El español es un idioma heredero del latín, a medias con
las fablas Celtas e Ibéricas, decantado en los roquedales
cantábricos hasta hacerse lengua. En su depuración tienen
que ver largas estancias en monasterios eruditos como el
de San Millán de la Cogolla (escenario -en recientes épocas-
de fechas memorables para el idioma), hasta llegar a las
inmensas, planas y doradas mesetas castellanas.
Idioma
directo, recio, musical, con hallazgo de bellezas por donde
roza la grandeza. Es el español, que se vuelve ultramarino
y señorea en gran parte de América y después de maridajes
con los mayas y aztecas en México y con los incas en Sudamérica,
llega hasta Oceanía donde convive con los tagalos filipinos
y con los micronesios de Guam. Esto es, la lengua se vuelve
internacional con múltiples ecos en todas las latitudes.
Goza
de hegemonía en España, donde lucha por su supremacía con
algunos rivales gigantes como el gallego -madre del portugués-
que hace siglos fue serio oponente del castellano en la
corte de Alfonso, el Sabio. También en los litorales españoles
están el éuscaro, que señorea en sus valles vascos, y el
catalán, con prolongaciones levantinas y mallorquinas (incluso
en la isla italiana de Cerdeña). Pero la importancia de
estas lenguas periféricas no disminuye la catadura del castellano,
curtido en grandes mesetas, inmensos océanos, ríos y altas
y largas cordilleras. Fue un rico caldo de mestizaje, influido
por todas las fronteras, tanto propias como extrañas. En
la Península fluían hablas de todo linaje y como en casa
propia, el árabe, el hebreo y las irreconocibles -pero que
sobrevivían- de dialectos milenarios ya en lucha contra
el habla del imperio: el latín. Así, mozárabes y toscos
campesinos daban vida a un luminoso castellano que arrebató
a todo el centro de la península en incontenibles secuencias,
imágenes llenas de música y poesía.
Durante
siglos las lenguas se enlazaron a ratos y otras se mantuvieron
en rebeldía. En esos lapsos, el castellano fue cobrando
brío, colorido y certeza. Ve acrecentada su cosecha: además
del románico esencial se nutre de varios vientos, se enriquece.
Sabe amar, sabe protestar; en suma, toma su forma original.
Hasta
el año 1948 se decía que nuestra literatura comenzaba con
el épico Poema del Cid. Investigaciones posteriores
han dado, de repente, un rayo de luz sobre la noche y la
literatura se ha hecho un siglo más vieja. Dámaso Alonso
nos indica:
Miniatura del
Libro de los juegos de Alfonso el Sabio. Biblioteca del
Escorial
Y ya no empieza
épica; ahora comienza encantadoramente lírica, con unas
sencillísimas canciones de mujer enamorada. Y la primera
lírica conocida ya no es la provenzal, sino estas recién
descubiertas jarchas mozárabes españolas. Una serie de felices
casualidades ha hecho posible que llegue a nuestras manos
el emocionante tesoro. Cultos poetas hebreos y árabes (los
más antiguos del siglo xi) pusieron en cierto tipo de composiciones
una jarcha o estrofilla final escrita no en hebreo o en
árabe, como el resto del poema, sino en el dialecto español
que hablaban los mozárabes. Tales estrofillas, evidentemente,
las tomaban de una tradición oral, cantada y viva. Lo mismo
que en el siglo XVIII vemos que varios poetas glosan cada
uno de un modo distinto un mismo cantar viejo, estos poetas
árabes y judíos toman a veces una misma jarcha, como estrofilla
final, cada uno, para su propia poesía; y en ocasiones son
poetas que vivieron en épocas muy distintas...
Estos
hallazgos, a los que alude Dámaso Alonso, tienen su primicia
en un investigador norteamericano, S.M. Stern, que comunicó
su hallazgo a través de la revista Al-Andalus en
el año 1948. Y, ¿qué es la voz árabe de 'jarchas'? Los diccionarios
más o menos buenos nos dirán puntualmente que son breves
canciones, de dos a cuatro versos fechadas hacia 1040 y
compuestas en dialecto mozárabe. Representan la poesía lírica
más antigua conservada en lengua románica. En realidad no
son sino el final o estribillo de las muwassahas
árabes o hebreas. Su temática amorosa las ha hecho relacionar
con las cantigas de amigo. Y, ¿qué es la muwassaha?
