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Correo del Maestro Núm. 59, abril 2001

Traducción... traición

Ángeles Lara

El problema de la traducción implica una capacidad que conocemos vulgarmente como el bilingüismo, es decir, el potencial de un individuo para realizar el cambio de habla de una lengua a otra con un nivel de competencia aceptable (performance). Es uno de los asuntos más complejos que podamos tocar en el ámbito del comparativismo lingüístico y de habilidades psicomotoras referidas al lenguaje que, por tanto, no compete —como muchos creen— a la lingüística únicamente, sino que está referido al dominio de toda la cultura, a todo el ‘cosmos’ reticulado por las lenguas en cuestión.

Hagamos un pequeño esfuerzo de abstracción y de memoria, para ver primero este problema desde el punto de vista de la lingüística. Dadas dos lenguas distintas, el ejercicio de traducir consiste en una ficción: conseguir la equivalencia entre los signos de dos sistemas distintos. Distingamos con Hjelmslev que el signo tiene dos planos: el de la ‘expresión’ y el del ‘contenido’. Y que esta división no obedece a la sencilla dicotomía propuesta por Saussure para dividir el signo entre ‘significante’ y ‘significado’. En realidad, los planos de la ‘expresión’ y el ‘contenido’ provienen del desarrollo de las nociones saussurianas de ‘sustancia’ y ‘forma’. Como todos ustedes saben, la ‘sustancia’ en el lingüista ginebrino tiene dos magnitudes: la primera es sonora y se forma de la selección de sonidos realizada por una lengua determinada de entre toda la gama sónica que las cuerdas vocales de los humanos pueden articular y oír; la segunda es semántica y se forma de todos los sentidos, de todos los posibles elementos que se puedan asir con la inteligencia humana en el universo de significación de una lengua determinada. A esta sustancia informe de significados, Hjelmslev le llama ‘materia’, término que en inglés y en francés se ha traducido audazmente como ‘sentido’ o ‘significado’. En cambio, la ‘sustancia’ para Hjelmselev es el ‘criterio’, la retícula abstracta con que se clasifican los sonidos y los sentidos en una lengua. Mientras que la ‘forma’ para este lingüista danés es la unión de la ‘sustancia’ (los criterios o retículas del sonido y del sentido) con la ‘materia’ (todos los sonidos y los sentidos). Esta ‘unión’ de la sustancia con la materia, que puede ser más o menos lograda en el terreno práctico, en el de la realización de la lengua, se llama ‘manifestación’ en glosemática, la escuela o corriente que fundó Louis Hjelmslev.

Vista de esta manera, la traducción suele basarse en el supuesto falso de que hay una sola ‘materia’, sonora y semántica, para todas las lenguas y que basta únicamente un alto grado de bilingüismo para conseguir ajustar la materia y la forma de una lengua a la materia y la forma de otra, cuando en realidad cada lengua conforma una cultura diferente que tiene sus propios universos de significación. Hay zonas del mundo que, por su misma realidad, una lenguas logran codificar mejor que otras. Es el caso de los esquimales que tienen en sus lenguas muchos nombres para la nieve, porque requieren un mayor conocimiento de su clima. Lo mismo ocurre con los pueblos donde el mar es el principal sustento. Sus lenguas tendrán una mayor reticulación para todo lo que implique el conocimiento de los vientos, las mareas, las nubes, así como las embarcaciones y sus partes. Por eso se dice que las traducciones no existen más que en los niveles elementales de la comunicación donde la ‘literalidad’ guarda un alto porcentaje de aproximación entre las versiones, en tanto que la traducción de un texto o discurso complejo es, en verdad, una reformulación o una ‘recreación’ cuya cercanía con el modelo original es, a veces, lo menos indicado para conservar el espíritu semántico y ‘estilístico’ original.

Desde el punto de vista de la semiología esta imposibilidad no es menos patética. Si pensamos que tanto la cultura como la lengua son entes susceptibles de transmisión (de hecho se los transmitimos a nuestros hijos) y a la vez son vehículos de intercambio simbólico, esto es, nos permiten ‘comerciar’ gestos, actitudes, sentimientos y deseos que se transmutan en actos, entonces pueden abstraerse como sistemas de signos. Sin embargo, la transmisión de los sistemas de signos así constituidos es relativamente sencilla en el seno de una misma cultura y de una misma lengua pero resulta casi imposible tratar de pasarla a otras culturas cuya manera de organizar el mundo difiere de la nuestra. Aun cuando estas diferencias parezcan mínimas.

