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Correo del Maestro Núm. 63, agosto 2001

Canasta de ingenios

Adolfo Hernández Muñoz

 

Copia manuscrita
del Cantar del Mío Cid, Burgos, 1596.

Los primeros libros manuscritos en castellano: Las glosas silenses (en poder del Museo Británico) y el Cantar de los Infantes de Lara, fueron incluidos en las Crónicas Medievales y en el Romancero por Menéndez Pidal, quien, a su vez, acometió la empresa de ordenar el relato de gesta anónimo Cantar del Mio Cid, que fue escrito hacia 1140 (hay una copia manuscrita hecha por Pedro Abad en 1307). En la edición de Espasa Calpe, con texto antiguo preparado por Menéndez Pidal y prosificación moderna del poema realizada con dedicación erudita por Alfonso Reyes, se dice que:

El mayor mérito artístico del viejo poema está, sin duda, en esta nota de sobriedad. Aquí nunca gesticula el dolor, y la alegría tiene siempre una gracia bronca. Si en Cervantes se admira como un florecimiento del espíritu español, en el Cantar del Mio Cid todos creen reconocer las raíces de la sensibilidad castellana. Así, aunque la idea del patriotismo del Cid no se encuentre expresa en el poema, la figura del héroe ha adquirido una importancia de símbolo nacional. No obstante, los siglos no han apagado una polémica que sigue encendida: ¿Fue héroe o mercenario? Su figura ha sido interpretada por Menéndez Pidal como símbolo del carácter nacional y prototipo del héroe castellano, adusto, ambicioso, y leal al poder establecido. Para otros, sus alianzas y relaciones, tanto con reyes cristianos como con reyes taifas musulmanes, le convierten en el representante del sentido de tolerancia interconfesional dentro de una amplia concepción nacional hispánica, característica de su siglo. No obstante, al referirnos al poema estamos en presencia de un monumento a la naciente lengua.

Como sabemos, el rey Alfonso envía al Cid para cobrar las parias del rey moro de Sevilla, Almutamiz. Éste le mandó obsequiar con ricos presentes y le entregó además el tributo que había venido a recoger...

El Cid volviose con el tributo al rey don Alfonso, su señor. El rey lo recibió muy bien, se declaró satisfecho de él y muy contento de su conducta. Y ésta fue la causa de que le salieran muchos envidiosos, procurándole incontables daños, hasta que le pusieron a malas con el rey.

El rey les prestó oídos porque tenía viejas rencillas contra él y envió a decir al Cid por una carta que saliese del reino. El Cid, leída la carta, aunque lleno de pesar, no quiso dilatar la obediencia, pues sólo se le dejaba un plazo de nueve días para ausentarse del reino. Así las cosas, apesadumbrado, dice el Cantar:

Mio Cid Roy, por Burgos entrove,
en sue compaña sesaenta pendones;
exíen lo veer mujieres e varones,
burgeses e burgesas, por la finiestras sone,
plorando de los ojos, tanto habíen el dolore.
De las suas bocas todos decían una razone:
-¡Dios, qué buen vasallo, si hobiese buen señore!

Y así sigue el poema, una pintura de época, hecha alrededor del 1140.

Estamos ante el infaltable Gonzalo de Berceo, clérigo secular de San Miguel de la Cogolla quien, en versos (cuatro alejandrinos monorrimos), escribe vidas de santos y proclama su labor, allá por el siglo XII:

Yo, Gonzalo por nomne clamado de Berceo,
de Sant Millán criado, en la su merced seo:
de facer este trabajo hobi muy grant deseo,
riendo, gracias a Dios cuanto fecho lo veo

En este recuento de memorables, luce Don Juan Manuel con su clásico El Conde Lucanor, en el que nos detendremos unos momentos para decir:

Contemporáneo del Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, y notable precursor del naciente idioma castellano, don Juan Manuel fue el más importante de los prosistas del siglo XIV (1282-1349). De estirpe real, fue sobrino de Alfonso el Sabio (el de las Cantigas), y autor de varios libros de historia y poesía, muchos perdidos en alguna de las bibliotecas medievales de los conventos. Su obra más célebre es El Conde Lucanor et de Patronio, dividida en 51 cuentos de diversa procedencia pero que denota un erudito rastreo en fuentes orientales, latinas, hebreas y griegas. Es pues, El Conde Lucanor, una colección de cuentos, parábolas y alegorías, amplio cielo moral vertido en historias divertidas y con moraleja. Citado por Gracián en Agudeza y arte ingenio (discurso XXIII), es el antecedente del preclaro pensador aragonés, cuando indica que su ideal es “decir las cosas en las menos palabras que puedan ser”.

