En el principio fue el latín: insustituible.
Era fuerte como su imperio. Con el tiempo se hizo frágil
como él. Pero durante siglos, un ejército de pensadores,
líderes, poetas y legisladores formaban su brillante Corte.
Por momentos se pensó que había nacido para ser inmortal
y su eco reverberaba desde el Éufrates hasta el Tajo. Nadie
importante pensaba y escribía si no era en latín. Únicamente
pervivió, como lengua culta para los eruditos, el griego
que, de alguna manera, se volvió referencia.
Pero, acerca del latín, ¿qué podemos
decir? De la confusa maraña de la bíblica Torre de Babel,
en un entretejido de gritos y quejidos que parten por igual
de los bosques germánicos, de los misteriosos etruscos,
que de las montañas itálicas y de los mares mediterráneos
que la rodean, surge una lingua mater. En ella se
piensa, se manda, se dice.
Desparramada por el colosal imperio,
con el tiempo, siglos, se desgaja en troncos provinciales
fecundos. De la erosión constante surgen lenguas que transforman
el latín y le hacen cantar y amar con acentos distintos.
Es un parto laborioso y nadie sabe cuándo el dialecto regional
se vuelve lengua adulta con tradición y crea escuela. Desde
luego, son los legítimos herederos de la antigua cultura
helénica. Está jalonada de nombres ilustres, sobre todo
desde finales del siglo iii antes de Cristo.
Habría que mencionar a Livio Andrónico,
que tradujo al latín La Odisea, de Homero; a Cayo
Valerio Catulo, por sus alejandrinos; a Nevio, autor de
una vasta obra, entre la que destaca una epopeya histórica,
además de obras teatrales y poesías, que se ganó enemistades
por sus ataques a generales y políticos. Siguen algunos
como Ennio que creó Anales, que amaba a Homero, hasta
sentirse su heredero.
Hablar de Terencio y de Plauto
es mencionar autores teatrales que agradaban a toda Roma,
a la que -como antiguamente Aristófanes en Atenas- lanzaban
puyas y críticas toleradas y hasta agradecidas.
Más adelante, hablar de Cicerón
es hablar de la cumbre de los pensadores latinos. En él
todo fue brillante, ya se tratase de oratoria, ética, filosofía.
Mención especial ameritan, en el 63 a.C., sus cartas y sus
diatribas contra Catilina, político sin escrúpulos. Fue
firme en sus convicciones y noble rival de otro gran hombre
romano: Julio César. Sus Comentarios merecieron de
Marco Tulio Cicerón alabanzas como: "Nada es más agradable
que una brevedad sencilla y lúcida...", adelantándose a
Gracián. Así, César -general brillante- dejó constancia
de la mejor prosa en sus Comentarios. En cuanto a
Cicerón, el deslumbrante general manifestó: "...pues es
más noble ensanchar los límites de la inteligencia humana,
que los del imperio humano..."
Después de la muerte de Julio
César (44 a.C.), Cicerón se dio a la tarea de restaurar
una república regida por la vieja aristocracia senatorial,
peleando contra Marco Antonio quien, dolido porlos ataques
del viejo filósofo, ordenó su muerte, que aconteció a orillas
del mar cuando estaba a punto de zarpar al exilio. Dicen
que esperó a sus asesinos con calma, al estilo que preconiza
en su ensayo Sobre la vejez.
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La poesía y la filosofía
adquirieron grandeza con Lucrecio (De la naturaleza
de las cosas), un tanto agnóstico cuando manifestaba
que el mundo "es un todo de átomos, sin plan divino",
y todo ello en uno de los latines más puros. Dicen que
perdió la razón. |
Altas cimas alcanza la poesía con Cátulo, el de Las
pasiones, y con Publio Virgilio Marón (70 a.c.-19 a.c.),
referencia obligada bajo el padrinazgo de Octavio Augusto.
A los 28 años inició la redacción de sus Bucólicas
(Églogas), composiciones pastoriles en hexámetros que versan
sobre la paz del mundo y la idealización de la vida en el
campo, que quedó como una cumbre de la literatura al terminar
sus Geórgicas y dejar -sin terminar- su Eneida (un viaje
pleno de aventuras con Eneas y sus esforzados troyanos y
su fundación de Lacio y la nación romana).
