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Copia
manuscrita
del Cantar del Mío Cid, Burgos, 1596.
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Los primeros libros manuscritos en castellano: Las glosas
silenses (en poder del Museo Británico) y el Cantar
de los Infantes de Lara, fueron incluidos en las Crónicas
Medievales y en el Romancero por Menéndez Pidal,
quien, a su vez, acometió la empresa de ordenar el relato
de gesta anónimo Cantar del Mio Cid, que fue escrito
hacia 1140 (hay una copia manuscrita hecha por Pedro Abad
en 1307). En la edición de Espasa Calpe, con texto antiguo
preparado por Menéndez Pidal y prosificación moderna del
poema realizada con dedicación erudita por Alfonso Reyes,
se dice que:
El mayor mérito artístico del viejo poema está, sin duda, en esta nota
de sobriedad. Aquí nunca gesticula el dolor, y la alegría
tiene siempre una gracia bronca. Si en Cervantes se admira
como un florecimiento del espíritu español, en el Cantar
del Mio Cid todos creen reconocer las raíces de la sensibilidad
castellana. Así, aunque la idea del patriotismo del Cid
no se encuentre expresa en el poema, la figura del héroe
ha adquirido una importancia de símbolo nacional. No obstante,
los siglos no han apagado una polémica que sigue encendida:
¿Fue héroe o mercenario? Su figura ha sido interpretada
por Menéndez Pidal como símbolo del carácter nacional y
prototipo del héroe castellano, adusto, ambicioso, y leal
al poder establecido. Para otros, sus alianzas y relaciones,
tanto con reyes cristianos como con reyes taifas musulmanes,
le convierten en el representante del sentido de tolerancia
interconfesional dentro de una amplia concepción nacional
hispánica, característica de su siglo. No obstante, al referirnos
al poema estamos en presencia de un monumento a la naciente
lengua.
Como sabemos,
el rey Alfonso envía al Cid para cobrar las parias del rey
moro de Sevilla, Almutamiz. Éste le mandó obsequiar con
ricos presentes y le entregó además el tributo que había
venido a recoger...
El Cid volviose
con el tributo al rey don Alfonso, su señor. El rey lo
recibió muy bien, se declaró satisfecho de él y muy contento
de su conducta. Y ésta fue la causa de que le salieran muchos
envidiosos, procurándole incontables daños, hasta que le
pusieron a malas con el rey.
El rey les
prestó oídos porque tenía viejas rencillas contra él y envió
a decir al Cid por una carta que saliese del reino. El Cid,
leída la carta, aunque lleno de pesar, no quiso dilatar
la obediencia, pues sólo se le dejaba un plazo de nueve
días para ausentarse del reino. Así las cosas, apesadumbrado,
dice el Cantar:
Mio Cid Roy, por Burgos entrove,
en sue compaña sesaenta pendones;
exíen lo veer mujieres e varones,
burgeses e burgesas, por la finiestras sone,
plorando de los ojos, tanto habíen el dolore.
De las suas bocas todos decían una razone:
-¡Dios, qué buen vasallo, si hobiese buen señore!
Y así sigue
el poema, una pintura de época, hecha alrededor del 1140.
Estamos
ante el infaltable Gonzalo de Berceo, clérigo secular de
San Miguel de la Cogolla quien, en versos (cuatro alejandrinos
monorrimos), escribe vidas de santos y proclama su labor,
allá por el siglo XII:
Yo, Gonzalo por nomne clamado de Berceo,
de Sant Millán criado, en la su merced seo:
de facer este trabajo hobi muy grant deseo,
riendo, gracias a Dios cuanto fecho lo veo
En este
recuento de memorables, luce Don Juan Manuel con su clásico
El Conde Lucanor, en el que nos detendremos
unos momentos para decir:
Contemporáneo
del Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, y notable precursor del
naciente idioma castellano, don Juan Manuel fue el más importante
de los prosistas del siglo XIV (1282-1349). De estirpe real,
fue sobrino de Alfonso el Sabio (el de las Cantigas),
y autor de varios libros de historia y poesía, muchos perdidos
en alguna de las bibliotecas medievales de los conventos.