Es el término con que se conoce una forma poética que integran
cinco o seis estrofas en árabe clásico o hebreo. La muwassaha
concluye con una estrofa de dos o cuatro versos llamada
jarcha. Hay muchas mujeres heridas de amor:
Al alba venid, buen amigo,
al alba venid.
Amigo el que yo más quería,
Venid al alba del día.
Amigo el que yo más amaba,
venid a la luz del alba;
venid a la luz del día,
no traigáis compañía;
venid a la luz del alba,
no traigáis gran compañía
Hay visiones bucólicas, música en las ramas:
De los álamos vengo, madre,
de ver cómo los menea el aire.
De los álamos de Sevilla
de ver a mi linda amiga
de ver cómo los menea el aire.
De los álamos vengo, madre,
de ver cómo los menea el aire.
Algunas
de estas delicias datan del siglo XI, pero en el XIII el
género se agrandó con composiciones predominantemente narrativas,
tradicionales y anónimas con un número variable de versos
octosílabos, asonantados los pares y sin rima los impares.
Derivaban de los cantares de gesta. Destacan: Don Rodrigo
y la pérdida de España, Los siete infantes de Lara,
El Cid.
Hacia
la segunda mitad del siglo xv el romance se pone de moda
en los medios cortesanos y los juglares abordan nuevos temas
(es el germen de la futura novela): los romances 'fronterizos'
que relatan incidentes de la guerra de Granada entre moros
y cristianos, donde no faltan los moros 'galantes'; hacia
1580 están en liza los 'romances nuevos' de tema bucólico
o amoroso. Surgen gigantes como Lope de Vega y Góngora,
pero antes está Alfonso el Sabio (reina entre 1221 y 1284).
Son 63 años densos en batallas, cabildeos y con caminos
culturales brillantes. Enumeraremos alguno de ellos. Es
una relación que no tiene parangón en la historia europea
de la época.
Alfonso
x es, ante todo, un estadista que aspira a gobernar Europa
por medio del Sacro Imperio Romano, como pretendiente del
trono de la Alemania de aquellas épocas y no lo logra a
pesar de que no pestañea en imponer gabelas onerosas a sus
súbditos. Nos interesa su intensa y no igualada labor cultural
en un medio inhóspito, donde finalmente fue depuesto en
Valladolid por una junta de nobles y prelados. Sus fracasos
políticos no opacan su brillante desempeño cultural que
tiene dos grupos esenciales: la propia Toledo -capital del
reino-, Sevilla y Murcia, donde se congregaron numerosos
sabios de distintos orígenes religiosos y especialidad.
Su labor se concreta en los siguientes apartados:
1) Obras jurídicas: Las siete partidas (1256-1265), precedidas
por el Fuero Real (código general y transitorio)
en las que colaboraron Jacobo el de las Leyes, Fernando
Martínez y Roldán, quienes aportaron un nuevo concepto absolutista
(atribución regia de la facultad legislativa) fundándose
en el derecho romano justiniano. Constituyen asimismo un
tesoro etimológico y semántico. ¿Poder real sin objeciones?
Alfonso X el Sabio con su esposa
e hijo (tumbo de Tojos Ouros.)
2) Obras históricas: Crónica General de España, intento de historia
de España -iniciado en 1270- con inclusión de prosificaciones
de varios cantares de gesta y que a la muerte del monarca
alcanzaba hasta los últimos tiempos de los visigodos. Mas,
no para ahí la cosa: en visión enciclopédica ordena el estudio
y el ordenamiento de una General e Grand Estoria,
intento de historia universal iniciado hacia 1272, con inclusión
de prosificaciones y documentos diversos del mundo conocido
hasta esa fecha. A la par, inicia la publicación de obras
científicas, con base en traducciones y adaptaciones, principalmente
de fuentes orientales, entre los que cabe destacar: Los
libros del Saber de Astronomía, Las Tablas Alfonsíes
(según la tradición ptolomaica a través de los astrónomos
árabes) y el Lapidario (tratado incompleto con la
descripción de gran número de piedras preciosas y cuyo antecedente
parece ser una Mineralogía apócrifa de Aristóteles).
En el apartado deben incluirse obras de carácter recreativo
como el libro de Axedreç (Ajedrez), dados e tablas
(1283).
