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Correo del Maestro Núm. 60,mayo 2001

La mística y el regateo en la clase de ciencias

Alejandra González Dávila

Contenido
La mística
El proceso de regateo

En este artículo analizaremos brevemente cómo en las aulas se refuerza cierta imagen de la ciencia y cómo los alumnos son seres pensantes que no aceptan pasivamente las ideas de los docentes sobre los conceptos científicos, sino que manifiestan sus propias nociones sobre el mundo natural.

Entender algo es, ante todo, renunciar a alguna otra manera de comprenderlo.1

El mundo del aula está compuesto por participantes que aparentemente tienen roles asignados para aprender, enseñar, pasar lista, levantar la mano, escribir en el pizarrón, pedir permiso para entrar y salir, etcétera.

La aparición de estos roles ocurre gracias a dos procesos sociales básicos que son la comunicación y la enseñanza, en los cuales están presentes no sólo el conocimiento y las habilidades, sino también las actitudes, los valores y los intereses de quienes conforman el entorno escolar.

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La mística

Dentro de la enseñanza de las ciencias naturales existe una forma de comunicación muy particular en la que se enseña no solamente el contenido del currículo sino un conjunto de valores asociados que perpetúan cierta mística de la ciencia.2

            Esto es evidente cuando comparamos lo que sucede en distintas clases escolares. Por ejemplo, Gordon (1984)3 ha estudiado lo que sucede en aulas donde se imparten clases de literatura o historia, en las que suele promoverse la creatividad, la sensibilización y el uso de la imaginación combinadas con habilidades intelectuales para armar una lógica de causa-efecto que lleva a los alumnos a inferir algo sobre los atributos o el desenlace de un personaje histórico o novelístico.

            Cuando los alumnos escriben algo sobre lo que pudiera haber ocurrido si las condiciones hubieran sido otras, hacen uso de los dos hemisferios cerebrales, porque necesitan hipotetizar (pensamiento divergente) y deducir el contexto bajo las nuevas condiciones (pensamiento convergente).

            Sin embargo en las clases de física, química o biología se maneja un lenguaje impersonal en el que se promueven imágenes de hombres y mujeres de ciencia cuyo principal atributo es el de ser genios distraídos del mundo y no personas con las que los alumnos pueden identificarse humanamente. Paradójicamente, el pensamiento hipotético-deductivo que resulta indispensable para hacer ciencia es reprimido en su enseñanza.

            En sus observaciones, Gordon describe cómo los maestros de ciencias eran más tolerantes con los alumnos que intervenían para que les aclararan algún concepto que con aquéllos que participaban espontáneamente. Mientras que los primeros recibían siempre una respuesta 'correcta' y objetiva por parte del maestro, los últimos resultaban incómodos porque interrumpían el desarrollo de la sesión.

            Por su parte, los maestros de humanidades que forman parte de este estudio no hacían preguntas para las cuales hubiera una respuesta correcta. Más bien había cuestionamientos para los cuales estaba claro que efectivamente tenían ciertas respuestas en mente, pero el contexto discursivo sugería que estaban abiertos a nuevas ideas y que se invitaba a los estudiantes a que formularan más claramente lo que querían decir.

            En las clases humanísticas los personajes de la historia frecuentemente eran presentados frente a situaciones insuperables, mientras que en las clases de ciencias los científicos eran presentados como peritos desprovistos de problemas mun-danos, probablemente porque si los tuvieron deben haberlos resuelto con gran inteligencia.

            Es curioso ver cómo esta mística no beneficia a los profesores de ciencia, ni siquiera a los científicos. Probablemente esta carga ideológica sea sostenida por funcionarios gubernamentales que siendo científicos o no, pertenecen a las élites que toman las decisiones sobre la política científica y educativa de los países. Esta mística ideológica refuerza dos tipos de creencias :

1.         La primera se refiere a lo que Lemke denomina verdad objetiva, que consiste en enseñar a los alumnos que existen hechos ante los cuales es inútil discrepar porque están basados en la observación o en la evidencia empírica. Los científicos descubren cosas que era necesario descubrir. Jamás se les dice a los estudiantes que existía una inquietud particular del investigador, que tuvo muchos problemas para conseguir apoyos institucionales, que fue una chiripa porque andaba buscando otra cosa, que el procedimiento seguido por el tan perfecto personaje se saltó las reglas del método científico y resultó mucho mejor. Se refuerza la idea de que la ciencia carece de historia, es acumulativa, estática,  inobjetable y está muy lejos de las posibilidades de los alumnos.

