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Correo del Maestro Núm. 57, febrero 2001

Ramón J. Sender

Adolfo Hernández Muñoz

Contenido
Sender y su tierra

En este texto hablaremos de una gran pluma, Ramón J. Sender, excelente escritor que nos abandonó para emprender el viaje al más allá hace unos años, cuando le sorprendió la muerte en su casa de San Diego, California, acosado por una salud más frágil y quebradiza que su temperamento y su obra. Su ficha de creador, densa y brillante, es extensa, ya que su mirada oteó distintos escenarios con singular galanura y precisión. Su fin, anticipado con donaire, revelaba a Sender con su tersura clásica, al decir:

La única cosa perfecta que el hombre puede hacer es —turbadora evidencia— morirse. Una cosa sobre la cual todos carecemos de experiencia.

El escenario de su aparición es Aragón , de la que expresa:

...alrededor del río Ara se forma con el sufijo celta on la designación de un territorio. Hay además un río Aragón que, por cierto, bordea el territorio de Sobrarbe, nombre que señorea desde la antigüedad en estas tierra, secas y ubérrimas a la par. 

Ramón, nos dicen que nació en Alcolea del Cinca en 1902 y él lo afirma, cuando asienta:

Para mí no existe nación sino territorio y el mío es Aragón y a él me atengo. Vivo y no sé quien soy, camino y no sé adonde voy, pero he salvado una seguridad de origen y hasta cierto contento de ser y caminar.

Más adelante, contundente, proclamará que se siente:

...a sus anchas entre los campesinos del Alto Aragón...

Uno de sus biógrafos, Mair José Bernardette, incide en los orígenes de Sender al decir:

Considerándose un íbero rezagado, atribuye al aragonés primitivo un sentido de la nobleza que se toca con la aspiración a lo sublime...

Y no es para menos, esta tierra de baturros es algo muy serio:

En el terreno político, las reservas de las Cortes eligiendo reyes el non de los aragoneses y en las costumbres, aquel ‘hidalgos somos como el rey, dineros menos’. 

En la poesía, en las artes, en el comercio, la libertad daba excelentes frutos. La pasión de la libertad y de la igualdad no nos vienen a nosotros de la Revolución Francesa, sino del Atlas. Así pues, se nos murió Sender en San Diego, pero fue en Albuquerque donde impartió clases de literatura, a la par que seguía con su fecundidad literaria en España primero y en México después. Cuando su figura errante se proyecta en el Anáhuac, Ramón J. Sender ya se traía un Premio Nacional de Literatura discernido en 1935 en España por Míster Witt en el Cantón (el glorioso cantonalismo cartagenero) que escribió —nos lo dice nuestro mutuo amigo Manuel Salas— en 23 días. Habría, después, más premios, pues su vida es una crónica de asombros desde su temprana incursión en el periodismo regional. En efecto, en 1914, a sus 13 años, colabora casi furtivamente en el diario Crónica de Zaragoza, donde su hermana Concha entregaba sus escritos con el pretexto de que el autor estaba inmovilizado en la cama. A los 17 años, y como consecuencia de haberse escapado de casa a Madrid, su padre va a buscarlo y lo trae a Huesca, donde le confía la dirección del diario La Tierra, órgano de los labradores y ganaderos del Alto Aragón. 

            En 1921, vuelve a Madrid donde le sorprende el asunto de Marruecos y en razón de su situación de estudiante es enviado como alférez de com-plemento a esa región, donde será actor y testigo de la más torpe y mezquina aventura del ‘honor’ castrense español. Más tarde reflejará sus experiencias en Imán, su primer gran relato y la primera incursión en el realismo mágico, que aparecerá en 1930 y del cual se han hecho ediciones en francés, inglés, alemán, ruso, sueco, finlandés, portugués, hebreo, ucraniano y chino; lo mismo que ha sucedido con varias de sus obras. 

            En Madrid, es invitado a colaborar en el famoso diario El Sol, de Ortega y Gasset, y por su insistencia en denunciar las injusticias que privan en esos años queda preso en la Cárcel Modelo, experiencia a la que da forma literaria en la novela: O.P. (Órden Público). Por esas fechas escribe también Siete domingos rojos, narración sobre una sangrienta revolución de los trabajadores madrileños.

            Posteriormente, durante la guerra civil, es cronista destacado y escribe: Contraataque en 1938, Proverbio de la muerte en 1939 y finalmente, en el exilio, Los cinco libros de Adriana (1957).  Durante el dramático conflicto, se cura de un comunismo que no puede digerir y que lo inclina a simpatías libertarias; al respecto, explica:

Ramón J. Sender
...les expuse mis discrepancias que no eran políticas. Estaba en nuestra manera de entender lo humano. Yo lo entendía a mi modo y ellos no querían entenderlo de modo alguno... No soy capaz de formar en la fila de los perros de circo ladrando a compás y llevando en la boca el bastón del amo, no me siento inclinado a actuar de jefe de pista.

