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Correo del Maestro Núm. 73, junio 2002

Los primeros pasos de Don Juan (Tirso de Molina, 1571-1648)*

Adolfo Hernández Muñoz

Tirso de Molina es el pseudónimo del dramaturgo español fray Gabriel Téllez, hombre lleno de “ingenio y desdichas”, según él mismo dice en una de sus celebradas obras. Vastísima fue la producción literaria de fray Gabriel Tellez, iniciada en 1606. Entre las desdichas que dice haber padecido Tirso, cabe mencionar que los datos que nos han llegado son encontrados y no todos ellos fundados. Uno de sus estudiosos, doña Blanca de los Ríos, intenta defender que era hijo natural del duque de Osuna. Nada se sabe de cierto aunque llama la atención la acritud con que trata la liviana conducta de las personas de la alta sociedad de la época. No obstante cabe destacar que gozó de esmerada educación, estudió en la Universidad de Alcalá y, con cierta amargura, se volvió teólogo de renombre. En 1600, sus inclinaciones religiosas lo envían como novicio (cerca de los 30 años) al convento de la orden de Merced de Guadalajara, donde un año más tarde profesaría sus votos solemnes. Pasa por varios conventos hasta que en 1616, cuando se encuentra en Sevilla, embarca para la isla de Santo Domingo, en la cual explicará tres cursos de teología. Todo ello lo conducirá, vuelto a España, en un amplio acervo de recuerdos y en recomendar los viajes acerca de los que dice: “no merece el nombre de hombre quien permanece encerrado en su país e ignora a las demás gentes”.

Tirso de Molina (1571-1648). Pintura anónima.
Biblioteca nacional de Madrid.

A pesar de ello, Tirso no sale del ambito nacional, pero su incisiva visión le sirve para volverse el “costumbrista más notable de entre nuestros damaturgos”.

Viaja mucho por el país y alterna con gente de resonancia; se hace muy amigo de Lope de Vega, a quien conoce en la Academia Poética fundada por el humanista Juan Francisco de Medrano. De Lope dirá en alguna ocasión “…ha elevado la comedia a tal punto de perfección y sutileza que puede formar escuela por sí sola; y nosotros, los que nos consideramos sus discípulos, tenemos que defender su doctrina contra sus adversarios apasionados”.

Se le atribuyen más de 300 obras y se sabe de algunas más perdidas, pero con el material salvado constituye uno de los pies del trípode glorioso del teatro de oro español, junto con ‘el monstruo’ Lope y el inmortal Calderón.

http://faculty-staff.ou.edu/L/A-Robert.
R.Lauer-1/BIBTIRSO.html

Sufrió las censuras de la Iglesia, producto de malquerientes. En efecto, tras la publicación de su renombrado libro misceláneo Cigarrales de Toledo (1621) que incluye prosa, verso y teatro, una junta de reformación lo desterró de la corte (alrededor de 1626) por atentar contra la moral. No obstante, pudo remontar sinsabores y en 1631 imprimió carácter religioso a Deleitar aprovechando, una mezcla de historias piadosas, poesía devota y autos sacramentales; su aparición, en 1635, años más tarde de que fuera nombrado cronista oficial de la Orden a la que tres años después dedicó una Historia general de la Orden de la Merced. A pesar de estas labores, recibió nuevas críticas que le valieron nuevos destierros. Y aunque vivió sus últimos años en Soria (como prior) y en Almazán, su gloria se debe a su talento y fecundidad. Los analistas indican que aunque no tuviera un genio burbujeante y desordenado como su llamado maestro Lope, superó a éste en sutileza y disciplina intelectual; dominó la intriga con una estructura cuidadosa y, a decir de los eruditos, crea el puente entre la comedia lopesca y el intrincado desarrollo que alcanzaría Calderón de la Barca.

Volviendo a Cigarrales de Toledo, estamos ante una obra en prosa, derivada del Decamerón y de las novelas (tipo italiano) que agrupan varias historias narradas por damas y caballeros reunidos en un cigarral cercano a Toledo. Su inspiración toma rutas variadas, con personajes de un talante un tanto maniqueo, es decir, impulsivos o hipócritas, sin medias tintas. Es muy conocido sobre todo por varias obras: El condenado por desconfiado, en la que planteó con enfoque ortodoxo el tema teológico de la predestinación. Se trata de una poema dramático intenso (véase Siglo de Oro: Teatro; de Duncan Moir, editorial Ariel) y conmovedor destinado a apartar a los seglares de los misterios de una preocupación morbosa por unos misterios impenetrables, orientándoles hacia la práctica de un sano cristianismo. Es, por encima de todo, una obra sobre la vida y la muerte desde el punto de vista de la práctica religiosa.

El condenado por desconfiado tiene dos protagonistas y dos intrigas entrelazadas de igual importancia temática y tiende a provocar la reflexión sobre la naturaleza de la verdadera devoción. Quizás Tirso con esta obra quiso demostrar la profundidad teológica de su saber a tal punto que algunos investigadores dudan que su autor sea el célebre Fray Gabriel Téllez. Entre sus cuatrocientas comedias destacan unas sesenta publicadas entre 1627 y 1636, algunas de las cuales mencionaremos a vuela pluma; así: (escenarios históricos) La prudencia de la mujer, Las quinas de Portugal (hagiografía), La venganza de Tamar (sobre los amores incestuosos de Ammón, primogénito del rey David, y su hermanastra Tamar), La espigadera, Santa Juana.