2.         La segunda carga ideológica es la que Lemke llama de la verdad especial. En ella se hace ver a los alumnos que el sentido común es opuesto al verdadero sentido científico. Quienes entienden la ciencia es porque hacen a un lado sus creencias comunes y tienen una inteligencia excepcional. Con esa mística está más que justificado que la mayoría de los alumnos reprueben física o química en la escuela, ya que se trata de materias muy difíciles.

            La formación en habilidades de comunicación oral y escrita a través de la argumentación, la síntesis o el ensayo parece recaer únicamente en los profesores de humanidades. Gordon considera que el mensaje que se está transmitiendo implícitamente refuerza cierta imagen de la ciencia que está oculta en la clase de literatura.

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El proceso de regateo

Sin embargo, pensar que sólo la mística está presente en el aula de ciencias, implicaría adoptar una postura que pudiera justificar que los alumnos fueran considerados como recipientes vacíos dispuestos a llenarse de los conocimientos transmitidos por el maestro.

            Los trabajos de Candela (1999)4 demuestran que los niños de primaria participan en las argumentaciones y discusiones de la misma manera que lo hacen los científicos, es decir, elaboran una noción del sentido de naturaleza de acuerdo con  lo que se habla sobre ella. Los alumnos no aceptan irreflexivamente lo que el maestro les dice que tiene que salir en un experimento ni cómo debería de funcionar la naturaleza.

            Los chicos dudan, preguntan, opinan, se retractan, observan, discrepan o aceptan lo que el maestro les dice. Los alumnos se convierten en sujetos que construyen sus propias versiones, a pesar de lo que diga el maestro. Más aún, algunos elaboran discursivamente un consenso entre sus compañeros cuya opinión es contraria a la del maestro, como ocurre con un alumno observado que se niega a aceptar la versión de la maestra de que el acero es más pesado que el plomo, de lo cual haremos un breve análisis más adelante.

            El conocimiento también es negociable a través de lo que Candela denomina movimiento de regateo que consiste en argumentar para acercar las posiciones que parecen extremas entre alumnos y maestros, que inicialmente están contrapuestas y que generan una cierta situación de conflicto. En el regateo se acercan las posiciones sin que las partes abandonen su postura inicial. Veamos la siguiente conversación llevada a cabo en una escuela primaria de la zona conurbada del Distrito Federal que fue grabada, transcrita y analizada por Candela en una clase de ciencias naturales donde los alumnos hacían una clasificación de materiales según su peso. La simbología es: Ma=maestra, Ao(a) =alumno(a) y el número indica la línea

                        -146 Ma:  El plomo no pesa mucho.

                        -150 Ao4: Tampoco el acero.

                        -154: Ma: ¿El acero tampoco pesa?

                        -155 Aa16: Sí pesa.

                        -156: Ao4: No mucho.

            En esta secuencia se observa que el alumno 4 suaviza su posición en la línea 156 (no mucho), pero no la abandona. Esto evidencia que, a pesar de que la maestra tiene el rol del poder, los alumnos intervienen espontáneamente, sin que ella les otorgue la palabra. Este alumno se incorpora a la discusión para defender sus propios puntos de vista frente a la versión 'correcta' que presenta la maestra. Cuando Candela entrevistó al niño después de la clase constató que la afirmación defendida por el chico estaba llena de sentido: Su papá era albañil y él conocía la plomada.

            Esta es una muestra de que los alumnos son sujetos sociales participantes, activos, que discuten y argumentan porque tienen experiencias propias.

            Quisiera concluir diciendo que no creo en las recetas para enseñar mejor la ciencia en el aula, pero estoy segura de que una herramienta poderosa radica en la sensibilidad para dar confianza y motivar la participación de los alumnos.

            Escuchar sus argumentaciones nos ayuda a conocer los significados que ellos han construido a partir de sus propias experiencias con la naturaleza, con los medios de comunicación, con su vida escolar y con su núcleo familiar. Esto nos permite armar estrategias en las que se ofrezcan lógicas distintas, no imposiciones que muchas veces están fuera del sentido común y provocan rechazo, frustración o, simplemente, resignación.

1 Brunner, Jerome. El saber y el sentir. México, Pax, 1967.

2 Lemke, Jay. Aprender a hablar ciencia. Barcelona, Paidós, 1997.

3 Gordon, David. La imagen de la ciencia, la conciencia tecnológica y el currículum oculto. Israel, Ben-Gurion University,  1984.

4  Candela, Antonia. Ciencia en el Aula. México, Paidós, 1999

 

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