Penetremos en la vorágine sígnica de la cultura, pero para hacerlo es menester dar un largo rodeo. Al decir ‘sistemas de signos’ estamos hablando de una serie de conjuntos que tienen, cada uno, sus propias reglas de combinación. Así, tenemos que las formas de vestir, los saludos y demás manifestaciones de urbanidad, los anuncios de las calles, los semáforos y las señales de tránsito, los rituales de la alimentación, las manifestaciones de religiosidad, la forma en que se realiza el cortejo entre los jóvenes, hasta el modo en que nos fumamos un cigarro, en fin, todos los comportamientos que integran el ámbito cultural pueden sistematizarse como ‘conjuntos ordenados de signos’, cada uno con sus propios códigos. Pero vayamos en orden. Como todo el mundo recuerda, fue Saussure quien propuso que la lengua era sólo uno de estos conjuntos de signos y que la lingüística sería la ciencia que la debía estudiar. Pero no tocó el espinoso tema de la significación. Heredero del positivismo decimonónico, consiguió que la lengua se convirtiese en una entidad abstracta gracias a este soslayamiento de la semántica y aisló las unidades que, según él, integraban a la lengua en los diferentes niveles (fonético, fonológico, léxico y sintáctico) y en los diferentes enfoques (sincrónico y diacrónico). Los fonólogos posteriores a Saussure evidenciaron, gracias a las ‘conmutaciones’, que había unidades menores que el signo. También fue Saussure quien propuso el estudio de los demás sistemas de signos a través de la semiología: una ‘ciencia que estudi[ase] la vida de los signos en el seno de la vida social’. No adelantó más en este terreno. Nosotros sabemos que la semiología no sólo debe estudiar ‘la vida de los signos’, sino los sistemas de signos —puesto que, cuando los objetos se convierten en signos es porque forman parte de un ‘conjunto’ ordenado al que llamamos ‘sistema’ debido a que está regido por ciertas reglas de comportamiento. Pero no sólo debe estudiar los sistemas de signos, insistamos, sino también las relaciones que contraen los sistemas entre ellos mismos. Al estudio individual de cada sistema se le ha llamado semiótica, mientras que al estudio de las relaciones entre los sistemas postulados se le llama semiología. Por tanto, a todos los sistemas que integran la cultura les podemos llamar ‘sistemas semióticos’ o ‘lenguajes’ —si enfocamos el asunto desde el punto de vista de la comunicación— y a los sistemas complejos que alberguen a más de dos sistemas de signos, les vamos a llamar ‘sistemas semiológicos’, como son las obras artísticas y otras codifi-caciones complejas que circulan en las diferentes sociedades   Hemos dicho que Saussure dejó a un lado el aspecto semántico de la lengua pero no olvidó decirnos que la lengua era el sistema de signos privilegiado por las sociedades humanas, por una razón muy simple: es el único sistema que puede hablar de todos los demás sistemas de signos, incluido por supuesto él mismo. Puede contener en su seno al mundo entero (como abstracción) e interpretar a los demás lenguajes, sin que esto último signifique que los puede sustituir. Por lo tanto, es el único a través del cual podemos reducir, en el sentido epistemológico del término, y estudiar todos los lenguajes o sistemas inventados por el hombre. El lingüista ginebrino dio a la lengua un lugar entre los hechos humanos y estableció el principio rector del estudio del signo, fundado en la ‘arbitrariedad’ de sus componentes en la lengua, a los que él llamó, como hemos visto, ‘significante’ y ‘significado’. Todos los signos de los demás sistemas debían reunir esa calidad ‘biplanar’ —de dos planos— para considerarse como unidades de los sistemas. Ahora sabemos que hay signos ‘monoplanares’ en las codificaciones semiológicas, sin embargo en aquellos momentos fue un principio que dio frutos estupendos a la naciente disciplina. Los signos ‘monoplanares’ se componen de un solo elemento (ya sea significado o significante) y requieren, para completar su manifestación, del auxilio de algunos de los elementos de otros lenguajes. Detallemos estas funciones, pero expliquemos antes algunos principios básicos que apoyen la explicación.

