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Agradecemos al maestro Cipriano Olmos habernos enviado
desde Barcelona este artículo, en el que fundamenta
la necesidad de un Proyecto Educativo y un Proyecto
Curricular para los centros de enseñanza y realiza
una propuesta de cómo hacerlos. La Administración
educativa española prescribe realizar estos proyectos,
prevé que cada centro los tenga, aunque no son de
obligado cumplimiento. Consideramos esta propuesta
útil no sólo para las instituciones educativas españolas
sino también para las de nuestro país porque propone
una práctica más reflexionada y organizada en relación
a fines educativos.
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1. Introducción
El marco
puramente teórico sobre la organización de los centros escolares,
ya sean públicos o privados, establece que son el Proyecto
Educativo (PEC) y el Proyecto Curricular (PCC) los documentos
encargados de organizar y gestionar los principios educativos
que han de presidir la acción docente.
El presente
artículo no pretende estudiar exhaustivamente cada uno de
ellos, tampoco establecer nuevas teorías sobre su misión
o apartados que han de incluir. Hay mucha bibliografía que
el profesorado puede consultar para tal efecto. Me limitaré
por tanto a recordar qué entendemos por cada uno ellos,
al tiempo que ofreceré a la comunidad educativa algunas
normas prácticas, fruto de la reflexión, para su elaboración
o revisión.
El consabido
carácter teórico de los dos proyectos ya plantea las primeras
dudas al maestro: ¿es importante hacerlos?, ¿para qué sirve
reflejar en un papel lo que después será muy complicado
llevar a la práctica?, ¿se trata sólo de un trámite burocrático
que la administración educativa exige? Muchas veces se
convierten en una faena pesada, pues se sale de la práctica
habitual del profesorado, más centrado en su tarea diaria
con los alumnos que en redactar una serie de normas e intenciones
educativas.
Aunque
como docentes podamos compartir algunos de estos planteamientos,
creo que es importante que la escuela tenga una línea bien
definida. La actividad educativa ha de estar caracterizada
por un determinado grado de intencionalidad, una serie
de objetivos por cumplir y, ¿qué mejor manera de conseguirlos
que planeando, sistematizando un esfuerzo conjunto? Probablemente
nos costará su elaboración y redacción, pero hemos de lograr
que todo ese conjunto de intenciones queden refrendadas
por escrito.
No olvidemos
que en la palabra proyecto se esconde el verdadero
dilema. No se trata de documentos que se hacen una sola
vez y basta. No se les denominaría de esa manera si incorporaran
la idea de estar acabados; más bien al contrario,
son anotaciones en continua revisión, como la propia escuela,
coma la propia sociedad, en definitiva, como la propia educación.
Habrá por tanto que buscar dentro de los mismos unos mecanismos
que faciliten su ejecución pero también su proceso de revisión
y actualización.
2. El
PEC y el PCC, ¿qué son?
Son dos
proyectos diferentes con una característica común: marcar
las líneas organizativas del centro escolar en una doble
dinámica ideológica y didáctica, respectivamente. Los dos
se complementan, los dos se necesitan, pero cada uno marca
pautas de acción diferenciadas.
El Proyecto
Educativo de Centro establece la línea ideológica por seguir.
Las pautas de organización más inmediatas quedan reflejadas
en sus componentes o anexos que detallaremos más adelante.
Su elaboración, aprobación y renovación es competencia de
toda la comunidad escolar. Padres, maestros, personal administrativo
no docente, equipo directivo, alumnos si son grandes, etc...
son los colectivos que reunidos en el denominado Consejo
Escolar le han de dar formato, agilizarlo y ejecutarlo.
El Proyecto
Curricular de Centro compete sólo a los técnicos en educación,
a los profesores. Su aprobación y elaboración es exclusiva
del Claustro. De este documento depende la metodología,
los libros de textos que se escogen, los agrupamientos que
hacemos con los alumnos, las salidas escolares, la distribución
horas/materias o asignaturas por curso y un sinfín de aspectos
que inciden directamente en la didáctica.
Cada comunidad
escolar puede optar por copiarlos o adaptarlos de otro centro
docente. Esto no sería genuino y por tanto nuestra escuela
o instituto no tendría como base una verdadera personalidad
educativa. Precisamente lo que se pretende con esos documentos
no es crear centro escolares clonados, sino que cada uno,
con base en las características de su alumnado, a las pretensiones
de los padres o del grupo de profesores que allí desarrollan
su docencia, esté dotado de una verdadera y singular idiosincrasia.
