La
maestra divina y su enseñanza infinita.
Los inicios del barroquismo
educativo
en Sor Juana Inés de la Cruz
René Roberto Becerril García
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| ALATORRE,Antonio. Los 1001 años
de la lengua española.Bancomer, México,1979 |
Para despertar desde el comienzo la atención y el interés
de quienes eran los destinatarios de su primer empeño
pedagógico, Sor Juana Inés de la Cruz abrió la serie
de villancicos que dedicó a la virgen de la Asunción en
el año 1676 con una contienda entre el cielo y la tierra.
Popularizaba de esa forma una de las grandes disputas teológicas
del México barroco.
Ingeniosamente
planteó el problema de encontrar dónde había mayor ganancia,
si en el mundo terrenal por haber bajado a él Cristo o en
el celestial por haber ascendido a él María. En ambos casos,
la figura central era el cuerpo de la madre del Salvador.
Primero sirvió para la encarnación del dios cristiano y
posteriormente se convirtió en la parte material que, después
de Jesús, llegó al cielo en cuerpo y alma. Con ello realizaba
una forma de catequesis dirigida a instruir sobre la estrecha
relación entre los sufrimientos en la tierra y la gloria
celestial. Su método didáctico consistía en llamar a asumir
postura y tomar apuesta en torno a esa lid. Forma osada
de empatar y entreverar lo sacro con lo mundano.
Más allá
de la prédica común del sermonario en la cual se realizaban
las enseñanzas de la moral, los dogmas y los misterios cristianos,
Sor Juana exigía a los feligreses ser sólo oídos. Lo hacía
empeñándose en llevar y concentrar la atención en aquello
que, a su parecer, podía mover la voluntad del creyente
para adoptar y llevar a la práctica divina el resultado
del contenido de ese tipo de instrucción popular que significaba
escuchar las coplas villanciqueras.1
Lo realizaba sólo a través de su arte literario. El tema
era propuesto por la autoridad eclesiástica que le solicitaba
compusiera esos versos músicos, como se les llamaba, y ella
podía desplegar toda su habilidad creativa para enseñar,
como fue éste el caso, en el que inició su poesía de prédica
desde la celda conventual de San Jerónimo. En ese entonces
Sor Juana tenía veintisiete años de edad y siete de haberse
recluido. Poniendo frente a frente los mundos celestial
y terrenal, barrocamente, desplegaba su entrelazamiento,
así como la interrelación de lo divino y lo humano de la
siguiente manera:
El Cielo y la Tierra este día
compiten entre los dos:
ella, porque bajó Dios,
y él, porque sube María.
Cada cual en su porfía,
no hay modo de que se avengan.
¡Vengan, vengan, vengan!2
El asunto
de ninguna forma era menor. Se trataba de una confrontación
entre dos posturas religiosas que obedecían a dos proyectos
de sociedad cuyas orientaciones fueron determinantes para
el curso que tomó la gestación de la nacionalidad mexicana.
Era la expresión de la disputa en torno a la figura mariana
en dos de sus advocaciones a partir del tipo de relación
que se estableciera desde ella entre el mundo divino y el
mundo terrenal. La dirección de la cual se partiera para
disponer la vinculación de lo finito y lo infinito, del
cielo a la tierra o de la tierra al cielo, había originado
querellas memorables a través de las cuales continuó, durante
el siglo XVII, la controversia entre franciscanos y jesuitas
por la orientación del cristianismo en la Nueva España.