Su obra más célebre es El Conde Lucanor et de Patronio,
dividida en 51 cuentos de diversa procedencia pero que
denota un erudito rastreo en fuentes orientales, latinas,
hebreas y griegas. Es pues, El Conde Lucanor, una
colección de cuentos, parábolas y alegorías, amplio cielo
moral vertido en historias divertidas y con moraleja. Citado
por Gracián en Agudeza y arte ingenio (discurso XXIII),
es el antecedente del preclaro pensador aragonés, cuando
indica que su ideal es decir las cosas en las menos
palabras que puedan ser.
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Arqueta
de la Leyenda de
los Infantes de Lara, Burgos.
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Retablo
de sana moral, es un retrato de la sociedad de sus tiempos,
trazado con gracia y elegancia. Menéndez Pelayo alaba su
estilo, libre de amaneramientos. Además, Don Juan Manuel
es poeta, no desdeñable, por las moralejas que aparecen
al final de sus cuentos y debió de ser maestro en versos,
ya que es autor entre otros de: De las reglas
cómo se deve trovar, cuyo manuscrito está perdido. Don
Juan Manuel también guerreó en memorables conflictos con
los árabes y hacia 1345 se retiró cargado de gloria y honores
al monasterio de los dominicos de Peñafiel, por él fundado
y en el cual hay un retrato de su fisonomía (nobles
facciones, que expresan inteligencia, energía y desengaño).
Su importancia lo homologa con Boccaccio y Chaucer. Es maestro
y precursor de la lengua pujante de Castilla. Su fama perdurará
por El Conde Lucnor, obra maestra del siglo XIV,
fundadora de la prosa novelesca en Europa.
Como un
tropel de caballos, el castellano irrumpió a lo largo y
ancho de Castilla, desde las montañas de Cantabria, absorbiendo
dialectos y decires de los lenguajes que prevalecían en
la mayoría de las regiones, era visigótica mozárabe. Ayudó
mucho la reconquista de la península y así León, las Castillas
y las regiones navarroaragonesas sucumbieron y dieron unidad
a un lenguaje que se impuso a la diversidad. El dinamismo
de la nueva lengua, que devoraba modismos e imponía criterios,
hizo replegar al latín que desde hacía unos mil años venía
siendo cincelado casi al fragor de las batallas y que con
su gramática tarda e inconexa se integró firmemente exhibiendo
voracidad certera para apropiarse giros celtíberos, turdetanos,
tartesianos, árabes, hebreos e incluso griegos.
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Primera
página de un ejemplar
impreso en Sevillla, en 1575,
de El Conde Lucanor.
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Después
de las Glosas emilianenses, rondando el siglo XII,
aparecen El Cantar del Mio Cid y la poesía de Berceo
para llegar al heroico Poema de Fernán González,
primer conde de Castilla, para desembarcar en tierra fértil
con Juan Manuel, con su Conde Lucanor y finalmente
con Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.
¿Qué se
sabe de este autor? Que fue un hombre en continua rebeldía
incluso por motivos eclesiásticos, que lo
obligó a visitar la prisión durante años.
Diríamos de él que fue procaz y genial y su obra un almácigo
en el que, en juego festivo, abrevan canciones líricas,
numerosas fábulas acordaos del Conde Lucanor
y de sus honorables antecesores árabes de Las mil y
una noches, debates metafóricos y muchos episodios
amorosos en simpático ayuntamiento.
El
Libro de buen amor
Sólo se
le conoce a Juan Ruiz el Libro de buen amor; se
habla en medio de una neblina que se obstina en
ocultar datos en modelos literarios arábigo-judíos.
Es libro brillante, heterogéneo, ya que abreva en muchas
fuentes en una España que se estaba formando y recurría
con malicia y alcance a cantigas y decires de muchas maneras
procaces y con mucha frecuencia, también, bellos, plenos
de donaires.
Menéndez
Pidal sugirió el título del libro del clérigo Juan Ruiz
basándose en que nuestro cura menciona el nombre o
lo sugiere en algunas partes del texto. La obra,
según eruditos e historiadores, se conserva en tres códices
que recogen dos redacciones: la primera, de 1330 (manuscritos
de Toledo), y la segunda, muy ampliada, que data de 1343
(manuscritos descubiertos en Salamanca y Gayoso).
Dentro
de su aparente escapismo, la miscelánea que exhibe el
Libro de buen amor tiene buenas dosis de material
autobiográfico que le dan la unidad en que ha quedado.