 ¿Con veinte millones de esclavos detrás? no, gracias. Tampoco mis experiencias de juventud fueron políticas. Pero sé que el poeta y el político son especímenes opuestos y que sus cualidades y actitudes se repelen...

           Profundo ensayista, Sender es hijo de un iberismo vital cuyas vertientes, idioma, cultura y sensibilidad, son las coordenadas en que estamos inmersos, en suma: realismo y esencias sin florituras. Veamos: la andadura de nuestro escritor por los espacios del mundo sirve para que su producción se ensanche por los meridianos y pro-duzca en México, entre otras obras, Epitalamio de Prieto Trinidad, crónicas crudas donde el ser humano desciende a los profundos estratos de la degeneración; por esos días, también escribe un estudio sobre Hernán Cortés que cubre la etapa de la conquista en el Anáhuac.  Entretanto, surgen sus Ensayos críticos, en los que analiza —con penetración y agudeza— a la generación del 98 y habla de algunas cumbres como Ganivet y Costa, sobre quienes dice:

Se suicida el uno abrumado por el desconcierto de las contradicciones de su tiempo y se retira el otro a morir en su pueblo con la sensación de haber fracasado, después de tratar inútilmente de agitar al país contra el rey y la nobleza.

En la frase de Costa,

política de calzón corto, de pequeños campesinos, estaba la expresión de un movimiento antifeudal y de una cultura no teológica...

            Entre sus obras señeras cabría destacar Requiem por un campesino español, en donde, con pinceladas goyescas, hace crónica de las tantas bestialidades de la derecha española. Mosén Millán —como originalmente se titulaba la obra en español—, figura central, resume en forma imaginaria la tragedia ibérica en un estilo más bien ascético y mediante la evocación, ateniéndose a las clásicas unidades de tiempo, espacio y acción. Así, el asesinato de Paco, ante la impotencia de Mosén Millán, por obra de los señoritos reaccionarios, es la historia repetida de todos los pueblos de España.  El diálogo final es tenso, entrecortado, terrible:

—A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente. Lo permitió de su propio Hijo que era más inocente que vosotros tres [son tres los campesinos que van a matar].

Y los tres mueren, no sin recibir el Ego te absolvo in.

            La profesora Uceda, especialista de la obra senderiana, dice sobre el Réquiem:

Esta novela corta que, en mi opinión, es la más im-portante de Sender, fue escrita en Albuquerque (Nuevo México), en 1952. Tardó en escribirla aproximadamente una semana, pero es una obra, en todos sentidos, clásica. Se publicó por primera vez en Mé-

xico, en 1953, con el título de Mosén Millán. La edición se agotó en un mes. Más tarde Las Américas publicó una edición bilingüe con el título actual y desde entonces se han hecho cinco ediciones. Sólo de esta última  Sender ha admitido derechos de autor. Hay ediciones en varios países, incluido Japón.

            Desgraciadamente, no pude conocer personalmente a Sender, excepto por algunos comentarios en cartas, pero lo he seguido en sus veredas literarias; hay algo de Ramón en Hipógrifo violento y en Crónica del alba que son, en efecto, pinceladas autobiográficas, imágenes desgarradas en Reus, algunas en Alcañiz:

...saben como el supuesto Pepe Garcés, recién estrenado bachiller, mancebo de botica y suicida frustrado, quedaba en el Alcañiz de los calatravos (Alcannit de los condes para Ramón) escindido entre la bajeza carnal y el amor platónico, entre su condición familiar y sus justicieras concomitancias anarquistas por los años de la primera posguerra.

            De repente, Sender se vuelca en una crónica desgarrada en torno a un personaje impar, Lope de Aguirre y logra una estampa memorable. En el diario madrileño ABC se ha producido unos comentarios acertados

