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Correo del Maestro Núm. 57, febrero 2001

Evaluación del aprendizaje: juicios y prejuicios

Alejandra González Dávila

Contenido
Evaluación y realidad en el aula
Evaluación del aprendizaje, no de los instrumentos
Autoevaluación docente

Una práctica socialmente necesaria en el sistema de enseñanza es la evaluación del aprendizaje de los alumnos. Ellos deben demostrar que tienen ciertos conocimientos indispensables para acreditar el curso escolar y ser promovidos al siguiente grado. Los docentes, por su parte, también son evaluados en función de su capacidad y desempeño, pero básicamente por sus resultados. En alguna ocasión, el inspector de la zona escolar a la que pertenezco nos dijo a los profesores de secundaria que un buen maestro es aquél que no reprueba a sus alumnos. Si los alumnos salen mal, el maestro está mal.

            Mi discrepancia con respecto a esta postura va más allá de la afirmación del inspector. Se dirige hacia lo que no se dice pero sí está implícito en su concepción del deber ser. En primer lugar, el funcionario parece suponer que todos los alumnos que aprueban han aprendido porque tienen un buen maestro. En segundo lugar subyace la idea de que si el alumno reprueba es por culpa del maestro.

            Muchos colegas que viven diariamente en el interior de su aula saben que en la evaluación no hay blanco o negro, pese a que oficialmente los alumnos acreditan o reprueban una materia, o todo el curso escolar. Una afirmación como ésta no puede provenir de la realidad educativa nacional y desconozco su origen.

            Al igual que en la sociedad, en el aula habitan gran cantidad de matices entre el blanco y el negro, dado que la realidad cotidiana no la construye el maestro solo, sino que la hacen los alumnos con su historia personal, el profesor con la suya y el espacio institucional con la suya, por lo menos.

            Una cosa es cierta, pocas veces se evalúa la forma y el concepto mismo de evaluación que tienen los profesores y las instituciones. Y por esta razón vale la pena hacer reflexiones al respecto si queremos promover una visión de la evaluación como un proceso y no como una forma de medir resultados para que se nos diga si estamos bien o mal.

            Es por eso que con ánimo propositivo me permito compartir la experiencia de un taller de evaluación para 15 profesores de secundaria que impartí varios meses atrás, en el que surgieron cosas interesantes, sobre todo en lo que respecta al concepto y los procedimientos de la evaluación, que tradicionalmente se confunden

            Uno de los hallazgos más importantes, surgido de un ejercicio de autoevaluación y debate que describiré más adelante, fue la preocupación entre los docentes por diversificar los procedimientos evaluativos. Esto podría parecer sor-prendente para quienes sostienen la opinión, muy difundida por cierto, de que los profesores no quieren cambiar sus métodos de enseñanza y sus procedimientos de evaluación porque así es más cómodo para ellos.

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Evaluación y realidad en el aula

Los maestros señalaron la necesidad de crear espacios para compartir experiencias en torno a la evaluación debido a las siguientes razones:

1.         Para conocer qué instrumentos son más apropiados para distintas situaciones y momentos del curso. Los profesores comentaron que evalúan a los alumnos sumando los porcentajes que asignan a cada una de las actividades que ellos realizan, como por ejemplo, tareas, trabajos, exámenes, prácticas, participación, etc. Sin embargo, insistieron en la necesidad de contar con procedimientos más apropiados para cada situación ya que el contenido, las actividades y las situaciones de aprendizaje en clase son distintas y ellos utilizan, por lo general, los mismos instrumentos.

2.         Para detectar alumnos que tienen dificultades en el aprendizaje. Los maestros manifestaron que si tuvieran un método de evaluación efectivo podrían ayudar a los alumnos con problemas para comprender los contenidos programáticos, antes de que sea demasiado tarde y no se pueda hacer nada por ellos.

3.         Para dar una calificación justa. Les formulé la siguiente pregunta: ¿tenemos la capacidad para juzgar lo que el alumno sabe?, y si es así, ¿cuál es el número que mejor representa lo que aprendió? Estas interrogantes desembocaron en una discusión interesante.

            Los maestros señalaron que la experiencia frente a grupo va dando mejores elementos de juicio para otorgar una calificación, pero consideraron que suponiendo que pudieran tener una idea clara sobre el desempeño de un alumno, es muy difícil que el número que aparece en su boleta de calificaciones corresponda exactamente a lo que ha aprendido. ¿Qué significa un 7 en historia y un 7 en física? Mientras para un padre de familia puede ser una calificación satisfactoria, para otro puede ser una ofensa del hijo o una injusticia del profesor. Quizá para otro sea una mala nota en historia y una buena en física, porque ésta es ‘más difícil’.