En
el capítulo de obras poéticas debe incluirse al propio Alfonso,
que es autor de unas treinta poesías insertas en los cancioneros
gallego-portugueses (Vaticana, Colección Brancuti) y, sobre
todo, las Cantigas de Santa María, colección de 420
composiones en lengua gallega. También se le debe la publicación
de una serie de apólogos orientales (fábulas) fechada en
1251 y cuya traducción del árabe -texto de origen indio-
se atribuye a la iniciativa personal del rey Alfonso desde
antes de su coronación. Es un testimonio de la penetración
del cuento oriental en tierras hispanas y del influjo que
este fabulario produjo en la posterior elaboración de Don
Juan Manuel, el Arcipreste de Hita, en la formación de la
prosa didáctica novelesca en la Península. Como colofón
debemos citar el Septenario (recopilación del saber
medieval).
Detalle de una página de las
Cantigas de Santa María, Siglo XVIII
Dos
siglos más tarde, cuando el romance señorea las tierras
ibéricas y las naves colombianas iban camino de cambiar
la historia, sucede un hecho trascendental: la aparición
de la Gramática Castellana de Elio Antonio de Nebrija,
primera completa sobre una lengua derivada del latín. Han
transcurrido más de cinco siglos desde la edición príncipe,
el 18 de agosto de 1492. El propósito de Nebrija era, según
el prólogo que presentó a la reina Isabel la Católica, fijar
normas para dar al idioma mayoritario en los dominios de
Castilla la consistencia y uniformidad que necesitaba, así
como facilitar y unificar su aprendizaje en los dominios
de España.
Poco
podía imaginar que su Gramática Castellana, que antecedió
en varias décadas al primer texto similar editado en Francia,
iba a servir como instrumento para el arraigo de esa lengua
en un continente aún desconocido.
El
doctor Marco A. Botey ha escrito un estudio sobre el lingüista
y humanista Elio Antonio de Nebrija del que extraemos algunos
datos históricos:
Es la primera
gramática de una lengua romance y se adelanta treinta y
siete años a la gramática italiana de Trissinio, cincuenta
y ocho a la primera francesa de Louis de Meigret y cuarenta
y cuatro a la Lingoagen Portuguesa de Fernando de
Oliveira.
El
año 1492 es clave. En él ocurre la integración de España
y su imperio colonial: cae Granada, Colón descubre el Nuevo
Mundo; se consigue la unidad religiosa con base en una mancha
intolerante: la expulsión de los judíos, que se llevaron
a su salida un dialecto del castellano destinado a perdurar:
el sefaradí.
Elio
Antonio de Nebrija publicó no tan sólo su Gramática
sino el Diccionario Latín-Español, vocabulario que
vio la luz en 1492, también en Salamanca. Nebrija sometió
su Gramática a la Reina Isabel la Católica y a su
consejero, el cardenal Cisneros.
Recordemos
[nos dice el acucioso doctor Botey] que esta Gramática
ve la luz el 18 de agosto de 1492, cuando Colón, quien había
zarpado de Palos de Moguer el 3 de agosto, estaba a punto
de llegar a Gomera, en las islas Canarias, y antes del 12
de octubre, día del descubrimiento.
Ante
la pregunta de Isabel de que esa Gramática "para
qué podía aprovechar", el obispo de Ávila, compenetrado
al igual que Nebrija en la idea de que Alejandro y César
habían reencarnado en los Reyes Católicos señala:
.que después
que Vuestra Alteza metiese debajo de su yugo muchos pueblos
bárbaros, ¡naciones de peregrinas lenguas! con el vencimiento,
aquellos tendrían necesidad de recibir las leyes que el
vencedor pone al vencido, con ellas nuestra lengua.
Elio
Antonio de Nebrija (Aelius Antonius Nebrissensis),
cuyo verdadero nombre era Antonio Martínez de Cala y Jarava,
nació en el sur de España, en Lebrija, entre 1440 y 1445.
Fue un prohombre del Renacimiento y el Humanismo Español.
De su tierra natal pasó a Salamanca, donde residió cinco
años y, a los diecinueve de edad, fue a Bolonia, donde aprendió
griego, latín y hebreo con el maestro Guillamate.
En
1492 publicó su Gramática y su Diccionario.
Escribió por encargo del cardenal Cisneros, con otros autores,
su Biblia Políglota (1514-1517).
