Abordar la problemática de la sexualidad en la realidad
escolar contemporánea es una tarea urgente. Sabemos del
vaciamiento económico y la descapitalización del saber que
se produce en el sistema educativo de muchos países. La
demanda-denuncia siempre presente de las bases hacia los
gobernantes no debe dejar de producirse, pero también es
menester que se promuevan nuevas formas de subjetivación
de los niños, a partir del logro de una diferente humanización-socialización
de la infancia. Ese logro, de difícil concreción, puede
darse en un espacio privilegiado, el de la escuela, pues
allí se forman los ciudadanos que crearán y poblarán los
mundos del futuro.
Por ello,
cuando hablamos de sexualidad, no estamos reduciendo la
problemática a la simple exposición y descripción de los
órganos genitales de ambos sexos en una lámina, sino que
nos referimos a la tarea de componer las coordenadas necesarias
para que el niño y la niña puedan ser educados e instruidos
con otros valores y con diferentes significaciones a las
actuales. La nueva educación requiere de un análisis de
los componentes psicoafectivos y pedagógicos del actual
sistema; ésa es la tarea que se intenta realizar en este
trabajo. En tanto no reveamos los modos de sensibilización
que la sociedad y la educación promueven actualmente no
podremos transformar y humanizar el modo de sentir y de
pensar de las generaciones futuras.
Estas reflexiones
resultan por ello de un valor preeminente, pues se sostienen
en una ética de la existencia que hacen primar los impulsos
vitales, la creación, la verdad al engaño, la autonomía
a la sumisión, el juego y lo viviente a lo mortífero y destructivo.
El modo
de pensar contemporáneo está regido por significaciones
cada vez más exigentes en logros de eficacia y eficiencia,
y ello deshumaniza, pues lo humano se reduce a criterios
exitistas y determinaciones productivistas, pero olvidamos
que la infancia debe ser educada en la renovación de la
diferencia. Esto significa que debe ser preparada para vivir
en un mundo muy diferente al nuestro.
Esa vida
futura, que ignoramos, nos genera incertidumbre y angustia.
La gran velocidad de renovación tecnológica no nos permite
imaginar el mañana, pues hay y habrá experiencias de cambio
muy profundas. Mutaciones en las instituciones familiares,
en los modos de socialización, en el lenguaje, todo ello
nos dice del cambio.
Pero hay
transformaciones que debemos ahondar en este proceso, y
ellas son las que comprometen a una modalidad diferente
de sentir y de pensar respecto del otro diferente (por el
sexo, por la clase social, por la etnia, por el género).
Y es allí donde se hace necesario un trabajo muy específico
con los niños y las niñas en tanto reflexión sobre la familia:
sus roles; la autoridad de los padres; el poder de los adultos;
el sometimiento y la violencia a los más débiles;
el género y la gestación de prejuicios; la sexualidad entre
el cuerpo, su cuidado, y los sentimientos; el organismo
y los modos de atención del mismo; los derechos y los límites
con el propio poder decir y hacer al abuso de
los otros. Si no emprendemos esta tarea no habrá fisuras
en la máquina despótica en que se convierte nuestra
sociedad que segrega y aísla.
Pero
también es necesario que los adolescentes puedan tener oportunidades
de hacer reflexiones inherentes a su condición y a las circunstancias
que les toca vivir. La reforma educativa no promueve la
expresión de sentimientos, es más, parece que cada vez se
profundiza el ocultamiento de esos sentimientos. Sabemos
que ocultar sólo puede promover la culpa y rasgos paranoicos
frente a elementos que se muestran despóticos, tal vez abusivos
e injustos.
Creemos
que los episodios de violencia que se suscitan en las escuelas,
donde niños/as agreden a adultos, adolescentes matan a compañeros
y atacan a profesores, se relacionan con la falta de expresión
de sentimientos y forman parte de esas máquinas imperiosas
que muchas veces son las escuelas.
Ésa es una
carencia que la reforma educativa no considera, como tampoco
considera la reflexión de los adultos sobre su rol, sus
funciones y modos en que se ven afectados por la realidad
social y la precarización laboral, pero también por las
transformaciones en la institución familiar con sus nuevas
formas de parentesco, con los nuevos lugares sociales de
los niños como actores sociales. Y ello debe complementarse
con la reflexión sobre la propia educación de género que
han recibido los adultos en su infancia, con sus creencias
sobre la masculinidad y la femenidad, sobre los roles que
asumen y transmiten, sobre la herencia cultural que soportan
y derivan a las nuevas generaciones. Además de atravesar
con el pensamiento y también con el sentir las formas de
violencia a las que se ve sometido por el sistema educativo
y que quizás reproduce de manera no consciente.
