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Correo del Maestro Núm. 62, julio 2001

Nacimiento del idioma español en la roca cántabra*

Adolfo Hernández Muñoz

El español es un idioma heredero del latín, a medias con las fablas Celtas e Ibéricas, decantado en los roquedales cantábricos hasta hacerse lengua. En su depuración tienen que ver largas estancias en monasterios eruditos como el de San Millán de la Cogolla (escenario -en recientes épocas- de fechas memorables para el idioma), hasta llegar a las inmensas, planas y doradas mesetas castellanas.

Idioma directo, recio, musical, con hallazgo de bellezas por donde roza la grandeza. Es el español, que se vuelve ultramarino y señorea en gran parte de América y después de maridajes con los mayas y aztecas en México y con los incas en Sudamérica, llega hasta Oceanía donde convive con los tagalos filipinos y con los micronesios de Guam. Esto es, la lengua se vuelve internacional con múltiples ecos en todas las latitudes.

Goza de hegemonía  en España, donde lucha por su supremacía con algunos rivales gigantes como el gallego -madre del portugués- que hace siglos fue serio oponente del castellano en la corte de Alfonso, el Sabio. También en los litorales españoles están el éuscaro, que señorea en sus valles vascos, y el catalán, con prolongaciones levantinas y mallorquinas (incluso en la isla italiana de Cerdeña). Pero la importancia de estas lenguas periféricas no disminuye la catadura del castellano, curtido en grandes mesetas, inmensos océanos, ríos y altas y largas cordilleras. Fue un rico caldo de mestizaje, influido por todas las fronteras, tanto propias como extrañas. En la Península fluían hablas de todo linaje y como en casa propia, el árabe, el hebreo y las irreconocibles -pero que sobrevivían- de dialectos milenarios ya en lucha contra el habla del imperio: el latín. Así, mozárabes y toscos campesinos daban vida a un luminoso castellano que arrebató a todo el centro de la península en incontenibles secuencias, imágenes llenas de música y poesía.

Durante siglos las lenguas se enlazaron a ratos y otras se mantuvieron en rebeldía. En esos lapsos, el castellano fue cobrando brío, colorido y certeza. Ve acrecentada su cosecha: además del románico esencial se nutre de varios vientos, se enriquece. Sabe amar, sabe protestar; en suma, toma su forma original.

Hasta el año 1948 se decía que nuestra literatura comenzaba con el épico Poema del Cid. Investigaciones posteriores han dado, de repente, un rayo de luz sobre la noche y la literatura se ha hecho un siglo más vieja. Dámaso Alonso nos indica:

Miniatura del Libro de los juegos de Alfonso el Sabio. Biblioteca del Escorial

Y ya no empieza épica; ahora comienza encantadoramente lírica, con unas sencillísimas canciones de mujer enamorada. Y la primera lírica conocida ya no es la provenzal, sino estas recién descubiertas jarchas mozárabes españolas. Una serie de felices casualidades ha hecho posible que llegue a nuestras manos el emocionante tesoro. Cultos poetas hebreos y árabes (los más antiguos del siglo xi) pusieron en cierto tipo de composiciones una jarcha o estrofilla final escrita no en hebreo o en árabe, como el resto del poema, sino en el dialecto español que hablaban los mozárabes. Tales estrofillas, evidentemente, las tomaban de una tradición oral, cantada y viva. Lo mismo que en el siglo XVIII vemos que varios poetas glosan cada uno de un modo distinto un mismo cantar viejo, estos poetas árabes y judíos toman a veces una misma jarcha, como estrofilla final, cada uno, para su propia poesía; y en ocasiones son poetas que vivieron en épocas muy distintas...

Estos hallazgos, a los que alude Dámaso Alonso, tienen su primicia en un investigador norteamericano, S.M. Stern, que comunicó su hallazgo a través de la revista Al-Andalus en el año 1948. Y, ¿qué es la voz árabe de 'jarchas'? Los diccionarios más o menos buenos nos dirán puntualmente que son breves canciones, de dos a cuatro versos fechadas hacia 1040 y compuestas en dialecto mozárabe. Representan la poesía lírica más antigua conservada en lengua románica. En realidad no son sino el final o estribillo de las muwassahas árabes o hebreas. Su temática amorosa las ha hecho relacionar con las cantigas de amigo. Y, ¿qué es la muwassaha? Es el término con que se conoce una forma poética que integran cinco o seis estrofas en árabe clásico o hebreo. La muwassaha concluye con una estrofa de dos o cuatro versos llamada jarcha. Hay muchas mujeres heridas de amor:

Al alba venid, buen amigo,

al alba venid.

