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Hablemos un poco de historia
Hablemos del nacimiento del signo
Hablemos del crecimiento del signo
En busca de una comprensión particular
sobre el signo y la comunicación
Sócrates: Por lo pronto, me parece que cuando nombramos
no imitamos como se imitan las cosas en la música, por
más que las imitemos entonces por medio de la voz. En
segundo lugar, en mi opinión, nombrar no es imitar las
mismas cosas que imita la música. Lo que quiero decir
es lo siguiente: Todos los objetos, ¿no tienen un sonido
y una forma, y la mayor parte de ellos un color?
Platón: Diálogos, Cratilo
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Hablemos un poco de historia:
Antes del nacimiento del signo propiamente dicho
La preocupación del hombre por el lenguaje es paralela
al despertar filosófico de la humanidad. Por ejemplo, los
antiguos griegos se maravillaban frente a las cosas, incluso
frente a aquéllas consideradas comunes y que son parte constituyente
del cosmos. Se detuvieron a pensar acerca del origen, la
historia, el papel del hombre en ese cosmos y sobre el hombre
mismo, poseedor de un instrumento de comunicación inseparable
del pensamiento. Sócrates, en su diálogo con Cratilo, escrito
por Platón, discute sobre el origen de las palabras y, en
particular, sobre la relación que existe entre ellas y las
cosas que designan.
Los griegos consideraban que en su lengua se veía reflejada
la estructura universal del pensamiento. Hubo discrepancias
entre ellos, pues había quienes consideraban que el significado
verdadero de las palabras podía encontrarse en su forma,
en su etimología y, por otro lado, estaban aquéllos que
pensaban que la relación entre las palabras y las cosas
dependía de aspectos no tan materiales que tenían que ver
con la esencia misma del hombre.
Ya en aquellos tiempos, muchos pensadores se dieron a la
tarea de enunciar leyes gramaticales que formularon en forma
filosófica y que describían construcciones sintácticas,
principalmente sobre el sujeto y el predicado y las principales
inflexiones, tales como género, número, caso, persona y
modo.
Podría incluso afirmarse que incursionaron en el campo
de la comparación entre diversas lenguas, pues los grandes
poemas épicos La Iliada y La Odisea, por haber sido
escritos en un griego muy arcaico, casi desconocido para
los ciudadanos griegos de siglos posteriores, tuvieron que
ser estudiados muy minuciosamente. Algo parecido sucedió
con otras obras escritas en diversos dialectos.
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Aristóteles no separaba lengua de pensamiento
y formuló un conjunto de diez categorías responsables
de aportar datos sobre un objeto. Planteó, por medio
de ellas, la totalidad de los predicados que pueden
afirmarse del ser y dio el estatuto lógico de cada
uno de ellos.
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Los romanos, por su parte, bajo la influencia griega, compartieron
las mismas preocupaciones, aunque sin aportar elementos
significativos en el estudio de la lengua. Su gran aportación
es la de haber elaborado gramáticas latinas siguiendo el
modelo griego, que fueron utilizadas como libros de texto
durante la Edad Media y que permitieron la conservación,
por lo menos en su forma escrita, del latín clásico, ya
en descomposición en las diferentes regiones europeas.
Los personas ilustradas de la Edad Media estudiaban el
latín clásico por considerarlo la forma natural del lenguaje
humano y, avocándose a su estudio, hicieron aportaciones
significativas a la gramática latina retomando, asimismo,
las consideraciones aristotélicas sobre el lenguaje.
Durante el Renacimiento se despertó el interés sobre la
lengua en algunos estudiosos y esta situación inspiró la
elabora-
ción de varias gramáticas generales, cuya finalidad era
demostrar que la estructura de varias lenguas derivadas
del latín era la misma lo que daba cuenta de los cánones
lógicos de 'validez universal'.
El trabajo más significativo en este campo fue la renombrada
Grammaire Générale et raisonnée del convento de Port-Royal,
que vio la luz en 1660 y estuvo vigente hasta el siglo xix,
época en que se dio gran importancia a las gramáticas normativas,
en detrimento de los dialectos y la lengua hablada. Desde
el siglo xvi se intentó limitar las posibilidades expresivas
de los dialectos y las lenguas indígenas a la norma latina.
El ideal era acercarse al modelo, que solamente ofrecía
posibilidades de expresión en cuanto más se asemejaba a
la norma, calcada de las lenguas europeas, en ese momento
histórico ya formadas y diferenciadas, aunque sometidas
al yugo de las gramáticas que las ceñían al modelo latino.
