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Correo del Maestro Núm. 78, noviembre 2002

La glucosa y el rendimiento deportivo

 

 

Tres rivales y un misterio.

Las lenguas periféricas de Iberia

                                                                 

Adolfo Hernández Muñoz

 

 

Alfonso X, el Sabio.
Diccionario enciclopédico Larousse,Edt.
Larousse,México,1995

El siglo XI y la primera mitad del XII fueron un parteaguas en el habla de la península donde, entre el incesante parloteo de los dialectos (el mozárabe, un incipiente castellano, gallego, leonés, navarro-aragonés y catalán y en declive las obras latinas), el mapa lingüístico que quedará integrado por tres rivales y un misterio, se auspició —siglos XI, XII y XIII— con la aparición de los fueros municipales (privilegios y exenciones en torno a la autonomía local, régimen municipal y el derecho penal y procesal). Pero habremos de ir por partes.1

     Es la España de Alfonso VII (1105–1157), rey de León y de Castilla (de 1126-1157), hijo de la reina Urraca y del conde Ramón de Borgoña. Hubo líos dinásticos en los que no penetraremos, pero es un hecho que en 1134 se convirtió en el monarca hegemónico de la península, de tal suerte que en 1135 se hizo coronar emperador, con la asistencia de sus influyentes vasallos García Ramírez, de Navarra; Ramón Berenguer, de Barcelona; Alonso Jordán, de Tolosa, amén de otros barones más débiles. Finalmente, la independencia de Portugal y la unión de Cataluña y Aragón acabaron con su política imperial. A su muerte, el reino se dividió entre sus hijos; uno, Sancho, recibió Castilla y el otro, Fernando, heredó León. Pero lo que cabe destacar de este monarca es su afán cultural, que posteriormente llevaría a cimas perduAlfonso X, el Sabiorables el otro Alfonso, llamado el Sabio. De esta suerte, de la mano del eminente medievalista Valdavellano2 diremos que la España de Alfonso VII se caracterizó también por un renacer de la cultura hispano-cristiana en la primera mitad del siglo XII, que se acentuó en los años siguientes hasta remontar el vuelo iniciado y alcanzar en el siglo XIII las cumbres que van a representar, sobre todo, Raimundo Lulio y el mencionado Alfonso, el Sabio...

 ...los cuales no emplearán ya la lengua latina como medio de expresión de sus escritos filosóficos, astronómicos, históricos o jurídicos, sino las hablas vulgares que se han desarrollado en sus países respectivos: los romances catalán y castellano, aptos ya para expresar todos los matices del pensamiento.

 

 

Luis de Camoens, el Épico.
http://www.spanish-books.net/literature/epicaculta.htm

 

  Y ahora, un breve viaje por las lenguas periféricas que cubren las costas ibéricas. El catalán es una más de las que surgieron a la caída del Imperio Romano, a lo que contribuyó la entrada islámica, la invasión de los pueblos del norte y, finalmente, la influencia carolingia, fundamental para el desarrollo de Cataluña. Los estudiosos convienen en que la lengua catalana se mantiene más fiel a su origen latino y conserva formas ya superadas por sus vecinos, el francés y el español. Su penetración en España, hasta el río Guadiana, cubre las provincias de Gerona, Barcelona, Tarragona y Lérida, las Islas Baleares y toda la zona valenciana (con sus variantes dialectales). También la franja oriental de las provincias aragonesas; el Principado de Andorra (donde es lengua oficial); la frontera francesa, en especial los Pirineos orientales y, finalmente, la ciudad de Alguer, en la isla de Cerdeña (en este último, se habla de influencias lógicas del italiano y de los dialectos sardos). De esta lengua conservamos de los siglos XI y XII las Homilías de Organyá, y este romance tendrá en el siglo XIII su primera manifestación literaria en la Crónica del rey Jaime I. Posteriormente habrá una rica aportación en la época caballeresca, cuando el Cid se oye en las gestas castellanas.3