Amigo el que yo más quería,

Venid al alba del día.

Amigo el que yo más amaba,

venid a la luz del alba;

venid a la luz del día,

no traigáis compañía;

venid a la luz del alba,

no traigáis gran compañía

Hay visiones bucólicas, música en las ramas:

  De los álamos vengo, madre,

  de ver cómo los menea el aire.

  De los álamos de Sevilla

  de ver a mi linda amiga

  de ver cómo los menea el aire.

  De los álamos vengo, madre,

  de ver cómo los menea el aire.

Algunas de estas delicias datan del siglo XI, pero en el XIII el género se agrandó con composiciones predominantemente narrativas, tradicionales y anónimas con un número variable de versos octosílabos, asonantados los pares y sin rima los impares. Derivaban de los cantares de gesta. Destacan: Don Rodrigo y la pérdida de España, Los siete infantes de Lara, El Cid.

Hacia la segunda mitad del siglo xv el romance se pone de moda en los medios cortesanos y los juglares abordan nuevos temas (es el germen de la futura novela): los romances 'fronterizos' que relatan incidentes de la guerra de Granada entre moros y cristianos, donde no faltan los moros 'galantes'; hacia 1580 están en liza los 'romances nuevos' de tema bucólico o amoroso. Surgen gigantes como Lope de Vega y Góngora, pero antes está Alfonso el Sabio (reina entre 1221 y 1284). Son 63 años densos en batallas, cabildeos y con caminos culturales brillantes. Enumeraremos alguno de ellos. Es una relación que no tiene parangón en la historia europea de la época.

Alfonso x es, ante todo, un estadista que aspira a gobernar Europa por medio del Sacro Imperio Romano, como pretendiente del trono de la Alemania de aquellas épocas y no lo logra a pesar de que no pestañea en imponer gabelas onerosas a sus súbditos. Nos interesa su intensa y no igualada labor cultural en un medio inhóspito, donde finalmente fue depuesto en Valladolid por una junta de nobles y prelados. Sus fracasos políticos no opacan su brillante desempeño cultural que tiene dos grupos esenciales: la propia Toledo -capital del reino-, Sevilla y Murcia, donde se congregaron numerosos sabios de distintos orígenes religiosos y especialidad. Su labor se concreta en los siguientes apartados:

1)  Obras jurídicas: Las siete partidas (1256-1265), precedidas por el Fuero Real (código general y transitorio) en las que colaboraron Jacobo el de las Leyes, Fernando Martínez y Roldán, quienes aportaron un nuevo concepto absolutista (atribución regia de la facultad legislativa) fundándose en el derecho romano justiniano. Constituyen asimismo un tesoro etimológico y semántico. ¿Poder real sin objeciones?

Alfonso X el Sabio con su esposa e hijo (tumbo de Tojos Ouros.)

2)  Obras históricas: Crónica General de España, intento de historia de España -iniciado en 1270- con inclusión de prosificaciones de varios cantares de gesta y que a la muerte del monarca alcanzaba hasta los últimos tiempos de los visigodos. Mas, no para ahí la cosa: en visión enciclopédica ordena el estudio y el ordenamiento de una General e Grand Estoria, intento de historia universal iniciado hacia 1272, con inclusión de prosificaciones y documentos diversos del mundo conocido hasta esa fecha. A la par, inicia la publicación de obras científicas, con base en traducciones y adaptaciones, principalmente de fuentes orientales, entre los que cabe destacar: Los libros del Saber de Astronomía, Las Tablas Alfonsíes (según la tradición ptolomaica a través de los astrónomos árabes) y el Lapidario (tratado incompleto con la descripción de gran número de piedras preciosas y cuyo antecedente parece ser una Mineralogía apócrifa de Aristóteles). En el apartado deben incluirse obras de carácter recreativo como el libro de Axedreç (Ajedrez), dados e tablas (1283).

