En este texto hablaremos de una gran pluma, Ramón J. Sender,
excelente escritor que nos abandonó para emprender el viaje
al más allá hace unos años, cuando le sorprendió la muerte
en su casa de San Diego, California, acosado por una salud
más frágil y quebradiza que su temperamento y su obra. Su
ficha de creador, densa y brillante, es extensa, ya que
su mirada oteó distintos escenarios con singular galanura
y precisión. Su fin, anticipado con donaire, revelaba a
Sender con su tersura clásica, al decir:
La
única cosa perfecta que el hombre puede hacer es turbadora
evidencia morirse. Una cosa sobre la cual todos carecemos
de experiencia.
El escenario de su aparición es Aragón , de la que expresa:
...alrededor
del río Ara se forma con el sufijo celta on la designación
de un territorio. Hay además un río Aragón que, por cierto,
bordea el territorio de Sobrarbe, nombre que señorea desde
la antigüedad en estas tierra, secas y ubérrimas a la par.
Ramón, nos dicen que nació en Alcolea del Cinca en 1902
y él lo afirma, cuando asienta:
Para
mí no existe nación sino territorio y el mío es Aragón y
a él me atengo. Vivo y no sé quien soy, camino y no sé adonde
voy, pero he salvado una seguridad de origen y hasta cierto
contento de ser y caminar.
Más adelante, contundente, proclamará que se siente:
...a
sus anchas entre los campesinos del Alto Aragón...
Uno de sus biógrafos, Mair José Bernardette, incide en
los orígenes de Sender al decir:
Considerándose
un íbero rezagado, atribuye al aragonés primitivo un sentido
de la nobleza que se toca con la aspiración a lo sublime...
Y no es para menos, esta tierra de baturros es algo muy
serio:
En el terreno político, las reservas de las Cortes eligiendo
reyes el non de los aragoneses y en las costumbres, aquel
hidalgos somos como el rey, dineros menos.
En la poesía, en las artes, en el comercio, la libertad
daba excelentes frutos. La pasión de la libertad y de la
igualdad no nos vienen a nosotros de la Revolución Francesa,
sino del Atlas. Así pues, se nos murió Sender en San Diego,
pero fue en Albuquerque donde impartió clases de literatura,
a la par que seguía con su fecundidad literaria en España
primero y en México después. Cuando su figura errante se
proyecta en el Anáhuac, Ramón J. Sender ya se traía un Premio
Nacional de Literatura discernido en 1935 en España por
Míster Witt en el Cantón (el glorioso cantonalismo cartagenero)
que escribió nos lo dice nuestro mutuo amigo Manuel
Salas en 23 días. Habría, después, más premios, pues
su vida es una crónica de asombros desde su temprana incursión
en el periodismo regional. En efecto, en 1914, a sus 13
años, colabora casi furtivamente en el diario Crónica de
Zaragoza, donde su hermana Concha entregaba sus escritos
con el pretexto de que el autor estaba inmovilizado en la
cama. A los 17 años, y como consecuencia de haberse escapado
de casa a Madrid, su padre va a buscarlo y lo trae a Huesca,
donde le confía la dirección del diario La Tierra, órgano
de los labradores y ganaderos del Alto Aragón.
En 1921, vuelve a Madrid donde le sorprende
el asunto de Marruecos y en razón de su situación de estudiante
es enviado como alférez de com-plemento a esa región, donde
será actor y testigo de la más torpe y mezquina aventura
del honor castrense español. Más tarde reflejará
sus experiencias en Imán, su primer gran relato y la primera
incursión en el realismo mágico, que aparecerá en 1930 y
del cual se han hecho ediciones en francés, inglés, alemán,
ruso, sueco, finlandés, portugués, hebreo, ucraniano y chino;
lo mismo que ha sucedido con varias de sus obras.
En Madrid, es invitado a colaborar en el famoso
diario El Sol, de Ortega y Gasset, y por su insistencia
en denunciar las injusticias que privan en esos años queda
preso en la Cárcel Modelo, experiencia a la que da forma
literaria en la novela: O.P. (Órden Público). Por esas fechas
escribe también Siete domingos rojos, narración sobre una
sangrienta revolución de los trabajadores madrileños.
Posteriormente, durante la guerra civil, es
cronista destacado y escribe: Contraataque en 1938, Proverbio
de la muerte en 1939 y finalmente, en el exilio, Los cinco
libros de Adriana (1957). Durante el dramático conflicto,
se cura de un comunismo que no puede digerir y que lo inclina
a simpatías libertarias; al respecto, explica:
|
|
...les expuse mis discrepancias que no
eran políticas. Estaba en nuestra manera de entender
lo humano. Yo lo entendía a mi modo y ellos no querían
entenderlo de modo alguno... No soy capaz de formar
en la fila de los perros de circo ladrando a compás
y llevando en la boca el bastón del amo, no me siento
inclinado a actuar de jefe de pista. |
¿Con veinte millones de esclavos detrás? no, gracias.
