menuinterno Inicio | Números anteriores | Libros

Volver al Índice

Correo del Maestro Núm. 60, mayo 2001

La lengua madre del imperio

Adolfo Hernández Muñoz

En el principio fue el latín: insustituible. Era fuerte como su imperio. Con el tiempo se hizo frágil como él. Pero durante siglos, un ejército de pensadores, líderes, poetas y legisladores formaban su brillante Corte. Por momentos se pensó que había nacido para ser inmortal y su eco reverberaba desde el Éufrates hasta el Tajo. Nadie importante pensaba y escribía si no era en latín. Únicamente pervivió, como lengua culta para los eruditos, el griego que, de alguna manera, se volvió referencia.

Pero, acerca del latín, ¿qué podemos decir? De la confusa maraña de la bíblica Torre de Babel, en un entretejido de gritos y quejidos que parten por igual de los bosques germánicos, de los misteriosos etruscos, que de las montañas itálicas y de los mares mediterráneos que la rodean, surge una lingua mater. En ella se piensa, se manda, se dice.

Desparramada por el colosal imperio, con el tiempo, siglos, se desgaja en troncos provinciales fecundos. De la erosión constante surgen lenguas que transforman el latín y le hacen cantar y amar con acentos distintos. Es un parto laborioso y nadie sabe cuándo el dialecto regional se vuelve lengua adulta con tradición y crea escuela. Desde luego, son los legítimos herederos de la antigua cultura helénica. Está jalonada de nombres ilustres, sobre todo desde finales del siglo iii antes de Cristo.

Habría que mencionar a Livio Andrónico, que tradujo al latín La Odisea, de Homero; a Cayo Valerio Catulo, por sus alejandrinos; a Nevio, autor de una vasta obra, entre la que destaca una epopeya histórica, además de obras teatrales y poesías, que se ganó enemistades por sus ataques a generales y políticos. Siguen algunos como Ennio que creó Anales, que amaba a Homero, hasta sentirse su heredero.

Hablar de Terencio y de Plauto es mencionar autores teatrales que agradaban a toda Roma, a la que -como antiguamente Aristófanes en Atenas- lanzaban puyas y críticas toleradas y hasta agradecidas.

Más adelante, hablar de Cicerón es hablar de la cumbre de los pensadores latinos. En él todo fue brillante, ya se tratase de oratoria, ética, filosofía. Mención especial ameritan, en el 63 a.C., sus cartas y sus diatribas  contra Catilina, político sin escrúpulos. Fue firme en sus convicciones y noble rival de otro gran hombre romano: Julio César. Sus Comentarios merecieron de Marco Tulio Cicerón alabanzas como: "Nada es más agradable que una brevedad sencilla y lúcida...", adelantándose a Gracián. Así, César -general brillante- dejó constancia de la mejor prosa en sus Comentarios. En cuanto a Cicerón, el deslumbrante general manifestó: "...pues es más noble ensanchar los límites de la inteligencia humana, que los del imperio humano..."

Después de la muerte de Julio César (44 a.C.), Cicerón se dio a la tarea de restaurar una república regida por la vieja aristocracia senatorial, peleando contra Marco Antonio quien, dolido porlos ataques del viejo filósofo, ordenó su muerte, que aconteció a orillas del mar cuando estaba a punto de zarpar al exilio. Dicen que esperó a sus asesinos con calma, al estilo que preconiza en su ensayo Sobre la vejez.

        La poesía y la filosofía adquirieron grandeza con Lucrecio (De la naturaleza de las cosas), un tanto agnóstico cuando manifestaba que el mundo "es un todo de átomos, sin plan divino", y todo ello en uno de los latines más puros. Dicen que perdió la razón.

Altas cimas alcanza la poesía con Cátulo, el de Las pasiones, y con Publio Virgilio Marón (70 a.c.-19 a.c.), referencia obligada bajo el padrinazgo de Octavio Augusto. A los 28 años inició la redacción de sus Bucólicas (Églogas), composiciones pastoriles en hexámetros que versan sobre la paz del mundo y la idealización de la vida en el campo, que quedó como una cumbre de la literatura al terminar sus Geórgicas y dejar -sin terminar- su Eneida (un viaje pleno de aventuras con Eneas y sus esforzados troyanos y su fundación de Lacio y la nación romana).

