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Correo del Maestro Núm. 65,octubre 2001

Los murciélagos a través del ojo de la ciencia

Bernardo Rodríguez Galicia

Únicos en su clase, los murciélagos son mamíferos que poseen la virtud de volar; cuentan con diversos hábitos alimenticios que van de lo frugívoro a lo nectívoro, piscívoro, insectívoro, omnívoro e, inclusive, los hay hematófagos (murciélagos vampiros), es decir que se alimentan de sangre. Son de costumbres  nocturnas y se comunican, principalmente, por un complejo sistema de sonar.

La característica de volar, así como su aspecto físico, han dado origen, en gran cantidad de idiomas, al vocablo con que se designa a este animal. En alemán se le llama fledermaus, en sueco fladermus, en danés flagger-mur,  ‘ratón que vuela’; en chino sein shii, ‘ratón celeste’; en náhuatl químich-papálotl, ‘ratón mariposa’; en francés chauve-souris, ‘ratón calvo’; en portugués y español morcego y ‘murciélago’, respectivamente, vocablos que quieren decir ‘ratón ciego’. Sin embargo, a pesar del amplio conocimiento físico que se tiene de estos animales, es increíble que existan tan pocas investigaciones sobre ellos. La mayoría de ellas se refiere a cómo realizan su vuelo, al contenido estomacal o alimenticio y a las patologías que transmiten a través de algunos virus como el de la rabia. Otras, las de carácter arqueológico o paleontológico, son las menos.

Estudios de paleontología y arqueozoología de murciélagos

Es curioso que a pesar de que el orden Quiropterae es el segundo por su abundancia entre los mamíferos —después del Rodentiae— esto no se refleje mucho en el registro fósil. Tan es así que los estudios paleontológicos que se refieren a restos de murciélagos hallados en México son escasos (Arroyo-C. y Álvarez, 1990). La revisión de la bibliografía en que se hace referencia a murciélagos fósiles y subfósiles demuestra que los estudios sólo se han efectuado en elementos craneales, sin mencionar los postcraneales; además, es notable el escaso número de trabajos que hacen referencia a restos hallados en la zona tropical americana (Arroyo-C. y Álvarez, 1990).

A pesar de lo anterior, se tienen investigaciones como la de Martín (1972), que elaboró un catálogo de los murciélagos del Plioceno y el Pleistoceno (Arroyo-C. y Álvarez, 1990). En México se han realizado algunos estudios arqueozoológicos de murciélagos hallados en las excavaciones arqueológicas en la zona tropical, [Hatt et al. (1953), Koopman y Martín (1959), Dalquest y Roth (1970) y los de Álvarez (1972, 1976, 1982)], en que se describe principalmente la anatomía ósea de este grupo de vertebrados. Es importante mencionar los trabajos efectuados en las Antillas por Koopman y Williams (1951) y el amplio estudio de Silva Taboada (1974) sobre restos óseos hallados en depósitos de una cueva en la región central de Cuba (Arroyo-C., Álvarez, 1990), en el que hace mención de la importancia y necesidad de realizar estudios de huesos postcraneales de los murciélagos.

En 1977 y 1980 el arqueólogo Norberto González Crespo tuvo a su cargo la exploración de las grutas de Loltún, en Yucatán, donde pudo estudiar restos de fauna pleistocénica, incluyendo restos óseos craneales y huesos postcraneales de murciélagos y artefactos de piedra tallada.

Restos de cráneo y dentario de un murciélago insectívoro de la especie Myotis velifer, hallado en la "Cueva de las Varillas", en Teotihuacán, Estado de México. Su presencia indica una actividad ritual de las personas que habitaron estas cuevas a finales del postclásico.

A principios de la década de los años noventa, en la temporada de excavación 1994, el proyecto Estudio de Túneles y Cuevas en Teotihuacán a cargo de la doctora Linda Manzanilla Naim, del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, reportó la presencia de un cráneo y un dentario de la especie Myotis velifer, murciélago insectívoro, dentro de la Cueva de las Varillas (Valadez, 1994), asociados a un entierro, quizá como ofrenda dedicada a la persona enterrada.

