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Correo del Maestro Núm. 75, agosto 2002

Lope de Vega y Carpio (1562-1635)

Adolfo Hernández Muñoz

Es, sin duda, el más célebre poeta y autor dramático de España durante el Siglo de Oro y, junto con él, brillan Cervantes y Calderón de la Barca.

Es un monstruo de la creación (algunos biógrafos calculan en 2000 sus producciones); han llegado hasta nosotros 470 comedias, además de algunas atribuidas. Más de 25 tomos dan cuenta de una ingente y talentosa lista de prodigios teatrales en los que abundan autos sacramentales, entremeses, comedias mitológicas (asuntos grecolatinos), comedias de corte histórico (tanto de historia clásica como de historia española). Le siguen comedias novelescas (temas pastoriles y de caballería) y, finalmente, el inagotable autor nos ofrece sus comedias de enredo o románticas, así como comedias de costumbres. Menéndez y Pelayo hizo una concienzuda clasificación y a ella, en líneas generales, nos atenemos.

El nombre de Lope de Vega es sinónimo de perfección y excelencia, y se ha llegado a decir que: “proverbio hizo el lenguaje castellano del nombre de Lope para encarecimiento de lo mejor“. No obstante, Lope era un ser difícil y él mismo lo confiesa al decir: “Yo he nacido en dos extremos, que son amar y aborrecer, no he tenido medio jamás...” Por otra parte, se autoanaliza y manifiesta: “Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo...” (1616) Es la confesión de un Don Juan, menos diabólico que el ser mítico, definitivamente más humano.

Un Don Juan de espada y pluma

De linaje humilde nace Félix Lope de Vega Carpio en la ciudad de Madrid, el 25 de noviembre de 1562. Según su biógrafo Montalbán, a los cinco años “leía latín y en romance; a los doce sabía tañer, cantar y manejaba la espada con brío, porque se dio cuenta ya muy temprano que las tres cosas eran necesarias para hacerse valer en el mundo”. No fue buen estudiante pero sus estudios muy completos ya que, según propio testimonio, después de estar con los jesuitas en cursos de matemáticas y astronomía de la Academia Real, fue a la Universidad de Alcalá de Henares, una de las más famosas de esa época renacentista. En 1578 había encontrado amparo cerca de don Jerónico Manrique, obispo de Ávila y después, como secretario del marqués de las Navas, don Pedro Dávila.

En 1583 se organizó la expedición naval rumbo a las islas Terceras para luchar contra los portugueses; mandaba la flota don Álvaro de Bazán, uno de los vencedores en Lepanto. Todo resultó un éxito, ya que aquella guerra por la sucesión de Portugal acabaría con la conquista de las islas Azores; de esta manera, Felipe II tenía el dominio de toda la Península Ibérica. Era época de fervores patrióticos y vemos a Lope estudiando en Alcalá e iniciando sus correrías amorosas que no lo dejarían tranquilo toda su vida. Por aquellos días, se enamoró de una mujer atractiva y culta, Isabel de Molina, hija de alguien importante en la Corte y terminó, debido a cierta oposición, raptándola; también por esos días estaba entrado en amores con la hija de unos cómicos, llamada Elena Osorio, bella y coqueta cuentan las crónicas. Como recibiera negativa a ser correspondido, Lope escribió unos libelos, asunto escabroso que terminó en duelo, en el que el rival quedó herido. El lance terminó en la cárcel. Se casó con Isabel por poder y cuando salió del encierro, ayudado por un amigo, raptó a la que era su esposa y huyó a Valencia. Para entonces pesaba sentencia contra nuestro poeta por el asunto de la Osorio, que terminó como era de esperar; en efecto, el 8 de febrero de 1588 se condena a Lope de Vega a 8 años de destierro en la Corte y dos años del reino de Castilla. Poco debió importarle la sentencia y débil debió ser el rigor de los jueces, porque además de hacer caso omiso de un asunto que podía llevarle a ser condenado a muerte, paseó por la villa y por la corte y se dio tiempo, acompañado de un amigo tan alocado como él, de cortejar a doña Isabel de Urbina y Alderete —es la Belisa de sus poemas— con quien, como decíamos en párrafos anteriores, se fue a la vega valenciana.

Historia de la literatura, fascículo 10, VolII.RBA Editores, S.A. Barcelona, España, 1994.

Poco después de haberse reunido con doña Isabel, empuña la espada y se alista como voluntario en la Armada Invencible. Parte a bordo del navío almirante San Juan, desde Lisboa, el 29 de mayo, después de haber tenido otro lance de amores con una chica lusitana. En el barco compone poesías y tras el desastre que hizo cimbrar el imperio se va con su Isabel a Valencia (corre el año 1589) y pasa dos años en plena producción con pasmosa fecundidad y talento.