www.spanish-books.net/literature/tmolar.htm

Ofrecen mucha  materia en el teatro de Tirso las costumbres relajadas de sus contemporáneos, donde encontramos secreto agravio acerca del dudoso origen de fray Gabriel Téllez. Particular interés ofrecen las comedias de enredos, en las que fue ducho Tirso, de las que cabe mencionar El vergonzoso en palacio (un pastor, Mireno, siente un deseo instintivo de llevar una vida noble y debido a un afortunado incidente es detenido cuando lleva las ropas del secretario de un duque. En el palacio ducal dice llamarse Don Dionís, y la hija del duque, que se ha enamorado de él, convence a su padre para que le devuelva la libertad y le nombre secretario de ella. Con diversos ardides, la hija del duque consigue persuadir a un escamado joven de que está enamorada de él. Todo acaba como miel sobre hojuelas. La protagonista se declara astutamente en sueños a su tímido galán).

Muchos temas y todos delineados con ingenio tiene Tirso de Molina, pero tendremos que detenernos en El burlador de Sevilla, donde se combinan elementos del drama religioso, la comedia de capa y espada y (nuevamente) la satírica de costumbres relativas a clases elevadas. Todo confluye en la figura de Don Juan, cuyo desordenado erotismo le enfrenta moralmente a la sociedad, haciéndole acreedor al castigo divino. Así pues, El burlador de Sevilla es la principal fuente de una tradición literaria internacional: la del mito de Don Juan, a la que pertenecen numerosas obras de gran altura, a menudo muy diferentes, desde la España del siglo XVII hasta la Inglaterra (véanse estudios de Georges Gendarme de Bévotte,Weinstein y E.W. Hesse, citados en el ensayo del profesor Duncan Moir, de la Universidad de  Cambridge). En efecto, El burlador de Sevilla no fue la primera obra que se escribió sobre Don Juan. El burlador se imprimió en el siglo XVII como obra de Tirso, pero es de asombrarse que no figura en ninguno de los libros que él mismo publicó.

Asimismo, se habla de similitudes con otra atribuida a Calderón, pero la mayor parte de los expertos convienen en que tiene el brillo y la elocuencia de Tirso y así ha quedado la cosa. ¿Qué es El burlador de Sevilla? Arrogante y desaprensivo, Don Juan Tenorio sorprende a diversas mujeres con engaños y astucias cobardes. Es hijo del privado del rey de España y sobrino del embajador español en Nápoles y también tramposo, arrogante y necio. Tras seducir a las damas, las engaña con falsas promesas de matrimonio; en el caso de Doña Ana de Ulloa incluso mata al padre de ella, Don Gonzalo, y pasado un tiempo, cuando visita la tumba de éste, le tira de la barba y lo invita a cenar en su compañía. La estatua acude a la cita, y a su término le invita a su vez a cenar en la capilla.

Don Juan acude a la iglesia donde está sepultado Don Gonzalo y tras una comida compuesta de alacranes, víboras y hiel, la estatua toma la mano de Don Juan y ambos se hunden en el infierno. El rey de España pone ‘orden’ en la sociedad casando a las víctimas de Don Juan con parejas adecuadas. Se ha dicho que El burlador es un drama en el que el edificio de la sociedad humana se muestra débil y sucio. Wilson la considera una grandiosa e impresionante tragedia social. Finalmente, la exitosa versión de Don Juan Tenorio, de Zorrilla, ha inmortalizado al personaje en todo el mundo.

La incansable pluma de Tirso penetra, con temeridad, en la ligereza de la vida monástica (que debió producirle algunos sinsabores) en La elección por la virtud, compuesta por 1622. Por esos tiempos tuvo acervas críticas de la Iglesia que nuestro dramaturgo capeó con fortuna. En esa época nuestro inspirado escritor da a luz una obra ingeniosa, divertida e intencionada: Don Gil de las calzas verdes. Escribió, además, La prudencia en la mujer, drama histórico centrado en las figuras de Fernando IV, el Emplazado, y la reina madre, doña María de Molina; hay algunas costumbristas que saborearon los ‘corrales’ de Madrid como: Los balcones de Madrid; Bellaco sois, Gómez; El honroso atrevimiento; El celoso prudente y algunos autos sacramentales para estar a bien con la Iglesia.

Tirso se quejó del pronto olvido de algunas de sus obras dramáticas. Tuvo razón a medias. Su obra fue relegada al polvo, pero revivió en el siglo xix, merced a los estudios de Dionisio Solís, Agustín Durán y Juan Eugenio Hartzembusch.

Fue precisamente Hartzembush quien hizo, por su dedicación a la literatura que le valió su entrada en la Real Academia Española, el descubrimiento de los clásicos, con Tirso de Molina a la cabeza, e incluso su drama Los Amantes de Teruel (1837) retoma un tema del que el propio Tirso había escrito.

Tirso, con Lope y Calderón y algunos otros autores como Alarcón representa el gran aliento, con Cervantes al frente, que el Siglo de Oro ofreció en el ámbito español a la cultura europea. Poco faltaba para que apareciera Quevedo.

Obras como El vergonzoso en Palacio, La villana de Vallecas y sobre todo la diabólica presencia de Don Juan aseguran la permanencia de fray Téllez, es decir un Tirso con ingenio y desdichas, pero también con talento y penetración, inmortal en el constumbrismo que aseguran para el dramaturgo permanencia en las candilejas del mejor teatro castellano.

*   Este ensayo forma parte de la serie El castellano: acerca de sus venturas y desventuras, que dio inicio en el número 59 y que en números posteriores será continuada.

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