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Correo del Maestro Núm. 75, agosto 2002

Cómo digerimos la información

Arrigo Coen Anitúa

Todo nuevo conocimiento llega a nuestra mente por medio de nuestros sentidos, acompañado de un sentimiento.

Automáticamente sometemos ambas percepciones a criterio de comparación con nuestros valores intelectuales (sabores) y sensuales (sentires). Esta parte de la asimilación, por automática, es subconsciente.

Cuando la información es neutra como, por ejemplo, un pronóstico del tiempo sin variantes favorables o desfavorables, meramente se conforma a nuestro conocimiento. (Ojo: conformarse aquí no significa ‘resignarse’, sino ‘adaptarse’ a la forma previamente establecida en los niveles medios de nuestras valoraciones, en los que hay poca o nula diferencia.)

En cuanto al sentimiento que acompaña a ese conocimiento, no nos conmueve.

Pero cuando la información se refiere a un hecho, sea positivo o negativo en nuestra escala axiológica, el consentimiento que hayamos otorgado a esos sentimientos, o con que los hayamos acogido o repugnado, es lo que otorga a esa complacencia o a esa repulsión el carácter de acto humano, bondadoso o malicioso, según el caso, y refuerza la condición virtuosa o viciosa que representa en nuestra conciencia, como quiera que hemos ejercido una aplicación de nuestro libre albedrío.

Pongamos ejemplos de ambos casos que he expuesto sinficizados en el párrafo anterior.

Supongamos que recibimos la crónica de un acto de justicia verbi gratia el indulto a un inocente. La noticia (información) del suceso la ubicamos, en nuestra escala axiológica, en el peldaño del valor justicia. Eso, en cuanto al entendimiento, pero ¿qué pasa con lo que respecta al sentimiento?

Al complacernos en el sentimiento que acompañó a la noticia del indulto, estamos consintiendo, ya deliberadamente, esto es, volitivamente, con toda libertad, un acto de bien, lo cual es un acto meritorio que viene a reforzar, a enriquecer nuestro caudal virtuoso, revaluándolo, reformándolo, elevando la cantidad de puntos de su valor positivo.

Ahora, en el caso contrario, supongamos que recibimos (leemos, o escuchamos) el relato de un acto reprobable, por ejemplo de un estupro. A esta nueva (información) del acontecimiento le damos lugar en la parte negativa de la axiología, en el infraescalón de la concupiscencia, en el sentido de “apetito desordenado de placeres deshonestos”. Todo ello por lo que atañe al conocimiento, pero, por lo que al sentimiento se refiere, ¿qué acontece?

Si nos regodeamos con el sentimiento anejo a la noción recibida con la descripción del estupro, consentimos, ya dueños de nuestra voluntad, en plena facultad de un libérrimo arbitrio, un acto de mal, lo cual es un acto reprochable, que demerita y que es un refuerzo a nuestra cloaca viciosa, contribuyendo a deformar, a menoscabar aún más (agregando puntos de valor negativo) nuestra conciencia.

Hay un enunciado psicológico que postula que ‘el acto repetido suscita y refuerza, en el entendimiento, la idea de que ésa es la expresión normal’. Luego, acostumbrémonos a la práctica del bien, para ir haciéndonos virtuosos, y resistámonos a ‘caer en la tentación del mal’ (según el padrenuestro), que nos arrastra al fango del vicio.

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