Se le nota al aragonés que lleva dentro en preferir —gracianescamente— la quintaesencia al fárrago, dice Guillermo Díaz Plaja al referirse a La Aventura Equinoccial de Lope de Aguirre. De ella explica: La violencia española se cifra en la dureza de un vivir que necesitaba matar y hacía posibles por la inconmensurable distancia de la autoridad del Estado, episodios como éste de la rebeldía  de Lope Aguirre, al frente de un grupo alucinante de aventureros que dejan de ser españoles para conver-irse en emancipados ‘marañones’. El protagonista, Lope de Aguirre, como un personaje de tragedia corre hacia el desenlace fatal, ineluctable. La autoridad real, en la persona de García de Paredes, se restaura en el último reducto de la rebelión, la isla Margarita, terminando con la muerte y degollación del traidor, quien antes de morir apuñala a su hija Elvira, en un cuadro de tanto sabor esperpéntico que Valle Inclán lo incorpora en el episodio final de su Tirano Banderas. La estremecedora declaración de rebeldía (“reniego de los servicios que hice antes de salir de España al infame rey de Castilla”, “reniego de mi naturaleza de súbdito del imperio de Felipe II”) hasta el ademán orgulloso del final cuando niega a entregarse a un soldado(“Yo no me rindo a un tan gran bellaco como vos”) y sí al maese de campo García de Paredes, conservando la postura legendaria de los grandes personajes de la historia.

            Por otra parte, en el brillante e incisivo ensayo de Julia Uceda, andaluza y profesora en la Michigan State University (Publicado en Revista de Occidente, enero 1970 núm. 82) se habla de algo importante en torno a nuestro personaje:

Y la realidad puede ser cualquier cosa menos simple. El de Sender es un realismo de esencias —como él gusta llamar— al que no puede llegarse sino en libertad, es decir: cuando el escritor se libera —o lo liberan las circunstancias de su vida personal— de los mitos carentes de sentido y él está dispuesto a desecharlos y a descubrir otros nuevos que van a dar sentido a su propio tiempo.  Esto forma parte de la conquista de la propia esencia, que no puede heredarse sino en gran parte debe ser adquirida.

            Esta dimensión de la búsqueda de la esencia es tan evidente en la obra de Sender que en Crónica del Alba, la más deliberadamente biográfica de sus novelas, encontramos este diálogo entre Pepe Garcés y su profesor Mosén Joaquín :

—¿Qué quieres ser tú en la vida?— me preguntó de pronto.

—Nada.— repetí.

—Lo que soy.— Mosén Joaquín abrió los ojos sorprendido.

—¿Lo que eres?

—Sí...

—¿Y qué eres?

—¿Yo?— vacilaba.

—Sí, ¿qué eres?— Se daba cuenta de que mi respuesta iba a ser dificultosa. —¿No quieres contestarme?

—Pues yo soy el que soy.

            Ser el que es, ésta es una de las preocupaciones de la obra senderiana en la que, además, se armonizan dos direcciones del pensamiento mo-

derno. Desde Schopenhauer a nuestros días hay una corriente de exaltación de la voluntad frente a lo que podríamos llamar pura espiritualidad.

            Hay también una preocupación existencial que se torna por momentos trágica: exalta todo lo que vive en su perfección que no consiste sino en el hecho de vivir, un hecho milagroso e irrepetible. Aunque la vida sea infausta y habitual

—Venimos, nos hacemos visibles un momento, los otros nos insultan y entonces y antes de poder llegar a comprender nada, nos vamos, se nos llevan—, es siempre breve...

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Sender y su tierra

¡Ah, este Aragón admirable!, y sus hijos que hemos estudiado —desde esta tribuna, en ocasiones— y que constituyen un reparto ilustre: Marcial de Calatayud; Quintiliano; Salomón ben Gabirol; Abraham Abulafia Crescas, el desconcertante místico judío de la Zaragoza del siglo xv; Miguel de Molinos, pensador profundo y heterodoxo místico cristiano del siglo xviii; el jesuita Baltasar Gracián y, siglos después, el tronante Joaquín Costa... todos ellos ensamblan un paisaje de grandeza y compendio de vida. Lo dice Sender hablando del alma:

Y se disuelve, pero no es una disolución de la nada, sino en el todo. No es muerte sino vida. Todavía vida, o más vida que nunca. Para entender eso hay que ser religiosamente enemigo de los dogmas de las iglesias.  Esa especie de anarquistas de lo absoluto que eran los místicos castellanos y su hijo aragonés Miguel de Molinos.

            Sender se acogió —en sus últimos años— en la luminosa Albuquerque donde dio clases en la universidad y desde allí nos ayudó con sus colaboraciones a la publicación de la revista Comunidad Ibérica que duró —fecundo parto— de 1962 hasta 1971.  Son varios años de la aparición de una de las revistas fundamentales del exilio español en México y el mundo, dirigida por el recientemente fallecido Fidel Miró. Fue un remontar cotos cerrados y Sender colaboró generosamente con nosotros, junto con otras plumas ilustres de la emigración. Así Sender, a quien el brillante cine español está rescatando (películas del catalán Beltriu y de Carlos Saura —oscense como Ramón—), es una de las grandes figuras del exilio español en México que nunca olvidaremos.

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