menuinterno Inicio | Números anteriores | Libros

Volver al índice

Correo del Maestro Núm. 71, abril 2002

Del Marqués de Santillana a Garcilaso de la Vega*

Adolfo Hernández Muñoz

Hay varias y afortunadas aportaciones al idioma que se va expandiendo por toda España; así, entre 1394 y 1458, muy cerca de la reconquista de la península, surge el marqués de Santillana, ilustre poeta que refleja diversas fuentes y todas venturosas. Tendrá seguidores y culminará con el cordobés Juan de Mena (El laberinto de la fortuna) (1411-1456) uno de los renovadores de la poesía del siglo XV, antesala de un luminoso XVI. De inspiración popular, graciosas, delicadas y de hermosa factura, en sus Serranillas, cuyo eco recorre los siglos, se lee:

Moça tan fermosa
non vi en la frontera
como una vaquera
en la Finojosa

 

También merecen citarse los Refranes que dicen las viejas tras el fuego, amorosamente recogidos. Falta un siglo para que surjan Boscán y Garcilaso en sus tertulias napolitanas.

Por esos años aparece Jorge Manrique (1440-1478) con sus Coplas por la muerte de su padre donde se trata, en forma entrañablemente poética, en especial lo que acontece en la Castilla de aquellos años. Al exaltar la vida y gloria del maestre don Rodrigo Manrique se crea un monumento a la naciente lengua castellana.

He aquí algunos pequeños fragmentos:

Recuerde el alma dormida ,
avive el seso y despierte,

               contemplando

cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
                 tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
                           da dolor,
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
                      fue mejor.
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
                          y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
              por pasado.
.  .  .
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
            que es el morir:
allí van los señoríos

derechos a se acabar
           y consumir;
.  .  .

 

Jorge Manrique es, con sus versos, un hito en el idioma de la meseta.

Página de la primera edición de las Coplas por
la muerte de su padre de Jorge Manrique

En 1499 aparece La Celestina, de Fernando Rojas, que es la joya española del Renacimiento e inicio del gran teatro español. Novela dialogada en 21 actos: “La tragicomedia de Calisto y Melibea” (los cinco añadidos forman el “Tratado de Centurio”, intercalado entre el siglo XVI y XIX, que, por otra parte, también se atribuye a Rojas (1465-1541). Es La Celestina uno de los mayores sucesos de aquellas épocas medievales. Con implicaciones morales es resumen y castigo de excesos. El argumento trata de la violenta pasión amorosa de Calisto, quien para alcanzar el favor y vencer los escrúpulos de Melibea, utiliza los servicios de una vieja mediadora, Celestina; Sempronio y Pármeno, criados de Calisto, matan a la alcahueta movidos por la codicia y mueren a su vez en manos de la justicia. Al fin de uno de los amorosos encuentros en la alcoba de Melibea, Calisto sufre un fatal y azaroso accidente y, seguidamente, ella se suicida arrojándose desde la torre de su casa y ante la presencia de Pleberio, su padre, quien resume en un planteo final la desolación moral del hombre en un mundo encaminado fatalmente hacia la destrucción. Es la Celestina uno de los caracteres más definitivos de la literatura española: la figura de la alcahueta.

Es un drama comparable a Romeo y Julieta de Shakespeare. Un todo teñido de sangre y pasión.

Siempre recordaremos las versiones teatrales de Amparo Villegas, bajo la dirección de Rivas Cheriff, en México.

A principios del siglo XVI, Juan del Encina y Lucas Fernández escriben églogas, casi teatro. Juan del Encina (o de la Encina) (1468-1530) es poeta de variada factura (villancicos, romances, canciones y también traducciones de Virgilio, que dan fe de sus proyecciones latinas). Hay un cancionero con su obra editada en facsímil por la Real Academia. Tomamos unos fragmentos de un hermoso villancico que dice:

Montesina era la garza,
y de muy alto volar;
no hay quien la pueda tomar.
Mi cuidadoso pensamiento
ha seguido su guarida,
mas cuanto más es seguida
tiene más defendimiento;
de seguirla soy contento
por de su vista gozar,
no hay quien la pueda tomar.

Tiene tan gran hermosura

y es tan noble y virtuosa,

que en presencia de nadie osa

descubrirle su tristura;

es de dichosa ventura
el que sirve en tal lugar,
no hay quien la pueda tomar.

 

Estamos a un paso de una constelación de grandes poetas y prosistas. Hay, en el camino, anónimos insignes y proverbios morales. La influencia italiana, sobre todo por el reino de Nápoles, se acentuó en el siglo XV y XVI. El endecasílabo, solo o combinado con el heptasílabo, se convirtió entonces en uno de los dos metros clásicos de la poesía castellana; el otro era el octasílabo. Estamos llegando al mundo de Garcilaso de la Vega y de Gutierre de Cetina. También al de Tirso de Molina, Lope de Vega, Quevedo y Cervantes. De todo ello diremos algo y confirmaremos que el castellano se construyó en forma maciza, destinado a enfrentar siglos y embates de otras lenguas. Es un idioma que canta, ama y desafía, y también razona, teñido en auras melancólicas.