En el capítulo de obras poéticas debe incluirse al propio Alfonso, que es autor de unas treinta poesías insertas en los cancioneros gallego-portugueses (Vaticana, Colección Brancuti) y, sobre todo, las Cantigas de Santa María, colección de 420 composiones en lengua gallega. También se le debe la publicación de una serie de apólogos orientales (fábulas) fechada en 1251 y cuya traducción del árabe -texto de origen indio- se atribuye a la iniciativa personal del rey Alfonso desde antes de su coronación. Es un testimonio de la penetración del cuento oriental en tierras hispanas y del influjo que este fabulario produjo en la posterior elaboración de Don Juan Manuel, el Arcipreste de Hita, en la formación de la prosa didáctica novelesca en la Península. Como colofón debemos citar el Septenario (recopilación del saber medieval).

Detalle de una página de las Cantigas de Santa María, Siglo XVIII

Dos siglos más tarde, cuando el romance señorea las tierras ibéricas y las naves colombianas iban camino de cambiar la historia, sucede un hecho trascendental: la aparición de la Gramática Castellana de Elio Antonio de Nebrija, primera completa sobre una lengua derivada del latín. Han transcurrido más de cinco siglos desde la edición príncipe, el 18 de agosto de 1492. El propósito de Nebrija era, según el prólogo que presentó a la reina Isabel la Católica, fijar normas para dar al idioma mayoritario en los dominios de Castilla la consistencia y uniformidad que necesitaba, así como facilitar y unificar su aprendizaje en los dominios de España.

Poco podía imaginar que su Gramática Castellana, que antecedió en varias décadas al primer texto similar editado en Francia, iba a servir como instrumento para el arraigo de esa lengua en un continente aún desconocido.

El doctor Marco A. Botey ha escrito un estudio sobre el lingüista y humanista Elio Antonio de Nebrija del que extraemos algunos datos históricos:

Es la primera gramática de una lengua romance y se adelanta treinta y siete años a la gramática italiana de Trissinio, cincuenta y ocho a la primera francesa de Louis de Meigret y cuarenta y cuatro a la Lingoagen Portuguesa de Fernando de Oliveira.

El año 1492 es clave. En él ocurre la integración de España y su imperio colonial: cae Granada, Colón descubre el Nuevo Mundo; se consigue la unidad religiosa con base en una mancha intolerante: la expulsión de los judíos, que se llevaron a su salida un dialecto del castellano destinado a perdurar: el sefaradí.

Elio Antonio de Nebrija publicó no tan sólo su Gramática sino el Diccionario Latín-Español, vocabulario que vio la luz en 1492, también en Salamanca. Nebrija sometió su Gramática a la Reina Isabel la Católica y a su consejero, el cardenal Cisneros.

Recordemos [nos dice el acucioso doctor Botey] que esta Gramática ve la luz el 18 de agosto de 1492, cuando Colón, quien había zarpado de Palos de Moguer el 3 de agosto, estaba a punto de llegar a Gomera, en las islas Canarias, y antes del 12 de octubre, día del descubrimiento.

Ante la pregunta de Isabel de que esa Gramática "para qué podía aprovechar", el obispo de Ávila, compenetrado al igual que Nebrija en la idea de que Alejandro y César habían reencarnado en los Reyes Católicos señala:

.que después que Vuestra Alteza metiese debajo de su yugo muchos pueblos bárbaros, ¡naciones de peregrinas lenguas! con el vencimiento, aquellos tendrían necesidad de recibir las leyes que el vencedor pone al vencido, con ellas nuestra lengua.

Elio Antonio de Nebrija (Aelius Antonius Nebrissensis), cuyo verdadero nombre era Antonio Martínez de Cala y Jarava, nació en el sur de España, en Lebrija, entre 1440 y 1445. Fue un prohombre del Renacimiento y el Humanismo Español. De su tierra natal pasó a Salamanca, donde residió cinco años y, a los diecinueve de edad, fue a Bolonia, donde aprendió griego, latín y hebreo con el maestro Guillamate.

En 1492 publicó su Gramática y su Diccionario. Escribió por encargo del cardenal Cisneros, con otros autores, su Biblia Políglota (1514-1517).