Todo ello
no se considera en la reforma educativa y es visto, además,
como un aspecto intrascendente para la educación de la infancia
y la adolescencia. Los criterios que hacen pensar de este
modo son los mismos que pretenden ignorar el necesario debate
sobre el estatuto que hoy tiene la infancia, y sobre los
requerimientos de saberes y de humanización en este mundo
de futuro incierto. Y humanización, para nosotros quiere
decir un progreso en los valores, una liberación del ser
de las determinaciones que lo condenan a la desigualdad
y sus consecuencias destructivas. Desigualdad de género,
de clases sociales, de etnias. Y la acción destructiva se
revela también cuando el sujeto atenta contra sí mismo,
cuando el/la niño/a se inhibe para aprender, cuando surgen
síntomas que impiden la apropiación de saberes, cuando los
adolescentes temerarios arriesgan sus vidas en la ruleta
rusa del sexo inseguro o el vértigo del riesgo suicida.
Humanización,
en suma, para nosotros, significa la recuperación del amor
a sí mismo (entendido como respeto a la propia dignidad).
Y se opone de manera taxativa al servilismo y la desigualdad
de los adultos, a las causas que promueven la violencia.
Así, por ejemplo, en tanto el estatuto social de la mujer
se encuentre por debajo del estatuto del hombre, su frustración
aumenta y se compensa con la sobrevaloración psicológica
del hijo varón. Y ello implica que hay una serie de mecanismos
que promueven la sumisión de ese hijo, y lo ubica en una
posición servil respecto de los poderes políticos, que lo
manipulan psicoafectivamente, dejándolo sin trabajo, inerme,
violentándolo con sueños que la publicidad dice realizables.
Pero también esa ubicación del varón se compensa con la
agresividad que éste descarga sobre los otros que cree más
débiles, su mujer, sus hijos, los más pobres, los extranjeros.
Se recorre así un circuito que va de compensación agresiva
en compensación agresiva. Otro modo de funcionamiento de
esta máquina social paranoica.
Todos estos
indicadores conceptuales forman parte de un universo tramado
de afectos, de sentimientos, de pensamientos y acciones
que la escuela no está dispuesta a tomar como sistema, ignorando
que educar no es transmitir técnicamente contenidos curriculares
de manera neutra, sino que educar es permitir
al/la niño/a ubicarse en el mundo, reconocer un lugar en
él, y dotarlo de herramientas para comprenderlo y transformarlo.
Sólo así estaremos educando en la renovación de la diferencia,
haciendo más humano al sujeto.
De allí
la necesidad de abordar ese continente de afectos y acciones
que es la sexualidad en la escuela, para dejar de negarlo,
aceptar su carga que nos compromete y no doblegarnos bajamente
a su peso.
Es necesario
reconocer los muchos que hay en nosotros mismos, ya que
contenemos incontables otros esparcidos en los variados
mundos que habitamos. Este movimiento es tributario de un
pensamiento que puede denominarse nómada, que parte de la
no certeza; y esta partida no intenta encontrar si
algo quiere encontrarcertidumbres, sino nuevos modos
y mundos para sentir, provisorios pero eficaces, y nuevos
modos y universos para pensar, significativos y sensibilizados.
Así como el nómade cruza fronteras en el desierto, así pretendemos
atravesar lo instituido y lo establecido que se presenta
de una vez y para siempre, sea esto identificaciones
hegemónicas y homogeneizantes o políticas segregativas.
Ese cruce no significa sino mantener una aguda conciencia
de la fluidez de los límites. Podemos decir con Paul Éluard,
que hay otros mundos y están en éste. A modo de ejemplo
analizaremos de manera sucinta con qué eficacia cultural
operan los dibujos animados de última generación sobre las
subjetividades infantiles.
La ilusión
de la completud
La fascinación
que ejercen los dibujos animados y cómics japoneses en los
niños de los países occidentalizados es un fenómeno que
merece un profundo análisis. Llamados anime los primeros
y manga los segundos, en Japón son un fenómeno de
masividad incontenible entre los niños. Se venden millones
de ejemplares de cada género. Su producción no se limita
a historias eróticas ni a las de carácter deportivo, abordan
también el humor, los animales (reales o imaginarios) y
el rock.
Son estas
historias las que atrapan a los niños de una porción importante
del mundo, pues muchos de sus personajes son figuras centrales
en la producción de sus fantasías entre otros el famoso
Dragon Ball Z.
Las críticas
que han recibido sobre todo de Occidente se
dirigen a la carga de violencia que circula en sus episodios,
pero surge en los últimos años una nueva fuente de crítica
por la ambigüedad sexual de sus personajes.