Para instaurar los sistemas de signos que se integran en la vida cultural es necesario tener en cuenta varios factores. Emile Benveniste propone que todo sistema reúna dos condiciones externas o empíricas: la primera es su ‘modo de operación’, la forma en que el sistema actúa, especialmente el sentido corporal al que se dirige, el tacto, el oído, la vista, etc.; la segunda es su ‘dominio de validez’, aquella zona donde se impone el sistema y debe ser reconocido u obedecido. No podemos colocar un semáforo en el lugar de un profesor, o hacer señales de guardavía en una conferencia, etcétera.

Los sistemas también deben reunir dos condiciones internas: la primera es la especificación de la naturaleza y el número de los signos que los integren; la segunda es su tipo de funcionamiento. Todo sistema tiene un repertorio finito de signos, reglas de disposición que gobiernan sus figuras y con estos dos elementos deben producir una cantidad indefinida de discursos. Como sucede, por ejemplo, con las barajas. Un número finito de cartas, más unas reglas de combinación, componen un juego (póker, brisca, siete y medio, etcétera). Pero un mismo juego o sistema produce una cantidad indefinida de eventos o partidas (o textos) que prácticamente se pueden considerar irrepetibles.

A su vez, las relaciones que contraen los sistemas de signos entre sí están regidas por seis principios básicamente:

Primero, existe el principio de ‘no redundancia’. No hay sinonimia entre los sistemas, lo que se dice con música no puede decirse con la palabra o con la pintura, puesto que son sistemas de fundamento diferente.

El segundo principio, desprendido del primero, propone que ‘no hay convertibilidad entre sistemas’. No se dispone de varios lenguajes distintos para el mismo universo de significación.

El tercer principio dice que ‘no hay signos transistemáticos’. Dos sistemas pueden tener el mismo signo en común, pero la ‘identidad sustancial’ no cuenta en la codificación, sólo cuenta su ‘diferencia funcional’. Es decir, el valor de un signo se define solamente en el sistema que lo integra. Un as, por ejemplo, en el póker no vale lo mismo que para la brisca o para el siete y medio. Sustancialmente es la misma carta, pero funcionalmente es muy diferente. Luego, debemos asumir a este as como un signo diferente.

Para el cuarto principio es básico que la relación planteada entre sistemas semióticos sea de naturaleza semiótica. Debe estar determinada, ante todo, por la acción de un mismo medio cultural, una misma sociedad que de una manera o de otra produce y nutre todos los sistemas que le son propios.

En lo que se refiere al quinto principio es importante determinar si un sistema semiótico dado puede ser interpretado por sí mismo o si necesita recibir su interpretación de otro sistema. Los ejemplos más claros podrían ser la ‘clave Morse’, un ‘sistema secundario’ que originalmente se utilizó en los telégrafos para sustituir a la lengua, o los rituales religiosos cuya interpretación necesita de la lengua para ser interpretada correctamente y mantenerse en la ‘ortodoxia’.

Y, finalmente, en el sexto principio, la lengua debe ser el ‘interpretante de la sociedad’ puesto que ‘toda semiología de un sistema tiene que recurrir a la mediación de la lengua, y así no puede existir más que por la semiología de la lengua y en ella.’

Enunciados de una manera muy apresurada, estos principios están contenidos en una propuesta nominalista en el sentido filosófico del término. Quiero decir que, como hizo Marx al ‘poner de cabeza’ el idealismo de Hegel, la semiología invierte el enfoque de la sociología: la lengua funciona dentro de la sociedad, es cierto, pero el principio metodológico parte en sentido contrario, es el análisis de un reflejo: la sociedad se encuentra inmersa en la lengua dado que ésta es el interpretante de aquélla. Luego, entonces, para la semiología, es la sociedad la que está en la lengua, puesto que funciona y se instaura gracias a la lengua. De otra manera no podríamos ver a la cultura como un conjunto de signos.