Por último, cabe mencionar que se conocen restos de fósiles de murciélagos vampiros de cinco sitios paleontológicos en México: Desmodus cf. draculae, del Pleistoceno tardío en la gruta de Loltún; D. stocky, que procede del Pleistoceno tardío, de las cuevas de la Boca, San Josecito y La Presita, estado de Nuevo León, y del Holoceno temprano, de Tlapacoya, Estado de México (Arroyo-C. y Clayton E., 1997). Hay dos especies de vampiro, Desmodus rotundus, Diphylla ecaudata, conocidas desde el Pleistoceno-Holoceno en Loltún (Arroyo-C. y Clayton E., 1997).

Pocos son los registros fósiles sobre murciélagos completos, tal es el caso del género Palaeochiropterys, hallado en Italia, que data del Oligoceno, es decir, de hace unos 38 millones de años.

 

Estudios de murciélagos polinizadores

Quizá el papel ecológico más importante del murciélago es el de agente polinizador. De ahí el amplio número de trabajos realizados sobre este tema. Dichas investigaciones tienen su origen en la segunda mitad del siglo XVIII, sin embargo, las más importantes aportaciones se realizaron desde mediados del siglo XX. Destacan los trabajos de Baker y Harris, en Ghana, sobre las visitas de los murciélagos de los géneros Epomophorus y Nanonycteris a las inflorescencias de Parkia clappertoniana. En estos estudios se resalta la importancia de ambos murciélagos en el proceso de polinización de esta leguminosa a la cual llegan en busca de néctar, tal como lo demuestra un análisis estomacal.

En 1960, el científico brasileño Carvalho observó que ejemplares de Crescentia cujete (Bigniniaceae), Alexa grandiflora (Leguminosae), Hymemae courbaril (Leguminosae), Crataeva benthami (Capparidaceae) y Parkia gigantocarpa son visitados por tres especies de murciélagos: Glossophaga s. soricina, Phyllostomus d. discolor y Phyllostomus h. hastatus. En su investigación, Carvalho trató de observar el comportamiento de plantas y murciélagos. El examen del contenido estomacal de algunos ejemplares capturados reportó la presencia de restos de insectos, restos vegetales, néctar, pulpa de fruta y granos de polen. Un año más tarde el mismo Carvalho estudió la alternancia de recursos alimenticios utilizados por los murciélagos ya mencionados y sugirió que esto obedece a sus necesidades fisiológicas (Quiroz, et al., 1986).

Ese mismo año (1961) Alcorn et al. verificaron la actividad polinizadora del murciélago del género Leptonycteris sobre el cactus gigante (Saguaro), Carnegia gigantea.

En México, Bernardo Villa (1967), al citar la dieta de los murciélagos mencionó también varios géneros como visitantes de diversas plantas: a Glossophaga lo observó frecuentando flores de Musa (Musaceae) y Lemaireocereus (Cactaceae); a Leptonycteris lo menciona sobreviviendo al cautiverio gracias a una dieta constituida por néctar de Ipomoea (Convulvulaceae) y a Choeronycteris lo encuentra cubierto de polen de la misma planta al ser capturado, al igual que a Hylionycteris, cubierto con polen de Teobroma (Sterculiaceae), (Quiroz, et al., 1986).

En 1969 Álvarez y González estudiaron el contenido palinológico del estómago de murciélagos mexicanos de la subfamilia Glossophaginae; el propósito era establecer los hábitos alimenticios y competencia entre estos mamíferos estimando la cantidad de granos de polen en sus tractos digestivos.

Baker y colaboradores, en 1971, efectuaron un trabajo con Ceiba acuminata y encontraron que sirve como fuente de alimento a varias especies animales que la visitan, incluyendo a los murciélagos. Los autores mencionan que los quirópteros actúan como verdaderos polinizadores.