Algunas
normas prácticas generales para su realización son:
No
confundirlos es muy importante. Saber cuándo se está trabajando
en Proyecto Educativo o en alguno de sus componentes y cuándo
estamos instalados en Proyecto Curricular es básico. Este
matiz sirve sobre todo para delimitar parcelas de actuación
de los diferentes colectivos que participen.
Un
error fundamental, no cometido a veces por negligencia
teórica sino por la imperiosidad de intentar solucionar
rápidamente los posibles problemas, es redactar por ejemplo
un Reglamento de Régimen Interno o distribuir asignaturas
y cursos entre los profesores, perfilar una determinada
metodología o elegir una serie de materiales por utilizar,
sin haber discutido y consensuado previamente una verdadera
filosofía educativa que haya de impregnar el resto de acciones.
Esta característica
es más frecuente en la escuela pública. Las instituciones
privadas, sobre todo las religiosas, ya parten de una base
de identificación didáctico-ideológica bastante clara que
marca su futuro. La escuela estatal, aunque pueda ser más
laica, plural y abierta ha de fijar pronto (incluso antes
que la realización del propio PCC) las ideas educativas
que forzosamente habrán de presidir decisiones posteriores.
Este aspecto siempre se recordará mediante escritos entre
los padres, los profesores y los propios alumnos.
A partir
de aquí la realización o renovación de los dos proyectos
se ha de hacer siempre de forma paralela y simultánea. Sin
agobios, en reuniones con poca gente, pero donde todos los
colectivos implicados estén representados, con órdenes del
día donde aparezcan pocos puntos por tratar, pero básicos
e importantes. Procuremos encuentros donde no se haga pesado
trabajar, donde se fije el tiempo para acabar y donde nos
planteemos como mínimo llegar siempre a algún acuerdo importante.
3. Algunas
precisiones sobre el Proyecto Educativo
Como se
ha apuntado con anterioridad, es básico y primordial plantearse
quiénes somos y qué pretendemos en el panorama educativo
para nuestra escuela. Aunque sean sólo unas líneas en un
folio o unos breves apuntes fruto de la reflexión conjunta,
es necesario hacerlos para definirnos y acometer otras tareas
organizativas.
Completan
el Proyecto Educativo otros documentos como son: el Reglamento
de Régimen Interno (RRI), la Programación General Anual
(PGA), el Presupuesto y la Memoria.
A) ¿Qué
sería de una serie de colectivos que han de trabajar juntos
si no tuvieran establecidas por escrito unas pautas de conducta
o de actuación? Ésta es la misión de Reglamento de Régimen
Interno: crear la normativa aplicable a cada colegio. Estará
referida, entre otros aspectos, a la elección o renovación
de miembros del equipo directivo, a la de los representantes
de los diferentes colectivos, funciones que pueden cumplir
los padres, reglas disciplinarias aplicables en caso de
conductas inadecuadas tanto de profesores como de alumnos,
etc... Si la administración educativa hubiera emitido algún
decreto referido a los derechos y deberes de los alumnos,
éste se tendría en cuenta a la hora de fijar esa normatividad.
Para prevenir
situaciones habituales que puedan derivarse de la cotidianeidad
escolar, es de vital importancia que se redacte muy pronto
y se revise a menudo.
En algunas
escuelas se ha identificado el rri con la totalidad de Proyecto
Educativo. Esto es falso. Se trata de un anexo de aquél,
que toda escuela ha de tener listo en tanto comienza cada
curso escolar.
Como es un documento que siempre ha de ser aprobado por
el Consejo Escolar, su realización o revisión suele ser
compleja si este organismo trabaja para ese fin con todos
sus miembros a la vez.
Una norma
práctica para tal caso sería discutir los diversos temas
por incluir o renovar en pequeñas comisiones, donde como
mínimo haya un representante de cada colectivo. La valoración
final y sobre todo su aprobación se ha de hacer en el pleno
de aquel órgano. Ésta es la forma más operativa de funcionar.
B) La Programación
General Anual debería establecer todos los propósitos didácticos
para el curso que comienza. Incorporará entre otras cosas
los diferentes horarios de los profesores, alumnos, grupos
y la ocupación de los espacios de la escuela. También marcará
los planes generales de las materias o asignaturas y planes
más específicos como el funcionamiento de la biblioteca,
el tratamiento de la diversidad, las salidas o actividades
complementarias; es decir, todo aquello que se pretenda
realizar en el centro.