Por su parte, Tito Livio reseñó algunas de las grandezas de la ciudad del Tíber. Cantor de las cosas sencillas, Horacio tuvo por compañero al ingenioso Ovido que, al componer su Metamorfosis, recreó la mitología clásica. En algún momento fue considerado procaz y enviado al exilio. Ya Séneca había advertido en alguna ocasión que: "El camino que conduce a las cumbres de grandeza es penoso".

Ha llegado la hora de hablar un poco de Séneca. Nace en el año iv a.C. y su nombre completo es Lucio Anneo Séneca. España está impregnada de su espíritu: "una atmósfera respirada". En suma, "era un sentencioso cordobés". Cuando Roma era regida por un loco llamado Nerón, ocupó puestos importantes y se sabe que era un abogado eficiente. Sumergido en el estoicismo, abarcó una extensa obra en la que destacan sus Diálogos; sus tragedias, que tanto influyeron en el teatro isabelino (Whakespeare) y sus profundas Epístolas morales. Él ejemplificó sus prédicas: cuando Nerón le acusó de conspirar y le ordenó que se suicidase, escogió desangrarse en un baño caliente, abriéndose las venas de pies y manos, para después completar el fin con un trago de cicuta, como había hecho nuestro Sócrates inmortal, siglos antes. Tiempo atrás, envuelto en intrigas, fue desterrado a Córcega, donde se toma las cosas con calma y escribe De consolatione y Ad Polybium (A Polibio). Profundamente ético, profundamente desencantado, este artífice de las letras termina sus Epístolas (la cxxiv) refiriéndose a "tu bien particular". Se pregunta:

¿Cuál es éste? El alma corregida, pura y limpia que se levanta de la tierra, que quiere imitar a Dios y que no pone fuera de ella aquello que tiene en sí. Eres animal racional. ¿Cuál es tu bien? La razón perfecta. Llévala al punto más alto a que pueda subir y considérate feliz cuando veas brotar en ti mismo tus placeres; cuando entre todas las cosas que el hombre desea, arrebata y conserva, no encuentres ninguna, no diré que codicies, sino que ni siquiera codicies, sino que ni siquiera desees. Sencilla regla te daré para que te midas y conozcas si has llegado a la perfección. Poseerás todo tu bien cuando comprendas que los considerados como felices son, en realidad, muy desgraciados. Adiós.

Así se expresa Lucio Anneo Séneca, español por esencia y candidato a haber sido emperador. Dejémoslo en filódsofo y démosle toda la gloria latina.

Petronio aparece, fugazmente, por el firmamento romano como un crítico implacable con su Satyricon. Por su parte, Marcial, epigramista eminente, se gana el favor de Tito y Domiciano con descripciones satíricas de la decadencia urbana, así como narraciones del circo y de la arena. El dístico elegíaco es el metro predilecto del poeta, unido a la crítica feroz.

Por su parte, Juvenal (Décimo Junio) inició hacia el año 101 la composición de las Satirae, sátiras compuestas en hexámetros que abarcan cinco libros. Por esas épocas vivían hombres tan notables como Plinio el Viejo, autor de una prodigiosa Historia natural de 37 volúmenes, llena de datos. Se sabe que su acuciosidad le produjo la muerte por asfixia al intentar observar la erupción del monte Vesubio en un lugar cercano. En tanto, Tácito historia en sus Anales un periodo que va desde la muerte de Augusto a Nerón y critica al imperio, regido por crápulas y débiles, y proclama la república como el ideal.

Por esos años, Suetonio logró componer su esclarecedora obra Vida de los Césares (de Julio César a Domiciano). Finalmente, es de justicia mencionar a Lucio Apuleyo (h. 123-180), acusado de mago, aunque será recordado por Asinus aureus, la historia de un joven convertido en asno en la que, luego de una serie de sucesos con intriga amorosa, finalmente interviene Isis, que devuelve su perdida forma humana al protagonista, quien termina siendo sacerdote de la divinidad egipcia. Su obra acusa una fuerte influencia de Ovidio, por sus perfiles eróticos y su imaginación desbordante.