Arqueta de la Leyenda de
los Infantes de Lara, Burgos.

Retablo de sana moral, es un retrato de la sociedad de sus tiempos, trazado con gracia y elegancia. Menéndez Pelayo alaba su estilo, libre de amaneramientos. Además, Don Juan Manuel es poeta, no desdeñable, por las moralejas que aparecen al final de sus cuentos y debió de ser maestro en versos, ya que es autor —entre otros— de: De las reglas cómo se deve trovar, cuyo manuscrito está perdido. Don Juan Manuel también guerreó en memorables conflictos con los árabes y hacia 1345 se retiró cargado de gloria y honores al monasterio de los dominicos de Peñafiel, por él fundado y en el cual hay un retrato de su fisonomía (“nobles facciones, que expresan inteligencia, energía y desengaño”). Su importancia lo homologa con Boccaccio y Chaucer. Es maestro y precursor de la lengua pujante de Castilla. Su fama perdurará por El Conde Lucnor, obra maestra del siglo XIV, fundadora de la prosa novelesca en Europa.

Como un tropel de caballos, el castellano irrumpió a lo largo y ancho de Castilla, desde las montañas de Cantabria, absorbiendo dialectos y decires de los lenguajes que prevalecían en la mayoría de las regiones, era visigótica mozárabe. Ayudó mucho la reconquista de la península y así León, las Castillas y las regiones navarroaragonesas sucumbieron y dieron unidad a un lenguaje que se impuso a la diversidad. El dinamismo de la nueva lengua, que devoraba modismos e imponía criterios, hizo replegar al latín que desde hacía unos mil años venía siendo cincelado casi al fragor de las batallas y que con su gramática tarda e inconexa se integró firmemente exhibiendo voracidad certera para apropiarse giros celtíberos, turdetanos, tartesianos, árabes, hebreos e incluso griegos.

Primera página de un ejemplar
impreso en Sevillla, en 1575,
de El Conde Lucanor.

Después de las Glosas emilianenses, rondando el siglo XII, aparecen El Cantar del Mio Cid y la poesía de Berceo para llegar al heroico Poema de Fernán González, primer conde de Castilla, para desembarcar en tierra fértil con Juan Manuel, con su Conde Lucanor y finalmente con Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.

¿Qué se sabe de este autor? Que fue un hombre en continua rebeldía —incluso por motivos eclesiásticos—, que lo obligó a ‘visitar’ la prisión durante años. Diríamos de él que fue procaz y genial y su obra un almácigo en el que, en juego festivo, abrevan canciones líricas, numerosas fábulas —acordaos del Conde Lucanor y de sus honorables antecesores árabes de Las mil y una noches—, debates metafóricos y muchos episodios amorosos en simpático ayuntamiento.

El Libro de buen amor

Sólo se le conoce a Juan Ruiz el Libro de buen amor; se habla —en medio de una neblina que se obstina en ocultar datos— en modelos literarios arábigo-judíos. Es libro brillante, heterogéneo, ya que abreva en muchas fuentes en una España que se estaba formando y recurría con malicia y alcance a cantigas y decires de muchas maneras procaces y con mucha frecuencia, también, bellos, plenos de donaires.

Menéndez Pidal sugirió el título del libro del clérigo Juan Ruiz basándose en que nuestro cura menciona el  nombre —o lo sugiere— en algunas partes del texto. La obra, según eruditos e historiadores, se conserva en tres códices que recogen dos redacciones: la primera, de 1330 (manuscritos de Toledo), y la segunda, muy ampliada, que data de 1343 (manuscritos descubiertos en Salamanca y Gayoso).

