Tirso de Molina es el pseudónimo del dramaturgo español
fray Gabriel Téllez, hombre lleno de ingenio y desdichas,
según él mismo dice en una de sus celebradas obras. Vastísima
fue la producción literaria de fray Gabriel Tellez, iniciada
en 1606. Entre las desdichas que dice haber padecido Tirso,
cabe mencionar que los datos que nos han llegado son encontrados
y no todos ellos fundados. Uno de sus estudiosos, doña Blanca
de los Ríos, intenta defender que era hijo natural del duque
de Osuna. Nada se sabe de cierto aunque llama la atención
la acritud con que trata la liviana conducta de las personas
de la alta sociedad de la época. No obstante cabe destacar
que gozó de esmerada educación, estudió en la Universidad
de Alcalá y, con cierta amargura, se volvió teólogo de renombre.
En 1600, sus inclinaciones religiosas lo envían como novicio
(cerca de los 30 años) al convento de la orden de Merced
de Guadalajara, donde un año más tarde profesaría sus votos
solemnes. Pasa por varios conventos hasta que en 1616, cuando
se encuentra en Sevilla, embarca para la isla de Santo Domingo,
en la cual explicará tres cursos de teología. Todo ello
lo conducirá, vuelto a España, en un amplio acervo de recuerdos
y en recomendar los viajes acerca de los que dice: no
merece el nombre de hombre quien permanece encerrado en
su país e ignora a las demás gentes.
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Tirso de Molina (1571-1648). Pintura
anónima.
Biblioteca nacional de Madrid. |
A pesar de ello, Tirso no sale del ambito nacional, pero
su incisiva visión le sirve para volverse el costumbrista
más notable de entre nuestros damaturgos.
Viaja mucho por el país y alterna con gente de resonancia;
se hace muy amigo de Lope de Vega, a quien conoce en la
Academia Poética fundada por el humanista Juan Francisco
de Medrano. De Lope dirá en alguna ocasión
ha
elevado la comedia a tal punto de perfección y sutileza
que puede formar escuela por sí sola; y nosotros, los que
nos consideramos sus discípulos, tenemos que defender su
doctrina contra sus adversarios apasionados.
Se le atribuyen
más de 300 obras y se sabe de algunas más perdidas, pero
con el material salvado constituye uno de los pies del trípode
glorioso del teatro de oro español, junto con el monstruo
Lope y el inmortal Calderón.
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http://faculty-staff.ou.edu/L/A-Robert.
R.Lauer-1/BIBTIRSO.html |
Sufrió las
censuras de la Iglesia, producto de malquerientes. En efecto,
tras la publicación de su renombrado libro misceláneo Cigarrales
de Toledo (1621) que incluye prosa, verso y teatro,
una junta de reformación lo desterró de la corte (alrededor
de 1626) por atentar contra la moral. No obstante, pudo
remontar sinsabores y en 1631 imprimió carácter religioso
a Deleitar aprovechando, una mezcla de historias
piadosas, poesía devota y autos sacramentales; su aparición,
en 1635, años más tarde de que fuera nombrado cronista oficial
de la Orden a la que tres años después dedicó una Historia
general de la Orden de la Merced. A pesar de estas labores,
recibió nuevas críticas que le valieron nuevos destierros.
Y aunque vivió sus últimos años en Soria (como prior) y
en Almazán, su gloria se debe a su talento y fecundidad.
Los analistas indican que aunque no tuviera un genio burbujeante
y desordenado como su llamado maestro Lope, superó a éste
en sutileza y disciplina intelectual; dominó la intriga
con una estructura cuidadosa y, a decir de los eruditos,
crea el puente entre la comedia lopesca y el intrincado
desarrollo que alcanzaría Calderón de la Barca.
Volviendo
a Cigarrales de Toledo, estamos ante una obra en
prosa, derivada del Decamerón y de las novelas (tipo
italiano) que agrupan varias historias narradas por damas
y caballeros reunidos en un cigarral cercano a Toledo. Su
inspiración toma rutas variadas, con personajes de un talante
un tanto maniqueo, es decir, impulsivos o hipócritas, sin
medias tintas. Es muy conocido sobre todo por varias obras:
El condenado por desconfiado, en la que planteó con
enfoque ortodoxo el tema teológico de la predestinación.
Se trata de una poema dramático intenso (véase Siglo
de Oro: Teatro; de Duncan Moir, editorial Ariel) y conmovedor
destinado a apartar a los seglares de los misterios de una
preocupación morbosa por unos misterios impenetrables, orientándoles
hacia la práctica de un sano cristianismo. Es, por encima
de todo, una obra sobre la vida y la muerte desde el punto
de vista de la práctica religiosa.
El condenado
por desconfiado tiene dos protagonistas y dos intrigas
entrelazadas de igual importancia temática y tiende a provocar
la reflexión sobre la naturaleza de la verdadera devoción.
Quizás Tirso con esta obra quiso demostrar la profundidad
teológica de su saber a tal punto que algunos investigadores
dudan que su autor sea el célebre Fray Gabriel Téllez. Entre
sus cuatrocientas comedias destacan unas sesenta publicadas
entre 1627 y 1636, algunas de las cuales mencionaremos a
vuela pluma; así: (escenarios históricos) La prudencia
de la mujer, Las quinas de Portugal (hagiografía), La
venganza de Tamar (sobre los amores incestuosos de Ammón,
primogénito del rey David, y su hermanastra Tamar), La
espigadera, Santa Juana.
