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Correo del Maestro Núm. 62, julio 2001

Los americanismos en el DRAE
Segunda parte

María Isabel Hernández Guerra

El surgimiento de los americanismos y los sentimientos que ha generado su tratamiento por parte de los lexicógrafos, no ha seguido un camino en línea recta. A mediados del siglo XX, Vicente García de Diego escribió:

El castellano sólo tiene conciencia defensiva frente a los grandes dialectos conservados, como el gallego o el catalán. Sobre los dialectos inconsistentes barridos por él y, en parte, solapadamente subsistentes, el castellano obra sin cautela, aceptando lo que encuentra.

Si llama la atención el uso de 'degenerar' y de 'corrupción' por parte de Alcedo, mucho más llamativo resulta, un siglo y medio después, que los dialectos subsistan "solapadamente", que el castellano obre "sin cautela", no tenga suficiente "conciencia defensiva" y ande "aceptando lo que encuentra". Significativa prosopopeya. Ya en nuestros días, Manuel Alvar Ezquerra afirma que:

.no sería de extrañar que en los próximos años vieran la luz obras lexicográficas con mayor número de regionalismos, en general, y de americanismos, en particular, desfigurando, tal vez, con tan abultada erupción, lo que es la verdadera cara de la lengua española; pero también es posible que se produzcan diccionarios acumulativos en los cuales sólo figuren empleos limitados diatópicamente.

Estas palabras se publicaron en 1993; pero la idea de que la "abultada erupción" de americanismos pudiera desfigurar "la verdadera cara de la lengua española" no parece obedecer a un sentimiento demasiado diferente del que movió a Juan de Valdés a dudar que Antonio de Nebrija entendiera realmente el castellano, por ser Nebrija ".de Andaluzía, donde la lengua no stá muy pura".

En su Nuevo Diccionario de la lengua castellana (París, 1846), al mencionar el "habanero, chileno, mejicano, peruano.", Vicente Salvá evitó, en el fragmento citado en la primera parte de esta colaboración -aparecida en el número anterior de esta revista-, el socorrido término de 'americanismo', con el cual no se sabe bien qué se está designando. Si fuera la etimología, 'tomate', 'maíz' o 'chocolate' son americanismos, así como 'tiza', del náhuatl tízatl; aunque curiosamente, México es el único país hispanohablante que no emplea ese vocablo, pues aquí se usa 'gis'. Si no está referido a la etimología, 'americanismo' debería designar aquellas palabras no generalizadas en otras áreas, pero sí en toda Hispanoamérica. No son muy numerosas.

Aguacate

El DRAE define 'americanismo', en la sexta acepción, como: "Vocablo, giro, rasgo fonético, gramatical o semántico peculiar o procedente del español hablado en algún país de América". Éste ha sido el criterio aplicado al registrar como americanismos palabras de una región cualquiera, aunque sean incomprensibles en el resto de América". Cuando el drae marca 'frijol' como americanismo, deja de lado el hecho de que en la mitad del continente esa palabra es desconocida; pero es coherente con la definición que ha dado ya que se trata de un vocablo "del español hablado en algún país de América" (en este caso, en varios países). Puesta a cubierto la coherencia con su definición la Academia ha trabajado, no obstante, en la dirección correcta tratando de precisar el origen y el significado de los regionalismos que incorpora. En este sentido, la vigesimoprimera edición ha introducido numerosos cambios y, en general, acertados.

Tomaré como primer ejemplo la palabra 'aguacate'. Es dificil de creer, pero fácil de verificar, que desde la primera hasta la decimonovena edición, el drae toma y reproduce, poco modificada, la definición de 'aguacate' aparecida en 1786 en el Vocabulario de Antonio de Alcedo:

AGUACATE. Laurus persea. Árbol que se manteniene todo el año frondoso y da el fruto dos veces; es parecido en el tamaño y color a la pera donguindo, con la diferencia de tener más prolongado el cuello, la médula es blanda y verde, semejante a la manteca y de sabor insípido, por lo cual se come con sal; la corteza es consistente como la de la naranja cuando está seca, el hueso es grande, de figura elíptica que remata en punta lisa y de color de castaño; restregando con ella un lienzo blanco le da un color acanelado permanente y fino; en el Perú se llama palta.

