Corrían los cincuentas del pasado siglo xx cuando comencé
a interesarme por lograr una fórmula que resumiese los requisitos
básicos de cualquier tipo de relaciones humanas, independientemente
de la sencillez o complejidad de las situaciones locucionales,
en las que dos son los principales factores: el número
y la autoridad de las partes que emprenden la relación.
El caso más simple es el de dos personas de más o menos el mismo nivel. Ejemplos:
a) la asociación en comandita entre un capitalista y un
industrial; b) un noviazgo, en el que frecuentemente se
hace caso omiso de las condiciones económicas de los que
se comprometen; c) dos jugadores se enfrentan en un concurso
de ajedrez.
El caso anterior se complica cuando uno de los interlocutores es patentemente
superior. Ejemplos: el médico y el paciente; el confesor
y el o la penitente; el amo y el criado; la madre y la hija,
y cualquier tipo de relación jerárgica, sea militar o burocrática,
o moral (buenas costumbres, etiqueta, protocolo), por saber,
edad o sexo.
El segundo caso es el que se da entre una persona y un grupo, más o menos numeroso.
Situaciones de este tipo son frecuentes: profesor y alumnos
en un nivel más clásico, maestro y discípulos;
el sacerdote en el púlpito y los feligreses asistentes al
sermón; el tribuno (orador político) y quienes deban (en
un parlamento) o quieran (en el mitin) escucharlo; cualquier
confereciante y sus oyentes, y hasta el merolico y los curiosos
que haya conseguido atraer.
El tercer caso, que es el de grupo ante grupo, tiene pocas posibilidades de
interlocución directa. En un espectáculoen recinto
cerrado o abierto, sea dramático, de ópera, de danza,
de orfeón (coros), el público tiene pocos recursos de respuesta:
aplausos, silbidos, gritos aprobatorios o de reproche; ovación
o bronca. Esas mismas posibilidades se ofrecen, por ejemplo,
en los desfiles, bien sean civiles (carnavalescos) o militares,
y aun quedan considerablemente restringidos en una procesión
religiosa, a la cual se suele guardar respeto.
Donde se hace exasperante la imposibilidad de protesta es en las llamadas marchas
o en los plantones, esas manifestaciones tumultuarias,
prepotentes, escarnecedoras, que, por justa o fundada que
sea la razón de su mensaje, está envuelta en la sinrazón
del atropello a los derechos ciudadanos de libre tránsito.
Sean cuales sean las condiciones locucionales hasta aquí
descritas, los requisitos básicos de cualquier tipo de relación
humana son cuatro, y da la casualidad de que las iniciales
de sus nombres son aes: aceptación, afectación,
atención y aliciente.
Dos futuros socios investigan minuciosamente los méritos de probidad, de competencia,
de solvencia económica y de estatus del prospecto, antes
de convenir en los términos de su asociación, esto es, antes
de aceptarse. Y lo mismo para, antes de firmar un
acta matrimonial o presentarse ante el ministro en el altar,
durante el noviazgo, los recíprocos pretendientes a esponsales
o nupcias se tratan para conocer los valores morales, físicos
y sociales de sus mutuos pretensos. Sólo después aceptarán
el rito, sea civil o religioso (o ambos) que formalizará
su empresa familiar.
Ahora se presenta otra posibilidad: La de que nazca un hijo con deformaciones:
aquí sí que no hay de otra, ¡se tiene que aceptar!,
como se aceptan de buen grado los vástagos normales, y estos,
al crecer, deben aceptar la razonable autoridad de sus progenitores.
Mucho menos forzosa, pero también imprevisible resulta la relación profesor-alumnos,
que han de compartir el aula o el laboratorio (o las experiencias
de campo) durante cuando menos un semestre. Ni el docente
prevé, de cierto, la composición del grupo que le va a tocar,
ni los discentes tienen muchas opciones para elegir al que
ocupará la cátedra o dirigirá sus actividades experimentales.
La aceptación en ambos sentidos: grupo-profesor y viceversa,
también requerirá cierto grado de condescendencia.
La relación de grupo-grupo, ejemplificada de suso como caso tercero, ofrece
muchas posibilidades de elección, por lo que la aceptación,
por ejemplo, de una representación teatral, por lo regular
está otorgada desde el momento en que se adquiere el boleto
para asistir a ella.
El segundo requisito de la fórmula de las cuatro aes viene siendo la
afectación: es decir, que todo cuanto a la empresa
en el sentido de que causa en ella un beneficio o
un trastorno afecta en la misma medida, o proporcionalmente,
a sus integrantes, por lo cual éstos deben abstenerse de
acciones, particulares o colectivas, que puedan influir
en detrimento de la colectividad, y, antes bien, procurar
los quehaceres que favorezcan a la prosperidad del negocio.
A cuya óptima marcha habrán de dedicar su más aplicada atención, tercer requisito
de la fórmula que se postula.
Atender (etimológicamente: tender a) es consagrar el entendimiento
al objeto, sensible o espiritual, que se está tratando.
En la atención hay tensión y ésta no admite distinción o
distracción, sino continua y constante asistencia, ayuda
y apoyo. Quizás esta a sea la más necesaria en cualquier
relación humana.
Nos queda la cuarta a de la fórmula, la a de aliciente:
de muy poco servirá aceptar una relación y ser más
o menos afectado por ella o ejercer sobre ella cierto
influjo, y aun dedicarle la debida atención,
si no progresa, si no prospera, si se mantiene estática.
Lo único que puede inyectar estímulo a cualquier relación humana es su
sinónimo, el aliciente, ese incentivo que
impulsa a la voluntad por buscar, hallar y poner en práctica
medidas de optimización; ese acicate que apremia
hacia el perfeccionamiento. Sin él, la empresa se estanca
y sucumbe; sin frutos, los hijos, la familia declina y las
especies desaparecen.
Cuando una relación reúne y concierta estos cuatro requisitos, estas, por su
interacción, mágicas aes, puede tener la seguridad
de su trascendencia, en el espacio (globalización)
y en el tiempo. Pueden morir sus fundadores: sólo por poner
un ejemplo, ahí está la fábrica de automóviles Ford, ¡cuántos
años después de la desaparición de mi tocayo Henry, su creador!
Ante esta evidencia, cómo me gustaría que la síntesis de mis cuatro aes,
minúsculas en su calidad de nombres comunes, fuese una quinta
A, ésta mayúscula, por la inmensa significación de
su contenido, la A de AMOR.
Plugiérame también, y sumamente, que su etimología fuera que, para mi
delusión, no lo es del griego a privativa
y del latín mors, muerte, para
que su sentido fuera el de INMORTALIDAD, como el de la ambrosía,
el alimento que garantiza la suya a los dioses del Olimpo.
Este artículo es un resumen, muy sucinto, de una de las primeras clases que
imparto en mi curso de Lingüística Trastextual en la escuela
de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y
en la Unidad Cultural Jaime Torres Bodet, del Instituto
Politécnico Nacional.