Por su parte, Tito Livio reseñó
algunas de las grandezas de la ciudad del Tíber. Cantor
de las cosas sencillas, Horacio tuvo por compañero al ingenioso
Ovido que, al componer su Metamorfosis, recreó la
mitología clásica. En algún momento fue considerado procaz
y enviado al exilio. Ya Séneca había advertido en alguna
ocasión que: "El camino que conduce a las cumbres de grandeza
es penoso".
Ha llegado la hora de hablar un
poco de Séneca. Nace en el año iv a.C. y su nombre completo
es Lucio Anneo Séneca. España está impregnada de su espíritu:
"una atmósfera respirada". En suma, "era un sentencioso
cordobés". Cuando Roma era regida por un loco llamado Nerón,
ocupó puestos importantes y se sabe que era un abogado eficiente.
Sumergido en el estoicismo, abarcó una extensa obra en la
que destacan sus Diálogos; sus tragedias, que tanto
influyeron en el teatro isabelino (Whakespeare) y sus profundas
Epístolas morales. Él ejemplificó sus prédicas: cuando
Nerón le acusó de conspirar y le ordenó que se suicidase,
escogió desangrarse en un baño caliente, abriéndose las
venas de pies y manos, para después completar el fin con
un trago de cicuta, como había hecho nuestro Sócrates inmortal,
siglos antes. Tiempo atrás, envuelto en intrigas, fue desterrado
a Córcega, donde se toma las cosas con calma y escribe De
consolatione y Ad Polybium (A Polibio). Profundamente
ético, profundamente desencantado, este artífice de las
letras termina sus Epístolas (la cxxiv) refiriéndose
a "tu bien particular". Se pregunta:
¿Cuál es éste? El alma corregida, pura y limpia que se
levanta de la tierra, que quiere imitar a Dios y que no
pone fuera de ella aquello que tiene en sí. Eres animal
racional. ¿Cuál es tu bien? La razón perfecta. Llévala al
punto más alto a que pueda subir y considérate feliz cuando
veas brotar en ti mismo tus placeres; cuando entre todas
las cosas que el hombre desea, arrebata y conserva, no encuentres
ninguna, no diré que codicies, sino que ni siquiera codicies,
sino que ni siquiera desees. Sencilla regla te daré para
que te midas y conozcas si has llegado a la perfección.
Poseerás todo tu bien cuando comprendas que los considerados
como felices son, en realidad, muy desgraciados. Adiós.
Así se expresa Lucio Anneo Séneca,
español por esencia y candidato a haber sido emperador.
Dejémoslo en filódsofo y démosle toda la gloria latina.
Petronio aparece, fugazmente,
por el firmamento romano como un crítico implacable con
su Satyricon. Por su parte, Marcial, epigramista
eminente, se gana el favor de Tito y Domiciano con descripciones
satíricas de la decadencia urbana, así como narraciones
del circo y de la arena. El dístico elegíaco es el metro
predilecto del poeta, unido a la crítica feroz.
Por su parte, Juvenal (Décimo
Junio) inició hacia el año 101 la composición de las Satirae,
sátiras compuestas en hexámetros que abarcan cinco libros.
Por esas épocas vivían hombres tan notables como Plinio
el Viejo, autor de una prodigiosa Historia natural de
37 volúmenes, llena de datos. Se sabe que su acuciosidad
le produjo la muerte por asfixia al intentar observar la
erupción del monte Vesubio en un lugar cercano. En tanto,
Tácito historia en sus Anales un periodo que va desde
la muerte de Augusto a Nerón y critica al imperio, regido
por crápulas y débiles, y proclama la república como el
ideal.
Por esos años, Suetonio logró
componer su esclarecedora obra Vida de los Césares
(de Julio César a Domiciano). Finalmente, es de justicia
mencionar a Lucio Apuleyo (h. 123-180), acusado de mago,
aunque será recordado por Asinus aureus, la historia
de un joven convertido en asno en la que, luego de una serie
de sucesos con intriga amorosa, finalmente interviene Isis,
que devuelve su perdida forma humana al protagonista, quien
termina siendo sacerdote de la divinidad egipcia. Su obra
acusa una fuerte influencia de Ovidio, por sus perfiles
eróticos y su imaginación desbordante.
