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Correo del Maestro Núm. 57, febrero 2001

Jugar es... simplemente jugar

Laura Aguirre

En ocasiones, una buena anécdota nos facilita la comprensión de algunas situaciones que, vistas desde la pura teoría, no siempre resultan significativas. Para presentar un libro cuyo tema central es el juego, podríamos ocupar hojas y hojas tratando de explicar sus fundamentos y el porqué de la necesidad de incorporarlo al aula; o bien, decirles, maestras y maestros, que pueden relajarse y reflexionar un poco a partir de lo que un ejemplo acertado puede mostrar.

  La siguiente anécdota fue relatada durante un encuentro sobre juego y educación en la Escuela Nacional de Antropología e Historia:

Un día cualquiera en alguna escuela multigrado de alguno de los estados de la República, la maestra —o maestro— les pide a sus alumnos que salgan al patio porque “van a jugar al vendedor de paletas” (actividad que bien podría ser de matemáticas). Los niños, entusiasmados, salen del aula y esperan a que la maestra les diga cómo jugar ese juego, pues resulta que en dicha comunidad no se conocen las paletas de hielo. La maestra, por su parte, espera a que los niños inicien la actividad, a fin de cuentas, jugar es fácil, ¿no? Nadie sabe exactamente qué hacer hasta que ella dice que ya, que pueden empezar. Algún alumno o alumna se atreve entonces a preguntar, tímidamente, qué son las paletas. “Es un líquido frío”, responde la maestra y, con esta información, los alumnos comenzaron ‘el juego’:

            “¡Se vende cerveza! ¡Se vende cerveza!”

            Se entiende que el único referente que tienen los niños de un ‘líquido frío’ es la cerveza, bebida que toman los mayores y que abunda en la comunidad. Entonces la maestra se enfada, les dice a los niños que así no se juega al vendedor de paletas, y les ordena que vuelvan al aula para seguir trabajando.

            Fin de la historia     

            La anécdota anterior hace pensar en situaciones que muchas veces no sabemos cómo definir o explicar: ¿autoritarismo?, ¿falta de sensibilidad?, o quizás, simplemente, dificultad para ligar lo teórico, tantas veces escuchado en voz de la pedagogía moderna, con lo cotidiano, lo de todos los días, problemas reales encarnados en aulas reales con niños reales y en tiempos reales.

            Estudiar a fondo el tema del juego es sumamente interesante y puede llevarnos años de trabajo, si queremos profundizar en él. De ninguna manera sugerimos que el estudio de lo teórico sea desechado por los docentes. Eso está claro. Pero, si a la par de la revisión teórica contáramos con fuen-tes en las cuales se pudieran hallar tanto fundamentos como ideas prácticas para incorporarlas a nuestra diaria labor, ¿no recurriríamos a ellas?

            Una de esas fuentes es el libro que queremos recomendar en este espacio; muy probablemente va a hacerles pensar en si el juego puede ser enseñado tal y como se enseñan otras asignaturas escolares; en si el imperativo “¡juega!” puede realmente sostenerse y dar pie a un verdadero juego, atractivo y espontáneo.

            El Taller de Animación Musical y Juegos, de Luis María Pescetti, es uno de esos libros cuya lectura abre posibilidades que nos permiten transitar por caminos poco conocidos; abrir puertas o, por lo menos, tocarlas con menos temor de lo que encontraremos del otro lado. Porque eso es lo que suele suceder con el juego o con la música: nos permite conocer cosas insospechadas de los otros, pero, sobre todo, de nosotros mismos (y eso puede darnos, de pronto, miedo).

            Enseñar a jugar a un niño puede resultar no sólo extraño sino, incluso, inútil; es innecesario: ellos se las arreglan muy bien para eso. Jugar entre adultos puede ser menos sencillo —dependiendo del juego y de los jugadores—, pero una vez que se logra ‘romper el hielo’, resulta fascinante.

            Pero, ¿cómo vincular a niños y adultos en esta tan humana actividad? Eso, en nuestra sociedad, moderna cada vez se vuelve más difícil; trasladado al espacio escolar, parece complicarse mucho más. Un maestro, por ejemplo, puede jugar fútbol con sus alumnos a la hora del recreo o en tiempos extra-escolares; pero que ese mismo maestro juegue con ellos y ellas dentro del aula o en el horario de clase, no siempre es tan sencillo. Por lo menos, se duda. El docente duda del valor pedagógico del juego, duda de lo que pasará si sus alumnos lo ven reírse o gritar, tirarse al suelo o hacer trampa. ¿Le perderán el respeto?, ¿dejarán de tomarlo en serio, a él o a la institución escolar? Y si el maestro o la maestra saca una guitarra y canta con los niños, ¿lo regañará el director y será señalado por el resto de los compañeros, por ‘flojo’? Cantar canciones, ¿sirve para algo?, ¿enseña algo en el marco de la educación humana, la que trasciende y sirve para la vida?

