Volver al Índice

Correo del Maestro Núm. 60, mayo 2001

El nacimiento simbólico del signo

Ma. de Lourdes Sánchez Obregón

Contenido
Hablemos un poco de historia
Hablemos del nacimiento del signo
Hablemos del crecimiento del signo
En busca de una comprensión particular sobre el signo y la comunicación

 

Sócrates: Por lo pronto, me parece que cuando nombramos no imitamos como se imitan las cosas en la música, por más que las imitemos entonces por medio de la voz. En segundo lugar, en mi opinión, nombrar no es imitar las mismas cosas que imita la música. Lo que quiero decir es lo siguiente: Todos los objetos, ¿no tienen un sonido y una forma, y la mayor parte de ellos un color?

Platón: Diálogos, Cratilo

Volver al Contenido

Hablemos un poco de historia:
Antes del nacimiento del signo propiamente dicho

La preocupación del hombre por el lenguaje es paralela al despertar filosófico de la humanidad. Por ejemplo, los antiguos griegos se maravillaban frente a las cosas, incluso frente a aquéllas consideradas comunes y que son parte constituyente del cosmos. Se detuvieron a pensar acerca del origen, la historia, el papel del hombre en ese cosmos y sobre el hombre mismo, poseedor de un instrumento de comunicación inseparable del pensamiento. Sócrates, en su diálogo con Cratilo, escrito por Platón, discute sobre el origen de las palabras y, en particular, sobre la relación que existe entre ellas y las cosas que designan.

Los griegos consideraban que en su lengua se veía reflejada la estructura universal del pensamiento. Hubo discrepancias entre ellos, pues había quienes consideraban que el significado verdadero de las palabras podía encontrarse en su forma, en su etimología y, por otro lado, estaban aquéllos que pensaban que la relación entre las palabras y las cosas dependía de aspectos no tan materiales que tenían que ver con la esencia misma del hombre.

Ya en aquellos tiempos, muchos pensadores se dieron a la tarea de enunciar leyes gramaticales que formularon en forma filosófica y que describían construcciones sintácticas, principalmente sobre el sujeto y el predicado y las principales inflexiones, tales como género, número, caso, persona y modo. 

Podría incluso afirmarse que incursionaron en el campo de la comparación entre diversas lenguas, pues los grandes poemas épicos La Iliada y La Odisea, por haber sido escritos en un griego muy arcaico, casi desconocido para los ciudadanos griegos de siglos posteriores, tuvieron que ser estudiados muy minuciosamente. Algo parecido sucedió con otras obras escritas en diversos dialectos.       

 Aristóteles no separaba lengua de pensamiento y formuló un conjunto de diez categorías responsables de aportar datos sobre un objeto. Planteó, por medio de ellas, la totalidad de los predicados que pueden afirmarse del ser y dio el estatuto lógico de cada uno de ellos.

Los romanos, por su parte, bajo la influencia griega, compartieron las mismas preocupaciones, aunque sin  aportar  elementos significativos en el estudio de la lengua. Su gran aportación es la de haber elaborado gramáticas latinas siguiendo el modelo griego, que fueron utilizadas como libros de texto durante la Edad Media y que permitieron la conservación, por lo menos en su forma escrita, del latín clásico, ya en descomposición en las diferentes regiones europeas.

Los personas ilustradas de la Edad Media estudiaban el latín clásico por considerarlo la forma natural del lenguaje humano y, avocándose a su estudio, hicieron aportaciones significativas a la gramática latina retomando, asimismo, las consideraciones aristotélicas sobre el lenguaje.

Durante el Renacimiento se despertó el interés sobre la lengua en algunos estudiosos y esta situación inspiró la elabora-

ción de varias gramáticas generales, cuya finalidad era demostrar que la estructura de varias lenguas derivadas del latín era la misma lo que daba cuenta de los cánones lógicos de 'validez universal'.

El trabajo más significativo en este campo fue la renombrada Grammaire Générale et raisonnée del convento de Port-Royal, que vio la luz en 1660 y estuvo vigente hasta el siglo xix, época en que se dio gran importancia a las gramáticas normativas, en detrimento de los dialectos y la lengua hablada. Desde el siglo xvi se intentó limitar las posibilidades expresivas de los dialectos y las lenguas indígenas a la norma latina. El ideal era acercarse al modelo, que solamente ofrecía posibilidades de expresión en cuanto más se asemejaba a la norma, calcada de las lenguas europeas, en ese momento histórico ya formadas y diferenciadas, aunque sometidas al yugo de las gramáticas que las ceñían al modelo latino.