            Aunque en términos matemáticos existe una igualdad entre ambas cantidades, en términos de aprendizaje no podemos hablar de una igualdad de conocimiento, aun cuando se tratara de dos alumnos del mismo salón que hubiesen obtenido ambos un 7 en historia. ¿Quién nos puede asegurar que aprendieron lo mismo?

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Evaluación del aprendizaje, no de los instrumentos

En los tres puntos anteriores se puede encontrar una preocupación genuina de los maestros por hacer corresponder la evaluación del aprendizaje de los alumnos con la calificación numérica que se les asigna. Sin embargo, conviene destacar que algunos de los problemas planteados por los maestros se deben más a una concepción instrumentalista (conductista) de la evaluación que a sus procedimientos. Veamos algunos de ellos en cada punto:

1.         La preocupación por encontrar instrumentos adecuados para cada situación parece olvidar que la evaluación que nos ocupa como docentes se centra en el proceso de aprendizaje humano, no en los instrumentos que se utilicen. La evaluación misma es un proceso en el que los maestros necesitamos mucho más de nuestra sensibilidad y creatividad para en-contrar momentos que acompañen (no sustituyan) a los alumnos en su propio proceso de aprendizaje y no técnicas o instrumentos que se puedan aplicar como recetas propicias para calificarlos.

2.         La detección oportuna de problemas de aprendizaje está ligada con lo anterior. La información sobre lo que los alumnos están comprendiendo realmente puede obtenerse mediante la observación de sus procesos, el registro anecdótico de algunos casos, el análisis procedimental con otros colegas, la revisión de dos o tres apuntes al final de la clase, y la interrogación, por mencionar algunos. Sobre esta última conviene preguntar en clase: ¿podrías ejemplificar?, en lugar de esperarnos al silencio que sigue a la consabida pregunta: ¿tienen alguna duda?

3.         No basta que los alumnos conozcan los criterios de evaluación del profesor. Ellos mismos pueden proponer actividades e intervenir así en la evaluación de su proceso de aprendizaje. De hecho, esta participación es muy formativa para que se responsabilicen de lo que representa el número que aparece en sus boletas y dejen de considerarlo como una calificación arbitraria otorgada por su profesor.

            Una de las funciones de la evaluación es la de retroalimentar el proceso del aprendizaje de los alumnos para destacar los aspectos positivos y crear estrategias para la superación de lo que aún no se logra. Para los estudiantes es más alentador hablar de avances, aun cuando sean pocos, que de sus deficiencias. Cuando se habla del fracaso de un alumno, se está reforzando una pérdida de autoestima que llevará a otro fracaso.

            El proceso de evaluación es necesario para que el alumno reflexione sobre lo que está haciendo en distintos momentos del curso escolar. Si no es así, la evaluación carece de sentido y sólo sirve como medida de coerción.

            Por eso es importante que los maestros y los alumnos revisemos conjuntamente el desempeño de los trabajos en equipo, las exposiciones, los exámenes, las prácticas, las tareas, los ejercicios, las participaciones, las actitudes, los proyectos, etcétera, con una mirada constructiva y no condenatoria.

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Autoevaluación docente

Me permito sugerir una actividad que he llevado a la práctica en el taller y que ha sido de gran ayuda para la reflexión y posterior evaluación del sistema de evaluación de docentes. Lo único que se necesita es un espacio físico y un grupo de profesores distribuidos en equipos de tres o cuatro miembros. Una vez organizados se les pide que cada integrante del equipo exponga a sus compañeros las siguientes cuestiones:

1.         Describe un ejemplo en el que hayas evaluado con justicia a un alumno y argumenta tus razones.

2.         Describe un ejemplo en el que hayas evaluado injustamente a un alumno y argumenta tus razones.

Después de 10 o 15 minutos, se les solicita que elijan el caso más justo y el más injusto de todos los expuestos en el interior del equipo para exponerlos en una sesión plenaria inmediata.

            Con este ejercicio se logran varias cosas:

•          La reflexión individual sobre el proceso de evaluación de cada docente.

•          Obtener información sobre el concepto de evaluación que tienen los docentes.

•          El debate sobre el caso más representativo de justicia e injusticia en el interior de los equipos. Aquí se manifiesta la dificultad para realizar la elección y los recursos que se ponen en juego para lograr el consenso (pude encontrar, por ejemplo, que mientras un maestro exponía su caso injusto, otro argumentaba que había actuado bien y fue desechado como representativo).

•          En la etapa de la sesión plenaria se vuelve a dar un debate entre los participantes, lo que permite una nueva reflexión que elabora juicios conforme van sucediendo las exposiciones de todos los participantes. Con esto se logra que los maestros construyan en conjunto sus nociones valorativas sobre el proceso de evaluación.

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