menuinternoInicio | Números anteriores | Libros

Volver al Índice

Correo del Maestro Núm.57, febrero 2001

Algunos sentidos y significados de la escuela moderna

Patricio Redondo

Contenido
El maestro
La técnica Freinet y su significación como escuela activa

Algunos conceptos importantes

Leer, escribir, contar, enseñar, ¿y aprender? He aquí la palabra: aprender.     

La ciencia, desde sus orígenes como conocimiento que se comprueba en la realidad, sigue en sus avances buscando soluciones adecuadas a los problemas de cada momento. La humanidad, en su marcha permanente, también desde los orígenes de la sociedad, continúa en la búsqueda de soluciones concretas.

Enseñar. Cuando un muchacho de edad apropiada llega a un taller de carpintería, por ejemplo, empieza a recoger virutas. De esta manera comienza su aprendizaje del oficio de carpintero. Lo mismo sucede cuando el hijo del campesino acompaña a su padre en las labores del campo, o cuando un niño principia a barrer el suelo en una modesta peluquería; y también, con asombro alucinante, si tiene la posibilidad de entrar a una fábrica; va a aprender. Aprende el oficio o no lo aprende, pero nunca habla si le enseñan o no lo enseñan.

Cuando se presenta a la escuela a la edad señalada, también va a aprender. Pero antes, sus padres quieren que le enseñen; y el niño adelanta o no adelanta: así razonan los mayores.

La conversación habitual entre los padres cuando se refieren a los progresos del hijo, o al estancamiento angustioso, suele ser de esta manera: al niño se le enseña bien, o no se le enseña; el niño aprende, o no aprende.

Pero también la Naturaleza enseña, porque muestra. Enseña la vida, porque es dinámica. Y enseñan de tal manera que, en rigor de verdad, no otra cosa es enseñar. De la vida y de la Naturaleza se aprende.

El ser humano, como producto de la Naturaleza y de la vida, en el campo de labor, en la fábrica o en el taller, en la oficina y en sus ocupaciones diarias, primero observa, ensaya, tantea, actúa... y aprende.

Pero aprender no es el efecto inmediato, ni remoto siquiera muchas veces, de enseñar, a pesar de que, como se dice corrientemente, cada día que pasa se aprende una cosa nueva.

Únicamente la escuela, lugar deliberado intencionalmente para aprender se transforma en protagonista de enseñar. Obligación de aprender como consecuencia inmediata y efectiva de enseñar. Obligación para el enseñado. Y obligación más imperiosa todavía para el que enseña.

La letra con sangre entra, era el lema de la escolástica. Expresión que dibuja el costo del esfuerzo para el alumno que se siente obligado a sufrir imposiciones, con tareas de pesadez y monotonía abrumadoras, en extremo fatigantes. Aprender por obligación señalada con rigor y bajo métodos autoritarios.

Enseñar deleitando es el contrapeso que gráficamente expresa el modo diferente de concebir la actividad escolar. Su propósito es lograr que se aprenda de un modo placentero. El placer que se encuentra al superar las dificultades, al vencer las resistencias, al encontrar satisfacción íntima en la tarea.

De ahí se pasa fácilmente a enseñar jugando. Al extremo que no faltaría quien pudiera establecer la igualdad entre enseñar y jugar. Pero no; enseñar no es jugar; aprender no es jugar; jugando sólo se aprende a jugar; jugar y aprender son dos actividades diferentes, sus objetivos no son los mismos: enseñar equivale a transmitir conocimientos sobre algo muy concreto, jugar es una actividad necesaria para el desarrollo normal de la personalidad y para mantener el equilibrio emocional. Los niños deben jugar.

Pero los niños deben aprender a trabajar, ya desde las primeras edades, en el ciclo preescolar, aunque no distingan bien la significación de estos dos conceptos. Cuando existe un propósito concreto en la actividad que se realiza: pintar un árbol, dibujar una casa, modelar un objeto, construir un juguete, contar un cuento, describir un paisaje, etc., no sólo se trata de una ocupación placentera, como en el juego, sino de obtener los mismos resultados que se expresan en la labor realizada: esto es trabajo.

El juego educa: el trabajo también educa, además, forma hábitos y permite la manifestación de aptitudes. Se educa en la actividad.

La educación consiste en el conjunto de influencias que se ejercen en la mente del educando. El aprendizaje consiste en la formación de hábitos, de habilidades, de destrezas, para asimilar ideas y para realizar tareas.