Será oportuno mencionar que los
romanos contribuyeron principalmente al desarrollo del alfabeto,
con formas gráficas muy parecidas a nuestras mayúsculas
modernas. En efecto, en las postrimerías de la República
y a principios del Imperio, crearon formas gráficas de gran
belleza y dignidad que, desde entonces, se han considerado
como modelo. Nos referimos a las letras de estilo monumental,
especialmente idóneas para ser palabras en piedra. Al parecer,
el modo de nombrar las letras pueden haberlo tomado de los
etruscos. El moderno alfabeto romano es el que conocemos
como la escritura general de Europa occidental, de donde
se extendió a todos los continentes.
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Luego, un largo silencio, hasta que
aparecen nuevos caminos: la lengua de los primeros torturadores
contra los cristianos se torna evangélica y la Iglesia
toma por asalto el idioma latino y lo vuelve portavoz
de sus inquietudes. |
De esta suerte, la cruz se vuelve
cetro y toma el poder. Proclamando: "Nos multiplicamos más
que nos arrasais...", el converso Tertuliano animó los aires
cristianos. Más adelante, San Jerónimo, en el siglo iv,
tradujo la Biblia al latín y este texto terminó siendo
texto oficial de ceremonias católicas. Por esos tiempos,
San Agustín produce, con sus éxtasis, obras perdurables
en ese idioma: Confesiones y La ciudad de Dios.
Así, un largo camino recorrió
el latín desde que se empezó a hablar en el segundo milenio
antes de Cristo, en las tribus que poblaron el Lacio, donde
hubo influencias celtas e indudablemente griegas. Los gramáticos
dicen que, en el plano sintáctico, el latín se cracteriza
por la libertad del orden de las palabras en el interior
de la frase. Esta movilidad, posible gracias a la flexión
nominal, proporciona una gran flexibilidad a la expresión.
Hay sonoridad y musicalidad: dígalo Virgilio.
Adoptada por la Iglesia y las
clases cultas, algunos eruditos, filósofos y hombres de
ciencia y medicina la usan en sus escritos (véase Erasmo,
el doctor Harvey, Newton y el mártir Miguel Servet, entre
otros muchos) y estiman que es lengua de cultura.
Finalmente, la supervivencia de
la literatura latina se documenta a través de la evolución
que llevaría a la lenta consolidación de las lenguas romances.
Hacia 1220 aparece el italiano, con San Francisco deAsís,
seguido por Petrarca, Dante Alighieri y Bocaccio. Después,
un largo inventario musical y profundo. España, por su parte,
inicia su larga andadura con el gallego -del que deriva
el portugués-, el catalán y el castellano, que es con el
que más nos detendremos.
Finalizamos esta excursión con
un toque mitológico en el nombre de Lacio, que es el rey
epónimo de los latinos. Posteriormente, la unión del héroe
troyano Eneas con Lavinia, la hija de Lacio, nos ayuda a
formular este interrogante: ¿De alguna manera, Troya cobró
venganza de su destrucción a manos griegas? Diviértanse
los eruditos, los poetas, los historiadores y ...los latinos.
·
Este artículo forma parte de una serie titulada
El castellano: acerca de sus venturas y desventuras que
dio inicio en el número 59 y del que, en números posteriores,
se publicarán otros ensayos.
Bibliografía
Hadas, Moses. "La Roma imperial", en Time Life International,
1967.
Virgilio. Eneida, Geórgicas, Bucólicas, Ed. Porrúa.
César, Cayo Julio. Comentarios de la Guerra de la Galias,
Ed. Porrúa.
Cicerón. Sobre la naturaleza de los dioses (De natura deorum),
Sarpe, Madrid, 1984.
Séneca, Lucio Anneo. Tratados filosóficos, Tragedias, Epístolas
morales, EDAF, México.
Moorhouse, A.C. Historia del alfabeto, fce, México.
San agustín. Confesiones, Sarpe, 1983.