En 1503 fue catedrático de gramática y en 1509 de retórica, en Salamanca. Publicó mucho. Su Gramática acerca de la "Ciencia de hablar y escribir de hombres doctos", se ocupa en detalle de las reglas gramaticales y las partes de la oración ("el artículo es esa partecilla que sirve para señalar el género"). Fue de gran provecho para los escritores españoles del siglo XV y XVI: Juan de Mena, Enrique de Villena, Alfonso Martínez de Toledo, Arcipestre de Talavera, Marqués de Santillana, Jorge Manrique, Diego Fernández de San Pedro y Fernando de Rojas.

Y ahora pasemos al Cancionero y reseñemos que las colecciones antiguas más importantes de romances viejos son: el Cancionero de Fernández de Constantina (principios del siglo XVI); el Cancionero General de Hernando del Castillo (1511), Romancero General (1600). Muy importante, la contribución de los eruditos románticos: Herder popularizó el Romancero del Cid (1815) y Agustín Durán su Romancero General (1828-1829) completado luego por Wolf y Menéndez y Pelayo. Menéndez Pidal, maestro de estos estudios, ha emprendido la edición de un vasto romancero español y Rodríguez Moñino ha publicado una cuidada edición del Romancero General del 1600 en 12 volúmenes.

Detalle de la portada de una edición del Mío Cid (Medina del Campo, Valladolid)

Debemos, indudablemente, referirnos al Mester de clerecía, escuela poética que floreció entre los siglos XIII y XIV. El término, usado por vez primera en el Libro de Alexandre, significaba 'ministerio u ocupación de hombres cultos'. Aunque por muchos conceptos contrapuesto al Mester de juglaría, compartía algún rasgo del arte de los juglares. Así, por ejemplo, es frecuente que los autores se denominen a sí mismos -no sin cierta modestia- juglares, y los poemas de clerecía no se destinaban exclusivamente a letrados, sino que eran objeto de recitación pública. Con todo, el Mester de clerecía posee características claramente distintivas. En primer lugar, su forma métrica (cuaderna vía o cuartetas de alejandrinos monorrimos) manifiesta un propósito culto de regularidad silábica.

La temática es preferentemente religiosa (Berceo), el Libro de Apolonio, el Libro de Alexandre, el Libro de Fernán González, y algún fragmento de la Crónica troyana; en el siglo XIV el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, la Vida de San Ildefonso, el Poema de Yucuf y el Rimado de Palacio del canciller de Ayala. Cuando este último componía su poema, a fines de siglo XIV, tal escuela estaba ya anticuada ("versetes de antiguo rimar") y en vías de desaparición.

Portada del Grammaticaeintroducciones de Antonio de Nebrija, edición de Granada

Por su parte, el Mester de juglaría, que agrupa cantares de gesta castellanos, populares y anónimos (anterior y contrapuesto al Mester de clerecía), era de tradición oral y se recitaban en salones nobles o en plazas públicas. En ocasiones, según el talento de los intérpretes, se ampliaban los textos: Mio Cid, unos cien versos del Cantar de Roncesvalles y el tardío -siglo XIV- Cantar de Rodrigo. Se habla de grandes pérdidas, mencionadas en otros documentos, como: La hija del conde don Julián, Sancho ii de Castilla o Cerco de Zamora, Los siete infantes de Lara, Bernardo del Carpio, entre otros. Empero, de alguna manera, fueron rescatados o reconstruidos a través de posteriores prosificaciones en las crónicas medievales o del romancero antiguo. Se habla de influencias francesas, musulmanas e incluso Menéndez Pidal sugiere la germánica. No obstante, se señala que los cantares castellanos acusan un mayor realismo descriptivo y evitan recurrir a los elementos sobrenaturales, como solían otras literaturas de la época.