Y ello se
evidencia con una simple observación de los mismos, pues
en una primera mirada es difícil reconocer los personajes
masculinos de los femeninos. No está de más decir que el
80% de los personajes varones son andróginos, pues pueden
definirse como gays, o bien hermafroditas. Con las mujeres
no existe tal ambigüedad pues sus minifaldas y ropa ajustadísima
se encargan de mostrar cuerpos femeninos bien torneados.
Uno de los
más vistos y leídos en la Argentina es Ranma 1/2.
Escrita originalmente en 1988 por Rumiko Takahashi, narra
la historia de Ranma Saotonome, un adolescente que en su
ejercitación de artes marciales en China se encuentra en
una zona encantada, las fosas de Jusenkyo. Quien cae en
ellas carga de por vida con una maldición, se convierte
en la última persona o animal que se ahogó allí. Ranma cada
vez que se moja con agua fría se convierte en una chica.
A su vez,
Ranma se compromete en Japón con la adolescente Akane, quien
dice odiar a los hombres. Es de imaginar que la historia
se trama en relación con el repentino cambio de sexo de
Ranma y su compromiso con Akane.
Las escenas
abundan en erotismo y confusión, y en desnudos que no dejan
lugar a dudas de las transformaciones que sufre Ranma.
Se puede
mencionar además otro cómic y su respectivo anime:
Sailor Moon. Allí se narra la historia de un universo
cuyo destino es el matriarcado, y cada vez que aquél está
en peligro despiertan las guerreras galácticas, personajes
míticos que si bien conservan todo el aspecto de adolescentes
pueden salir en ayuda ante cualquier peligro del Universo.
Allí muchos guerreros malvados son guerreras y está poblado
de personajes andróginos, muy feminizados pero sin dejar
de ser hombres.
En su salida
al aire por canales de cable, algunos episodios fueron censurados,
pero la protesta fue eficaz, y nada cambió entonces del
original. Por lo demás casi el 50% de los lectores de los
cómics en Argentina son preadolescentes o adolescentes que
en su correspondencia de lectores en las revistas especializadas
plantean sus dudas sobre el sexo de uno u otro personaje,
o bien cuentan las fantasías eróticas que ellos les generan.
Además hay
mangas y anime de variadísimos temas, entre
ellos: guerreros dispuestos a luchar transformados en chicas
con ajustado ropaje de piel (últimos capítulos de Sailor
Moon); la historia de amor de dos chicos en un internado
(La canción del viento y del árbol); y no faltan
las relaciones homoerótcas femeninas.
En Japón
este material no es de consumo exclusivo de un público gay,
sino que es leído y seguido por las adolescentes de entre
13 y 16 años. En Argentina el sector de la población que
los consume no es muy distinto del país oriental.
Muchas interpretaciones
existen para explicar la masividad de su consumo, pero quizás
debe tenerse en cuenta que las fantasías que las adolescentes
pueden experimentar con personajes de sexualidad ambigua
les permiten relacionarse sin temor ni demasiada culpa con
la propia ambigüedad sexual, lo que es propio de la moratoria
psicosexual de la adolescencia. Además, estas fantasías
les son negadas a las mujeres adultas, que por tradición
y conformación subjetiva hallan reprimida esa posibilidad.
O bien que, según antropólogos especialistas, el manga femenino
permite descubrir a las adolescentes su sexualidad en un
universo dominado por mujeres.
Estas nuevas
formas de cultura conllevan, como es de suponer, nuevas
formas de culturización y socialización, además de una diferente
transición de los niños y adolescentes hacia el mundo de
los adultos.
Creemos
que nos encontramos en un mundo que está dándose vuelta
como un guante, pues las antiguas formas del imaginario
social con sus criterios de identificaciones personológicas
(sobre modelos socialmente aceptados de jóvenes y adultos)
están dejando de ser eficaces actualmente. Decimos que los
niños y niñas ya no se apropian de rasgos sobresalientes
de padres y madres para intentar ser como ellos, sino que
las diferentes formas culturales no dejan espacios ni lugares
para tales apropiaciones ni identificaciones. Sobre ello
es menester indagar e investigar, pues en ese basamento
subjetivo se construyen nuevas ciudadanías y nuevos sujetos
sociales y culturales.
| *Agradecemos al autor; psicólogo
especialista en problemas educativos, discapacidade
integración escolar, habernos enviado desde Rosario,
Argentina, este texto que incluye fragmentos de su libro:
Los efectos y sexualidad en la escuela. Homo sapiens.
Argentina, 2002 |