Dentro de su aparente escapismo, la miscelánea que exhibe el Libro de buen amor tiene buenas dosis de material autobiográfico que le dan la unidad en que ha quedado. Es un típico ejemplo de mester de clerecía, en el que los motivos religiosos adquieren preferencia, pero suelen basarse en fuentes literarias doctas, generalmente latinas, que incluyen leyendas piadosas de la Antigüedad clásica, tratados doctrinales y también canciones de gesta que bien podrían tener aliento germánico —según sugiere Menéndez Pidal— o francés —al decir de otros eruditos—; hay quienes señalan la indudable procedencia del manantial arábigo. Castilla aporta a esas corrientes su realismo descriptivo. Abundando en estos conceptos, algunos tratados mencionan modelos literarios como los de El collar de la paloma, de Ibn Hazm de Córdoba y el Libro de las delicias, del médico hebreo Meir Ibn Sabarra y desde luego el clásico Ovidio y otros exponentes de la rica comedia latina; es la contraposición escolástica del amor humano y el divino o ‘buen amor’. Como sus contemporáneos, Chaucer (Inglaterra) y Boccaccio (Italia),  el Arcipreste traza un amplio cuadro de la sociedad de la época, reflejo de la crisis moral y social que señoreaba en esos tiempos. Juan Ruiz estaba orgulloso de su obra; así, en la parte que titula “De cómo dize el arcipreste que se ha de entender su libro”, manifiesta:

Fizvos pequeño lybro de testo; mas la glosa
non creo que es pequeña; ante es muy gran prosa:
que sobre toda fabla s‘entyende otra cosa,
syn lo que se alega en la rasón fermosa.

Hay en el Libro de buen amor dos parodias de poemas alegóricos: la batalla entre Don Carnal y doña Cuaresma (donde se menciona el tópico medieval de las carnestolendas, con la derrota del primero) y, seguidamente, la entrada de la primavera y recibimiento triunfal del amor. En este almácigo palpitante, ora licencioso, ora espiritual, colman el texto composiciones sacras y profanas (hay hermosas cantigas serranas y también reflexiones ascéticas como la que se refiere a la muerte de Trotaconventos). Es decir, hay una constante del amor humano y el divino; hay (y por eso fue muy vigilado nuestro ‘disipado’ clérigo) referencias más o menos claras de la corrupción que imperaba en los medios eclesiásticos y pequeño burgueses urbanos, frente al caballeresco resabio feudal.

Manuscrito de Toledo. Manuscrito del Libro de buen amor, procede de la catedral de Toledo. Su letra es de finales del siglo XIV. Es fragmentario. Se conserva en la Bibliotea Nacional de Madrid.

De ahí que Juan Ruiz fuera observado por el alto clero y puesto en prisión por temporadas. Don Gil de Albornoz, arzobispo de Toledo,lo mantuvo tras las rejas, pero no parece haber sufrido daño mayor gracias al prestigio adquirido y a cierta admiración. Creemos que partes de su Libro de buen amor eran leídas y comentadas muy  favorablemente en todas las capas de una sociedad que reconocía sus muchas fallas y de alguna manera rendía tributo a su penetrante cronista. También su vigencia tiene mucho que ver con su visión de la vida, de alguna manera humorística, entreverada por coloquialismos y refranes.

En una era llena de nubarrones inquisitoriales, de estrecheces económicas, de la forja de un pueblo que recuperaba sus tierras, de una nobleza que conformaba naciones al galopar del caballo y blandir de la espada, unos y otros recibían de buen grado algunos cuentos y versos que los desnudaban y de alguna manera los hacían meditar, al tiempo que los devaneos amorosos hacían más digestible la prédica moral en una época de sombras y escaseces.

Conde Fernán González

 

 

No muchos pudieron leer al Arcipreste, porque muchos eran analfabetos, pero estamos seguros de que el texto corrió en hablillas y, más o menos adulterado, caló en el alma española. Desde luego, en la llamémosla sociedad culta, el texto del Buen amor fue leído y festejado, como lo serían Boccaccio y Chaucer y sus ‘excesos’ literarios; también tendría una prodigiosa vigencia poética. Laúdes y mandolinas ayudarían musicalmente los atrevimientos de una prosa que escandalizaba a Toledo y su clero prepotente. Cabe señalar que sus cancerberos se han perdido en la niebla de la historia y nuestro buen clérigo sigue vivo y tan campante.

 

 

 

El manuscrito S, del Libro de buen amor, fue descubierto en la biblioteca del Colegio Mayor de Salamanca, en cuya Universidad Antigua se conserva hoy. Su letra es de principios del siglo XV. Es el más completo de los tres manuscritos existentes y lleva la firma de su copista: Alfonsus Peratinensis, es decir; Alfonso de Paradinas.