            Si bien el juego, como práctica cultural humana ha ido ganando terreno dentro de la pedagogía, todavía, en los hechos, no es fácil encontrar argumentos para incluirlo dentro de nuestras actividades en el aula, como parte de las prácticas escolares (no hablamos aquí de las canciones y ‘juegos’ que intentan enseñar asignaturas o temas como las tablas de multiplicar o la higiene bucal, sino de juegos verdaderos). De ahí que el libro de Pescetti resulte no sólo interesante sino sumamente propositivo; es éste uno de los primeros libros editados por Rincones de Lectura (sep) que además de compilar una serie de juegos musicales y no musicales, sustenta el porqué del juego, pero, insistimos, el porqué humano, más allá del desarrollo de ‘habilidades motoras’, ‘lingüísticas’, ‘sensoriales’, ‘intelectuales’, etc., aisladas. Porque el niño es un ser integral y el juego es una actividad en la que cuerpo, mente y sentimientos trabajan de la mano. Por supuesto, en este libro encontraremos juegos en los que un aspecto predomina más que otro; por eso, Pescetti nos presenta juegos tan diversos, si bien el objetivo del libro es la animación musical, el ‘entrarle’ a la música de otra manera, no aprendiendo notación o el precario uso de un instrumento (¡Ay! ¡La eterna flauta desafinada de la secundaria!), sino haciendo y escuchando música: con nuestra voz, con nuestro cuerpo.

            En definitiva, ¿de qué trata este libro?

            El autor reponde enseguida, desde el prólogo mismo:

…De cómo dar clase de música aun cuando no se sabe leer música… y de cómo enriquecer de estímulos el ambiente en el que crecen los niños…

…De aprovechar cosas que están muy a la mano en todas partes [para] crear un ambiente de trabajo más propicio para el desarrollo de la inteligencia, la creatividad y la sensibilidad.

            Y por si todavía no quedáramos muy convencidos de la necesidad de echar mano del Taller de Animación Musical, el autor nos da un argumento más contundente en favor de su libro:

[las actividades] Nos van a ayudar a que nuestros niños crezcan imaginativos, lúcidos, sensibles y alegres, al mismo tiempo que van a fortalecer nuestra relación con ellos y ayudar a que nuestra clase sea más divertida.

            ¿No sería más que bueno contar con una ayuda de esa naturaleza? Sería como obtener un pase para el cambio de actitud frente al trabajo diario (con frecuencia poco estimulante) del aula; un pase para que la relación maestro-alumno sea distinta, más horizontal; un pase para el cambio de roles dentro de clase (esos niños que siempre sobresalen en alguna asignatura pueden no tener la misma facilidad para sobresalir en un juego rítmico, por ejemplo, mientras que aquéllos a los que nunca volteamos a ver pueden darnos una sorpresa), con su correspondiente dosis de autoestima para todos y no únicamente para unos cuantos. Un pase, en fin, para compartir un tiempo y un espacio diferentes, que se enriquecen más allá de la propuesta del libro, pues siempre un juego o una canción nos hacen recordar otro u otra, que practicábamos cuando éramos chicos (o hacen que los niños aporten aquellos juegos que conocen).

            Este ‘pase’ además, no cuesta nada, ya que se encuentra en la biblioteca escolar (llegó en el paquete de libros que envió la sep a todas las escuelas, llamado Siembra Menuda).

            Recomendamos, por último, una atenta lectura de los primeros capítulos del libro, que son los más ‘fuertes’, pues hablan de situaciones tristemente reales, pan de cada día de nuestro sistema escolar; ese sistema que ha llegado a confundir la formalidad con el acartonamiento. A propósito, dice L. M. Pescetti que:

Sólo una sociedad enferma como la nuestra necesita una justificación para permitir el juego.

            Y nosotros podemos cerrar esta reseña diciendo, con palabras del autor, que:

Una actividad lúdica bien utilizada es una poderosa herramienta de cambio. Los juegos son herramientas de la alegría, y la alegría, además de valer en sí misma es una herramienta de la libertad.

* Reseña del libro de Luis María Pescetti Taller de animación musical y juegos. México, sep, Libros del Rincón, 1996.

 

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