Es un típico ejemplo de mester de clerecía, en el que
los motivos religiosos adquieren preferencia, pero suelen
basarse en fuentes literarias doctas, generalmente latinas,
que incluyen leyendas piadosas de la Antigüedad clásica,
tratados doctrinales y también canciones de gesta que
bien podrían tener aliento germánico según sugiere
Menéndez Pidal o francés al decir de otros
eruditos; hay quienes señalan la indudable procedencia
del manantial arábigo. Castilla aporta a esas corrientes
su realismo descriptivo. Abundando en estos conceptos,
algunos tratados mencionan modelos literarios como los
de El collar de la paloma, de Ibn Hazm de Córdoba
y el Libro de las delicias, del médico hebreo Meir
Ibn Sabarra y desde luego el clásico Ovidio y otros exponentes
de la rica comedia latina; es la contraposición escolástica
del amor humano y el divino o buen amor. Como
sus contemporáneos, Chaucer (Inglaterra) y Boccaccio (Italia),
el Arcipreste traza un amplio cuadro de la sociedad de
la época, reflejo de la crisis moral y social que señoreaba
en esos tiempos. Juan Ruiz estaba orgulloso de su obra;
así, en la parte que titula De cómo dize el arcipreste
que se ha de entender su libro, manifiesta:
Fizvos pequeño lybro de testo; mas la glosa
non creo que es pequeña; ante es muy gran prosa:
que sobre toda fabla sentyende otra cosa,
syn lo que se alega en la rasón fermosa.
Hay en
el Libro de buen amor dos parodias de poemas alegóricos:
la batalla entre Don Carnal y doña Cuaresma (donde se
menciona el tópico medieval de las carnestolendas, con
la derrota del primero) y, seguidamente, la entrada de
la primavera y recibimiento triunfal del amor. En este
almácigo palpitante, ora licencioso, ora espiritual, colman
el texto composiciones sacras y profanas (hay hermosas
cantigas serranas y también reflexiones ascéticas como
la que se refiere a la muerte de Trotaconventos). Es decir,
hay una constante del amor humano y el divino; hay (y
por eso fue muy vigilado nuestro disipado
clérigo) referencias más o menos claras de la corrupción
que imperaba en los medios eclesiásticos y pequeño burgueses
urbanos, frente al caballeresco resabio feudal.
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Manuscrito
de Toledo. Manuscrito del Libro de buen amor, procede
de la catedral de Toledo. Su letra es de finales
del siglo XIV. Es fragmentario. Se conserva en la
Bibliotea Nacional de Madrid.
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De ahí
que Juan Ruiz fuera observado por el alto clero y puesto
en prisión por temporadas. Don Gil de Albornoz, arzobispo
de Toledo,lo mantuvo tras las rejas, pero no parece haber
sufrido daño mayor gracias al prestigio adquirido y a
cierta admiración. Creemos que partes de su Libro de
buen amor eran leídas y comentadas muy favorablemente
en todas las capas de una sociedad que reconocía sus muchas
fallas y de alguna manera rendía tributo a su penetrante
cronista. También su vigencia tiene mucho que ver con
su visión de la vida, de alguna manera humorística, entreverada
por coloquialismos y refranes.
En una
era llena de nubarrones inquisitoriales, de estrecheces
económicas, de la forja de un pueblo que recuperaba sus
tierras, de una nobleza que conformaba naciones al galopar
del caballo y blandir de la espada, unos y otros recibían
de buen grado algunos cuentos y versos que los desnudaban
y de alguna manera los hacían meditar, al tiempo que
los devaneos amorosos hacían más digestible la prédica
moral en una época de sombras y escaseces.
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Conde
Fernán González
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No muchos
pudieron leer al Arcipreste, porque muchos eran analfabetos,
pero estamos seguros de que el texto corrió en hablillas
y, más o menos adulterado, caló en el alma española. Desde
luego, en la llamémosla sociedad culta, el texto del Buen
amor fue leído y festejado, como lo serían Boccaccio
y Chaucer y sus excesos literarios; también
tendría una prodigiosa vigencia poética. Laúdes y mandolinas
ayudarían musicalmente los atrevimientos de una prosa
que escandalizaba a Toledo y su clero prepotente. Cabe
señalar que sus cancerberos se han perdido en la niebla
de la historia y nuestro buen clérigo sigue vivo y tan
campante.
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El
manuscrito S, del Libro de buen amor, fue descubierto
en la biblioteca del Colegio Mayor de Salamanca,
en cuya Universidad Antigua se conserva hoy. Su
letra es de principios del siglo XV. Es el más
completo de los tres manuscritos existentes y lleva
la firma de su copista: Alfonsus Peratinensis, es
decir; Alfonso de Paradinas.