Será oportuno mencionar que los romanos contribuyeron principalmente al desarrollo del alfabeto, con formas gráficas muy parecidas a nuestras mayúsculas modernas. En efecto, en las postrimerías de la República y a principios del Imperio, crearon formas gráficas de gran belleza y dignidad que, desde entonces, se han considerado como modelo. Nos referimos a las letras de estilo monumental, especialmente idóneas para ser palabras en piedra. Al parecer, el modo de nombrar las letras pueden haberlo tomado de los etruscos. El moderno alfabeto romano es el que conocemos como la escritura general de Europa occidental, de donde se extendió a todos los continentes.

  Luego, un largo silencio, hasta que aparecen nuevos caminos: la lengua de los primeros torturadores contra los cristianos se torna evangélica y la Iglesia toma por asalto el idioma latino y lo vuelve portavoz de sus inquietudes.

           De esta suerte, la cruz se vuelve cetro y toma el poder. Proclamando: "Nos multiplicamos más que nos arrasais...", el converso Tertuliano animó los aires cristianos. Más adelante, San Jerónimo, en el siglo iv, tradujo la Biblia al latín y este texto terminó siendo texto oficial de ceremonias católicas. Por esos tiempos, San Agustín produce, con sus éxtasis, obras perdurables en ese idioma: Confesiones y La ciudad de Dios.

Así, un largo camino recorrió el latín desde que se empezó a hablar en el segundo milenio antes de Cristo, en las tribus que poblaron el Lacio, donde hubo influencias celtas e indudablemente griegas. Los gramáticos dicen que, en el plano sintáctico, el latín se cracteriza por la libertad del orden de las palabras en el interior de la frase. Esta movilidad, posible gracias a la flexión nominal, proporciona una gran flexibilidad a la expresión. Hay sonoridad y musicalidad: dígalo Virgilio.

Adoptada por la Iglesia y las clases cultas, algunos eruditos, filósofos y hombres de ciencia y medicina la usan en sus escritos (véase Erasmo, el doctor Harvey, Newton y el mártir Miguel Servet, entre otros muchos) y estiman que es lengua de cultura.

Finalmente, la supervivencia de la literatura latina se documenta a través de la evolución que llevaría a la lenta consolidación de las lenguas romances. Hacia 1220 aparece el italiano, con San Francisco deAsís, seguido por Petrarca, Dante Alighieri y Bocaccio. Después, un largo inventario musical y profundo. España, por su parte, inicia su larga andadura con el gallego -del que deriva el portugués-, el catalán y el castellano, que es con el que más nos detendremos.

Finalizamos esta excursión con un toque mitológico en el nombre de Lacio, que es el rey epónimo de los latinos. Posteriormente, la unión del héroe troyano Eneas con Lavinia, la hija de Lacio, nos ayuda a formular este interrogante: ¿De alguna manera, Troya cobró venganza de su destrucción a manos griegas? Diviértanse los eruditos, los poetas, los historiadores y ...los latinos.

·         Este artículo forma parte de una serie titulada El castellano: acerca de sus venturas y desventuras que dio inicio en el número 59 y del que, en números posteriores, se publicarán otros ensayos.

Bibliografía
Hadas, Moses. "La Roma imperial", en Time Life International, 1967.
Virgilio. Eneida, Geórgicas, Bucólicas, Ed. Porrúa.

César, Cayo Julio. Comentarios de la Guerra de la Galias, Ed. Porrúa.

Cicerón. Sobre la naturaleza de los dioses (De natura deorum), Sarpe, Madrid, 1984.

Séneca, Lucio Anneo. Tratados filosóficos, Tragedias, Epístolas morales, EDAF, México.

Moorhouse, A.C. Historia del alfabeto, fce, México.

San agustín. Confesiones, Sarpe, 1983.

 

Volver al Índice