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Capítulo
II. Segundo grado del desarrollo del hombre: el niño
[...]
Aunque, a decir verdad, todo grado en el desarrollo
y perfeccionamiento del hombre sea muy importante
en su orden respectivo, permítasenos que insistamos
sobre la importancia especial que toma a nuestros
ojos el grado presente [la primera infancia]. Es,
en efecto, la primera manifestación del lazo que une
al hombre al mundo exterior; es el primer paso dado
por él en la vía de la comprensión de este mundo exterior,
que se le aparece entonces bajo las formas más diversas.
Es altamente importante que el niño, llegado a este
grado, contemple de una manera justa los objetos que
le rodean, y los conozca según su naturaleza y sus
propiedades, conociendo a la par los grados de su
importancia y de su valía, y las relaciones existentes
entre ellos y con el hombre. Empléense siempre expresiones
exactas, frases simples y claras para designar al
niño las condiciones de espacio y de tiempo, y todas
las propiedades peculiares al objeto que se lo quiera
dar a conocer. Como este grado de desarrollo del hombre
exige que el niño designe cada cosa con claridad y
precisión, síguese necesariamente de ahí que todo
lo que le rodea deba serle presentado precisa y claramente:
una condición reclama la otra.
[...] La palabra y el juego componen el elemento en
que vive el niño de esta edad. Atribuyendo a cada
cosa la vida, el sentimiento, la facultad de oír y
de hablar que él siente en sí mismo, imagínase también
que todo objeto oye y habla; y no vacila, desde que
empieza a manifestar su interior, en atribuir una
actividad semejante a la suya a las piedras, a los
árboles, a las plantas, a las flores, a los animales
y a todo lo que le circunda.
El niño se explica de esta suerte, o por lo menos
presiente, cómo la vida le es propia, su vida con
sus parientes y su familia, su vida con un ser superior
que le es invisible, cómo, en fin, su vida con la
naturaleza no constituye más que una sola y misma
vida.
Es importante para el éxito de la educación del niño
de esta edad, que esta vida que él siente en sí tan
íntimamente unida con la vida de la naturaleza, sea
cuidada, cultivada y desarrollada por sus padres y
por su familia. El juego les suministrará para ello
medios preciosos, porque el niño no manifiesta entonces
más que la vida de la naturaleza.
El juego es el mayor grado de desarrollo del niño
en esta edad, por ser la manifestación libre y espontánea
del interior, la manifestación del interior exigida
por el interior mismo, según la significación propia
de la voz juego.
El juego es el testimonio de la inteligencia del hombre
en este grado de la vida. Es por lo general el modelo
y la imagen de la vida del hombre, generalmente considerada,
de la vida natural, interna, misteriosa en los hombres
y en las cosas: he ahí por qué el juego origina el
gozo, la libertad, la satisfacción, la paz consigo
mismo y con los demás, la paz con el mundo; el juego
es, en fin, el origen de los mayores bienes.
[...] Los cuidados paternos y maternos y los de la
familia, tienen por único fin el completo desarrollo
de las fuerzas, de las disposiciones y de las aptitudes
de todos los miembros y órganos del hombre-niño, respondiendo
a sus exigencias y a sus necesidades. Pero no basta
que la madre trabaje instintivamente por obtener este
desarrollo; conviene que al ocuparse a sabiendas de
un ser consciente, esté convencida de que coopera,
al propio tiempo, en el desarrollo de la humanidad
entera y obre en vista de este indudable enlace que
existe entre el niño y la humanidad.
El amor maternal, razonable, conforme con la justicia
y con la verdad, debe conducir seguramente al niño
por las vías del desarrollo, y llevarle poco a poco
a manifestarse con la conciencia de sí mismo. Dame
tu bracito. ¿En dónde está?, ¿dónde se oculta tu manecita?
dice la madre a su hijo, para darle a conocer la multiplicidad
y la variedad de sus miembros.
[...] Por medio de estos procedimientos, inspirados
en la naturaleza misma, todas las madres enseñan al
niño a conocer multitud de cosas, aun aquéllas que
éste no podría ver al exterior. Todo esto tiene por
objeto infundir al niño la noción de sí propio y llevarle
a reflexionar sobre sí propio. Por ejemplo, un niño
educado con solicitud según este método tan natural,
decíase un día, ignorando que nadie le escuchase:
Yo no soy ni mi brazo ni mi pierna; yo no soy
mi oreja; yo puedo separar todos los miembros de mi
cuerpo y sin embargo me quedo siendo yo; ¿quién es,
pues, ése que yo titulo yo?
Idéntica razón inspira a la madre, cuando juega con
su hijo, la idea de decir: Muéstrame tu lengüecita;
muéstrame tus dientecitos; muérdeme con tus dientecitos.
Así le lleva a hacer uso de sus miembros. Empuja tu
piececito ahí dentro, le dice, presentándole una media
o un zapato. De este modo el instinto y la ternura
de la madre guían al niño hacia ese mundo exterior
que ella, a su vez, aproxima al niño. Quiere hacerle
distinguir la unión de la separación, el objeto distante
del cercano; llama su atención sobre las relaciones
que guardan entre sí y con él los objetos cuyas propiedades
y cuyo uso quiere ella darle a conocer. El fuego
quema, dice, acercando prudentemente a la llama
el dedo del niño, a fin de hacerle sentir la acción
del fuego, sin que se queme; así le preserva, para
el porvenir, de un peligro que le era desconocido.
Dirá ella también, aplicando ligeramente la punta
del cuchillo sobre la mano del niño: El cuchillo
corta. Luego, queriendo llamar la atención del
niño, no solamente sobre los objetos en su estado
pasivo, sino también sobre su uso y sus propiedades,
añade: La sopa está caliente, quema. El cuchillo
es afilado, pica, corta, no lo toques. El niño,
pasando del conocimiento del objeto al de la acción,
llega fácilmente de este modo a comprender la significación
real de las voces cortar, picar, quemar, sin necesidad
de dedicarse a experiencias sobre sí mismo.
[...] En el presente grado de la vida del niño hallamos
el principio del desarrollo de su inteligencia, de
sus aptitudes y de sus facultades. Adquiere la palabra;
la naturaleza se le presenta y le descubre las tan
varias propiedades del nombre, de la forma, del tamaño,
del espacio, en una palabra, las propiedades de los
seres y de las cosas. El mundo artificial se le aparece
distinto del de la naturaleza. Se mira el niño como
antítesis del mundo exterior. Presiente en sí un mundo
interior, invisible, individual, y sin embargo no
ha salido aún del primer grado de la infancia, en
el cual lo vemos iniciarse en los cuidados y en los
asuntos domésticos.
Apenas
el niño ha tomado parte, por pequeña que sea, en las
ocupaciones cotidianas de la familia, adquiere él
a sus propios ojos una importancia, que le revela
en parte la dignidad de su destino.
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