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Correo del Maestro Núm. 63,agosto 2001

Un abuelo de regalo

Gerardo Paredes

La relación que se establece entre libro y lector es bastante íntima. El libro deja de ser un simple objeto para convertirse en un interlocutor, un amigo con quien se dialoga. En cierta forma es la novia a quien se trata con cuidado y que no se presta a nadie. La apropiación del texto y del libro como objeto es parte de esa relación.

Este amor nace desde el primer contacto y el libro El abuelo ya no duerme en el armario tiene una pasta plastificada que produce una sensación gratificante, tanto a la vista como al tacto. El dibujo de la portada —el abuelo acostado en una cama— es bastante llamativo y nos lleva a hojear el libro y a leer la cuarta de forros.

Es aquí, en la contraportada, donde la autora nos invita a no dejar de leer el cuento y surgen preguntas cuyas respuestas quisiéramos saber de manera inmediata: ¿Cuál es ese regalo especial, distinto e insólito?, o, ¿a qué aventuras se refieren? Cuando empezamos a leer el libro es imposible dejarlo. Quisiéramos que nadie nos interrumpiera y poder relajarnos para disfrutar, aún más, de la lectura.

Así es, el libro nos habla de presencias que dejan huella, como la del abuelo especial que fue enviado como regalo de cumpleaños. Él disfruta la vida cuando duerme en el armario del cuarto de su nieto, cuando juntos se van de ‘pinta’, cuando hace una paloma de papel para una niña especial, cuando hace teatro de sombras con los niños del barrio o cuando, también junto con ellos, pide deseos a una estrella. El abuelo le inspira sueños de vuelo al niño protagonista de este relato y juntos miran pasar las cosas.

Es un abuelo que rompe con el esquema tradicional, es decir, del anciano aburrido y pasivo, de aquellas personas mayores autoritarias a las que se debe respetar sin ningún cuestionamiento. El abuelo del libro, sin perder su condición de hombre maduro, tiene la capacidad para acercarse no sólo a su nieto sino también a los demás niños. Capacidad que le permite enterarse de sus preocupaciones, de sus miedos, de sus frustraciones; es decir, meterse en su mundo. Relacionarse de la forma que lo hace este

 

 

abuelo con su nieto y con los demás niños de la historia es algo que deberían de hacer muchos adultos, puesto que participar en el mundo de los niños ayuda en el desarrollo y bienestar  emocional de ambas partes.

A veces se piensa que los ancianos ya no tienen nada que ofrecer. Sin embargo, pueden poseer una frescura y una sabiduría capaces de motivar a las nuevas generaciones. Es conveniente escucharlos sin prejuicios, con la mente abierta, pensando que, sin importar la edad, las personas pueden contar con experiencias enriquecedoras.

Los ancianos son depositarios de conocimientos y sabiduría, aunque a veces no hay oídos dispuestos a escucharlos, sobre todo en esta época de cambios rápidos y vida vertiginosa.

Esta época está dominada por la televisión y los videojuegos que dejan poco a la imaginación. Ahora es cuando los abuelos deben recobrar su importancia, pues nos pueden llevar de la mano a mundos imaginarios y a tiempos remotos con cuentos, leyendas o simplemente por medio de sus vivencias. Pueden hacernos vivir hechos que jamás hubiéramos pensado que hayan sucedido.

La historia de la relación del abuelo con los  niños nos hace reflexionar a nosotros los adultos: ¿por qué no compartimos nuestro tiempo, nuestras fantasías, nuestros problemas, nuestra palabra con los niños? Si pudiéramos recuperar esto lograríamos la confianza de nuestros hijos, de nuestros alumnos, podríamos saber acerca de sus problemas, estimularíamos en ellos el espíritu crítico, fortaleceríamos sus valores. Devolver importancia a la palabra entre nosotros equivale a darle valor —perdido en muchos— a la palabra impresa.

Los invito con todo mi entusiasmo a leer este libro y deseo que gocen con la historia de El abuelo ya no duerme en el armario.

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