Todo nuevo conocimiento llega a nuestra mente por medio
de nuestros sentidos, acompañado de un sentimiento.
Automáticamente
sometemos ambas percepciones a criterio de comparación con
nuestros valores intelectuales (sabores) y sensuales (sentires).
Esta parte de la asimilación, por automática, es subconsciente.
Cuando la
información es neutra como, por ejemplo, un pronóstico del
tiempo sin variantes favorables o desfavorables, meramente
se conforma a nuestro conocimiento. (Ojo: conformarse
aquí no significa resignarse, sino adaptarse
a la forma previamente establecida en los niveles medios
de nuestras valoraciones, en los que hay poca o nula diferencia.)
En cuanto
al sentimiento que acompaña a ese conocimiento, no nos conmueve.
Pero cuando
la información se refiere a un hecho, sea positivo o negativo
en nuestra escala axiológica, el consentimiento que
hayamos otorgado a esos sentimientos, o con que los hayamos
acogido o repugnado, es lo que otorga a esa complacencia
o a esa repulsión el carácter de acto humano, bondadoso
o malicioso, según el caso, y refuerza la condición virtuosa
o viciosa que representa en nuestra conciencia, como quiera
que hemos ejercido una aplicación de nuestro libre albedrío.
Pongamos
ejemplos de ambos casos que he expuesto sinficizados en
el párrafo anterior.
Supongamos
que recibimos la crónica de un acto de justicia verbi
gratia el indulto a un inocente. La noticia (información)
del suceso la ubicamos, en nuestra escala axiológica, en
el peldaño del valor justicia. Eso, en cuanto al entendimiento,
pero ¿qué pasa con lo que respecta al sentimiento?
Al complacernos
en el sentimiento que acompañó a la noticia del indulto,
estamos consintiendo, ya deliberadamente, esto es,
volitivamente, con toda libertad, un acto de bien, lo cual
es un acto meritorio que viene a reforzar, a enriquecer
nuestro caudal virtuoso, revaluándolo, reformándolo,
elevando la cantidad de puntos de su valor positivo.
Ahora, en
el caso contrario, supongamos que recibimos (leemos, o escuchamos)
el relato de un acto reprobable, por ejemplo de un estupro.
A esta nueva (información) del acontecimiento le damos lugar
en la parte negativa de la axiología, en el infraescalón
de la concupiscencia, en el sentido de apetito desordenado
de placeres deshonestos. Todo ello por lo que atañe
al conocimiento, pero, por lo que al sentimiento se refiere,
¿qué acontece?
Si nos regodeamos
con el sentimiento anejo a la noción recibida con la descripción
del estupro, consentimos, ya dueños de nuestra voluntad,
en plena facultad de un libérrimo arbitrio, un acto de mal,
lo cual es un acto reprochable, que demerita y que es un
refuerzo a nuestra cloaca viciosa, contribuyendo a deformar,
a menoscabar aún más (agregando puntos de valor negativo)
nuestra conciencia.
Hay un enunciado
psicológico que postula que el acto repetido suscita
y refuerza, en el entendimiento, la idea de que ésa es la
expresión normal. Luego, acostumbrémonos a la práctica
del bien, para ir haciéndonos virtuosos, y resistámonos
a caer en la tentación del mal (según el padrenuestro),
que nos arrastra al fango del vicio.