La PGA
debería ser presentada al Claustro por el equipo directivo
del colegio como mínimo unas semanas antes del inicio del
curso. Si este órgano da su visto bueno, el director o directora
informará al Consejo Escolar.
Como norma práctica pienso que esta Programación Anual se
ha de comenzar a conformar cuando se está acabando el curso
anterior. Durante el último mes, los profesores de un mismo
nivel educativo o de un mismo departamento se han de reunir
y han de marcar las pautas para el curso siguiente. La cuestión
no está tanto en aquello que aparentemente nos preocupa
más, como qué horario tendré, qué asignaturas daré o con
qué tipo de alumnos me tocará batallar.
Sin dejar
de reconocer que eso es importante, también lo es reflexionar
sobre las actividades que pretendamos hacer, la metodología
que queremos implantar; en definitiva, las propuestas que
hacemos para el curso siguiente con base en lo que nos ha
salido bien y lo que sería recomendable cambiar.
De esta
forma el equipo directivo a la hora de realizar la PGA tendrá
muchos elementos de reflexión para elaborarla.
Mención
especial en este apartado merecen las actividades escolares
que se programan para realizar con los alumnos fuera del
Centro. Siempre que sean complementarias al ejercicio de
una correcta docencia dentro de un área determinada y para
evitar problemas innecesarios al profesorado (por ejemplo
cualquier accidente o pequeña lesión de alguno de los alumnos)
sería importante que el Consejo Escolar las aprobase. Si
no es posible hacerlo al principio del curso, un poco antes
de que se realicen. El máximo organismo de la escuela siempre
ha de dar el visto bueno a todo aquello que traspone los
límites físicos de la misma.
C) Controlar
los gastos e ingresos que tiene una institución escolar
es una aspecto puramente técnico, que se aparta de la didáctica,
pero básico para establecer una correcta y viable realización
de las actividades escolares. El presupuesto, otro anexo
del PEC, ha de ser confeccionado por el secretario del centro
y aprobado por el Consejo Escolar al principio del curso.
Debería incluir, entre otros, los posibles gastos que generan
la compra de material fungible, los precios de las salidas
escolares, etc... y como ingresos, desde las diferentes
cuotas que puedan pagar los alumnos (colegios privados),
hasta las partidas presupuestarias que conceda la administración
estatal en las escuelas públicas.
Hablar de dinero, al menos en la enseñanza pública, muchas
veces significa movernos en el arte de administrar
la miseria. Siempre asistimos a momentos de desánimo
entre los profesionales que piden tal o cual material para
el ejercicio correcto de una didáctica determinada y nunca
llega el presupuesto.
Como norma
práctica, los profesores de un mismo nivel o asignaturas
afines han de hacer sus pedidos del modo más realista posible,
pero sobre todo pensando en listas de materiales que serán
utilizados por el mayor número de alumnos, grupos y docentes.
Recursos excesivamente técnicos o sofisticados, que responden
a los criterios de un solo profesor, no deberían ser prioridad
para las demandas de un colectivo.
Todas estas
cuestiones se han de incluir en el presupuesto desde el
principio. Ser insistentes en cada curso con un material
nunca concedido, puede ser positivo; incluso endeudarnos
levemente en algún momento no suele ser una práctica excesivamente
peligrosa... Al final, siempre suele salir alguna solución
para saldar las deudas de los maestros.
D) Cuando
al final de un curso la administración educativa exige del
Centro toda una serie de estadísticas referidas a situaciones
varias como el nivel adquirido por los alumnos, el grado
de asistencia del profesorado y un sinfín de aspectos más
burocráticos que docentes, se suele redactar un informe
que denominaríamos memoria y que suele ser un azote terrible
para los equipos directivos encargados de realizarlos.
No es esta
la memoria idónea para incluirla como anexo
del pec. Hablamos más bien de un documento que analiza todas
las actividades y planes parciales que a lo largo del curso
se han realizado.
Como norma práctica lo ideal no es esperar al final del
curso para hacer balance de lo que ha salido bien o mal.
Con el paso de los meses una actividad o experiencia hecha
en el primer trimestre pierde su perspectiva de realización
si se analiza demasiado tarde. Cada equipo de
profesores que ha compartido esas experiencias o ha puesto
en práctica determinadas actividades en grupo, al acabarlas,
se las debe juzgar.