Educa la familia, la casa, la calle, el cine, la radio, la televisión; educa la escuela; educan las instituciones sociales. Al mismo tiempo, se aprende en todos los momentos en que actúan sobre los sentidos las influencias exteriores. Se trata de indagar sobre la calidad de tales influencias. En esto es muy importante que existan objetivos comunes entre la familia, la escuela y la sociedad, para que las influencias que recibe el educando tengan un signo positivo, creador, que permitan el florecimiento de las potencialidades humanas con el objeto de que el individuo se pueda manifestar de un modo espontáneo y natural. Se trata de proporcionar los medios para que el educando actúe libremente, sin temores, sin sujeción a los esquemas inalterables, pero siempre con arreglo a propósitos definidos, en los que él mismo pueda intervenir, bajo la orientación del maestro.

Volver al Contenido

El maestro

 

El maestro es el factor más importante en la escuela. Es cierto que los elementos que ofrece la industria, los medios didácticos modernos, aparatos, libros de gran calidad, diapositivas, filmes, equipos para laboratorios, etc., favorecen en gran medida la tarea de enseñar y aprender. Aspiramos a una escuela en la que se pueda disponer de medios técnicos en abundancia, pero lo decisivo para alcanzar resultados satisfactorios siempre son la actividad del maestro, su capacidad para comprender a los niños, su sentido de responsabilidad y su cultura y preparación. Por ello es importante la preparación de los maestros en las nuevas técnicas escolares.

Rechazamos la idea de que el maestro nace: no sabemos en virtud de qué elementos genéticos especiales que le inducen a ejercer esta profesión. No, el maestro se hace; el maestro es capaz de prepararse bien y actuar de un modo eficiente con los niños. Todo depende de la actitud que adopte ante su tarea.

 Es evidente que el educador debe tener, en primer lugar, una actitud de entrega apasionada a su labor, que se sienta estimulado continuamente para comprender a los niños y a los padres de sus alumnos; al medio en que vive y a la sociedad a la que pertenece. La identificación personal con el trabajo es muy importante, ya que de nada le serviría al maestro una buena preparación cultural y pedagógica si se encontrara a disgusto con los niños o aceptara la profesión de enseñar como una pesada obligación. El maestro debe sentirse feliz en su actividad profesional.

En segundo lugar, sus conocimientos generales deben ser lo suficientemente amplios y sólidos para asegurar la respuesta adecuada a una situación, a un problema y las múltiples circunstancias en que se desenvuelve. De ahí que no es suficiente el dominio de los programas en el plano estrictamente académico. Necesita asimilar especialmente los elementos que determinan el desarrollo social, en sus aspectos más generales, claro está como también aquéllos que está más directamente relacionados con el ser humano individual: psicología, filosofía, sociología.

En tercer lugar, son fundamentales los conocimientos pedagógicos y las experiencias de los educadores que han promovido los nuevos modos de enfocar la actividad escolar.

Todo esto es fácil cuando existe un verdadero espíritu de superación continuada.

Freinet señala que es posible alcanzar una sólida preparación en el proceso mismo del trabajo, “cuando los educadores se inicien, con prudencia, pero seriamente, en el camino de la modernización”.1

Está claro que no se pueden poner en práctica las técnicas modernas de enseñanza sin la dotación indispensable de elementos materiales. Es evidente que “no se pueden fabricar cacerolas sin las herramientas necesarias para ello”. 2 Pero, conjuntamente con los medios materiales, hacen falta la disposición de ánimo, el interés del propio maestro y el alma del educador.

La experiencia demuestra que un educador entregado firmemente a su tarea puede alcanzar señalados éxitos, incluso en la adquisición de los medios materiales indispensables para su trabajo —a veces con abundancia—, si moviliza a su alrededor la buena voluntad de los alumnos y de los padres de los alumnos. Hay muchos recursos disponibles que nadie utiliza. Y siempre se encuentra el espíritu generoso capaz de brindar una colaboración efectiva.

Con sencillez y naturalidad, con verdadera devoción  y con interés por la tarea de renovación pedagógica es posible encontrar todos los elementos necesarios que garanticen la modernización de la escuela.

Volver al Contenido

La técnica Freinet y su significación como escuela activa

 

Dejaremos que sea el propio educador francés quien nos ofrezca una información precisa.