Por esos años sucede algo insólito: el mismo marido de Elena indujo a los jueces a ser magnánimos con Lope. El esposo de Elena Osorio, el empresario Jerónimo Velázquez, solicitó y obtuvo en 1595 —un año antes de que se cumpliera la sentencia que pesaba sobre el escritor— su indulto pleno y cabal. Para entonces la fama de Lope se extendía por toda España y el previsor Velázquez hacía lo posible por reconciliarse con su antiguo ofensor, que se había convertido en el ‘rey’ del teatro en castellano. 

Portada de Las Mocedades del Cid.

www.spanish-books.net/literature/tlope.htm

En esos años un discípulo de Lope entra en las crónicas literarias; se trataba de Guillén de Castro, que se hizo famoso con Las mocedades del Cid. El estilo de Lope crea escuela.

En 1590 nuestro poeta entra al servicio del duque de Alba, don Antonio Álvarez de Toledo, y habita en el solar de su señor, Alba de Tormes, en las cercanías de Salamanca, donde escribe La Arcadia, novela idílica surgida en 1598.

En 1595 muere Isabel, a la que dedica sentido romance:

Un año te serví enferma.

¡Ojalá fueran mil años!

que así enferma te quisiera.

................

Sólo yo te acompañé

cuando todos te dejaron,

porque te quise en la vida

y muerta te adoro y amo.

¡Y sabe el cielo piadoso

a quien fiel testigo hago,

si te querrá también muerta

quien viva te quiso tanto!

La mala racha lo persigue. En poco tiempo pierde a sus dos hijas: Antonia y Teodora. Así las cosas, vuelve a su Madrid del alma, tiene amores con otra mujer y finalmente se casa con Juana Guardo a la cual, hay testimonios, quiso entrañablemente. Poco duró el matrimonio y, al morir Juana, Lope quedó sumido en la desesperación. No obstante, poco después se inician sus amores con una comediante famosa, Micaela de Luján, a quien Lope cantó con el nombre poético de Camila Lucinda:

Y si tienes, Lucinda, mi deseo

hálleme la vejez entre tus brazos

y pasaremos juntos El Leteo

Amor tempestuoso y fecundo. Tuvo con Micaela siete hijos, entre ellos Marcela, la que quiso al poeta con amor entrañable, junto con un hijo Lope Félix. Fue época llena de éxitos. Los teatros recibían y estrenaban con vítores sus comedias (algunas de ellas las escribió en veinticuatro horas). Junto con la pluma, la espada, pues tuvo muchos lances y muchos enemigos. En 1613 murió su hijo Carlos Félix y poco después la fogosa Micaela. Para rematar tanta desdicha su hija Marcela le comunicó su decisión de ingresar al convento, quizás cansada de tantas liviandades de su famoso padre.

Entrada de la casa de Lope desde 1610. En el dintel dice: Parva mea magna. Magna aliena parva. Despacho de Lope de Vega.
www.spanish-books.net/literature/tlope.htm

Lope de Vega en sus poemas, fruto del triste suceso, nos muestra la soledad que lo cercaba. Además, los enemigos y las críticas se cebaban con él —cabe mencionar que nunca pudo atraer el favor del conde-duque de Olivares, favorito del rey Felipe IV. Lope era la comidilla de Madrid y su talante donjuanesco propiciaba las hablillas. Sus rivales en pluma lo asaeteaban; así, Suárez de Figueroa, Juan Ruiz de Alarcón y sobre todo Luis de Góngora, a quien Lope tuvo siempre mucho respeto.

Contribuyó a su fama de mujeriego haber entrado al servicio del duque de Sessa, don Luis Fernández de Córdoba, a quien sirvió hasta su muerte. Era el duque veinte años más joven que el poeta, pero los rodeó una amistad sin fronteras, entre las que destacan el haber estado juntos en varios lances de amor, en los que Lope era ducho.

Por esa época conoció a María de Nevers, y tras amarla apasionadamente como a Isabel, como a Juana Guardo, tuvo tragedia. María le dio una hija, Antonia Clara, y después se volvió loca. ¿Cabe mayor desventura? Pues la hubo. Cuando viejo, deprimido, con crisis de tipo religioso, Antonia Clara se fugó con un noble de la corte. El destino parecía castigarle con las mismas armas que Lope empleó a lo largo de su turbulenta existencia.