En
1503 fue catedrático de gramática y en 1509 de retórica,
en Salamanca. Publicó mucho. Su Gramática acerca
de la "Ciencia de hablar y escribir de hombres doctos",
se ocupa en detalle de las reglas gramaticales y las partes
de la oración ("el artículo es esa partecilla que sirve
para señalar el género"). Fue de gran provecho para los
escritores españoles del siglo XV y XVI: Juan de Mena, Enrique
de Villena, Alfonso Martínez de Toledo, Arcipestre de Talavera,
Marqués de Santillana, Jorge Manrique, Diego Fernández de
San Pedro y Fernando de Rojas.
Y ahora
pasemos al Cancionero y reseñemos que las colecciones
antiguas más importantes de romances viejos son: el Cancionero
de Fernández de Constantina (principios del siglo XVI);
el Cancionero General de Hernando del Castillo (1511),
Romancero General (1600). Muy importante, la contribución
de los eruditos románticos: Herder popularizó el Romancero
del Cid (1815) y Agustín Durán su Romancero General
(1828-1829) completado luego por Wolf y Menéndez y Pelayo.
Menéndez Pidal, maestro de estos estudios, ha emprendido
la edición de un vasto romancero español y Rodríguez Moñino
ha publicado una cuidada edición del Romancero General
del 1600 en 12 volúmenes.
Detalle de la portada de una edición
del Mío Cid (Medina del Campo, Valladolid)
Debemos,
indudablemente, referirnos al Mester de clerecía, escuela
poética que floreció entre los siglos XIII y XIV. El término,
usado por vez primera en el Libro de Alexandre, significaba
'ministerio u ocupación de hombres cultos'. Aunque por muchos
conceptos contrapuesto al Mester de juglaría, compartía
algún rasgo del arte de los juglares. Así, por ejemplo,
es frecuente que los autores se denominen a sí mismos -no
sin cierta modestia- juglares, y los poemas de clerecía
no se destinaban exclusivamente a letrados, sino que eran
objeto de recitación pública. Con todo, el Mester de clerecía
posee características claramente distintivas. En primer
lugar, su forma métrica (cuaderna vía o cuartetas de alejandrinos
monorrimos) manifiesta un propósito culto de regularidad
silábica.
La
temática es preferentemente religiosa (Berceo), el Libro
de Apolonio, el Libro de Alexandre, el Libro
de Fernán González, y algún fragmento de la Crónica
troyana; en el siglo XIV el Libro de Buen Amor
del Arcipreste de Hita, la Vida de San Ildefonso,
el Poema de Yucuf y el Rimado de Palacio del
canciller de Ayala. Cuando este último componía su poema,
a fines de siglo XIV, tal escuela estaba ya anticuada ("versetes
de antiguo rimar") y en vías de desaparición.
Portada del Grammaticaeintroducciones
de Antonio de Nebrija, edición de Granada
Por
su parte, el Mester de juglaría, que agrupa cantares de
gesta castellanos, populares y anónimos (anterior y contrapuesto
al Mester de clerecía), era de tradición oral y se recitaban
en salones nobles o en plazas públicas. En ocasiones, según
el talento de los intérpretes, se ampliaban los textos:
Mio Cid, unos cien versos del Cantar de Roncesvalles
y el tardío -siglo XIV- Cantar de Rodrigo. Se habla
de grandes pérdidas, mencionadas en otros documentos, como:
La hija del conde don Julián, Sancho ii de Castilla
o Cerco de Zamora, Los siete infantes de Lara,
Bernardo del Carpio, entre otros. Empero, de alguna
manera, fueron rescatados o reconstruidos a través de posteriores
prosificaciones en las crónicas medievales o del romancero
antiguo. Se habla de influencias francesas, musulmanas e
incluso Menéndez Pidal sugiere la germánica. No obstante,
se señala que los cantares castellanos acusan un mayor realismo
descriptivo y evitan recurrir a los elementos sobrenaturales,
como solían otras literaturas de la época.
 |
Portada de Dictionarium de Antonio
de Nebrija, 1544
No podemos
dejar de mencionar a dos gigantes de la filología e historia
que se han adentrado en el estudio de nuestra rica literatura.
Sus métodos rigurosos daban a luz hallazgos de valía imperecedera.