    La pedagogía Freinet se sitúa, a partir de ahora, bajo el lema de escuela moderna.

    ¿Por qué escuela moderna y no escuela nueva o de métodos activos, para emplear las expresiones que se han hecho corrientes cuando se quiere indicar una enseñanza que se titula progresista y que, en cualquier caso, intenta superar un cierto número de errores e insuficiencias de la escuela que llamamos tradicional? ¿Es que, en nuestro caso, se trata de singularizarnos respecto a las otras iniciativas, poniendo una etiqueta especial a nuestros productos?

    Decimos escuela moderna  y no escuela nueva, porque insistimos mucho menos en el aspecto novedad que en el de adaptación a las necesidades de nuestro siglo. Una técnica de la escuela tradicional puede integrarse perfectamente en nuestras concepciones si permite y facilita las modalidades de trabajo que nosotoros preconizamos. De hecho, la escuela nueva, cuya aportación en el transcurso de la primera mitad de siglo no podemos, a pesar de todo, ignorar, se ha quedado en la teoría; apunta hacia un reconsideración de los principios.

    Nosotros somos educadores que en nuestra misma clase intentamos poner en práctica las ideas y los sueños de los teóricos, debiendo asegurar la permanencia de nuestras funciones a la vez que nos aplicamos a hacerlas más eficientes. Tenemos que crear el porvenir en el seno del presente y del pasado, lo cual no es tarea que precise, en modo alguno, un espectacular llamado a la novedad; lo que se necesita es prudencia, método, eficiencia y un gran sentido humano.

    Decimos escuela moderna y no métodos activos, porque esta expresión, nacida a principios de siglo, podría dar a entender que el esfuerzo de renovación provendrá de la introducción en nuestras escuelas de una actividad manual, de trabajo o juegos, que será como una reacción al excesivo intelectualismo de la escuela tradicional.

No pensamos que la actividad, por ella misma, sea el elemento primordial de una pedagogía válida. Anteponemos la concentración del trabajador, a menudo silenciosa, en su tarea inteligente; una permanente actividad del espíritu, que es como el antídoto de la pasividad tradicional.

Sé positivamente que ciertos pedagogos dan a la palabra actividad el mismo sentido profundo que nosotros aplicamos. Mas para evitar los malentendidos, empleamos un término que dice exactamente lo que quiere decir: escuela moderna.3

Debe quedar bien claro —y Freinet se refiere precisamente a esto—, que no basta para que la escuela se pueda considerar activa que en ella se vea al niño ocupado, más o menos ordenadamente, en la realización de las tareas que han sido preparadas por sus maestros. Tampoco es determinante que se realicen muchos trabajos manuales o que se impregnen las clases de movimiento, que puede ser indisciplinado y sin ninguna coherencia. Nada más distante de la escuela activa que el criterio, casi siempre distorsionado, de que en ella “los niños hacen lo que les da la gana”, convirtiéndose en pequeños monstruos. A veces se ha pretendido fundamentar la actividad casi exclusivamente en motivos ocasionales e irregulares: que un niño lleva a la escuela un conejo y ese día lo dedicaremos a hablar de los animales domésticos; si otro lleva una cajita con hormigas atenderemos entonces a los himenópteros. Concebir la escuela de ese modo tiene muchos peligros, entre ellos la desorganización de las actividades y la superficialidad en el estudio. Lo que es muy distinto cuando el objeto que se lleva a la escuela es un elemento de la tarea de investigación que el alumno está realizando o de la cual tiene que dar cuenta.

La escuela activa significa que el niño actúa como agente y sujeto principal del trabajo escolar de un modo responsable y eficaz, que realiza su vida armónicamente, con libertad, pero en función de sus necesidades vitales y en un ambiente adecuado en el que surgen motivaciones atrayentes, donde su interés individual se halla perfectamente integrado al interés de los demás en virtud de la cooperación y ayuda mutua de alumnos y maestros.

*          Texto extraído del libro: Patricio Redondo y la técnica Freinet Prólogo, selección y notas de Ramón Costa Jou. sep setentas 123, México, 1974. pp.40-50.

1 Celestin Freinet, Modernizar la escuela, Edit. Laia, Barcelona, España, 1972, p. 36.

2 Ibid. p.42.

3 Célestin Freinet, Modernizar la escuela, Op. cit., Edit. Laia, Barcelona, España, 1972, p.36.

Volver al Índice