En ellas los bandos concepcionista y ascencionista dirimían
la forma de integración social a la que apostaban. Cada
postura no sólo expresó la preferencia por un dogma de fe
cristiana, sino que asumió la formulación de sendos proyectos
de sociedad cuando el proceso de identidad nacional fue
controlado por los grandes señores de las minas, las haciendas
y el comercio en las ciudades. Por eso apunta un especialista
en la formación de la conciencia nacional mexicana que el
carisma de que se creyeron dotados los mexicanos
gracias a las apariciones de la Virgen de María
del Tepeyac, que transformaron su país en un paraíso
occidental, no es un ejemplo único, sólo el más rico
en implicaciones políticas.3
El color
moreno de esta virgen expresaba su intercesión ante dios
en favor de los indígenas que los salvaba del pecado de
la idolatría. Los franciscanos promovían el culto a la asunción
y no a la concepción, la veta guadalupana estimulada por
los jesuitas, por considerar que con ésta se daba cabida
al culto pagano.4
La simbología
mariana estimuló ilimitadamente a las creaciones barrocas
en cuyos detalles hasta la dirección de la mirada resultaba
alegórica. Las nutrió a borbotones porque la expresión de
su significado permitía que se diera tanto en el conjunto
como en cada una de[ las partes de la obra artística. La
madre de Dios era fuente de inspiración para el adorno absoluto,
ya que cada aderezo que se le prendiera machacaba en su
virtud como valor universal, necesario e indispensable para
la salvación eterna. Cada una de las alegorías permitía
a quienes las elaboraban poner frente a los sentidos ese
atributo que distinguió a María entre los humanos y el cual
podría también ser patrimonio de cada persona si se lograba
emularla. Sus símbolos cumplían a la perfección lo que Hegel
señaló como esencia de ese tipo de arte simbólico, al permitir
aproximar a la intuición las propiedades determinadas de
una representación mediante las cualidades afines de los
objetos sensibles concretos; pero no a causa de los velos
a medias y de los temas enigmáticos, sino sólo con el fin
inverso de la más completa claridad, de modo que la exterioridad
de la que se sirve debe ser lo más transparente posible
para el significado que en ella tiene que aparecer.5
La inmaculada
concepción de María, tema que todos sabían y del cual estaban
enterados, se iba a entonar con los villancicos en su honor
compuestos por Sor Juana. La cuestión era presenciar la
manera en que lo abordara esta monja. Su reto consistía
en ingeniárselas para decir siempre lo mismo de forma tal
que los asistentes quedaran satisfechos degustándola y además
reiteraran, afirmando, su fe en esa verdad cristiana que
se les enseñaba de nueva cuenta como cada año en esa festividad
mariana. Pero además de cumplir con la encomienda que le
permitió iniciarse como villanciquera, esta letrada lanzó
su postura en torno a la disputa entre concepcionistas y
ascencionistas. Sostuvo que María era la Maestra Divina
por su habilidad para enseñar en todo momento la virtud
que le era propia. Y así lo entonó:
¡Silencio, atención,
que canta María!
Escuchen, atiendan, que a su voz Divina
los vientos se paran
y el cielo se inclina.
Silencio, etc.
Hoy la Maestra Divina,
de la Capilla Suprema
hace ostentación lúcida
de su sinigual destreza.6
Empleando
su profundo conocimiento teórico musical, Sor Juana alaba
en armónica cadencia el ejemplo de María, quien con su solo
nombre, dice, espanta al infierno, pues ofrece al mundo
errado la posibilidad de su corrección. Pone, entonces,
al lado de la madre de Cristo la instancia encargada de
custodiar el cabal cumplimiento del camino trazado por la
virgen y que, además, se endosa a sí misma la misión de
la Iglesia de cantarle sus glorias. De esta manera, lleva
al enroque de María con la Iglesia para hacerlas equivalentes.
La hazaña de María, haber quedado sin mácula en su paso
por la Tierra, es lo que la Iglesia enseña y pide se cumpla
en esa ocasión mandando a la pluma de Sor Juana. A esto
obedece que nuestra monja ponga a la madre de Dios como
modelo a imitar, dado su acceso a la eterna dicha celestial:
La iglesia también, festiva,
de acompañarla se precia,
y con sonoras Octavas
el sagrado son aumenta.
Con cláusula, pues, final,
sube a la mayor alteza,
a gozar de la Tritona
las consonancias eternas.7
En seguida
Sor Juana hace cantar la composición de un corrido en honor
de María para dar cuenta de que, gracias a aquello que posee,
rápido va al cielo e insinúa que es un teSoro que pueden
adquirir los aldeanos, el pueblo en general. Para protegerla,
agrega Sor Juana, y así poder resguardar la pulcritud poseída
y envuelta por la virgen, el sol con sus rayos le sirve
de armadura, las estrellas de yelmo y la luna de botines.
