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Correo del Maestro Núm. 73, junio 2002

Las cuatro... ¿o cinco?.. aes de las relaciones humanas

Arrigo Coen Anitúa

Corrían los cincuentas del pasado siglo xx cuando comencé a interesarme por lograr una fórmula que resumiese los requisitos básicos de cualquier tipo de relaciones humanas, independientemente de la sencillez o complejidad de las situaciones locucionales, en las que dos son los principales factores: el número y la autoridad de las partes que emprenden la relación.

El caso más simple es el de dos personas de más o menos el mismo nivel. Ejemplos: a) la asociación en comandita entre un capitalista y un industrial; b) un noviazgo, en el que frecuentemente se hace caso omiso de las condiciones económicas de los que se comprometen; c) dos jugadores se enfrentan en un concurso de ajedrez.

El caso anterior se complica cuando uno de los interlocutores es patentemente superior. Ejemplos: el médico y el paciente; el confesor y el o la penitente; el amo y el criado; la madre y la hija, y cualquier tipo de relación jerárgica, sea militar o burocrática, o moral (buenas costumbres, etiqueta, protocolo), por saber, edad o sexo.

El segundo caso es el que se da entre una persona y un grupo, más o menos numeroso. Situaciones de este tipo son frecuentes: profesor y alumnos —en un nivel más clásico, maestro y discípulos—; el sacerdote en el púlpito y los feligreses asistentes al sermón; el tribuno (orador político) y quienes deban (en un parlamento) o quieran (en el mitin) escucharlo; cualquier confereciante y sus oyentes, y hasta el merolico y los curiosos que haya conseguido atraer.

El tercer caso, que es el de grupo ante grupo, tiene pocas posibilidades de interlocución directa. En un espectáculo—en recinto cerrado o abierto—, sea dramático, de ópera, de danza, de orfeón (coros), el público tiene pocos recursos de respuesta: aplausos, silbidos, gritos aprobatorios o de reproche; ovación o bronca. Esas mismas posibilidades se ofrecen, por ejemplo, en los desfiles, bien sean civiles (carnavalescos) o militares, y aun quedan considerablemente restringidos en una procesión religiosa, a la cual se suele guardar respeto.

Donde se hace exasperante la imposibilidad de protesta es en las llamadas marchas o en los plantones, esas manifestaciones tumultuarias, prepotentes, escarnecedoras, que, por justa o fundada que sea la razón de su mensaje, está envuelta en la sinrazón del atropello a los derechos ciudadanos de libre tránsito. Sean cuales sean las condiciones locucionales hasta aquí descritas, los requisitos básicos de cualquier tipo de relación humana son cuatro, y da la casualidad de que las iniciales de sus nombres son aes: aceptación, afectación, atención y aliciente.

Dos futuros socios investigan minuciosamente los méritos de probidad, de competencia, de solvencia económica y de estatus del prospecto, antes de convenir en los términos de su asociación, esto es, antes de aceptarse. Y lo mismo para, antes de firmar un acta matrimonial o presentarse ante el ministro en el altar, durante el noviazgo, los recíprocos pretendientes a esponsales o nupcias se tratan para conocer los valores morales, físicos y sociales de sus mutuos pretensos. Sólo después aceptarán el rito, sea civil o religioso (o ambos) que formalizará su empresa familiar.

Ahora se presenta otra posibilidad: La de que nazca un hijo con deformaciones: aquí sí que “no hay de otra”, ¡se tiene que aceptar!, como se aceptan de buen grado los vástagos normales, y estos, al crecer, deben aceptar la razonable autoridad de sus progenitores.

Mucho menos forzosa, pero también imprevisible resulta la relación profesor-alumnos, que han de compartir el aula o el laboratorio (o las experiencias de campo) durante cuando menos un semestre. Ni el docente prevé, de cierto, la composición del grupo que le va a tocar, ni los discentes tienen muchas opciones para elegir al que ocupará la cátedra o dirigirá sus actividades experimentales. La aceptación en ambos sentidos: grupo-profesor y viceversa, también requerirá cierto grado de condescendencia.

La relación de grupo-grupo, ejemplificada de suso como caso tercero, ofrece muchas posibilidades de elección, por lo que la aceptación, por ejemplo, de una representación teatral, por lo regular está otorgada desde el momento en que se adquiere el boleto para asistir a ella.

El segundo requisito de la fórmula de las cuatro aes viene siendo la afectación: es decir, que todo cuanto a la empresa —en el sentido de que causa en ella un beneficio o un trastorno— afecta en la misma medida, o proporcionalmente, a sus integrantes, por lo cual éstos deben abstenerse de acciones, particulares o colectivas, que puedan influir en detrimento de la colectividad, y, antes bien, procurar los quehaceres que favorezcan a la prosperidad del negocio.

A cuya óptima marcha habrán de dedicar su más aplicada atención, tercer requisito de la fórmula que se postula.

Atender (etimológicamente: ‘tender a’) es ‘consagrar el entendimiento al objeto, sensible o espiritual, que se está tratando’. En la atención hay tensión y ésta no admite distinción o distracción, sino continua y constante asistencia, ayuda y apoyo. Quizás esta a sea la más necesaria en cualquier relación humana.

Nos queda la cuarta a de la fórmula, la a de aliciente: de muy poco servirá aceptar una relación y ser más o menos afectado por ella o ejercer sobre ella cierto influjo, y aun dedicarle la debida atención, si no progresa, si no prospera, si se mantiene estática.

Lo único que puede inyectar estímulo a cualquier relación humana es su sinónimo, el aliciente, ese incentivo que impulsa a la voluntad por buscar, hallar y poner en práctica medidas de optimización; ese acicate que apremia hacia el perfeccionamiento. Sin él, la empresa se estanca y sucumbe; sin frutos, los hijos, la familia declina y las especies desaparecen.

Cuando una relación reúne y concierta estos cuatro requisitos, estas, por su interacción, mágicas aes, puede tener la seguridad de su trascendencia, en el espacio (globalización) y en el tiempo. Pueden morir sus fundadores: sólo por poner un ejemplo, ahí está la fábrica de automóviles Ford, ¡cuántos años después de la desaparición de mi tocayo Henry, su creador!

Ante esta evidencia, cómo me gustaría que la síntesis de mis cuatro aes, minúsculas en su calidad de nombres comunes, fuese una quinta A, ésta mayúscula, por la inmensa significación de su contenido, la A de AMOR.

Plugiérame también, y sumamente, que su etimología fuera —que, para mi delusión, no lo es— “del griego a privativa y del latín mors, ‘muerte’”, para que su sentido fuera el de INMORTALIDAD, como el de la ambrosía, el alimento que garantiza la suya a los dioses del Olimpo.

Este artículo es un resumen, muy sucinto, de una de las primeras clases que imparto en mi curso de Lingüística Trastextual en la escuela de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y en la Unidad Cultural Jaime Torres Bodet, del Instituto Politécnico Nacional.

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