En el siglo xviii se reafirmó la idea de que las personas cultas eran aquéllas que hablaban y escribían siguiendo la norma latina y que los incultos, el vulgo, que por lo general no sabía escribir, se apartaba de ella. Los eruditos concluían entonces que los idiomas debían ser conservados por la gente educada. 

La tendencia era describir los elementos del lenguaje en términos filosóficos, sin preocuparse de la diferencia estructural entre las lenguas ni entre lo oral y lo escrito. Por el contrario, las oscurecían al forzar sus descripciones para adaptarlas a los moldes de la gramática latina, con un predominio total de lo escrito. Aún más, no se percataban de que los sonidos del lenguaje eran de naturaleza diferente a los símbolos escritos del alfabeto.

Durante la segunda mitad del siglo xix y en los inicios del xx, la lingüística estuvo dominada por el interés hacia problemas filosoficodescriptivos por un lado e históricocomparativos por el otro. Casi de manera contemporánea a las principales publicaciones de carácter comparativo, el humanista alemán Wilhelm Von Humboldt sacó a la luz los resultados de sus investigaciones e hizo reflexiones muy importantes para el desarrollo posterior del estudio de las lenguas, tanto en lo referente a su naturaleza como sobre los aspectos dinámicos de las mismas. "El testimonio más elocuente lo constituyen los términos humboldtianos que  penetraron en la lingüística del siglo xx: 'energía', 'visión del mundo', 'organismo', 'foma interior de la lengua', 'tipo', 'estructura', 'uso infinito de medios finitos', 'producir/generar', 'forma y sustancia', por citar sólo algunos de los más conocidos". 1

Volver al Contenido

 

Hablemos del nacimiento del signo

Sin duda, una aportación relevante de Saussure es haber considerado a la lengua primordialmente como un instrumento de comunicación y no como una estructura del pensamiento que pudiera existir independientemente de cualquier configuración lingüística. Rompe así con la tradición de aparejar la lengua al pensamiento y de practicar el análisis lógico que gozó de gran prestigio hasta muy avanzado el siglo xx.

Al concebir la lengua básicamente como un instrumento de comunicación, otorga a la expresión oral su justo valor, porque establece una diferenciación entre lengua y habla. La lengua es  un producto social, un conjunto sistemático de reglas y convenciones que hacen posible la comunicación, en tanto que el habla es la expresión personal de la lengua o, como la define Roland Barthes: "la expresión menos la palabra".2 El mismo Saussure habla de la lengua como un tesoro donde se almacenan los signos.

Afirma que el habla es una de las causas principales de  los cambios lingüísticos, pero explica que, a pesar de ellos, la organización de la lengua permanece inalterable. Al admitir la importancia de la producción oral inaugura una lingüística del acto individual.

El habla es "esencialmente un acto individual de selección y actualización; está constituida, ante todo, por las combinaciones gracias a las cuales el sujeto hablante puede utilizar el código del lenguaje para expresar su pensamiento personal".3 El habla es la responsable de organizar los signos para formar frases y de organizar los sentidos individuales para alcanzar el sentido general de una frase.

Es Ferdinand de Saussure quien aplica a los estudios lingüísticos la teoría del signo, novedosa en su tiempo y actualmente utilizada -enriquecida por diversos autores- no solamente en este campo, sino en los ámbitos de diferentes disciplinas, pues esta noción se ha extendido y actualmente son consideradas como signos las diversas manifestaciones humanas, e inclusive las manifestaciones de la naturaleza. Éstas se convierten en signos desde el momento que tienen que ver con el hombre, con el hecho de que son nombradas y que se habla de ellas con un tercero.

Saussure define al signo lingüístico como una entidad psíquica de dos caras, sien-do una de ellas un concepto (significado) y la segunda una imagen acústica (significante). Él mismo explica que el signo une no a una cosa con un nombre sino al concepto con su respectiva imagen acústica. "Hay entre ellos una simbiosis tan estrecha que el concepto boeur es como el alma de la imagen acústica [böf]. El espíritu no contiene formas vacías, conceptos innominados". Explica, asimismo, que la naturaleza del signo es arbitraria pues no existe razón alguna -salvo en el caso de la onomatopeya- para nombrar a un objeto de una manera y no de otra. Un ejemplo claro de lo anterior es el hecho de que dos palabras en lenguas diferentes puedan aludir a una misma representación de lo real: flor en castellano y fleur en francés.

