La importancia de una idea creativa, una invención o un
descubrimiento radica fundamentalmente en su pertinencia
como solución de un problema, sea éste de naturaleza técnica,
científica, filosófico, humanista o social. En el caso de
la creación artística el problema es, además de orden técnico,
de orden expresivo, esto es: ¿cómo expresar una realidad,
un sentimiento, una emoción?
En ambos casos, se trate de una idea creativa, invención,
descubrimiento técnico, científico, humanista, filosófico
o social, o bien, de una idea, creación o invención artística,
su fuerza radicará no sólo en ser pertinentes como solución
o forma de expresión sino, también, en ser comunicables
y aceptados por un público más amplio. Todo acto de creación,
de trabajo, es realmente importante si y sólo sí puede ser
transmitido a los otros y aprehendido por ellos. Cuando
no es así no tiene, estrictamente hablando, sentido humano.
Por lo anterior, puede asegurarse que la posibilidad de
transmisión y aprehensión es un elemento central para la
valoración de la pertinencia, relevancia y oportunidad de
un hecho o efecto del trabajo humano. Siendo, precisamente
esta posibilidad, la que abre la potencia para su universalidad.
Podemos también valorar una idea creativa o innovadora
a partir de los efectos multiplicadores que ésta pueda producir;
es decir, a partir de su capacidad para producir ideas vinculadas,
subordinadas o incluso antitéticas a ellas. Una idea, una
creación, un acto de trabajo es valioso en la medida en
que contiene en sí mismo una capacidad generadora, matricial;
es decir, en la medida en que podemos reconocerla como una
idea a partir de la cual se derivan otras. Esto ocurre,
por ejemplo, con las escuelas científicas, artísticas, filosóficas,
como, por ejemplo en el psicoanálisis y la idea generadora
de la existencia del inconsciente.
Por otra parte, es importante recordar que si bien podemos
ver innovación y novedad auténticas en muchos actos creativos,
éstos no surgen nunca de la nada. Sea resultado de una pesquisa
orientada o bien del mero azar, podemos siempre encontrar
elementos de filiación con otras ideas y hechos creativos.
En nada de lo humano podemos hablar de una verdadera y real
originalidad.
Nada, afortunadamente es realmente original, ni siquiera
el pecado. Pues todo, también afortunadamente, tiene una
historia, una filiación. Pues, si no fuera así no podríamos
siquiera comprenderlo, identificarnos con ello. Una idea
sólo es comprensible cuando la historizamos, ya sea en nosotros
mismos o en un cierto momento, geografía, contexto o circunstancia
que nos permita una mayor comprensión.
Que no creamos en la generación espontánea de las ideas
no es gratuito. Concibiendo el hombre y todo lo humano y
cultural como hechos del lenguaje, no parece posible que
nada se escape a la inevitable cadena (encadenadora) de
los significantes, de las palabras. Incluso en la creación
artística en la que la originalidad es motivo de más alta
valoración, tendemos a comprender el hecho a partir de elementos
comunes que nos permiten identificar, incluso, su rompimiento
con escuelas, tendencias y valores estéticos y técnicos,
lo conocido nos permite valorar la innovación en su justa
dimensión.
Afirmar que crear es generar algo ahí donde antes no había
nada, no significa que esta generación parta de cero; significa,
simplemente, que el antecedente ha sido transformado, transmutado,
reinventado, potenciado y enriquecido, incluso al grado
de parecer perderse muchos de sus elementos originarios;
aun cuando es precisamente su posibilidad de evocación la
que le da valor a la obra. Pues lo que da universalidad
a una creación, a cualquier acto cultural, es precisamente
su capacidad para evocar sus raíces, las raíces comunes
con quienes se comunica.
Y si hago esta reflexión es porque el hecho cultural ante
el que nos encontramos, este pequeño objeto-libro, demuestra
lo antes dicho de manera muy clara.
