La relación que se establece entre libro y lector es bastante
íntima. El libro deja de ser un simple objeto para convertirse
en un interlocutor, un amigo con quien se dialoga. En cierta
forma es la novia a quien se trata con cuidado y que no
se presta a nadie. La apropiación del texto y del libro
como objeto es parte de esa relación.
Este amor
nace desde el primer contacto y el libro El abuelo ya
no duerme en el armario tiene una pasta plastificada
que produce una sensación gratificante, tanto a la vista
como al tacto. El dibujo de la portada el abuelo acostado
en una cama es bastante llamativo y nos lleva a hojear
el libro y a leer la cuarta de forros.
Es aquí,
en la contraportada, donde la autora nos invita a no dejar
de leer el cuento y surgen preguntas cuyas respuestas quisiéramos
saber de manera inmediata: ¿Cuál es ese regalo especial,
distinto e insólito?, o, ¿a qué aventuras se refieren? Cuando
empezamos a leer el libro es imposible dejarlo. Quisiéramos
que nadie nos interrumpiera y poder relajarnos para disfrutar,
aún más, de la lectura.
Así es,
el libro nos habla de presencias que dejan huella, como
la del abuelo especial que fue enviado como regalo de cumpleaños.
Él disfruta la vida cuando duerme en el armario del cuarto
de su nieto, cuando juntos se van de pinta,
cuando hace una paloma de papel para una niña especial,
cuando hace teatro de sombras con los niños del barrio o
cuando, también junto con ellos, pide deseos a una estrella.
El abuelo le inspira sueños de vuelo al niño protagonista
de este relato y juntos miran pasar las cosas.
Es un abuelo
que rompe con el esquema tradicional, es decir, del anciano
aburrido y pasivo, de aquellas personas mayores autoritarias
a las que se debe respetar sin ningún cuestionamiento. El
abuelo del libro, sin perder su condición de hombre maduro,
tiene la capacidad para acercarse no sólo a su nieto sino
también a los demás niños. Capacidad que le permite enterarse
de sus preocupaciones, de sus miedos, de sus frustraciones;
es decir, meterse en su mundo. Relacionarse de la forma
que lo hace este
abuelo
con su nieto y con los demás niños de la historia es algo
que deberían de hacer muchos adultos, puesto que participar
en el mundo de los niños ayuda en el desarrollo y bienestar
emocional de ambas partes.
A veces
se piensa que los ancianos ya no tienen nada que ofrecer.
Sin embargo, pueden poseer una frescura y una sabiduría
capaces de motivar a las nuevas generaciones. Es conveniente
escucharlos sin prejuicios, con la mente abierta, pensando
que, sin importar la edad, las personas pueden contar con
experiencias enriquecedoras.
Los ancianos
son depositarios de conocimientos y sabiduría, aunque a
veces no hay oídos dispuestos a escucharlos, sobre todo
en esta época de cambios rápidos y vida vertiginosa.
Esta época
está dominada por la televisión y los videojuegos que dejan
poco a la imaginación. Ahora es cuando los abuelos deben
recobrar su importancia, pues nos pueden llevar de la mano
a mundos imaginarios y a tiempos remotos con cuentos, leyendas
o simplemente por medio de sus vivencias. Pueden hacernos
vivir hechos que jamás hubiéramos pensado que hayan sucedido.
La historia
de la relación del abuelo con los niños nos hace reflexionar
a nosotros los adultos: ¿por qué no compartimos nuestro
tiempo, nuestras fantasías, nuestros problemas, nuestra
palabra con los niños? Si pudiéramos recuperar esto lograríamos
la confianza de nuestros hijos, de nuestros alumnos, podríamos
saber acerca de sus problemas, estimularíamos en ellos el
espíritu crítico, fortaleceríamos sus valores. Devolver
importancia a la palabra entre nosotros equivale a darle
valor perdido en muchos a la palabra impresa.
Los invito
con todo mi entusiasmo a leer este libro y deseo que gocen
con la historia de El abuelo ya no duerme en el
armario.