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Correo del Maestro Núm. 63, agosto 2001

El ojo de glotodidacta. El signo antes que nada

Paolo Pagliai S.
Daniele Visentin M.

 

Significados y sentidos nos entregan desde un punto de vista glotodidáctico un corpus notable de investigación teórica y práctica cotidiana o ‘glotodidaxis’. Si la semiótica es la ciencia que estudia el modo en que se organizan los significados de una lengua, en glotodidáctica, después de haber usado por mucho tiempo la expresión competencia semántica, hoy en día sustituida por competencia lexicográfica, llegamos a definir la competencia semiótica.

Este concepto surge de una necesidad intrínseca de la enseñanza de una lengua: la de juntar la lengua con el lenguaje, el sistema de signos verbales al de signos no verbales, la educación meramente lingüística a la artística, la musical y la motora, las cuales solemos llamar competencia semiótica por excelencia, es decir, la facultad humana de producir e intercambiar signos de varios tipos, relativos a los distintos sentidos del cuerpo humano.

Al poner la competencia o conciencia semiótica como fin se está considerando que todos los lenguajes, verbales y no verbales, usan signos convencionales y arbitrarios, tienen una sintaxis y una textualidad, pueden usarse para fines pragmáticos o para fines estéticos y pueden integrarse en textos multimodales. La arbitrariedad del signo está fuera de duda y lo que le da importancia no es su significado sino su valor. Enseñar los dientes es, por ejemplo, un enunciado que cambia de valor si nos encontramos en el consultorio de un dentista o si estamos involucrados en una riña callejera. Los signos también son convencionales y se relacionan con las normas de comunicación de una colectividad o con lenguajes sectoriales y jergas; por ejemplo, al conducir un carro podemos comprender las señales sin la intervención de un código verbal. Los signos tienen también una sintaxis, un valor en correspondencia con la estructura de la frase en que están incluidos y tienen una textualidad, o sea, una referencia con el texto en su totalidad. En fin, pueden ser fundamentales, utilizados para fines pragmáticos en la comunicación —levantar una mano para amenazar— o secundarios, para fines estéticos, para aumentar en calidad o cantidad el valor de otro signo —un buen perfume facilita la familiaridad en la comunicación.

Multimodalidad y multimedialidad son, en fin, conceptos distintos. Un texto multimodal ejemplifica o entrega suplementos informativos, acerca y yuxtapone textos escritos, orales, visuales e iconográficos, mientras el texto multimedial integra varias modalidades creando un texto nuevo, donde cada medium remite de nuevo a los demás para hacerse significativo.

La glotodidáctica es una ciencia joven, llamada también ciencia de la educación lingüística y de los aspectos relativos al uso de la lengua. Se interesa también en la educación literaria y en la microlingüística. Por muchos años fue injustamente identificada con la lingüística aplicada, o sea con la simple traslación de las indicaciones que provenían de la lingüística teórica a los materiales didácticos y a la actividad de clase.

En Italia, a partir de los años sesenta, esta tendencia fue puesta bajo una crítica epistemológica importante: se negó a la lingüística el atributo de ser una ciencia cuya finalidad es el conocimiento, como la biología  y la química, y se formuló que la glotodidáctica, por el contrario, es una disciplina encaminada a la solución de un problema —la adquisición de la lengua—, igual que la medicina, que intenta solucionar problemas de carácter biológico a través de fármacos químicos. Así que si el médico decide cuáles teorías de la biología y de la química debe utilizar para solucionar un problema, el glotodidacta decide a cuáles conocimientos de las ciencias del lenguaje, de la antropología, de las ciencias psicológicas y de las teorías pedagógicas debe recurrir para alcanzar sus objetivos.

La glotodidáctica se configura entonces como una ciencia práctica e interdisciplinaria, ligada a las ciencias teóricas con que se relaciona por un mecanismo de implicación y no de aplicación mecánica. Se caracteriza por un componente de investigación teórica que analiza el mecanismo de adquisición lingüística para la formación de los acercamientos, y una operativa, llamada ‘glosodidaxis’, que lleva a la definición de los métodos y a la selección de las técnicas y tecnologías adecuadas.

No tenemos que asustarnos por las palabras que no entendemos. Si decidimos ser maestros es por algo, algo importante, y necesitamos una continua actualización, un estudio permanente. No podemos detenernos convencidos que nuestra sabiduría es suficiente para dar clase a gente que sabe menos que nosotros. Aquí tenemos que subrayar el hecho que mientras menos sabe un alumno, más tenemos que saber nosotros. Por esta razón, por esta profesión difícil que hemos elegido, tenemos la obligación de conocer las palabras, los sentidos y los significados. Tenemos —en otras palabras— que trabajar duro.

Como ya señalamos, la glotodidáctica es una ciencia y la mayor parte de nosotros la usamos todos los días, muchas veces sin darnos cuenta. La conciencia de estar utilizando una ciencia verdadera nos ayuda a entender una prioridad irrenunciable: la programación.

De hecho, no podemos improvisar nuestra enseñanza. Tenemos que prepararnos pero, sobre todo, tenemos que aprender a programar nuestra clase. No es fácil;  es parte de una larga reflexión personal sobre nuestras capacidades y nuestras fallas. Una reflexión sobre la materia y sobre la lengua.

     A principios del siglo la necesidad de capacitación de los maestros parece más que una urgencia. En términos de educación —pero también de democracia— el papel de los profesionales de la educación debe ser verdaderamente profesional y realmente educativo.

Pero... ¿qué significa programar?

Programar significa, en primer lugar, definir nuestros objetivos; por ejemplo, el simple alfabeto o la conjugación de un verbo regular. Sin conocer exactamente el ‘blanco’ de nuestra acción educativa, es muy probable que no obtengamos ningún resultado.

Luego tenemos que organizarnos; es decir, debemos decidir cómo vamos a proceder en la enseñanza de un determinado ‘objeto’ lingüístico. Dicha organización representa una acción paralela a la definición de los contenidos didácticos.

No nos equivoquemos: los contenidos no coinciden necesariamente con los objetivos. Por ejemplo, el alfabeto no es un contenido didáctico; por lo menos no es tal cuando es el objeto de la acción didáctica. En este caso otros serán los contenidos: fonética (cómo se produce un determinado sonido) o gráfica (cómo se escribe un determinado signo) pueden representar dos de los más aceptables en un programa dirigido a niños de nivel primaria.

Finalmente, los medios de realización de dicho programa. Tendremos que estudiar, y en muchos casos crear de la nada, los instrumentos didácticos para alcanzar el objetivo a través de la enseñanza de los contenidos. No olvidemos que existe un mundo de oportunidades llamado juego; la versión lúdica, el más genérico e institucional ‘ejercicio’: aprendamos entonces a jugar y a inventar juegos útiles para el aprendizaje. Esta operación tampoco es fácil, quizá es la más difícil.

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