Siendo un objeto de divulgación (y por tanto pedagógico),
es también un objeto en el podemos reconocer historia, voluntad
común con otras ideas, y, también, capacidad matricial.
Este pequeño objeto tiene la capacidad de invitarnos, convocarnos
a realizar tareas si no a su imagen, si a su semejanza.
Nos invita que querer copiarlo, atraparlo, reproducirlo,
recrearlo, reinventarlo, y, en todas estas acciones, abrirnos
a la posibilidad de crear algo nuevo.
El hecho-objeto que hoy presentamos tiene, además de belleza,
un valor pedagógico excepcional en dos sentidos pues: primero,
nos ayuda a enseñar y aprender cómo mirar, dónde detenerlos,
nos ofrece elementos para familiarizarnos con las obras
que nos presenta sin formalidades, incluso con humor. El
segundo valor pedagógico es que nos incluye pues evoca una
tradición pedagógica que algunas veces parecemos olvidar:
la tradición del uso de la imagen como elemento potenciador
del aprendizaje. Desde el mundo en imágenes de Comenio (ya
antecedido por otras tradiciones culturales con finalidad
educativa) la imagen ha mostrado sus infinitas posibilidades
de transmisión y comunicación.
Como elemento facilitador de los sentidos, como ejercicio
moralizante o como recreador de situaciones, la imagen asociada
a una tarea pedagógica como la explicación no es algo realmente
original o innovador. No, no lo es, y su valor pedagógico
radica precisamente en ello, en no ser original, en ser
una estrategia didáctica que sigue siendo útil, fructífera.
Asociar una idea a una imagen que al hablarnos de la idea
nos diga también otras cosas, no es algo nuevo. La metáfora
y la metonima no son recientes: están en la raíz de nuestra
construcción intelectual como especie. Hablarnos de una
cosa utilizando otra, a través de otra, o bien, hablarnos
de una cosa que como palanca nos proyecta a otra incluso
distinta a la primera, es una práctica pedagó-gica que nos
permite reconocer raíces ancestrales. ¿No son los mitos
una expresión de esta forma de elaboración intelectual?,
¿no lo son las figuracio-nes y representaciones religiosas?,
¿no lo es la base de la retórica?, ¿no han sido las imágenes
sostén real de todas estas estrategias de transmisión?,
¿no una obra adquiere el estatuto de clásica cuando nos
remite a algo profundo, incluso no reconocido pero común,
universal?, ¿no tienen las imágenes este efecto evocador,
comunicador, enlazador?
El libro-mundo que hoy presentamos tiene esas raíces, no
es nuevo, pero es novedoso, no es original y sin embargo
ha sido matricial pues nos invita a afiliarnos para crear
nuevas ideas. No es un libro de historia pero es histórico,
no es una clase de pintura pero nos enseña a ver y, no es
un libro de arte pero estoy segura de que puede despertar
vocaciones.
Tampoco es un libro de pedagogía, pero es una estrategia
didáctica en la que, a partir de aprender a detenernos frente
a una obra artística podemos aprender, incluso, historia.
No es el mundo en imágenes de Comenio, pero también nos
alfabetiza, nos traduce, nos permite apropiarnos; y nos
ofrece la experiencia de enseñarnos, nuevamente como hace
siglo, que la imagen es más elocuente que mil palabras,
pero que si la acompañamos de palabras podemos verla mejor,
mirarla mejor, hacerla hablarnos.
Este pequeño libro mundo-museo que no siendo más que un
pretexto, parece también un libro de arte, de historia y
un posible y simple material didáctico, es, estoy convencida,
un hecho de la mayor importancia educativa en la medida
en que nos recuerda una propuesta pedagógica y cultural
que no podemos ni debemos olvidar y que dice: es indispensable
y estamos obligados a, de vez en vez, mostrar y recrear
nuestras imágenes, ponerlas a la disposición de los demás
y contarlas a nuestra manera.