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En ocasiones, una buena anécdota nos facilita la
comprensión de algunas situaciones que, vistas desde
la pura teoría, no siempre resultan significativas.
Para presentar un libro cuyo tema central es el juego,
podríamos ocupar hojas y hojas tratando de explicar
sus fundamentos y el porqué de la necesidad de incorporarlo
al aula; o bien, decirles, maestras y maestros, que
pueden relajarse y reflexionar un poco a partir de
lo que un ejemplo acertado puede mostrar.
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La siguiente anécdota fue relatada durante un encuentro
sobre juego y educación en la Escuela Nacional de Antropología
e Historia:
Un día cualquiera en alguna escuela multigrado de alguno
de los estados de la República, la maestra o maestro
les pide a sus alumnos que salgan al patio porque van
a jugar al vendedor de paletas (actividad que bien
podría ser de matemáticas). Los niños, entusiasmados, salen
del aula y esperan a que la maestra les diga cómo jugar
ese juego, pues resulta que en dicha comunidad no se conocen
las paletas de hielo. La maestra, por su parte, espera a
que los niños inicien la actividad, a fin de cuentas, jugar
es fácil, ¿no? Nadie sabe exactamente qué hacer hasta que
ella dice que ya, que pueden empezar. Algún alumno o alumna
se atreve entonces a preguntar, tímidamente, qué son las
paletas. Es un líquido frío, responde la maestra
y, con esta información, los alumnos comenzaron el
juego:
¡Se vende cerveza! ¡Se vende cerveza!
Se entiende que el único referente que tienen
los niños de un líquido frío es la cerveza,
bebida que toman los mayores y que abunda en la comunidad.
Entonces la maestra se enfada, les dice a los niños que
así no se juega al vendedor de paletas, y les ordena que
vuelvan al aula para seguir trabajando.
Fin de la historia
La anécdota anterior hace pensar en situaciones
que muchas veces no sabemos cómo definir o explicar: ¿autoritarismo?,
¿falta de sensibilidad?, o quizás, simplemente, dificultad
para ligar lo teórico, tantas veces escuchado en voz de
la pedagogía moderna, con lo cotidiano, lo de todos los
días, problemas reales encarnados en aulas reales con niños
reales y en tiempos reales.
Estudiar a fondo el tema del juego es sumamente
interesante y puede llevarnos años de trabajo, si queremos
profundizar en él. De ninguna manera sugerimos que el estudio
de lo teórico sea desechado por los docentes. Eso está claro.
Pero, si a la par de la revisión teórica contáramos con
fuen-tes en las cuales se pudieran hallar tanto fundamentos
como ideas prácticas para incorporarlas a nuestra diaria
labor, ¿no recurriríamos a ellas?
Una de esas fuentes es el libro que queremos
recomendar en este espacio; muy probablemente va a hacerles
pensar en si el juego puede ser enseñado tal y como se enseñan
otras asignaturas escolares; en si el imperativo ¡juega!
puede realmente sostenerse y dar pie a un verdadero juego,
atractivo y espontáneo.
El Taller de Animación Musical y Juegos, de
Luis María Pescetti, es uno de esos libros cuya lectura
abre posibilidades que nos permiten transitar por caminos
poco conocidos; abrir puertas o, por lo menos, tocarlas
con menos temor de lo que encontraremos del otro lado. Porque
eso es lo que suele suceder con el juego o con la música:
nos permite conocer cosas insospechadas de los otros, pero,
sobre todo, de nosotros mismos (y eso puede darnos, de pronto,
miedo).
Enseñar a jugar a un niño puede resultar no
sólo extraño sino, incluso, inútil; es innecesario: ellos
se las arreglan muy bien para eso. Jugar entre adultos puede
ser menos sencillo dependiendo del juego y de los
jugadores, pero una vez que se logra romper
el hielo, resulta fascinante.
Pero, ¿cómo vincular a niños y adultos en esta
tan humana actividad? Eso, en nuestra sociedad, moderna
cada vez se vuelve más difícil; trasladado al espacio escolar,
parece complicarse mucho más. Un maestro, por ejemplo, puede
jugar fútbol con sus alumnos a la hora del recreo o en tiempos
extra-escolares; pero que ese mismo maestro juegue con ellos
y ellas dentro del aula o en el horario de clase, no siempre
es tan sencillo. Por lo menos, se duda. El docente duda
del valor pedagógico del juego, duda de lo que pasará si
sus alumnos lo ven reírse o gritar, tirarse al suelo o hacer
trampa. ¿Le perderán el respeto?, ¿dejarán de tomarlo en
serio, a él o a la institución escolar? Y si el maestro
o la maestra saca una guitarra y canta con los niños, ¿lo
regañará el director y será señalado por el resto de los
compañeros, por flojo? Cantar canciones, ¿sirve
para algo?, ¿enseña algo en el marco de la educación humana,
la que trasciende y sirve para la vida?