Portada de Dictionarium de Antonio de Nebrija, 1544

No podemos dejar de mencionar a dos gigantes de la filología e historia que se han adentrado en el estudio de nuestra rica literatura. Sus métodos rigurosos daban a luz hallazgos de valía imperecedera. Primero, Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912). En él se aliaban el historiador, siempre documentado, y el crítico, de mayor ecuanimidad que la previsible, si se tiene en cuenta su ideología conservadora. Su empeño ordenador de la cultura hispánica, cuya unidad destacó excesivamente (lo que le llevaría a considerar como integradas en aquélla la hispanolatina y la semítica, la hispanoamericana y la portuguesa), ayudó a la labor posterior de otros gigantes de la lingüística como don Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), eminente filólogo e historiador. ¿Qué decir? Director de la Revista de Filología Española, que fundó junto con Américo Castro, Federico de Onís, Navarro Tomás y A.G. Solalinde, en 1914. Surgió a la fama por el profundo estudio de La leyenda de los infantes de Lara, en 1896, y entre 1908 y 1912 acometió la hazaña del Cantar del Mio Cid, texto, gramática y vocabulario, una reconstrucción del viejo romance épico, clasificando pormenores paleográficos y lingüísticos hasta entonces oscuros, y finalmente, en La España del Cid (1929) valoró la significación histórica del héroe con un enfoque castellanista que lo emparenta con el grupo del 98.

A su dedicación por la épica responden también: La epopeya castellana a través de la literatura española (ediciones en francés y castellano en 1910 y 1945), Reliquias de la poesía épica española (1952) y La Chanson de Roland y el neotradicionalismo (1959). Estudios monumentales lo orientaron a manuales de gramática histórica española, toponimia prerrománica hispana e incluso La lengua de Cristóbal Colón y otros ensayos (1942). Profundizó en Orígenes del Español (1926). Fue director de la Real Academia Española.

En resumen: la aportación a la lingüística e historia española de los dos Menéndez (Pelayo y Pidal) es inmensa y esclarecedora.

De esta guisa, cabe hacer un recorrido -rica veta- por los prohombres que han defendido el idioma con denuedo ejemplar. Así, Juan de Valdés, filólogo eminente allí por el siglo XV, que fue denunciado por motivos de heterodoxia a raíz de la publicación de su Diálogo de la doctrina cristiana (1529), especie de catecismo influido por las doctrinas de Erasmo, y que hubo de abandonar España, trasladándose a Nápoles. Todo en él confluye en un radicalismo místico y en un distanciamiento del catolicismo. En lo que a nosotros concierne, su más importante escrito desde el punto de vista literario es el Diálogo de la Lengua, no publicado hasta el 1737, obra clásica de la filología española en la cual, con encendida energía proclama: "Harto enemigo es de sí quien estima más la lengua del otro que la suya propia." Debemos añadir que su buen hermano Alfonso de Valdés es considerado como la máxima figura del erasmismo español en su vertiente política.

Ramón Menendez Pidal

Así, en el admirable concierto de lenguas europeas, surgió el castellano desde hace once siglos y sus ecos en mares y océanos le aseguran permanencia para goce y entendimiento de muchos pueblos.

Bibliografía

Alonso, Dámaso. Cancionero y romancero español, Salvat Editores, 1969.

Anónimo. Poema del Mio Cid (Texto Antiguo preparado por Ramón Menéndez Pidal). La prosificación
moderna del poema hecha por Alfonso Reyes. Colección Austral Espasa-Calpe, Madrid, 1967.

Arcipreste de hita. El libro de buen amor. Diversas ediciones y estudios. Editores Mexicanos Unidos, 1997.

Enciclopedia Salvat. Tomos I, II,  VII y Tomo IX, 1971.

Blecua Alberto. Poesia Medieval Española, Salvat y Alianza, 1972.

Botey, Marco A. "Del Instituto Méxicano de Cultura y Sociedad Mexicana de Historia y Filosofía de la Medicina" (artículo de Noemi Atamoros-Excelsior, 17 diciembre, 1992.

Excélsior, México, 17 diciembre, 92.

Foulché-delbosc. Cancionero castellano del siglo XV

Poesía Medieval Española. "Juan del Encina". Publicado por la  Real Academia Española en facsímil, Madrid, 1928. Citado en  de Alberto Blecua, Salvat y Alianza, 1972.


* Este artículo forma parte de la serie titulada El castellano: acerca de sus venturas y desventuras, que dio inicio en los números 59 y 60 y de la que, en números posteriores se publicarán otros ensayo

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