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En efecto,
Juan Ruiz es un clásico en el conjunto poético del mester
de clerecía, a la altura de la obra de Gonzalo de Berceo,
del libro Poema de Fernán González y del Rimado
de Palacio, del canciller de Ayala. Desde luego, los
textos han tenido una reelaboración al correr de los años.
Muchos de estos libros fueron contados y nos
da la impresión que les sucedió lo mismo que a la obra
de Homero en la Antigüedad clásica; pero llama la atención
cómo han llegado hasta nuestros días. Han sido cuidados
y ahora se han salvado para la posteridad. Demos las gracias
al archivo Salamanca.
Asimismo,
debemos referirnos a poderosos agentes que contribuyeron
a la aparición, en tierras hispanas, de fenómenos literarios
tan destacados como el que nos ocupa. Del gran historiador
Luis G. de Valdeavellano, autor de la monumental Historia
de España (De los orígenes a la baja Edad Media),
extraemos unos párrafos esclarecedores:
Así, España fue la que introdujo en el mundo cristiano occidental un
nuevo género literario que puede decirse que la Antigüedad
clásica había desconocido casi por completo, y que va
a desarrollarse en la Europa de la Baja Edad Media, gracias
a la enorme difusión alcanzada por la Disciplina clericalis
de Pedro Alfonso, que será traducida al español, al inglés,
al francés, al italiano, al alemán, al hebreo. Por medio
de esta obra latina de un español, que coleccionó en ella
los cuentos indios y árabes, los apólogos y máximas del
Oriente, este tipo de narraciones exóticas cuya
ética nada tiene de cristiana se introduce en el
Occidente europeo, logra un éxito increíble, y durante
varios siglos va a constituir el recreo de los cristianos
de Europa y a ser la fuente inspiradora de los grandes
cuentistas medievales, como don Juan Manuel, el Arcipreste
de Hita, Chaucer y Boccaccio (pag. 1000, Revista de
Occidente, 1952).
Para terminar
con este ensayo apuntaremos que el episodio de don Melón
(personaje que se antoja autobiográfico del Arcipreste)
y doña Endrina, por mediación de la alcahueta Trotaconventos,
constituye el episodio básico del libro; también, la batalla
entre don Carnal y doña Cuaresma, además una variedad
temática presidida por un tono equívoco, a la vez ascético,
festivo con propósito moralizante (en el fondo todo eran
variaciones de un debate conocido entre el alma y el cuerpo).
Por eso hubo rejas en la vida de Juan Ruiz, pero también
triunfo y un adentrarse en el porvenir.
En suma,
el Libro de buen amor es fértil, con un vocabulario
amplio y realista que lo hará permanecer por siempre y
a veces reverdecer (mencionemos a Quevedo y su irreverencia
clásica) en la historia del castellano. No será ocioso
mencionar que su crónica de liviandades tiene contenido
inmortal.
Habrá
que apuntar que mucha de la literatura de la Edad Media
tiene un alto contenido de procacidad porque era una edad
poco propicia para las florituras y estas últimas se dejaron
a los trovadores; no obstante, hay flores en el yermo.
Como muestra, véase cómo Juan Ruiz describe la llegada
de doña Endrina:
¡Ay Dios, e cuán fermosa viene doña Endrina
por la plaza!
¡Qué talle, qué donaire, qué alto cuello de garza!
¡Qué cabellos, qué boquilla, qué color,
qué buen andanza!
¡Con saetas de amor fiere cuando los sus ojos alza!
A veces,
la alondra puede trasponer una reja e iniciar el vuelo
hacia el Sol.
Bibliografía
Enciclopedia
Salvat. Tomos II, VII y IX, Anónimo.Poema del Mio
Cid. Texto antiguo preparado por Ramón Menéndez Pidal.
Prosificación moderna de Alfonso Reyes. Madrid, Colección
Austral Espasa-Calpe, 1967.
BLECUA, Alberto. Poesía medieval española, Madrid,
Salvat y Alianza, 1972.Ruiz, Juan. El libro de buen
amor. Editores mexicanos unidos, 1997.
Foulché-Delbosc. Cancionero castellano del siglo xv.Real
Academia Española Juan del Encina, publicación
faccimilar, Madrid, 1928. Citado en Alberto Blecua,
Poesía medieval española. |