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| www.spanish-books.net/literature/tmolar.htm |
Ofrecen
mucha materia en el teatro de Tirso las costumbres relajadas
de sus contemporáneos, donde encontramos secreto agravio
acerca del dudoso origen de fray Gabriel Téllez. Particular
interés ofrecen las comedias de enredos, en las que fue
ducho Tirso, de las que cabe mencionar El vergonzoso
en palacio (un pastor, Mireno, siente un deseo instintivo
de llevar una vida noble y debido a un afortunado incidente
es detenido cuando lleva las ropas del secretario de un
duque. En el palacio ducal dice llamarse Don Dionís, y la
hija del duque, que se ha enamorado de él, convence a su
padre para que le devuelva la libertad y le nombre secretario
de ella. Con diversos ardides, la hija del duque consigue
persuadir a un escamado joven de que está enamorada de él.
Todo acaba como miel sobre hojuelas. La protagonista se
declara astutamente en sueños a su tímido galán).
Muchos temas
y todos delineados con ingenio tiene Tirso de Molina, pero
tendremos que detenernos en El burlador de Sevilla,
donde se combinan elementos del drama religioso, la comedia
de capa y espada y (nuevamente) la satírica de costumbres
relativas a clases elevadas. Todo confluye en la figura
de Don Juan, cuyo desordenado erotismo le enfrenta moralmente
a la sociedad, haciéndole acreedor al castigo divino. Así
pues, El burlador de Sevilla es la principal fuente
de una tradición literaria internacional: la del mito de
Don Juan, a la que pertenecen numerosas obras de gran altura,
a menudo muy diferentes, desde la España del siglo XVII
hasta la Inglaterra (véanse estudios de Georges Gendarme
de Bévotte,Weinstein y E.W. Hesse, citados en el ensayo
del profesor Duncan Moir, de la Universidad de Cambridge).
En efecto, El burlador de Sevilla no fue la primera
obra que se escribió sobre Don Juan. El burlador
se imprimió en el siglo XVII como obra de Tirso, pero es
de asombrarse que no figura en ninguno de los libros que
él mismo publicó.
Asimismo,
se habla de similitudes con otra atribuida a Calderón, pero
la mayor parte de los expertos convienen en que tiene el
brillo y la elocuencia de Tirso y así ha quedado la cosa.
¿Qué es El burlador de Sevilla? Arrogante y desaprensivo,
Don Juan Tenorio sorprende a diversas mujeres con engaños
y astucias cobardes. Es hijo del privado del rey de España
y sobrino del embajador español en Nápoles y también tramposo,
arrogante y necio. Tras seducir a las damas, las engaña
con falsas promesas de matrimonio; en el caso de Doña Ana
de Ulloa incluso mata al padre de ella, Don Gonzalo, y pasado
un tiempo, cuando visita la tumba de éste, le tira de la
barba y lo invita a cenar en su compañía. La estatua acude
a la cita, y a su término le invita a su vez a cenar en
la capilla.
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Don Juan
acude a la iglesia donde está sepultado Don Gonzalo y tras
una comida compuesta de alacranes, víboras y hiel, la estatua
toma la mano de Don Juan y ambos se hunden en el infierno.
El rey de España pone orden en la sociedad casando
a las víctimas de Don Juan con parejas adecuadas. Se ha
dicho que El burlador es un drama en el que el edificio
de la sociedad humana se muestra débil y sucio. Wilson la
considera una grandiosa e impresionante tragedia social.
Finalmente, la exitosa versión de Don Juan Tenorio,
de Zorrilla, ha inmortalizado al personaje en todo el mundo.
La incansable
pluma de Tirso penetra, con temeridad, en la ligereza de
la vida monástica (que debió producirle algunos sinsabores)
en La elección por la virtud, compuesta por 1622.
Por esos tiempos tuvo acervas críticas de la Iglesia que
nuestro dramaturgo capeó con fortuna. En esa época nuestro
inspirado escritor da a luz una obra ingeniosa, divertida
e intencionada: Don Gil de las calzas verdes. Escribió,
además, La prudencia en la mujer, drama histórico
centrado en las figuras de Fernando IV, el Emplazado, y
la reina madre, doña María de Molina; hay algunas costumbristas
que saborearon los corrales de Madrid como:
Los balcones de Madrid; Bellaco sois, Gómez; El honroso
atrevimiento; El celoso prudente y algunos autos sacramentales
para estar a bien con la Iglesia.
Tirso se
quejó del pronto olvido de algunas de sus obras dramáticas.
Tuvo razón a medias. Su obra fue relegada al polvo, pero
revivió en el siglo xix, merced a los estudios de Dionisio
Solís, Agustín Durán y Juan Eugenio Hartzembusch.
Fue precisamente
Hartzembush quien hizo, por su dedicación a la literatura
que le valió su entrada en la Real Academia Española, el
descubrimiento de los clásicos, con Tirso de Molina a la
cabeza, e incluso su drama Los Amantes de Teruel
(1837) retoma un tema del que el propio Tirso había escrito.
Tirso, con
Lope y Calderón y algunos otros autores como Alarcón representa
el gran aliento, con Cervantes al frente, que el Siglo de
Oro ofreció en el ámbito español a la cultura europea. Poco
faltaba para que apareciera Quevedo.
Obras como
El vergonzoso en Palacio, La villana de Vallecas
y sobre todo la diabólica presencia de Don Juan aseguran
la permanencia de fray Téllez, es decir un Tirso con ingenio
y desdichas, pero también con talento y penetración, inmortal
en el constumbrismo que aseguran para el dramaturgo permanencia
en las candilejas del mejor teatro castellano.
* Este ensayo forma parte de la serie El
castellano: acerca de sus venturas y desventuras, que
dio inicio en el número 59 y que en números posteriores
será continuada.