Garcilaso de la Vega

Supuesto retrato de Garcilaso, de autor
anónimo, conservado en la Galería de
Kassel,  Alemania.

www.garcilaso.org/ilustraciones

Es Garcilaso el máximo poeta español del Renacimiento. Nace en época de inquietudes; las ideas de Erasmo con fronteras en lo herético hacían mella en una España que entraba en el europeísmo con Carlos I, su ideal imperial y católico se sobrepuso a la tragedia de los comuneros y como cortesano consumado y de linaje alto, el joven Garcilaso pasó su primera juventud en Toledo, ciudad que idealiza. Allí, en la ciudad que enlaza el Tajo, recibió esmerada educación, donde no están ausentes latín, griego, esgrima (que usó con largueza), equitación (fue consumado jinete), y (sobre todo) etiqueta cortesana. Él indujo a su amigo y poeta Boscán a traducir El cortesano de Castiglione, durante el fructífero exilio napolitano. Para Garcilaso, la obra de Baltasar de Castiglione (1476-1529) era una especie de biblia y en su corta pero bien vivida existencia, Garcilaso fue ducho en manejo de pluma y armas, culto y de agradable conversación.

Entre sus ascendientes estaba Íñigo López de Mendoza, más conocido como el Marqués de Santillana, gloria literaria y también gente notable en armas y política. El historial guerrero de nuestro poeta es breve e impresionante. En Olías es herido gravemente (17 de agosto de 1521), en una expedición contra los turcos en la isla de Rodas. Cuatro años más tarde participa en la campaña de Navarra contra Francia y el emperador premia sus esfuerzos nombrándolo caballero de la Orden de Santiago en Pamplona. Dos años después, casado con Elena de Zúñiga, dama de la nobleza, emprende larga serie de viajes diplomáticos: Zaragoza, Barcelona, Italia, Francia, Flandes y Alemania. Por esos tiempos tendrá una herida sentimental difícil de sanar ya que se enamora, si bien platónicamente, de Isabel Freyre, que integraba parte del cortejo de la emperatriz Isabel de Portugal. Esta dama casó con don Antonio de Fonseca y murió de parto al poco tiempo, en 1533.

Portada de la primera edición de las Obras
de Garcilaso y Boscán, 1543.
www.garcilaso.org/ilustraciones

Para entonces hubo un acontecimiento en las letras latinas, que Garcilaso puso de manifiesto preso de una pasión infeliz pero que había que controlar. El resultado es parte de la excelencia cortesana de Garcilaso, dentro del modelo de Castiglione. El humanista Andrea Navagero, que era embajador de Venecia en la bullente Nápoles, facilitó al poeta y amigo de Garcilaso los principales metros poéticos utilizados por los italianos; se trataba de Juan Boscán, traductor al castellano de El cortesano de Castiglione que sigue el modelo de Cicerón y que también tiene puntos de contacto con Diálogos del amor, de León Hebreo; en suma, enumeración de cualidades y rasgos que deben adornar al gentilhombre. Pero vayamos por partes: en 1532 hay un breve destierro de Garcilaso en una isla del Danubio debido a un enojo pasajero del emperador, para terminar en Nápoles donde tuvo contacto con un vasto surtido de celebridades que llenaban las tertulias culturales de la ciudad. Tenemos una reproducción de un retrato del poeta realizado por Il Pontormo, cuyo original se exhibe en la Galería Real de Pinturas de Kaassel, en Alemania. En él vemos a un hombre de talante noble, fornido, propio de un gentilhombre, que en corta vida (como quería Gracián) hizo una obra breve pero sustanciosa.

¿Qué pasó en Nápoles? Conoció a Juan Boscán, a Bernardo Tasso y a Juan Valdés. Allí abandonó el estilo de las coplas castellanas y tomó la concepción italianizante que revolucionó a la poesía española. Heredero del gran Petrarca, sobre todo por el uso de la naturaleza como fuente de imágenes. En suma, la línea de Garcilaso, guiada por un ideal arcádico expresado con melancólica serenidad, constituye una de las cimas de la poesía castellana. Decíamos de lo breve, pero depurado e intenso, de su carrera. Muere con una edad de 30 años, herido  mortalmente en lucha contra los franceses al asaltar el Castillo de Muy, en Provenza. Fallece en Niza, el 13 de octubre de 1536.