Conviene
recordar que este tipo de memoria tiene un doble valor retroactivo.
Al analizar nuestra propia dinámica docente sabremos lo
que conviene repetir en el curso siguiente o lo que hemos
de cambiar. En definitiva, lo que estamos haciendo no es
nada más que plantearnos la renovación del PCC.
De forma
directa, también se está revisando el PEC, pues estas propuestas
seguramente incidirán en la elaboración de uno de sus anexos
comentados anteriormente: la PGA.
4. Sobre
el Proyecto Curricular de Centro
Realmente
hablamos de un documento largo, que no se hace durante un
curso escolar, sino que se va realizando con el paso de
los años, que en definitiva confiere al Centro la verdadera
personalidad educativa comentada anteriormente y que en
teoría lo diferencia del resto de escuelas.
Teóricamente
se podría hablar de un PCC que está bien encaminado cuando
un Claustro es capaz de ir dando respuestas progresivas
a las siguientes preguntas:
¿Qué
enseñar?
¿Cuándo
enseñar?
¿Cómo
enseñar?
¿Qué,
cuándo y cómo evaluar?
¿Qué
soluciones damos a la diversidad presente entre los alumnos?
¿Cómo
tratamos las tutorías y la orientación?
Son tantas
las posibles respuestas y tan complejas, que podrían ser
objeto de un estudio más pormenorizado o fuentes de análisis
más profundo en otros artículos. Intentaremos resumir lo
más destacable de cada una de ellas.
A) Qué enseñar
significa plantearse los objetivos y contenidos que pretendemos
llevar a cabo en cada materia escolar a lo largo de las
diferentes etapas educativas de que disponga el centro en
cuestión.
Aunque es una labor del Claustro, como todo el PCC, una
norma práctica mucho más operativa, como en otras tantas
ocasiones, sería que los grupos de maestros de un mismo
nivel educativo llegasen a consensuar área por área aquellos
mínimos imprescindibles de las mismas.
Hablamos
de aquellos contenidos indispensables que aseguran una admisible
calidad de las asignaturas, tanto desde el punto de vista
del docente que las ha de impartir como de la adquisición
de conocimientos fundamentales que los alumnos, dependiendo
de la edad, tengan que recibir.
B) A la
pregunta cuándo enseñar se responde con la secuenciación
de aprendizajes que han de recibir los alumnos. Hablamos
de una secuencia doble: la de los propios contenidos y la
temporización de los mismos.
Como siempre, lo ideal es trabajar en pequeños grupos de
profesores reunidos por nivel o departamentos. Los encuentros
para tal efecto se pueden suceder cada mes aproximadamente
o siempre que se quiera prever el tiempo que se va a emplear
en grandes unidades de trabajo que puedan afectar a un pequeño
colectivo de docentes.
Como cuestión
práctica, los maestros se han de dejar llevar por la lógica
de planificar primero los contenidos más elementales, simples
y fáciles para los alumnos, hasta llegar a los más complejos
y complicados. Se trata simplemente de secuenciar con un
método inductivo basado en nuestra experiencia.
La temporización
también es básica. Una buena programación docente siempre
ha de partir de una buena estructura del tiempo dedicado
a las actividades por realizar. El PCC ha de establecer
grandes espacios horarios para llevar a cabo las diferentes
disciplinas escolares; en este sentido, el hábito de respetar
los tradicionales trimestres se me antoja muy válido.
Si hablamos
de alumnos pequeños (parvulario, ciclos iniciales, etc.)
que requieren una docencia globalizada, el grupo de maestros
programará grandes unidades didácticas. La distribución
de las mismas durante todo el ciclo será a razón de dos
o tres semanas para cada una, cuidando mucho no repetir
siempre el mismo tipo de actividades.
Si hablamos
de ciclos superiores o de enseñanza secundaria, es muy importante
establecer una secuencia de contenidos para trabajarla a
lo largo de los diferentes cursos. Sería lo que denominaríamos
programación vertical y nos debería asegurar en los alumnos
conocimientos y procedimientos mínimos en esas materias.
De no existir este trabajo de programación, se podría dar
el caso de que los chicos y chicas estudiasen determinados
acontecimientos históricos o culturales sin ningún sentido
hasta tres o cuatro veces a lo largo de una misma etapa
escolar.