En el siglo xviii se reafirmó la idea de que las personas
cultas eran aquéllas que hablaban y escribían siguiendo
la norma latina y que los incultos, el vulgo, que por lo
general no sabía escribir, se apartaba de ella. Los eruditos
concluían entonces que los idiomas debían ser conservados
por la gente educada.
La tendencia era describir los elementos del lenguaje en
términos filosóficos, sin preocuparse de la diferencia estructural
entre las lenguas ni entre lo oral y lo escrito. Por el
contrario, las oscurecían al forzar sus descripciones para
adaptarlas a los moldes de la gramática latina, con un predominio
total de lo escrito. Aún más, no se percataban de que los
sonidos del lenguaje eran de naturaleza diferente a los
símbolos escritos del alfabeto.
Durante la segunda mitad del siglo xix y en los inicios
del xx, la lingüística estuvo dominada por el interés hacia
problemas filosoficodescriptivos por un lado e históricocomparativos
por el otro. Casi de manera contemporánea a las principales
publicaciones de carácter comparativo, el humanista alemán
Wilhelm Von Humboldt sacó a la luz los resultados de sus
investigaciones e hizo reflexiones muy importantes para
el desarrollo posterior del estudio de las lenguas, tanto
en lo referente a su naturaleza como sobre los aspectos
dinámicos de las mismas. "El testimonio más elocuente lo
constituyen los términos humboldtianos que penetraron en
la lingüística del siglo xx: 'energía', 'visión del mundo',
'organismo', 'foma interior de la lengua', 'tipo', 'estructura',
'uso infinito de medios finitos', 'producir/generar', 'forma
y sustancia', por citar sólo algunos de los más conocidos".
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Hablemos del nacimiento del signo
Sin duda, una aportación relevante de Saussure es haber
considerado a la lengua primordialmente como un instrumento
de comunicación y no como una estructura del pensamiento
que pudiera existir independientemente de cualquier configuración
lingüística. Rompe así con la tradición de aparejar la lengua
al pensamiento y de practicar el análisis lógico que gozó
de gran prestigio hasta muy avanzado el siglo xx.
Al concebir la lengua básicamente como un instrumento de
comunicación, otorga a la expresión oral su justo valor,
porque establece una diferenciación entre lengua y habla.
La lengua es un producto social, un conjunto sistemático
de reglas y convenciones que hacen posible la comunicación,
en tanto que el habla es la expresión personal de la lengua
o, como la define Roland Barthes: "la expresión menos la
palabra".2 El mismo Saussure habla de la lengua como un
tesoro donde se almacenan los signos.
Afirma que el habla es una de las causas principales de
los cambios lingüísticos, pero explica que, a pesar de ellos,
la organización de la lengua permanece inalterable. Al admitir
la importancia de la producción oral inaugura una lingüística
del acto individual.
El habla es "esencialmente un acto individual de selección
y actualización; está constituida, ante todo, por las combinaciones
gracias a las cuales el sujeto hablante puede utilizar el
código del lenguaje para expresar su pensamiento personal".3
El habla es la responsable de organizar los signos para
formar frases y de organizar los sentidos individuales para
alcanzar el sentido general de una frase.
Es Ferdinand de Saussure quien aplica a los estudios lingüísticos
la teoría del signo, novedosa en su tiempo y actualmente
utilizada -enriquecida por diversos autores- no solamente
en este campo, sino en los ámbitos de diferentes disciplinas,
pues esta noción se ha extendido y actualmente son consideradas
como signos las diversas manifestaciones humanas, e inclusive
las manifestaciones de la naturaleza. Éstas se convierten
en signos desde el momento que tienen que ver con el hombre,
con el hecho de que son nombradas y que se habla de ellas
con un tercero.
Saussure define al signo lingüístico como una entidad psíquica
de dos caras, sien-do una de ellas un concepto (significado)
y la segunda una imagen acústica (significante). Él mismo
explica que el signo une no a una cosa con un nombre sino
al concepto con su respectiva imagen acústica. "Hay entre
ellos una simbiosis tan estrecha que el concepto boeur es
como el alma de la imagen acústica [böf]. El espíritu no
contiene formas vacías, conceptos innominados". Explica,
asimismo, que la naturaleza del signo es arbitraria pues
no existe razón alguna -salvo en el caso de la onomatopeya-
para nombrar a un objeto de una manera y no de otra. Un
ejemplo claro de lo anterior es el hecho de que dos palabras
en lenguas diferentes puedan aludir a una misma representación
de lo real: flor en castellano y fleur en francés.