 

El DRAE, en ediciones anteriores a la actual, dice en la entrada 'aguacate':

AGUACATE. Del mejic, ahuacatl 1. Árbol de América, de la familia de las lauráceas, de 8 a 10 mts. de altura , con hojas alternas, coriáceas, siempre verdes, flores dioicas y fruto parecido a una pera grande, de carne blanda, mantecosa e insípida, por lo que se come con sal. 2. Fruto de este árbol.

Siendo los mexicanos muy aficionados al aguacate, esta definición los dejó sumamente insatisfechos y un periodista fustigó durante años a la Real Academia, especialmente por lo de "parecido a una pera" y el "sabor insípido". Por fin, en 1992, la nueva edición corrigió sus antiguos yerros. La actual entrada de 'aguacate' empieza por modificar la etimología, que aparece ya no "del mejic", sino: "aguacate. Del nahua ahuacatl, fruto del árbol del mismo nombre; testículo". Además de cambiar la etimología (ahora "del nahua"), la nueva definición ha introducido un cambio importante: al finalizar la descripción del árbol, se dice simplemente que su fruto es comestible, sin calificar su sabor. Esta definición aparece en 1992, pero al publicarse el "Diccionario del español usual en México", en 1996, Luis Fernando Lara insiste con la reivindicación del aguacate e incluye en la definición que es un "fruto comestible muy apreciado por su sabor, y con él se prepara el guacamole". Aun cuando la definición de 'aguacate' del drae seguía a grandes rasgos la del Vocabulario de Alcedo, no se agregaba, ni se agrega ahora, el último dato de aquélla: "en el Perú se llama palta". No obstante, en la más reciente edición del drae, se consigna el origen quechua de 'palta', indicando, además, la región que le corresponde: América Meridional.

Es evidente el progreso de la Academia respecto a los americanismos, progreso en el que marca un jalón importante la actual vigesimoprimera edición. Faltan aún precisiones de distinto tipo. En algunos casos se trata de extender la región y/o las acepciones según la región: por ejemplo, 'cañada', trae correcta la definición, así como la filiación correspondiente: "Arg., Par. y Urug.", falta agregar que la misma palabra, en Chile, se aplica a una depresión del terreno por la cual no corre agua; 'cocalero' se atribuye sólo a Perú, se usa también en Colombia; 'gofio' y 'entrevero' aparecen con definiciones correctas, pero en la filiación falta un país: Uruguay, aunque sí figura Argentina. Pudo utilizarse, tal como se hace en 'quilombo', la indicación "Río de la Plata", con la que se busca designar ambos países. En realidad, las márgenes del río sólo abarcan algunas ciudades, entre ellas las capitales, pero los dos países tienen zonas con variantes lingüísticas de importancia; en el caso de Uruguay, en particular, por el habla de frontera en la franja cercana a Brasil; y en Argentina, por tratarse de un país muy extenso que aún alberga comunidades que conservan su lengua indígena provocando obvios fenómenos de contacto lingüístico. Por eso resulta más exacto mencionar ambos países (como se hace en el caso de 'achuchar'), si bien es un hecho conocido que las fronteras de los Estados no coinciden necesariamente con las áreas lingüísticas.

En 'entrevero'; en la segunda acepción, el drae omite Uruguay, donde el significado es el mismo que en los demás países mencionados. 'Gurí' registra una primera acepción totalmente en desuso. Es actual la segunda.

Así como encontramos ejemplos en los que corresponde marcar una mayor extensión al uso, en otros casos le toca al drae restringir esa extensión. 'Alverja', no es una palabra conocida en toda América; en algunos países como en México se usa en su lugar 'chícharo', de la que el drae no consigna la región. Si así lo hiciera, con ello completaría las designaciones de lo que en España se llama 'guisante' y en América del Sur 'poroto', palabra de la que el drae se ocupa registrando correctamente su etimología, significado, área de uso, y hasta un fraseologismo: 'apuntarse un poroto'. Sólo cabría agregar que el ejemplo del juego es en realidad el que origina el sentido figurado de esa expresión, ya que los jugadores marcan puntos ganados tomando porotos que van acumulando junto a su lugar. Y quien se precia de ser chileno, o desea enfatizarlo, dice ser 'más chileno que los porotos'. 'Arveja' se usa alternadamente con 'alberja', y sin la nota de "silvestre" que le atribuye el drae.