C) Disponer
de buenos principios pedagógicos suele ser la respuesta
a la pregunta cómo enseñar. Metodología no sólo significa
saberse posicionar delante de los alumnos en función de
su edad, lleva implícitos otros elementos como los materiales
y recursos que se usan en la didáctica, los planteamientos
que se hacen de las diversas actividades de evaluación y
de aprendizaje, etcétera.
No podemos
dejar de anotar que muchas veces las cuestiones metodológicas
caen en el personalismo docente. Esto no es malo, no vamos
ahora a negar la magnificencia de la denominada libertad
de cátedra, pero no olvidemos que el trabajo docente
sigue siendo por encima de todo una labor de equipo, aunque
a menudo nos cueste recordarlo y aceptarlo.
La norma práctica a este apartado es muy simple: Reflexiones
en grupo de los cuatro o cinco maestros de un mismo nivel
educativo. No se trata de reducir la didáctica de los unos
a los otros, ni tampoco se ha de ver como la pérdida de
personalidad docente individual en pos de un trabajo grupal.
Por encima de todo, hemos de pactar no hacer planteamientos
contradictorios.
No puede
ser que los maestros de un sector de la escuela fomenten
su método en continuas experimentaciones, en el uso de nuevos
materiales didácticos, de aportaciones pedagógicas novedosas,
de continuas salidas escolares para trabajar in situ
aquello que se predica en el aula, mientras que otro sector
continua anclado en el teoricismo, en la repetición año
tras año de los mismos ejercicios. Es importante llegar
a un consenso y a actuaciones comunes.
Probablemente
donde más se observa que todos los profesores de un mismo
Centro hablan y llegan a acuerdos sobre metodología, es
en los materiales y recursos que se escogen para luego ser
utilizados por los alumnos. De cara al exterior, concretamente
a los padres, éste es un referente siempre muy comentado.
Las diferentes comunidades de docentes tendrían que poner
un especial énfasis en consensuar por ejemplo si se trabaja
con fichas o con libretas, si se utilizan fotocopias o se
les exige un libro de texto, si pedimos materiales muy novedosos
y técnicos o con los más elementales y tradicionales nos
conformamos.
La pregunta
múltiple qué, cuándo y cómo evaluar es todo un gran tema
que debe responderse convenientemente. La cuestión de la
evaluación, vista en la doble dinámica de revisar el propio
proceso de la docencia y examinar los aprendizajes conseguidos
por los alumnos es tan importante que resultaría inverosímil
tratarla de forma tan resumida; pero no por eso ha de dejar
de tener un apartado especial en el PCC.
Tan sólo me gustaría resaltar una cuestión práctica. La
evaluación se ha de atender siempre como un proceso más
para que el alumno siga aprendiendo. Mediante la práctica
de la misma los niños y jóvenes han de continuar consolidando
aprendizajes. El profesor, al menos hasta secundaria, ha
de dejar de pensar que esta práctica sólo sirve para juzgarlos
o para compararlos con el resto del grupo.
De este
discurso, que puede ser muy teórico, se desprende una metodología
que tendrían que poner en práctica muchos maestros de la
misma institución para que se consolide y para que los mismos
alumnos lo entiendan.
Insistiremos
con ejemplos prácticos en próximos artículos sobre este
interesante apartado.
D) De la
misma forma las preguntas pendientes, referidas a la diversidad
y la tutoría, requieren mucho más espacio y tiempo para
poder reflexionar convenientemente sobre ellas. Todos los
acuerdos que se tomen al respecto hay que expresarlos en
el PCC.
La existencia
de diferencias individuales en el mundo de alumnado crea
un gran problema que el Claustro ha de resolver: ¿cuándo
un alumno es catalogado de educación especial?, ¿qué diferencias
existen entre una supuesta necesidad educativa
especial y una ordinaria? Las respuestas en metodología,
el trabajo con educadores especiales o la simple ubicación
de estos alumnos en diferentes espacios de la escuela ya
crea toda una casuística bastante difícil de resolver.
Por último,
la elección del tutor o la tutora de un grupo de alumnos
para todo un curso escolar no está exenta de ciertos riesgos.
Normalmente todo docente, por el perfil de su formación,
está catalogado mejor para unas disciplinas escolares que
para otras. La responsabilidad de dinamizar un grupo, de
contactar con los padres, de tutorizar individualmente,
etc... se escapa de las posibilidades del maestro y por
tanto se crea el dilema de qué persona es la más adecuada
para tal o cual grupo.