Un aporte sumamente significativo es la noción de valor,
que clarifica el hecho de que la lengua es, ante todo,
un sistema. En efecto, por una parte el concepto aparece
como la contraparte de la imagen auditiva en el interior
del signo y, por otra, este mismo signo, es decir la relación
entre significante y significado es, a su vez, la contraparte
de los otros signos de la lengua. El valor resulta pues
del lugar del signo en esta cadena de relaciones de tipo
binario. El significado de un signo está determinado por
lo que lo rodea y es un punto de contacto con el conjunto
del sistema de la lengua organizado en una red de oposiciones.
De acuerdo con el mismo Saussure, en la lengua sólo hay
diferencias; en un sistema lingúístico solamente hay diferencias
de sonido combinadas con una serie de diferencias de conceptos.
Este sistema de valores evoluciona en el tiempo -lo que
Saussure reconoce como diacronía- bajo los efectos
de una fuerza social, pues la lengua es la parte social
del lenguaje, que existe en virtud de una especie de contrato
entre los miembros de una comunidad, que debe servir necesariamente
en el tiempo para expresar la evolución de las sociedades
en todos los dominios de la actividad humana.
Saussure no es el único lingüista
que conforma la noción de signo. Hjelmslev también basa
la explicación de este concepto en el binarismo. En su caso
se trata de una unidad constituida por la forma del contenido
y la forma de la expresión, unidad establecida por la solidaridad
llamada función semiótica. La sustancia del contenido
(pensamiento) y la sustancia de la expresión (cadena fónica)
dependen únicamente de la forma y no tienen existencia independiente.
Para Hjelmslev la lengua es una red de funciones semióticas.
Otro autor que hizo aportaciones
significativas con respecto al signo es Peirce, aunque de
difícil comprensión debido a que año con año hizo modificaciones
en sus conceptos, en ocasiones completándolos y en otras
alterándolos considerablemente.
Para Peirce el signo es triádico, es decir que requiere
de la cooperación de tres instancias: el signo mismo, el
objeto y el intérprete, que es quien provoca la relación
entre el signo y el objeto. La relación entre estos elementos
se obtiene por el juego de dos determinaciones sucesivas
del signo por el objeto y del intérprete por el signo, de
modo que el intérprete se determine por el objeto a través
del signo.
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Hablemos del crecimiento del signo
Como se ha apuntado, el concepto de signo ha evolucionado
y actualmente es una noción básica en toda la ciencia del
lenguaje. Se ha convertido en una noción muy difícil de
definir dado que las teorías moderna abarcan no solamente
las entidades lingüísticas sino también los signos no verbales.
Por ejemplo, el atuendo de una persona se considera como
un signo, incluso se puede hablar de signos naturales que
no tienen un emisor humano sino que su reconocimiento depende
estrechamente del conocimiento que posea el receptor sobre
el estado de algún conocimiento científico.
Los signos naturales presuponen
una conexión entre el signo que representa y el objeto que
es representado. Sin embargo, esta conexión se establece
por la naturaleza, sin la intervención humana; se sitúa
en el mundo físico exclusivamente y el intérprete solamente
constata ese hecho. Sin embargo, para reconocer su presencia
es necesario pertenecer a algún grupo de conocimiento específico
o poseer conocimientos elementales que son del dominio público.
Por ejemplo, reconocer la relación que existe entre la Luna
y las mareas o las posibilidades de lluvia ante la presencia
de cierto tipo de nubes implica un conocimiento.
La semiótica o semiología, ciencia
de los signos (constituida a partir de Peirce), ha nacido
por los requerimientos del signo que, como se mencionó en
el párrafo anterior, abarca todo tipo de manifestación y
tiene múltiples posibilidades de explicación y de relación
entre sus elementos constituyentes, que no podrían abarcarse
en un trabajo de estas dimensiones.
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En busca de una comprensión particular sobre el signo
y la comunicación
La comunicación es un fenómeno que intriga porque en torno
a él giran muchas interrogantes. Se da siempre entre individuos
o entre conjuntos de individuos y con respecto a uno o muchos
objetos de conocimiento. Por otro lado, no todos alcanzan
el mismo nivel de comprensión sobre el tema en cuestión,
lo que hace pensar que cada uno de esos sujetos o grupos
tiene un manejo propio e individual del signo, aunque éste
posee alguna cualidad intrínseca que le impide dispararse
y perderse en el abismo de la incomprensión.
El conocimiento que tiene un sujeto
y que en cierto momento quiere comunicar proviene de una
experiencia directa con un objeto, de la interacción con
el otro o con los otros miembros de una comunidad específica.
Se trata de un conocimiento adquirido por la interpretación
de los signos o semiosis: El individuo se percata de que
las características, cualidades o configuraciones que posee
determinado signo corresponden a las características, cualidades
o configuraciones que posee un objeto que no se encuentra
presente. De esta manera, cada sujeto construye su concepción
del objeto y organiza sus conocimientos, reestructurándolos
y revisando constantemente sus concepciones.