Retrato de Lope de Vega
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Se acerca el ocaso del poeta, penetrado de desolación. Ya había ingresado en la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento; estuvo también en la del Oratorio, en la venerable orden Tercera. Era Lope un ser contradictorio de muchas facetas: violento, arrebatado, humilde (soy extremos: amar y aborrecer. No he tenido medio jamás). Fue hombre de grandes ideas  y grandes pasiones. En el amor no tuvo freno; amó a sus hijos; pero también fue bueno y humano. Junto con crónica de atropellos, hay cauda de bondad.

Decíamos que los últimos años de Lope se ensombrecieron con desdichas sin cuento. Su novela dramática La Dorotea (1632) triunfaba porque daba una relación de la vida de Lope muy cercana a la realidad. Con el final llegaba el arrepentimiento y nuestro poeta, dado a los extremos, lo tomó todo con rigor. Pasaba la mayor parte del tiempo en su casa, en la calle de Francos, donde había de morir. Alternaba sus escritos con oraciones y aseguran sus biógrafos que se disciplinaba. A veces cuidaba su pequeño jardín. Le llovían honores; a partir de 1627 pudo anteponer el título de frey, por concesión del papa Urbano VIII, a quien Lope de Vega había dedicado un poema, La corona trágica (en memoria de la reina de Escocia, María Estuardo).

Abatido por la tragedia, envuelto en soledad completa, la muerte lo sorprendió en forma rápida. Cuentan que estaba escuchando una disertación del doctor Fernando Cardoso en el seminario de los Escoceses, cuando sufrió un desmayo. Se le trasladó en seguida a su casa y dos días después expiró. Era el 27 de agosto de 1635. Su protector, el duque de Sessa, dispuso unos funerales principescos que duraron nueve días y puede decirse que todas las calles de Madrid rindieron apasionado tributo al gran genio del teatro y de la poesía.

Cinco años más tarde, en 1640, se inauguró el teatro técnicamente más avanzado que hubo en España, el Coliseo, en la nueva residencia real del Buen Retiro, construida por Felipe IV en las afueras de la capital. Había en ese teatro telón de boca y todos los elementos de un buen espectáculo. Pero, de cualquier manera, la ingente obra de Lope allí había quedado y el gran teatro español seguiría, por años, produciendo grandeza.

Un inventario asombroso

Escribió mucho y mucho de lo que escribió perdura. Fue clásico y quedó clásico. Su patrocinado Juan Pérez de Montalbán dijo que su maestro había compuesto muchas obras y representado mil ochocientas comedias y más de cuatrocientos autos sacramentales. El erudito inglés E. W. Wilson cita a su vez a Morley y Bruerton: “tenemos los textos (genuinos y corrompidos, en manuscritos e impresos) de unas 314 comedias que son sin duda de Lope; y que de 187 que se le han atribuido, 27 son probablemente suyas, 73 pueden serlo y 87 seguramente no lo son. Hay dudas sobre algunas de excelente factura como por ejemplo La estrella de Sevilla”.

Digamos, a vuela pluma, que Lope escribió unas reglas desde el punto de vista teatral para un público exigente, como ya lo era el madrileño, alrededor de 1610: nos referimos a Arte nuevo de hacer comedias. El propio Lope dice irónicamente al dirigirse a los miembros de la Academia que él mismo ha violado preceptos que establece sin respetar a los neoclasicistas. Estos 389 versos hablan de recortar la extensión de las obras, de aligerar contendidos serios introduciendo episodios cómicos.

Lo trágico y lo cómico mezclado,

y Terencio con Séneca, aunque sea

como otro Minotauro de Pasife,

harán grave una parte, otra ridícula,

que aquesta variedad deleita mucho;

buen ejemplo nos da naturaleza,

que por tal variedad tiene belleza.

Por esos caminos andaban en aquella época los isabelinos con el propio Shakespeare a la cabeza.

Pero en medio de guerras literarias, el ‘instinto’ de Lope se impuso; a los dramaturgos jóvenes les dice: “escribid lo que queráis, pero respetad ciertos principios dictados por el sentido común. Escribir los argumentos en prosa y dividirlos en tres actos, de acuerdo con las nociones clásicas de prótasis (exposición), epítasis (nudo) y catástrofe (desenlace). Pero, ante todo, hay que mantener la expectación del público por la solución. Así las cosas, Lope logró muchos aciertos (escogerlos sería materia ardua). No obstante, merecen destacarse: es el precursor del teatro de masas, de ello da fe Fuenteovejuna, el pueblo contra los tiranos:

Cuando se alteran los pueblos

agraviados, y resuelven,

nunca sin sangre o sin venganza vuelven.