Ésta, que puede ser la primera mención escrita que se conoce
del término corrido, muestra cómo Sor Juana entrevera lo
sacro con lo villano, pues se apropia de una forma de canto
popular para vulgarizar un contenido de altos vuelos culteranos
y teológicos. Y dando un giro radical, deja lo plebeyo para
transitar al método de enseñanza más preciado de su tiempo,
la retórica. Sostiene que con la trama de su vida, María
se convierte en una especie de maestra de maestros, pues
a todo mundo puede enseñar el arte de escuchar o su contrario,
el de la oratoria, así como el de alcanzar lo que cada quien
se proponga.
Para quien quisiere oír
o a aprender a bien hablar,
y lo que quiere conseguir,
María sabe enseñar
el arte de bien decir.
En enseñar ejercita
la dulzura de su voz
que a tiempos no se limita;
que como su asunto es Dios,
siempre es cuestión infinita.
Su exordio fue Concepción
libre de la infausta suerte;
su vida la narración,
la confirmación su Muerte,
su epílogo la Asunción.8
Todo lo
que se puede enseñar lo dijo la virgen María con su gran
hazaña: haber recorrido incólume el mundo material. Su cátedra
consistió en vivir sin pecado. Para Sor Juana, con esa proeza
realizó un uso soberbio de cada uno de los pasos de la
retórica. Comenzó estimulando el interés, para así poder
pasar, con el ánimo propicio de los escuchas, a exponer
el planteamiento del contenido de enseñanza que busca transmitir;
una vez hecho esto, llega a hacerlo evidente con su comprobación.
Y, así, finalmente, arribar a la conclusión con la que,
se esperaba, habría unánime aprobación. Son los pasos metódicos
de lo que se consideraban condiciones indispensables de
una pedagogía efectiva. Era la forma estratégica mediante
la cual la misma Sor Juana desplegó sus propios empeños
pedagógicos a través de todas las series de villancicos
que compuso. Se trataba de la forma más didáctica, cuya
estrategia consistía en estimular y exaltar las pasiones
para propiciar la aceptación inmediata y permanente de las
sentencias morales que se transmitían.9
Mediante
el uso alegórico de los cuatro momentos de la historia mariana,
Sor Juana Inés de la Cruz integró las dos posturas antagónicas
respecto a la forma de relacionar el cielo con la tierra.
Niega que sean excluyentes ir del cielo a la tierra o de
ésta a aquél. Con esta carta que lanza su teoría de la maestra
divina une la concepción con la asunción por intermediación
de la vida y de la muerte de María.
Es decir,
planteó que lo propiamente humano, la esencia de la vida
mortal, consiste en ser fuerte para vencer el pecado. Es
la condición única e indispensable para alcanzar, como María,
la dicha celestial. De esta manera instruye la monja jerónima,
haciendo reiterar el entendido de que el dios cristiano
la escogió por esa, su gran hazaña, para encarnar, y que
su triunfo consiste en haberse elevado en cuerpo y alma
al cielo. Como primer ser humano en lograrlo, puede enseñar
cómo obtenerlo. Es maestra divina gracias a que en ella
se contiene todo lo que se puede aprender.
El epílogo
del método de enseñanza retórico que siguió Sor Juana en
esta serie de villancicos consiste en conjuntar las voluntades
del público asistente a la fiesta de María, en rendirle
pleitesía con la entrega de sus vidas a lo indicado por
ella. Y de manera abierta, haciendo del todo transparente
el significado del mensaje, hace cantar las siguientes coplas
al coro villanciquero:
Y os hacemos homenaje
de las vidas; y así, Vos
Guardad los fueros que Dios
le dio al linaje humano
Vos habéis de mantenernos
en paz y justicia igual,
y del contrario infernal
con aliento defendernos.