Tampoco mis experiencias de juventud fueron políticas. Pero
sé que el poeta y el político son especímenes opuestos y
que sus cualidades y actitudes se repelen...
Profundo ensayista, Sender es hijo de un iberismo
vital cuyas vertientes, idioma, cultura y sensibilidad,
son las coordenadas en que estamos inmersos, en suma: realismo
y esencias sin florituras. Veamos: la andadura de nuestro
escritor por los espacios del mundo sirve para que su producción
se ensanche por los meridianos y pro-duzca en México, entre
otras obras, Epitalamio de Prieto Trinidad, crónicas crudas
donde el ser humano desciende a los profundos estratos de
la degeneración; por esos días, también escribe un estudio
sobre Hernán Cortés que cubre la etapa de la conquista en
el Anáhuac. Entretanto, surgen sus Ensayos críticos, en
los que analiza con penetración y agudeza a
la generación del 98 y habla de algunas cumbres como Ganivet
y Costa, sobre quienes dice:
Se suicida el uno abrumado por el desconcierto de las contradicciones
de su tiempo y se retira el otro a morir en su pueblo con
la sensación de haber fracasado, después de tratar inútilmente
de agitar al país contra el rey y la nobleza.
En la frase de Costa,
política de calzón corto, de pequeños campesinos, estaba
la expresión de un movimiento antifeudal y de una cultura
no teológica...
Entre sus obras señeras cabría destacar Requiem
por un campesino español, en donde, con pinceladas goyescas,
hace crónica de las tantas bestialidades de la derecha española.
Mosén Millán como originalmente se titulaba la obra
en español, figura central, resume en forma imaginaria
la tragedia ibérica en un estilo más bien ascético y mediante
la evocación, ateniéndose a las clásicas unidades de tiempo,
espacio y acción. Así, el asesinato de Paco, ante la impotencia
de Mosén Millán, por obra de los señoritos reaccionarios,
es la historia repetida de todos los pueblos de España.
El diálogo final es tenso, entrecortado, terrible:
A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente.
Lo permitió de su propio Hijo que era más inocente que vosotros
tres [son tres los campesinos que van a matar].
Y los tres mueren, no sin recibir el Ego te absolvo in.
La profesora Uceda, especialista de la obra
senderiana, dice sobre el Réquiem:
Esta novela corta que, en mi opinión, es la más im-portante
de Sender, fue escrita en Albuquerque (Nuevo México), en
1952. Tardó en escribirla aproximadamente una semana, pero
es una obra, en todos sentidos, clásica. Se publicó por
primera vez en Mé-
xico, en 1953, con el título de Mosén Millán. La edición
se agotó en un mes. Más tarde Las Américas publicó una edición
bilingüe con el título actual y desde entonces se han hecho
cinco ediciones. Sólo de esta última Sender ha admitido
derechos de autor. Hay ediciones en varios países, incluido
Japón.
Desgraciadamente, no pude conocer personalmente
a Sender, excepto por algunos comentarios en cartas, pero
lo he seguido en sus veredas literarias; hay algo de Ramón
en Hipógrifo violento y en Crónica del alba que son, en
efecto, pinceladas autobiográficas, imágenes desgarradas
en Reus, algunas en Alcañiz:
...saben como el supuesto Pepe Garcés, recién estrenado
bachiller, mancebo de botica y suicida frustrado, quedaba
en el Alcañiz de los calatravos (Alcannit de los condes
para Ramón) escindido entre la bajeza carnal y el amor platónico,
entre su condición familiar y sus justicieras concomitancias
anarquistas por los años de la primera posguerra.
De repente, Sender se vuelca en una crónica
desgarrada en torno a un personaje impar, Lope de Aguirre
y logra una estampa memorable. En el diario madrileño ABC
se ha producido unos comentarios acertados
Se le nota al aragonés que lleva dentro en preferir gracianescamente
la quintaesencia al fárrago, dice Guillermo Díaz Plaja al
referirse a La Aventura Equinoccial de Lope de Aguirre.