En 1606, Lope crea La discreta enamorada, en la que la joven y audaz Fenisa finge que consiente en casarse con un viejo para lograr que el hijo de éste se enamore de ella (cabe mencionar que a principios de los años treintas del siglo pasado el compositor Amadeo Vives usó el argumento para componer, con gran éxito, su zarzuela Doña Francisquita). En 1608 Lope escribe Lo fingido verdadero,  dedicada a Tirso de Molina, en la que describe la conversión y el martirio, bajo el emperador Diocleciano, de san Ginés; en 1610 La hermosa Ester y El divino africano, sobre la apasionante conversión de san Agustín, basándose en sus Confesiones, y en 1613, El perro del hortelano, que cuenta los conflictos de doña Diana con el plebeyo Teodoro.

De su pluma salieron también el drama basado en la trágica leyenda de los Siete Infantes de Lara titulado El bastardo de Mudarra (1612), El caballero de Olmedo (1616), impresa en Zaragoza en 1641 y en la que se cuenta de los pasos ocasionados y peligrosos que siguó el mancebo Calisto desde que entró buscando su halcón en las huertas de Melibea (hay una fuerte influencia de La Celestina) y la tragedia El castigo sin venganza (una de sus últimas obras) en la que el duque de Ferrara queda condenado a vivir sabiendo que ha matado al ser que más amaba, su propio hijo. Hay la obligación de citar dos obras más, ambas maestras. Nos referimos a Peribáñez y el Comendador de Ocaña (1614), “brotada de un fragmento de romance” según Menéndez y Pelayo, y El mejor Alcalde, el Rey (1620).

La dama boba

Manuscrito autógrafo de la Dama Boba
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Fue creada en el año 1613 y es un todo de comedia diáfana, ingeniosamente lírica, con riqueza filosófica; en fin, versa sobre la vieja idea de que el amor puede volver listo al más tonto. Su encanto radica en el trazo psicológico de Nise la sabihonda, y Finea, la muchacha ignorante y necia que llega a adquirir buen juicio y perspicacia (tema que retomarán, mucho tiempo después, Bernard Shaw en Pigmalión y Molière en algunas obras).

La obra tiene gran riqueza versificadora y no escasean sonetos, octavas, canciones, romances y redondillas. Los contrastes de Nise y de Finea se exponen con largueza. En un momento Finea confiesa:

La confianza secreta

tanto el sentido les roba

que, cuando era yo muy boba

me tuve por muy discreta;

y como es tan semejante

el saber con la humildad,

ya que tengo habilidad,

me tengo por ignorante.

El amor a la mujer y el culto a la amistad es todo uno en el teatro de Lope, junto con el sentimiento religioso y la reverencia al rey. Ante todo, un repertorio que, sazonado por tradiciones y cuentos, abreva en el pueblo y por ello tiene fulgor intemporal.

Catalogan 44 Manuscritos de Lope de Vega

Barcelona, 19 de febrero. El investigador italiano Marco Presotto catalogó por primera vez 44 manuscritos autógrafos de comedias de Lope de Vega escritos entre 1593 y 1634, entre ellos, tres que estaban en paradero desconocido desde hace décadas y que ha localizado en Inglaterra.

Presotto, de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), dijo que “los autógrafos, escritos de puño y letra y firmados por el mismo Lope, no se habían catalogado hasta ahora, al igual que sucede con otros autores del Siglo de Oro, y, en su mayoría, siguen en las bibliotecas sin que nadie los haya estudiado”. El filólogo italiano rastreó durante tres años los autógrafos de Lope, siguiendo ‘pistas’ recogidas en catalogaciones parciales que se hicieron en el siglo pasado.

Presotto resaltó la importancia de esta catalogación de los manuscritos de Lope, del que en la actualidad se conocen 400 comedias de las más de 1500 que se dice que escribió el autor.

De todos estos ejemplares, la principal novedad son los autógrafos que Presotto localizó en la biblioteca de una mansión privada de la región inglesa de Dorset, que pertenecieron al hispanista Lord Holland (siglos XVIII y XIV), primer estudioso británico de Lope.

Estos autógrafos, a los que se había perdido el rastro hace décadas, son El caballero del Sacramento, El cuerdo loco y El marqués de las Navas.

La intervención de Presotto permitió descubrir en la mansión de Dorset, en una caja metálica perdida en un armario, estos tres autógrafos de Lope junto a una veintena de manuscritos, copias de los siglosXVI y XVIII.

Fuente: Agencia EFE, 19 de febrero, 2001.

 

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