Los hábitos alimenticios de los murciélagos son muy diversos. Hay especies carnívoras, frugívoras, piscívoras, nectívoras, hematófagas e, incluso, algunas que se alimentan de polen. En la fotografía podemos ver un murciélago frugívoro.

En la provincia de Guanacaste, Costa Rica, Heithaus et al. realizaron un estudio para establecer la posible relación y estrategias de la polinización de Glossophaga soricina y Phyllostomus discolor —ambos nectívoros— con respecto a la leguminosa de la especie Bauhinia pauletia.

Más tarde, Howell publicó un artículo en el que presentó los resultados obtenidos de las investigaciones que él realizó en México y Estados Unidos sobre la sensibilidad auditiva y vocalización ultrasónica entre murciélagos de la familia Glossophaginae, en el que menciona que existe una relativa diferencia entre las especies, la que está condicionada por sus preferencias alimenticias.

Sazima y Sazima (1977) encontraron en Brasil a Phyllostomus discolor, Glossophaga soricina y Anoura caudifera alimentándose con las flores de Bauhinia; observaron también a P. discolor visitar las flores de Lafoensia glyptocarpa (Lythraceae) y dedujeron que, dependiendo de la cantidad de flores que presente la planta, esta especie de murciélago llega a ella de manera independiente o bien agrupándose en manadas (Quiroz, et al., 1986). Finalmente, estos mismos autores en 1978 destacaron la importancia que tienen los murciélagos Glassophaga soricina y Corollia perspicillata en la polinización de la ‘flor de la pasión’, Passiflora mucronata (Passifloraceae).

La adaptabilidad de los murciélagos al vuelo es comparable con la que tuvieron algunos reptiles voladores y la que tienen aves actuales; en la figura se pueden observar precisamente los mecanismos de adaptabilidad en los miembros anteriores que tuvieron diferentes vertebrados voladores, entre ellos el murciélago, y cómo es esta modificación en el hombre.

Los murciélagos vampiros y la rabia

Hoy en día se acepta que en América no existía la rabia canina antes de la llegada de los españoles; sin embargo, hay evidencias indirectas que señalan su presencia en murciélagos vampiros. En la Crónica de la Conquista de Darién de Fernández de Oviedo, del año 1514, y en la Historia del Descubrimiento y Conquista de Yucatán, de Juan Francisco Molina Solís, del año 1527, se menciona el ataque de murciélagos vampiros a hombres y animales, con el consecuente contagio de rabia (Flores-Crespo, 1996).

Posteriormente, para el año 1681, el médico y naturalista Aldravandus prevenía sobre la ingestión accidental de estiércol de murciélago, ya que de esto se derivaban problemas, primero de la lengua o el corazón, posteriormente se caía en una conducta de horror al agua (hidrofobia) y, finalmente, sobrevenía la muerte, síntomas —ahora lo sabemos— de quien contrae el virus de la rabia.

La cita más antigua de rabia, y presumiblemente del conocimiento de los murciélagos vampiros en México, data del año 1709, en los anales de la Inquisición, que menciona la necesidad de ejecutar a quienes hubieran contraído el mal. Diez años más tarde aparecieron los primeros registros de rabia por murciélagos en las Antillas y en 1741 sucedió lo mismo en Barbados. Para 1753 los estados de Virginia, Carolina del Norte y Nueva Inglaterra, en Estados Unidos, reportaron la presencia de la rabia, incluso con carácter epidemiológico.

En 1803, en Perú, hubo una violenta epidemia en la que fallecieron 42 personas en la ciudad de Ica por haber contraído el mortal virus (Flores Crespo, 1996). Durante el siglo XIX, científicos como Luis Pasteur, Chamberlain, Roux y Thuiller reconocieron la existencia de un factor de contagio, demostraron la virulencia en el sistema nervioso de los animales enfermos de rabia y, finalmente, Pasteur elaboró la primera vacuna, que se aplicó al joven Joseph Maister.