Un aporte sumamente significativo es la noción de valor, que clarifica  el hecho de que la lengua es, ante todo, un sistema. En efecto, por una parte el concepto aparece como la contraparte de la imagen auditiva en el interior del signo y, por  otra, este mismo signo, es decir la relación entre significante y significado es, a su vez, la contraparte de los otros signos de la lengua. El valor resulta pues del lugar del signo en esta cadena de relaciones de tipo binario. El  significado de un signo está determinado por lo que lo rodea y es un punto de contacto con el conjunto del sistema de la lengua organizado en una red de oposiciones. De acuerdo con el mismo Saussure, en la lengua sólo hay diferencias; en un sistema lingúístico solamente hay diferencias de sonido combinadas con una serie de diferencias de conceptos.

Este sistema de valores evoluciona en el tiempo -lo que Saussure reconoce como diacronía- bajo los efectos de una fuerza social, pues la lengua es la parte social del lenguaje, que existe en virtud de una especie de contrato entre los miembros de una comunidad, que debe servir necesariamente en el tiempo para expresar la evolución de las sociedades en todos los dominios de la actividad humana.

Saussure no es el único lingüista que conforma la noción de signo. Hjelmslev también basa la explicación de este concepto en el binarismo. En su caso se trata de una unidad constituida por la forma del contenido y la forma de la expresión, unidad establecida por la solidaridad llamada función semiótica. La sustancia del contenido (pensamiento) y la sustancia de la expresión (cadena fónica) dependen únicamente de la forma y no tienen existencia independiente. Para Hjelmslev la lengua es una red de funciones semióticas.

Otro autor que hizo aportaciones significativas con respecto al signo es Peirce, aunque de difícil comprensión debido a que año con año hizo modificaciones en sus conceptos, en ocasiones completándolos y en otras alterándolos considerablemente.

Para Peirce el signo es triádico, es decir que requiere de la cooperación de tres instancias: el signo mismo, el objeto y el intérprete, que es quien provoca la relación entre el signo y el objeto. La relación entre estos elementos  se obtiene por el juego de dos determinaciones sucesivas del signo por el objeto y del intérprete por el signo, de modo que el intérprete se determine por el objeto  a través del signo.

Volver al Contenido

 

Hablemos del crecimiento del signo

Como se ha apuntado, el concepto de signo ha evolucionado y actualmente es una noción básica en toda la ciencia del lenguaje. Se ha convertido en una noción muy difícil de definir dado que las teorías moderna abarcan no solamente las entidades lingüísticas sino también los signos no verbales. Por ejemplo, el atuendo de una persona se considera como un signo, incluso se puede hablar de signos naturales que no tienen un emisor humano sino que su reconocimiento depende estrechamente del conocimiento que posea el receptor sobre el estado de algún conocimiento científico.

Los signos naturales presuponen una conexión entre el signo que representa y el objeto que es representado. Sin embargo, esta conexión se establece por la naturaleza, sin la intervención humana; se sitúa en el mundo físico exclusivamente y el intérprete solamente constata ese hecho. Sin embargo, para reconocer su presencia es necesario pertenecer a algún grupo de conocimiento específico o poseer conocimientos elementales que son del dominio público. Por ejemplo, reconocer la relación que existe entre la Luna y las mareas o las posibilidades de lluvia ante la presencia de cierto tipo de nubes implica un conocimiento.  

La semiótica o semiología, ciencia de los signos (constituida a partir de Peirce), ha nacido por los requerimientos del signo que, como se mencionó en el párrafo anterior, abarca todo tipo de manifestación y tiene múltiples posibilidades de explicación y de relación entre sus elementos constituyentes, que no podrían abarcarse en un trabajo de estas dimensiones.

Volver al Contenido

 

En busca de una comprensión particular sobre el signo y la comunicación

La comunicación es un fenómeno que intriga porque en torno a él giran muchas interrogantes. Se da siempre entre individuos o entre conjuntos de individuos y con respecto a uno o muchos objetos de conocimiento. Por  otro lado, no todos alcanzan el mismo nivel de comprensión sobre el tema en cuestión, lo que hace pensar que cada uno de esos sujetos o grupos tiene un manejo propio e individual del signo, aunque  éste posee alguna cualidad intrínseca que le impide dispararse y perderse en el abismo de la incomprensión.

El conocimiento que tiene un sujeto y que en cierto momento quiere comunicar proviene de una experiencia directa con un objeto,  de la interacción con el otro o con los otros miembros de una comunidad específica. Se trata de un conocimiento adquirido por la interpretación de los signos o semiosis: El individuo se percata de que las características, cualidades o configuraciones que posee determinado signo corresponden a las características, cualidades o configuraciones que posee un objeto que no se encuentra presente. De esta manera, cada sujeto construye su concepción del objeto y organiza sus conocimientos, reestructurándolos y revisando constantemente sus concepciones.