Con esto, con reverencia,
conformes en varios modos,
por los Evangelios todos
os juramos obediencia.
Ésta es
precisamente la enseñanza infinita que alegoriza la figura
de la maestra divina: ser obedientes. Es la esencia del
cristiano y el propósito último del magisterio de la Iglesia
Católica para cumplir con el cometido asignado al proyecto
educativo formulado y aplicado por los jesuitas como sustento
del espíritu de la Contrarreforma diseñado en el Concilio
de Trento. Así inició Sor Juana sus empeños pedagógicos
con sus coplas cantadas por y entre el pueblo integrante
de la sociedad mestiza.
Bibliografía
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CRUZ,
Sor Juana Inés de. Obras Completas, tomo II, Villancicos
y Letras Sacras (Villancicos a la Asunción,
1676). México, FCE, 1976.
GONZALBO,
Pilar. La educación popular de los jesuitas. México,
Universidad Iberoamericana, 1989.
Historia de la educación en la época colonial. La
educación de los criollos de la vida urbana. México,
El Colegio de México.
HEGELl,
Georg W. F. Estética, 3. La forma del arte simbólico.
Buenos Aires, Siglo Veinte, 1990.
KONRAD,
Herman W. Una hacienda de los jesuitas en el México
colonial: Santa Lucía, 1576-1767. México, FCE.
KRISTELLER,
Paul Oskar. El pensamiento renacentista y sus fuentes.
México, FCE (Quinta parte, La filosofía y la
retórica de la Antigüedad al Renacimiento),
1982.
LAFAYETE,
Jacques, Quetzalcóatl y Guadalupe. La formación de
la conciencia nacional en México. México, FCE, 1995.
MARAVALLl,
José Antonio. La cultura del barroco. Barcelona, Editorial
Ariel, 1975.
RUBIALl,
Antonio. La hermana pobreza. El franciscanismo de
la Edad Media a la evangelización novohispana. México,
UNAM, 1996.
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Citas
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1
Pilar Gonzalbo entiende a esta forma de educación
popular como la instrucción proporcionada fuera de
las aulas a la masa urbana desposeída a través de
"la predicación, la catequesis, las congregaciones
marianas, las misiones circulares y los festejos populares".
Ver Gonzalbo (1989), pág. XIV. Sobre el carácter masivo
de la cultura barroca, consultar Maravall (1975, Segunda
parte, "Caracteres sociales de la cultura del barroco".
2
Sor Juana Inés de la Cruz (1976), 217 (numeración
de sus obras dada por su editor, Alfonso Méndez Plancarte),
versos 6-13, pág. 3.
3
Lafaye (1995), pág. 325.
4
"Hacia esa disputa se derivó el siglo XVII la confrontación
entre el modelo de sociedad promovido por los franciscanos
y el de los jesuitas. Los frailes seráficos aspiraron
a establecer en las comunidades indias un tipo de
sociedad separada de la de los hispanos e inspirada
en el cristianismo primitivo basado en la pobreza,
la comunidad de bienes y del trabajo, según la tradición
sembrada por Joaquín de Fiore; consultar para el tema
a Antonio Rubial. Los soldados de Cristo, por su parte,
fueron los encargados de cuidar la formación y la
guía de las almas de quienes integraron la sociedad
mestiza -españoles, criollos, indios separados de
sus comunidades, negros y a las castas-, que se gestó
en las grandes ciudades novohispanas una vez que irrumpió
la economía minera; el mecenas de los jesuitas fue
el hacendado, minero y comerciante, Alfonso de Villesca,
quien les diseñó las bases de su proyecto educativo,
ver capítulo 1 "La iniciación 1576-1586" de Herman
W. Konrad, (1989), y Pilar Gonzalbo (1990).
5
Hegel (19-3), pág. 170.
6
Sor Juana Inés de la Cruz (1976), 220, w.1-10, pág.
7.
7
Ibid, 220, págs. 55-6.
8
Ibid, 223, págs. 8-22, págs. 12-13.
9
Sobre este concepto de retórica ver Kristeller (1982),
pág. 284.
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