Sí existen palabras que son realmente americanismos y que en el drae aparecen como tales: 'corte', como 'tribunal de justicia' y 'comedir' o 'comedirse' en la tercera acepción. De 'ubicar' aún no se consigna una extensión de sentido surgida y rápidamente difundida en América, la de 'localizar'.

Siempre en relación con los americanismos, suelen sorprender las etimologías apuntadas en el drae: 'gofio', de origen guanche, aparece como usual en una serie de países americanos, precedidos de Canarias. No hay aquí incorrección alguna, si bien cabe preguntarse si es adecuado poner Canarias, territorio guanche hasta la llegada de los españoles, en pie de igualdad con los territorios americanos donde fueron los canarios quienes difundieron las voces de sus ancestros; lo cual ocurrió, por ejemplo, en Uruguay (no mencionado en el drae), cuya capital fue fundada por un grupo de familias canarias. Existen otras voces como 'garúa' y 'boniato', difundidas de la misma manera en Uruguay, aunque su etimología sea diversa. Los inmigrantes canarios, agricultores, también introdujeron en Cuba las voces 'gofio' y 'boniato'. A este último vocablo la Academia le atribuye etimología caribeña, aunque Corominas rechaza la hipótesis de que sea una voz taína, reconociendo que no hay certeza sobre esta estimología. Lo cierto es que resulta poco probable que en 1726, año de la fundación de Montevideo, los canarios hubieran recogido esta voz en Cuba para luego difundirla en Uruguay. Los investigadores canarios de etimologías admiten la dificultad de afirmar en algunos casos en qué sentido se dio el traslado de un vocablo. No puede asegurarse, por ejemplo, si 'guagua' es de origen canario y de allí se trasladó a Cuba, o si, inversamente, de Cuba se llevó a Canarias. Cabe señalar que 'guagua', con el significado de 'ómnibus', no se difundió fuera de dos islas de la órbita cubana: Puerto Rico y Santo Domingo. El drae la marca con "etim. disc." En cuanto a la palabra 'guagua', que se usa en Chile con el significado de 'bebé', es de origen local y no está registrada en el drae. 'Guarapo', que aparece como americanismo en ediciones anteriores del drae, plantearía las mismas dudas que 'guagua', si en la última edición no se añadiera la precisión "quechua" (?). No es fácil de entender cómo una palabra del sustrato de la parte sur de América pudo desaparecer en la zona de la que es originaria y saltar hasta el Caribe y Canarias, únicas regiones donde es conocida, aunque el drae vuelva al antiguo y ambiguo "Amér".

Dentro del gigantesco trabajo que lleva a cabo la Academia, otro punto interesante por conocer sería el criterio con el cual se determina la supresión de una entrada en la macroestructura. No hay duda de que los casos de mortandad léxica, aunque han generado menos estudios que los de neología, pueden ser explicados, a veces, con facilidad. No sucede así con la supresión de 'gandola' en las últimas ediciones del drae. Esta palabra aparecía como nombre de un arbusto de flores rojizas. En Venezuela, significa lo que en otras regiones de America se designa con el préstamo del inglés 'tráiler', el que, como tantos otros, es inútil ya que la lengua tiene recursos que pueden o no tener carácter general, para evitarlos.

Los datos de la parte de 'Predicciones.' (Primera parte) fueron tomados de Un millard de latins pour 1´an 2 000, publicado por la unesco.

Las citas siguientes fueron tomadas de los trabajos de Manuel Alvar Ezquerra reunidos con el título de Lexicografía descriptiva:

Antonio de Alcedo, pág. 320; Vicente Salvá, pág. 321; Eduardo Chao, pág. 346; Vicente García de Diego, pág. 313; Manuel Alvar Ezquerra, pág. 53.

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