El signo adquiere significación por el otro y no podría ser de otra manera porque una resignificación o manejo individual del signo conduciría necesariamente a perder comunicación con el mundo.

La tendencia es, pues, la de agruparse en núcleos humanos -grupos, organizaciones o instituciones completas- caracterizados por una interpretación relativamente común del signo. Sin embargo, cabe mencionar que a pesar de que se trata de una interpretación más o menos uniforme, cada  sujeto posee la suya propia, determinada por factores de todo tipo (históricos, biológicos, etc.) que juegan un papel determinante en la resignificación que cada quien hace del signo. 

Además de esa resignificación individual, cada grupo hace lo correspondiente en su calidad de grupo, núcleo o institución.

Estos núcleos a su vez establecen infinitas relaciones con otros núcleos que actúan de igual manera en diversos sentidos. Al interior de cada uno de los núcleos se establece comunicación individual entre cada uno de los miembros o bien se dan intercambios individuales entre miembros de grupos diferentes. Asimismo, el núcleo entero, como organización especializada, se comunica con otro u otros núcleos.

Los canales de comunicación son infinitos y la materia que hace posible ese intercambio es el signo; los participantes en este intercambio son a su vez emisores, receptores e intérpretes, si se considera la terminología peirceana. De este modo, el signo se construye y se reconstruye, se va recubriendo por la interacción con capas nuevas de significación accesibles solamente para los sujetos pertenecientes al mismo núcleo y a los núcleos afines. Sin embargo, por accesible no se pretende decir que todos los sujetos alcancen el mismo grado de comprensión del signo, pues aun los miembros del mismo grupo no lo comprenderán e interpretarán de la misma manera y habrá miembros de grupos diferentes que se conformarán con una interpretación parcial. Cabe también la posibilidad de que algunos sujetos se vean totalmente imposibilitados para su interpretación.

Gilles Deleuze habla del signo  y sostiene que el signo estético es el único capaz de trascender, de alejarse de lo material, pues no remite a un significado rígido, como es el caso del significado saussuriano. El artista, de acuerdo con este filósofo, es un ser privilegiado capaz de alcanzar una comunicación más íntrega a través de la experiencia estética, pues al no encontrarse sujeto por la materialidad del signo tradicional logra una comunión más completa, involucrándose con lo más puro, lo más bajo y, por tanto, lo más íntegro de su ser.

El signo estético trasciende lo material para alcanzar lo inmaterial en un sentido espiritual, pues lo que constituye al arte es la creación del espíritu. El arte aprehende los objetos y sucesos manifestados en lo real y los refleja de manera más clara y más pura.

Al arte no le interesa ver al objeto en su realidad particular, material e individual sino que, a través de él, el hombre manifiesta su espíritu, su conciencia de sí cuando se manifiesta en el exterior, en lo que lo rodea. Y así se reconoce en su obra. No comunica  su percepción de lo real, sino su ser y por ese medio evade el tiempo y se proyecta hacia la eternidad.

Como última reflexión sería muy conveniente prestar atención a las situaciones que posibilitan la interacción por medio de signos. En un primer momento es necesario mencionar que para que exista comunicación se requiere establecer la conexión entre significado y significante. Es el caso que se presenta ante los significantes en alguna lengua extranjera desconocida para el sujeto.

Por otro lado, para que exista la comunicación colectiva resulta imprescindible que todos los miembros del grupo posean -insistiendo en que sólo podrá darse relativamente- la misma información y hayan llegado a la misma interpretación, hayan depositado en los objetos las mismas cualidades y se conduzcan bajo las mismas normas.

1          Donatella Di Cesare. Wilhelm von Humboldt y el estudio filosófico de las lenguas. Pag. 9.

2          Roland, Barthes. La aventura semiológica, pag. 22.

3         Emile, Benveniste. Problemas de lingüística general, pag. 51.

Bibliografía

benveniste, Émile. Problemas de lingüística general, México, Siglo xxi, 1971.

benveniste, Émile. Problemas de lingüística general II, México, Siglo xxi, 1977.

deleuze, Gilles. Proust y los signos, Barcelona, Edit. Anagrama, 1972.

di cesare, Donatella. Wilhelm von Humboldt y el estudio filosófico de las lenguas,Barcelona, Anthropos, 1999.

saussure, Ferdinand de. Cours de Linguistique générale, Paris, Payot, 1974.

Volver al Índice