucho mayor alcance del que él mismo presumió tendría —reconoce otro prositivista de su tiempo— “no sólo como elemento mediato, derivado de la escuela, sino como fuerza directa obrando sobre todas las esferas de la vida social.37 El positivismo se extendió de este modo a todas las esferas de las actividades. El mismo Barreda —que no era “político de intriga, era político filosófico”— había dicho en su Oración cívica de Guanajuato que era tan imposible en la actualidad que la política marchara sin apoyarse en la ciencia, como que la ciencia dejara de comprender en su dominio a la política y que “en el dominio de la inteligencia y en el campo de la verdadera filosofía, nada es heterogéneo y todo es solidario”.38

Con esta obra y la Asociación Metodófila, fundada y presidida por Barreda desde febrero de 1877, y cuyo objetivo era el estudio de los problemas científicos, Barreda dejaba para el futuro un centro de permanente inquietud que era capaz de continuar la preparación “de los elementos fundamentales de reorganización” que necesitaba México —como reconoce Justo Sierra—, recogiendo el espíritu en flor de las generaciones nuevas diseminado en el caos intelectual y moral que el periodo revolucionario no había dejado...”39 Esa fue sin duda su obra e influencia más importantes. Para esa misión es indudable que tuvo “encargo de almas”, como completa Sierra sobre su sacerdocio, en su oración fúnebre ante el cadáver de Barreda. De ahí, agregó, que “mientras la Escuela Preparatoria viva —y vivirá, lo juramos en esta hora solemne— no llegará a apagarse la lámpara que encendemos sobre tu tumba”.40

Sus alumnos, en el tiempo, y año a año, como consigna infalible, le siguieron recordando, como lo hace Aragón en los consecutivos números de la Revista Positiva, con esa unción que ha logrado borrar toda queja transitoria que la presencia suele crear.

Augusto Comte

“Su nombre fue siempre para la juventud —dice él mismo— no sólo el más querido de todos, sino prenda de unidad, de paz y de concordia; y su andar lento, su porte alto y majestuoso, su abdomen prominente, que realzaba la dignidad de su apostura, su bastón bajo el brazo, su ligero arrastre del pie izquierdo, la seriedad y severidad, su sorbete constante y su acto de dirigirse a la secretaría al entrar a la Preparatoria, no han sido nunca olvidados por sus discípulos”.41

Es casi seguro que sin la preparación intelectual previa que Barreda lograra en las juventudes de su tiempo, dentro de un concepto objetivo para apreciar las cosas y los hechos, no hubiera sido posible adelantar —aun sin descontar los graves problemas que México tuvo en cuanto a su cultura en relación a la masa de su pueblo—  las etapas sociales como lo ha hecho este país. Por eso sólo, Gabino Barreda, maestro del positivismo mexicano, tiene su puesto entre los grandes educadores constructores que América señala y reverencia.

Notas

1  G. Barreda, “Carta dirigida a D. Mariano Riva Palacio...”, Revista Positiva, T.I, No. 6, junio de 1906, pág. 206.

Op. cit., pág. 207.

3  Op. cit., pág. 208.

4  Op. cit., pág. 210.

Op. cit., pág. 209.

6  Op. cit., pág. 228.

7  Op. cit., pág. 228.

8  G. Barreda, “Instrucción Pública”,  Revista Positiva, T.I, No. 7, julio de 1901, pág. 286.

9  G. Barreda, “Carta dirigida a D. Mariana Riva Palacio...”, pág. 210.

10  Op. cit., pág. 212.

11  Op. cit., pág. 212.

12  Op. cit., pág. 213.

13  Op. cit., pág. 214.

14  Op. cit., pág. 215.

15  Op. cit., pág. 240.

16  Op. cit., pág. 238.

17  Op. cit., pág. 239.

18  G. Barreda, “Instrucción Pública”, pág. 292.

19  Op. cit., pág. 292

20  G. Barreda, “Algunas ideas sobre Instrucción Pública”, pág. 457.

21  Op. cit., pág. 464.

22  Op. cit., pág. 470.

23  Op. cit., pág. 470.

24  Op. cit., pág. 471.

25  Op. cit., pág. 473 y 474.

26  Op. cit., pág. 474.

27  Op. cit., pág. 474.

28  Op. cit., pág. 475.

29  Op. cit., pág. 475.

30  Op. cit., pág. 477.

31  Op. cit., pág. 277.

32  Op. cit., pág. de 478 a 481.

33  Op. cit., pág. de 481 a 488.

34  G. Barreda, “Carta dirigida a D. Mariano Riva Palacio...”, pág. 255.

35  Op. cit., pág. 236.

36  A. Aragón, “Discurso sobre G. Barreda”,  Revista Positiva, T.I, No. 2, febrero de 1901, pág. 110.

37 T. García, “La influencia de Barreda”, Revista Positiva, T.I, No. 2, febrero de 1901, pág. 68.

38 G. Barreda, Oración Cívica..., pág. 318.

39 Justo Sierra, Discursos, México, 1919, pág. 8.

40 Op. cit., pág. 21.

41 A. Aragón, “Discurso sobre G. Barreda”, pág. 113.

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