De ella explica: La violencia española se cifra en la dureza
de un vivir que necesitaba matar y hacía posibles por la
inconmensurable distancia de la autoridad del Estado, episodios
como éste de la rebeldía de Lope Aguirre, al frente de
un grupo alucinante de aventureros que dejan de ser españoles
para conver-irse en emancipados marañones. El
protagonista, Lope de Aguirre, como un personaje de tragedia
corre hacia el desenlace fatal, ineluctable. La autoridad
real, en la persona de García de Paredes, se restaura en
el último reducto de la rebelión, la isla Margarita, terminando
con la muerte y degollación del traidor, quien antes de
morir apuñala a su hija Elvira, en un cuadro de tanto sabor
esperpéntico que Valle Inclán lo incorpora en el episodio
final de su Tirano Banderas. La estremecedora declaración
de rebeldía (reniego de los servicios que hice antes
de salir de España al infame rey de Castilla, reniego
de mi naturaleza de súbdito del imperio de Felipe II)
hasta el ademán orgulloso del final cuando niega a entregarse
a un soldado(Yo no me rindo a un tan gran bellaco
como vos) y sí al maese de campo García de Paredes,
conservando la postura legendaria de los grandes personajes
de la historia.
Por otra parte, en el brillante e incisivo
ensayo de Julia Uceda, andaluza y profesora en la Michigan
State University (Publicado en Revista de Occidente, enero
1970 núm. 82) se habla de algo importante en torno a nuestro
personaje:
Y la realidad puede ser cualquier cosa menos simple. El
de Sender es un realismo de esencias como él gusta
llamar al que no puede llegarse sino en libertad,
es decir: cuando el escritor se libera o lo liberan
las circunstancias de su vida personal de los mitos
carentes de sentido y él está dispuesto a desecharlos y
a descubrir otros nuevos que van a dar sentido a su propio
tiempo. Esto forma parte de la conquista de la propia esencia,
que no puede heredarse sino en gran parte debe ser adquirida.
Esta dimensión de la búsqueda de la esencia
es tan evidente en la obra de Sender que en Crónica del
Alba, la más deliberadamente biográfica de sus novelas,
encontramos este diálogo entre Pepe Garcés y su profesor
Mosén Joaquín :
¿Qué quieres ser tú en la vida? me preguntó
de pronto.
Nada. repetí.
Lo que soy. Mosén Joaquín abrió los ojos sorprendido.
¿Lo que eres?
Sí...
¿Y qué eres?
¿Yo? vacilaba.
Sí, ¿qué eres? Se daba cuenta de que mi respuesta
iba a ser dificultosa. ¿No quieres contestarme?
Pues yo soy el que soy.
Ser el que es, ésta es una de las preocupaciones
de la obra senderiana en la que, además, se armonizan dos
direcciones del pensamiento mo-
derno. Desde Schopenhauer a nuestros días hay una corriente
de exaltación de la voluntad frente a lo que podríamos llamar
pura espiritualidad.
Hay también una preocupación existencial que
se torna por momentos trágica: exalta todo lo que vive en
su perfección que no consiste sino en el hecho de vivir,
un hecho milagroso e irrepetible. Aunque la vida sea infausta
y habitual
Venimos, nos hacemos visibles un momento, los otros
nos insultan y entonces y antes de poder llegar a comprender
nada, nos vamos, se nos llevan, es siempre breve...
Volver
al Contenido
Sender
y su tierra
¡Ah, este Aragón admirable!, y sus hijos que hemos estudiado
desde esta tribuna, en ocasiones y que constituyen
un reparto ilustre: Marcial de Calatayud; Quintiliano; Salomón
ben Gabirol; Abraham Abulafia Crescas, el desconcertante
místico judío de la Zaragoza del siglo xv; Miguel de Molinos,
pensador profundo y heterodoxo místico cristiano del siglo
xviii; el jesuita Baltasar Gracián y, siglos después, el
tronante Joaquín Costa... todos ellos ensamblan un paisaje
de grandeza y compendio de vida. Lo dice Sender hablando
del alma:
Y se disuelve, pero no es una disolución de la nada, sino
en el todo. No es muerte sino vida. Todavía vida, o más
vida que nunca. Para entender eso hay que ser religiosamente
enemigo de los dogmas de las iglesias. Esa especie de anarquistas
de lo absoluto que eran los místicos castellanos y su hijo
aragonés Miguel de Molinos.
Sender se acogió en sus últimos años
en la luminosa Albuquerque donde dio clases en la universidad
y desde allí nos ayudó con sus colaboraciones a la publicación
de la revista Comunidad Ibérica que duró fecundo parto
de 1962 hasta 1971. Son varios años de la aparición de
una de las revistas fundamentales del exilio español en
México y el mundo, dirigida por el recientemente fallecido
Fidel Miró. Fue un remontar cotos cerrados y Sender colaboró
generosamente con nosotros, junto con otras plumas ilustres
de la emigración. Así Sender, a quien el brillante cine
español está rescatando (películas del catalán Beltriu y
de Carlos Saura oscense como Ramón), es una
de las grandes figuras del exilio español en México que
nunca olvidaremos.