Para inicios del siglo XX, en 1905, en Perú se descubrió la rabia en coyotes (Flores-Crespo, 1996), que muy posiblemente habían sido infectados por murciélagos vampiros; mientras, en pleno inicio de la Revolución Mexicana, en 1910, el doctor Emilio Fernández informó de la presencia de rabia en el ganado bovino (Flores-Crespo, 1996). Un año más tarde, en 1911, el doctor Carini mencionó la transmisión de la rabia por murciélagos en ganado bovino, hecho que fue comprobado posteriormente, en 1934, por Hampt, Rahaj, Queirós, Lima y Torres (Flores-Crespo, 1996). En 1928 se registró y reportó el primer caso de rabia transmitida por el murciélago al hombre; mientras que en 1939 se inoculó el virus de la rabia en embriones de pollo y pato y se obtuvieron cepas avianizadas para inmunizar a los animales y al hombre.

Conclusión

Como ya hemos señalado, la investigación de los quirópteros se ha centrado principalmente en el conocimiento de su conducta ambiental, alimenticia o patológica. Quedan por abarcarse campos de estudio muy importantes como la anatomía y fisiología de estos animales. Los estudios paleontológicos —como el realizado en las grutas de Loltún por Arroyo Cabrales y Ticul Álvarez— y los estudios de fósiles o materiales arqueozoológicos —como los de Valadez— son una alternativa en el campo de investigación científica que bien puede explicar la extraordinaria adaptabilidad de estos minúsculos mamíferos así como su relación con el hombre en la época prehispánica.

Los murciélagos han llamado poderosamente la atención del hombre desde épocas remotas, lo que ha llevado, incluso, a tejer falsas creencias y a atribuirles misteriosos poderes sobrenaturales. Han estado presentes, de diversas formas, en muchas culturas, entre ellas las mesoamericanas. En leyendas nahuas aparece como producto del semen de Quetzalcóatl derramado en una roca y como mensajero de los dioses.

Es tal el culto que se brindaba al murciélago en la época prehispánica que en el palacio de Tetitla y el Barrio de los comerciantes, en Teotihuacan, durante las excavaciones arqueológicas se encontraron figurillas zoomorfas que representan verdaderos quirópteros; el hallazgo del dentario y cráneo del murciélago en la cueva teotihuacana así lo confirma y, como menciona el doctor Valadez:

La presencia del murciélago Myotis velifer es un aspecto de enorme valor, dado que los restos de quirópteros en sitios arqueológicos son muy poco comunes. Esta especie es un pequeño organismo, común en la región, que se alimenta de insectos y duerme en huecos de árboles y casas abandonadas. Las cuevas estudiadas durante el proyecto no son un sitio adecuado para que se convirtiera en su refugio, por lo que es lógico suponer que el animal se cazó y posteriormente se llevó a estas...

¿Medicina?, ¿religión?, ¿simbolismo?, ¿superstición?; las investigaciones arqueozoológicas con murciélagos pueden dar respuesta a estas y otras preguntas.

Bibliografía

Arroyo-Cabrales, Álvarez, Ticul. Restos óseos de murciélagos procedentes de las excavaciones en las grutas de Loltún. Colección Científica, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, D.F., 1990. 
Arroyo-Cabrales, Polaco, O. “Revisión de los vampiros fósiles (Chiropterae: Phyllostomidae, Desmodontinae) de México”, en: Homenaje al profesor Ticul Álvarez. Colección Científica, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México D.F., 1997.
Flores Crespo, R. Prevención de la rabia paralítica bovina y el control de los murciélagos vampiros. Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agropecuarias y Pecuarias; taitene, México D. F.,1996.
Quiroz, L.D., et al. Análisis palinológico del contenido gastrointestinal de murciélagos. Colección Científica, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, D.F., 1986.

 

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