¿Qué hay de su ‘conversión italianizante’  que tanto revolucionó a la poesía española? Digamos, respecto a la métrica, que asimiló distintas formas, desde el endecasílabo a la canzone y a la terza rima; el bucolismo y la alusión mitológica renacentista, todo se conjuga con la nota sensorial y plástica y el acierto metafórico. Su obra comprende tres églogas, compuestas entre los años 1534 y 1536, que será el año de su muerte. En Los infortunios del pastor Albano, rechazado por la pastora Camila, hay mucho de autobiográfico entre Garcilaso y sus desventuras con la inasible Isabel Freyre. Estas églogas son composiciones debidas, en sus inicios, al poeta griego Teócrito (300 años antes de Cristo) y que alcanza la perfección con el ‘divino Virgilio’.

El Toledo de Garcilaso.
www.garcilaso.org/ilustraciones

Decíamos a medida que Garcilaso asimilaba la influencia de los grandes poetas latinos y de los italianos desde Petrarca hasta Bernardo Tasso, tallaba su propia grandeza. Según estudiosos de talla de R. O. Jones (Historia de la literatura española, 1971) y W. J. Entwistle (The loves of Garcilaso, 1930), el orden cronológico de aparición está alterado, se cree que la Égloga II es la primera y se compone de un largo poema dialogado de 1885 versos. El poema trata de los infortunios del pastor Albano que, habiendo amado a la pastora Camila desde la infancia, es abandonado por ella cuando él le declara su amor. Al volverse a encontrar quiere retenerla por la fuerza pero sus amigos Salicio y Nemoroso lo apresan y atan. Le hacen oír sus experiencias de ‘amor insano’ para que vuelva a la senda adecuada. La situación de Albano parece clara, pero la figura de Petrarca adquiere más vigor, más influencia y es en la tercera égloga donde el sentimiento alcanza cotas más profundas. Hay batallas, se sugiere la influencia de Ausias March, entre la razón y la sensualidad. En fin, la naturaleza es un espectáculo de amor y armonía en que el amor humano puede encontrar su lugar. Salicio y Nemoroso lo hallaron, pero nuestro Albano no. Al parecer muchos de los versos de estas églogas están inspirados en el Orlando furioso, de Ariosto. Si hemos de buscar personajes reales en el poema, entonces Albanio debe ser evidentemente el mismo Garcilaso, el irredento Garcilaso preso de una pasión infeliz (R. O. Jones, Siglo de oro). Y mientras la imagen de Isabel Freyre señorea su espíritu, manifiesta de modo bucólico que el mundo y él son ajenos, el uno al otro, al manifestar:

siempre está en llanto esta ánima mezquina,
cuando la sombra el mundo va cubriendo,
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Palabras más o menos, las églogas son extraordinarias. En ellas Garcilaso expresa su pena y su liberación. Son la exploración de la experiencia real, las cuentas que el poeta ajusta consigo mismo.

Al erudito R. O. Jones corresponde esta anotación muy importante en los anales de la literatura española:

Durante su periodo napolitano, Garcilaso escribe su canción V, Oda a la flor de Gnido, una súplica en favor de su amigo Mario Galeota dirigida a doña Violante Sanseverino. Es un poema muy logrado, imitación de la Oda I, VI de Horacio. Aparte de sus méritos intrínsecos, tiene además una importancia histórica pues introduce en el idioma español la forma de estrofa en la cual fray Luis de León y san Juan de la Cruz habían de escribir algunos de sus mejores poemas, y que tomó el nombre de lira precisamente de la última palabra del primer verso de la oda: ‘Si de mi baja lira’. 

 

  

Rúbrica de Garcilaso.
www.garcilaso.org/ilustraciones

Desterrado de la isla de Schut (en el Danubio), extrañamiento breve pero muy sentido, compuso la Canción tercera: Danubio, río divino, de la que extraemos estas estrofas:

Con manso ruido
de agua corriente y clara ,
cerca del Danubio una isla, que pudiera

ser lugar escogido
para que descansara
quien como yo estoy agora, no estuviera:

do siempre primaver a
parece en la verdura
sembrada de las flores;
hacen los ruiseñores
renovar el placer o la tristura
con sus blandas querellas
que nunca dia ni noche cesan ellas.

 

Pronto dejó el bucólico rincón del Danubio y partió a la cosmopolita Nápoles con sus bien colmadas tertulias bajo el benigno patronazgo de don Pedro de Toledo, primer marqués de Villafranca, Virrey de Nápoles durante varios años (1532-1553).

Esta cima de la poesía castellana está constituida por una obra breve, despurada e intensa, compuesta de tres églogas a las que nos habíamos referido, cinco canciones, dos elegías, una epístola a Boscán y treinta y ocho sonetos. En la lírica amorosa no mengua un sincero intimismo sentimental.

Hay también algunas epístolas de 1536, una de ellas dirigida al emperador Carlos V, de quien fue fiel vasallo y mejor guerrero.

En resumen, con Garcilaso de la Vega estamos ante un espíritu nuevo en la poesía española a la que inyectó brío y grandeza.

 

Volver al índice