Si bien el juego, como práctica cultural humana
ha ido ganando terreno dentro de la pedagogía, todavía,
en los hechos, no es fácil encontrar argumentos para incluirlo
dentro de nuestras actividades en el aula, como parte de
las prácticas escolares (no hablamos aquí de las canciones
y juegos que intentan enseñar asignaturas o
temas como las tablas de multiplicar o la higiene bucal,
sino de juegos verdaderos). De ahí que el libro de Pescetti
resulte no sólo interesante sino sumamente propositivo;
es éste uno de los primeros libros editados por Rincones
de Lectura (sep) que además de compilar una serie de juegos
musicales y no musicales, sustenta el porqué del juego,
pero, insistimos, el porqué humano, más allá del desarrollo
de habilidades motoras, lingüísticas,
sensoriales, intelectuales, etc.,
aisladas. Porque el niño es un ser integral y el juego es
una actividad en la que cuerpo, mente y sentimientos trabajan
de la mano. Por supuesto, en este libro encontraremos juegos
en los que un aspecto predomina más que otro; por eso, Pescetti
nos presenta juegos tan diversos, si bien el objetivo del
libro es la animación musical, el entrarle a
la música de otra manera, no aprendiendo notación o el precario
uso de un instrumento (¡Ay! ¡La eterna flauta desafinada
de la secundaria!), sino haciendo y escuchando música: con
nuestra voz, con nuestro cuerpo.
En definitiva, ¿de qué trata este libro?
El autor reponde enseguida, desde el prólogo
mismo:
De cómo dar clase de música aun cuando no se sabe
leer música
y de cómo enriquecer de estímulos el ambiente
en el que crecen los niños
De aprovechar cosas que están muy a la mano en todas
partes [para] crear un ambiente de trabajo más propicio
para el desarrollo de la inteligencia, la creatividad y
la sensibilidad.
Y por si todavía no quedáramos muy convencidos
de la necesidad de echar mano del Taller de Animación Musical,
el autor nos da un argumento más contundente en favor de
su libro:
[las actividades] Nos van a ayudar a que nuestros niños
crezcan imaginativos, lúcidos, sensibles y alegres, al mismo
tiempo que van a fortalecer nuestra relación con ellos y
ayudar a que nuestra clase sea más divertida.
¿No sería más que bueno contar con una ayuda
de esa naturaleza? Sería como obtener un pase para el cambio
de actitud frente al trabajo diario (con frecuencia poco
estimulante) del aula; un pase para que la relación maestro-alumno
sea distinta, más horizontal; un pase para el cambio de
roles dentro de clase (esos niños que siempre sobresalen
en alguna asignatura pueden no tener la misma facilidad
para sobresalir en un juego rítmico, por ejemplo, mientras
que aquéllos a los que nunca volteamos a ver pueden darnos
una sorpresa), con su correspondiente dosis de autoestima
para todos y no únicamente para unos cuantos. Un pase, en
fin, para compartir un tiempo y un espacio diferentes, que
se enriquecen más allá de la propuesta del libro, pues siempre
un juego o una canción nos hacen recordar otro u otra, que
practicábamos cuando éramos chicos (o hacen que los niños
aporten aquellos juegos que conocen).
Este pase además, no cuesta nada,
ya que se encuentra en la biblioteca escolar (llegó en el
paquete de libros que envió la sep a todas las escuelas,
llamado Siembra Menuda).
Recomendamos, por último, una atenta lectura
de los primeros capítulos del libro, que son los más fuertes,
pues hablan de situaciones tristemente reales, pan de cada
día de nuestro sistema escolar; ese sistema que ha llegado
a confundir la formalidad con el acartonamiento. A propósito,
dice L. M. Pescetti que:
Sólo una sociedad enferma como la nuestra necesita una
justificación para permitir el juego.
Y nosotros podemos cerrar esta reseña diciendo,
con palabras del autor, que:
Una actividad lúdica bien utilizada es una poderosa herramienta
de cambio. Los juegos son herramientas de la alegría, y
la alegría, además de valer en sí misma es una herramienta
de la libertad.
* Reseña del libro de Luis María Pescetti Taller de animación
musical y juegos. México, sep, Libros del Rincón, 1996.