     Siguiendo la geografía ibérica, tras la zona andaluza dominada por el español y graciosas inflexiones que los naturales aportan, llegamos a las costas atlánticas con la presencia portuguesa. En breve referencia histórica diremos que, allá por los años 850, Alfonso III de Asturias y Fernando de Castilla conquistaron la zona de Oporto y las regiones del Duero y el Mondego. En el siglo IX las tierras de Braga y el Vouga, que recibieron el nombre de Terra portucalensis. Finalmente, en 1064 y tras años de cabildeos, Enrique de Borgoña (1109) se declaró independiente.4

     Su idioma, muy emparentado con el gallego, es lengua arcaizante, pero que como es oficial ha mantenido un rico patrón lingüístico que ha derivado en un río de hallazgos literarios. Hace unos años ha recibido un Nobel de Literatura. Su presencia en Brasil, África, Asia y Oceanía (Timor y Macao) la hacen lengua dominante. Hay que recordar a Camoens, el Cervantes portugués.

    

Remontando la geografía lusitana, llegamos a Galicia cuya lengua tiene la rara distinción de ser ‘la madre’ del portugues. Los documentos más antiguos del idioma atestiguan que son las Cantigas de Alfonso X el Sabio. Por cierto, las llamadas cantigas galaicoportuguesas difundidas desde Santiago son una de las más tempranas muestras de la poesía lírica peninsular e impusieron un patrón en su forma lingüística sobre los trovadores de otras regiones españolas de habla no gallega. La mayor parte de estas composiciones profanas se conservan a través de tres códices mayores: el Cancionero de Ajuda (De mediados del siglo XIV), el Cancionero da Vaticana (de finales del siglo XV) y el Cancionero Colocci-Brancuti, el más extenso de los tres, conocido también como Cancioneiro de la Biblioteca Nacional de Lisboa (del siglo XVI). Del riquísimo acervo gallego destacan las cantigas marianas del rey Alfonso X, el Sabio, reunidas bajo el título de Cantigas de Santa María (siglo XIII). Todo un florecimiento del idioma.

     Y de esta guisa, llegamos al misterio del vascuence. El poblamiento del área se remonta al paleolítico y comprende desde los valles de Navarra hasta los de Cantabria. Su historia es una crónica bronca. Sus pobladores lucharon contra musulmanes, visigodos y francos. El ducado de Vasconia dio lugar al reino de Navarra. Hubo contactos perdurables con los castellanos y con sus contradicciones, que durante el siglo XIX generaron las sangrientas guerras carlistas. Con Sabino Arana surge el nacionalismo vasco y sus múltiples vicisitudes que llegan hasta nuestros días. Por otra parte, la extraña, casi misteriosa historia de su idioma: el vascuence o vasco es una de las lenguas prerromanas que perdura; de hecho, es la única superviviente. Los estudiosos han tropezado con barreras casi infranqueables con las lenguas que la circundan. A pesar de la supuesta relación con lenguas caucásicas, suele aparecer como independiente de estas lejanas relaciones; de la misma manera, tampoco ha podido establecerse un nexo con las antiguas hablas ibéricas. Con la amplia autonomía eusquera, el idioma ha sido reconstruido, pero lo hablan apenas medio millón. Por otra parte, el español constituye la espina vertebral idiomática de la sociedad vasca. El eusquera es un idioma misterioso, con poca identidad, frente a la intensa presión política y cultural del castellano, convertido en pujante español.

     De esta manera finalizamos un breve recorrido por las costas ibéricas con la llegada a la vertiente cantábrica y al País Vasco, conformado por las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, que tienen por capital a Vitoria. La producción industrial, siderúrgica, la construcción naval y la producción de equipos han generado un acrecentado bienestar, enturbiado por los radicales nacionalismos repudiados en toda España.

     Estas son, en pocas palabras, las rivales del español que, pujante, señorea la mayor parte de la península y queda bautizado como lengua nacional.

 

Notas

1 Luis García Valdeavellano,  La España medieval (Fueros municipales del siglo XII) págs. 957, 58, 60, 19522
2 Op. cit.,  págs. 957.
3 Menéndez Pidal, Ramón La epopeya castellana a través de la literatura española, Buenos Aires, 1945. Notas de la enciclopedias Salvat y Larousse, Ed. Planeta.
4 Notas tomadas de textos de Enciclopedia Larousse, A. Millares Carlo: “La cancillería real en León y Castilla”, 1926 AHDE.

 

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