Primero, Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912). En él se
aliaban el historiador, siempre documentado, y el crítico,
de mayor ecuanimidad que la previsible, si se tiene en cuenta
su ideología conservadora. Su empeño ordenador de la cultura
hispánica, cuya unidad destacó excesivamente (lo que le
llevaría a considerar como integradas en aquélla la hispanolatina
y la semítica, la hispanoamericana y la portuguesa), ayudó
a la labor posterior de otros gigantes de la lingüística
como don Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), eminente filólogo
e historiador. ¿Qué decir? Director de la Revista de
Filología Española, que fundó junto con Américo Castro,
Federico de Onís, Navarro Tomás y A.G. Solalinde, en 1914.
Surgió a la fama por el profundo estudio de La leyenda
de los infantes de Lara, en 1896, y entre 1908 y 1912
acometió la hazaña del Cantar del Mio Cid, texto,
gramática y vocabulario, una reconstrucción del viejo
romance épico, clasificando pormenores paleográficos y lingüísticos
hasta entonces oscuros, y finalmente, en La España del
Cid (1929) valoró la significación histórica del héroe
con un enfoque castellanista que lo emparenta con el grupo
del 98.
A su
dedicación por la épica responden también: La epopeya
castellana a través de la literatura española (ediciones
en francés y castellano en 1910 y 1945), Reliquias de
la poesía épica española (1952) y La Chanson de Roland
y el neotradicionalismo (1959). Estudios monumentales
lo orientaron a manuales de gramática histórica española,
toponimia prerrománica hispana e incluso La lengua de
Cristóbal Colón y otros ensayos (1942). Profundizó
en Orígenes del Español (1926). Fue director de la
Real Academia Española.
En
resumen: la aportación a la lingüística e historia española
de los dos Menéndez (Pelayo y Pidal) es inmensa y esclarecedora.
De
esta guisa, cabe hacer un recorrido -rica veta- por los
prohombres que han defendido el idioma con denuedo ejemplar.
Así, Juan de Valdés, filólogo eminente allí por el siglo
XV, que fue denunciado por motivos de heterodoxia a raíz
de la publicación de su Diálogo de la doctrina cristiana
(1529), especie de catecismo influido por las doctrinas
de Erasmo, y que hubo de abandonar España, trasladándose
a Nápoles. Todo en él confluye en un radicalismo místico
y en un distanciamiento del catolicismo. En lo que a nosotros
concierne, su más importante escrito desde el punto de vista
literario es el Diálogo de la Lengua, no publicado
hasta el 1737, obra clásica de la filología española en
la cual, con encendida energía proclama: "Harto enemigo
es de sí quien estima más la lengua del otro que la suya
propia." Debemos añadir que su buen hermano Alfonso de Valdés
es considerado como la máxima figura del erasmismo español
en su vertiente política.
Ramón Menendez Pidal
Así,
en el admirable concierto de lenguas europeas, surgió el
castellano desde hace once siglos y sus ecos en mares y
océanos le aseguran permanencia para goce y entendimiento
de muchos pueblos.
Bibliografía
Alonso, Dámaso.
Cancionero y romancero español, Salvat Editores, 1969.
Anónimo.
Poema del Mio Cid (Texto Antiguo preparado por Ramón
Menéndez Pidal). La prosificación
moderna del poema hecha por Alfonso Reyes. Colección Austral
Espasa-Calpe, Madrid, 1967.
Arcipreste
de hita. El libro de buen amor. Diversas ediciones
y estudios. Editores Mexicanos Unidos, 1997.
Enciclopedia
Salvat. Tomos I, II, VII y Tomo IX, 1971.
Blecua Alberto.
Poesia Medieval Española, Salvat y Alianza, 1972.
Botey, Marco
A. "Del Instituto Méxicano de Cultura y Sociedad Mexicana
de Historia y Filosofía de la Medicina" (artículo de Noemi
Atamoros-Excelsior, 17 diciembre, 1992.
Excélsior,
México, 17 diciembre, 92.
Foulché-delbosc.
Cancionero castellano del siglo XV
Poesía Medieval
Española. "Juan del Encina". Publicado por la Real Academia
Española en facsímil, Madrid, 1928. Citado en de Alberto
Blecua, Salvat y Alianza, 1972.
*
Este artículo forma parte de la serie titulada El castellano:
acerca de sus venturas y desventuras, que dio inicio
en los números 59 y 60 y de la que, en números posteriores
se publicarán otros ensayo