En efecto, Juan Ruiz es un clásico en el conjunto poético del mester de clerecía, a la altura de la obra de Gonzalo de Berceo, del libro Poema de Fernán González y del Rimado de Palacio, del canciller de Ayala. Desde luego, los textos han tenido una reelaboración al correr de los años. Muchos de estos libros fueron ‘contados’ y nos da la impresión que les sucedió lo mismo que a la obra de Homero en la Antigüedad clásica; pero llama la atención cómo han llegado hasta nuestros días. Han sido cuidados y ahora se han salvado para la posteridad. Demos las gracias al archivo Salamanca.

Asimismo, debemos referirnos a poderosos agentes que contribuyeron a la aparición, en tierras hispanas, de fenómenos literarios tan destacados como el que nos ocupa. Del gran historiador Luis G. de Valdeavellano, autor de la monumental Historia de España (“De los orígenes a la baja Edad Media”), extraemos unos párrafos esclarecedores:

Así, España fue la que introdujo en el mundo cristiano occidental un nuevo género literario que puede decirse que la Antigüedad clásica había desconocido casi por completo, y que va a desarrollarse en la Europa de la Baja Edad Media, gracias a la enorme difusión alcanzada por la Disciplina clericalis de Pedro Alfonso, que será traducida al español, al inglés, al francés, al italiano, al alemán, al hebreo. Por medio de esta obra latina de un español, que coleccionó en ella los cuentos indios y árabes, los apólogos y máximas del Oriente, este tipo de narraciones exóticas —cuya ética nada tiene de cristiana— se introduce en el Occidente europeo, logra un éxito increíble, y durante varios siglos va a constituir el recreo de los cristianos de Europa y a ser la fuente inspiradora de los grandes cuentistas medievales, como don Juan Manuel, el Arcipreste de Hita, Chaucer y Boccaccio (pag. 1000, Revista de Occidente, 1952).

Para terminar con este ensayo apuntaremos que el episodio de don Melón (personaje que se antoja autobiográfico del Arcipreste) y doña Endrina, por mediación de la alcahueta Trotaconventos, constituye el episodio básico del libro; también, la batalla entre don Carnal y doña Cuaresma, además una variedad temática presidida por un tono equívoco, a la vez ascético, festivo con propósito moralizante (en el fondo todo eran variaciones de un debate conocido entre el alma y el cuerpo). Por eso hubo rejas en la vida de Juan Ruiz, pero también triunfo y un adentrarse en el porvenir.

 

En suma, el Libro de buen amor es fértil, con un vocabulario amplio y realista que lo hará permanecer por siempre y a veces reverdecer (mencionemos a Quevedo y su irreverencia clásica) en la historia del castellano. No será ocioso mencionar que su crónica de liviandades tiene contenido inmortal.

Habrá que apuntar que mucha de la literatura de la Edad Media tiene un alto contenido de procacidad porque era una edad poco propicia para las florituras y estas últimas se dejaron a los trovadores; no obstante, hay flores en el yermo. Como muestra, véase cómo Juan Ruiz describe la llegada de doña Endrina:

 

¡Ay Dios, e cuán fermosa viene doña Endrina
por la plaza!
¡Qué talle, qué donaire, qué alto cuello de garza!
¡Qué cabellos, qué boquilla, qué color,
qué buen andanza!
¡Con saetas de amor fiere cuando los sus ojos alza!

A veces, la alondra puede trasponer una reja e iniciar el vuelo hacia el Sol.

Bibliografía

Enciclopedia Salvat. Tomos II, VII y IX,  Anónimo.Poema del Mio Cid. Texto antiguo preparado por Ramón Menéndez Pidal. Prosificación moderna de Alfonso Reyes. Madrid, Colección Austral Espasa-Calpe, 1967.
BLECUA, Alberto. Poesía medieval española,  Madrid, Salvat y Alianza, 1972.Ruiz, Juan. El libro de buen amor. Editores mexicanos unidos, 1997.
Foulché-Delbosc. Cancionero castellano del siglo xv.Real Academia Española “Juan del Encina“, publicación faccimilar, Madrid, 1928. Citado en Alberto Blecua, Poesía medieval española.

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