El signo adquiere significación
por el otro y no podría ser de otra manera porque una resignificación
o manejo individual del signo conduciría necesariamente
a perder comunicación con el mundo.
La tendencia es, pues, la de agruparse
en núcleos humanos -grupos, organizaciones o instituciones
completas- caracterizados por una interpretación relativamente
común del signo. Sin embargo, cabe mencionar que a pesar
de que se trata de una interpretación más o menos uniforme,
cada sujeto posee la suya propia, determinada por factores
de todo tipo (históricos, biológicos, etc.) que juegan un
papel determinante en la resignificación que cada quien
hace del signo.
Además de esa resignificación individual, cada grupo hace
lo correspondiente en su calidad de grupo, núcleo o institución.
Estos núcleos a su vez establecen
infinitas relaciones con otros núcleos que actúan de igual
manera en diversos sentidos. Al interior de cada uno de
los núcleos se establece comunicación individual entre cada
uno de los miembros o bien se dan intercambios individuales
entre miembros de grupos diferentes. Asimismo, el núcleo
entero, como organización especializada, se comunica con
otro u otros núcleos.
Los canales de comunicación son
infinitos y la materia que hace posible ese intercambio
es el signo; los participantes en este intercambio son a
su vez emisores, receptores e intérpretes, si se considera
la terminología peirceana. De este modo, el signo se construye
y se reconstruye, se va recubriendo por la interacción con
capas nuevas de significación accesibles solamente para
los sujetos pertenecientes al mismo núcleo y a los núcleos
afines. Sin embargo, por accesible no se pretende decir
que todos los sujetos alcancen el mismo grado de comprensión
del signo, pues aun los miembros del mismo grupo no lo comprenderán
e interpretarán de la misma manera y habrá miembros de grupos
diferentes que se conformarán con una interpretación parcial.
Cabe también la posibilidad de que algunos sujetos se vean
totalmente imposibilitados para su interpretación.
Gilles Deleuze habla del signo
y sostiene que el signo estético es el único capaz de trascender,
de alejarse de lo material, pues no remite a un significado
rígido, como es el caso del significado saussuriano. El
artista, de acuerdo con este filósofo, es un ser privilegiado
capaz de alcanzar una comunicación más íntrega a través
de la experiencia estética, pues al no encontrarse sujeto
por la materialidad del signo tradicional logra una comunión
más completa, involucrándose con lo más puro, lo más bajo
y, por tanto, lo más íntegro de su ser.
El signo estético trasciende lo
material para alcanzar lo inmaterial en un sentido espiritual,
pues lo que constituye al arte es la creación del espíritu.
El arte aprehende los objetos y sucesos manifestados en
lo real y los refleja de manera más clara y más pura.
Al arte no le interesa ver al
objeto en su realidad particular, material e individual
sino que, a través de él, el hombre manifiesta su espíritu,
su conciencia de sí cuando se manifiesta en el exterior,
en lo que lo rodea. Y así se reconoce en su obra. No comunica
su percepción de lo real, sino su ser y por ese medio evade
el tiempo y se proyecta hacia la eternidad.
Como última reflexión sería muy
conveniente prestar atención a las situaciones que posibilitan
la interacción por medio de signos. En un primer momento
es necesario mencionar que para que exista comunicación
se requiere establecer la conexión entre significado y significante.
Es el caso que se presenta ante los significantes en alguna
lengua extranjera desconocida para el sujeto.
Por otro lado, para que exista
la comunicación colectiva resulta imprescindible que todos
los miembros del grupo posean -insistiendo en que sólo podrá
darse relativamente- la misma información y hayan llegado
a la misma interpretación, hayan depositado en los objetos
las mismas cualidades y se conduzcan bajo las mismas normas.
1 Donatella Di Cesare. Wilhelm von Humboldt y
el estudio filosófico de las lenguas. Pag.
9.
2 Roland, Barthes. La aventura semiológica, pag.
22.
3
Emile, Benveniste. Problemas de lingüística general,
pag. 51.
Bibliografía
benveniste, Émile. Problemas de lingüística general, México,
Siglo xxi, 1971.
benveniste, Émile. Problemas de lingüística general II,
México, Siglo xxi, 1977.
deleuze, Gilles. Proust y los signos, Barcelona, Edit.
Anagrama, 1972.
di cesare, Donatella. Wilhelm von Humboldt y el estudio
filosófico de las lenguas,Barcelona, Anthropos, 1999.
saussure, Ferdinand de. Cours de Linguistique
générale, Paris, Payot, 1974.