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Correo del Maestro Núm. 57, febrero 2001

Parafraseando con Helein Buklein

María Navarrete Andrade

Alguna vez, en un taller de teatro, llegó una niña que sabía actuar como nadie. Le gustaba interpretar todo tipo de personajes; su voz, su cuerpo, eran como una plastilina fina y moldeable que cualquier director teatral hubiera querido trabajar. Cuando el maestro pedía que alguien pasara para hacer la interpretación de una persona enojada, ella era la primera en querer pasar al escenario, pero en ese momento escuchaba la voz de su maestro que le decía: 

—Espera. ¿No debes meditar antes de interpretar? Debes saber quien es tu personaje, qué hace, a qué se dedica.

            La niña bajaba del escenario y pensaba en lo que el maestro le había querido decir y entonces esperaba las indicaciones. 

            En una ocasión, el maestro propuso hacer una representación de un personaje de la historia nacional. La niña deseó ser alguna de las heroínas de la historia, siempre le había fascinado la historia. Quería maquillarse, transformarse en otra persona, darle vida a su personaje. Subió al escenario ataviada con un traje hermoso que la hacía sentirse bien, contenta. Inició su representación diciendo sus parlamentos hasta que fue interrumpida por el maestro que nuevamente le pidió que esperara las indicaciones para iniciar la representación. 

            ¡Qué pena! Le hubiera gustado que le dieran una oportunidad, o por lo menos que le dijeran cómo era la forma correcta de hacer ese trabajo. Esperó, pero nadie le dijo nada. 

            Pasó el tiempo. La niña tuvo que cambiar de casa y de escuela también. La nueva escuela era más grande, con grandes pasillos por donde circulaban muchas personas todo el tiempo, nadie conocía a nadie, ni siquiera se saludaban. 

Una gran alegría llenaba el corazón de la niña cuando se dirigía a su primera clase de actuación. 

Cuando entró el profesor con una gran sonrisa y les dijo: 

— ¿Quieren hacer teatro? Entonces súbanse al escenario para que lo conozcan.

Todos los alumnos subieron menos ella. Sintió un gran temor de subir otra vez, sus manos sudaron y decidió salir del salón. El profesor se acercó a ella y le dijo: 

— ¿Por qué no subes? ¿No quieres hacer teatro?

  Ella respondió que sí, pero que prefería sus indicaciones. El profesor la animó: 

—  No pienses tanto. Sólo siente el escenario, vívelo, no le tengas miedo.

     La niña miró al profesor y le respondió: 

   Maestro, sólo tengo miedo. No quiero subir.

 

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