Hemos dado la vuelta para entender la propuesta semiológica, ahora veamos cómo funciona la traducción. En el primer nivel semiótico de un signo dado, se puede decir que hay una doble correspondencia entre expresión y contenido. La una implica a la otra y viceversa. Si yo digo denotativamente ‘mesa’, actualizo los semas ‘mueble’, ‘de madera’, ‘con patas’, etc. Pero si yo digo ‘mesa redonda’ o ‘mesa directiva’ entonces suspendo el primer conjunto de semas, el que corresponde al mueble, para actualizar los conjuntos que corresponden a una ‘organización académica’ o a un ‘cuerpo directivo’. Creo un artilugio connotativo en el que el contenido selecciona como su expresión a una palabra o un sintagma (un grupo de sonidos) que no le corresponde en primera instancia y que por alguna razón instaurada socialmente puede seleccionar como si fuera su propia expresión. Esto resulta más claro en la figura retórica que conocemos como sinécdoque. Si yo digo ‘la pluma más venenosa de este país’. El sentido denotativo de pluma ya no es el ‘instrumento para escribir’. Olvidémonos del sentido original que era el de ‘pluma de ave’, se ha construido una catacresis y no nos hace falta en este momento reparar en el fenómeno. No es el instrumento para escribir, pues, sino el escritor a quien nos estamos refiriendo en la frase. Esto quiere decir que, por contigüidad, podemos justificar la asignación del contenido ‘escritor’ a la expresión ‘pluma’, mientras el contenido original de ‘pluma’ se queda suspendido. Esta figura se puede hacer no sólo con los elementos contiguos, también se hace con la parte por el todo, ‘velas’ por ‘barcos’, ‘cabezas de ganado’ por ‘reses’, el género por la especie, los ‘mortales’, por los ‘hombres’, la especie por el individuo, ‘el obispo de Hipona’ por San Agustín, la materia por el objeto, ‘el acero’ por la ‘espada’, etcétera.

¿Se imaginan ustedes la dificultad que encierra traducir estas figuras y otras similares a otra lengua conservando el mecanismo de intercambio de expresión? Quizás lo resistan pero generalmente no sucede así. El problema es que estamos hablando aún de los niveles más elementales en la configuración del sentido. No voy a tratar de explicar en forma abstracta un modelo lógico matemático de demostración. Lo haré con un ejemplo y así expondré cuan difícil es codificar en otra lengua el contenido que se articuló primero. Es imposible, por ejemplo, traducir unos versos como los siguientes, del cordobés Luis de Góngora, donde participan simultáneamente varias semióticas:

            Era del año la estación florida

            en que el mentido robador de Europa

            (media luna las armas de su frente,

            y el Sol todos los rayos de su pelo),

            luciente honor del cielo,

            en campos de zafiro pace estrellas,

[En la primavera o estación florida, cuando el Sol entra en la constelación sideral de Tauro, en el mes de abril, en un momento en que están presentes el Sol y la Luna en el cielo, aunque ya hay estrellas porque comienza a caer el atardecer, escena natural que trae a la mente el mitológico rapto de Europa, el toro Júpiter comiendo estrellas como si fuera el césped del campo, etcétera. A todo hay que agregar la musicalidad de los versos, el ritmo y la medida que combinan endecasílabos con heptasílabos, los acentos internos y la rima.]

Claro que hay hazañas de traducción o recreación, pero éstas son contadas. Por ejemplo, aquellos versos de las Bucólicas (I, 53-55) de Virgilio (Hinc tibi quae semper vicino ab limite saepes/Hyblaeis apibus florem depasta salicti/Saepe levi somnum suadebit inire susurro) que el toledano Garcilaso de la Vega rehizo admirablemente conservando los sonidos de la “s” que aluden al silencio y contrastándolos con la vibrante múltiple “rr” que más allá de la sinestesia, casi con una onomatopeya, representan el sonido de las abejas:

            En el silencio sólo se escuchaba
            Un susurro de abejas que sonaba

En conclusión: traducir implica un doble traslado; de una lengua a otra, sí, pero también de una cultura a otra, con todos sus recursos y sonoridades y esto no es posible porque codifican su ‘materia’, en el sentido utilizado por Hjelmslev que ya explicamos, de manera muy distinta. Es, al final, como intentar hacer compatibles dos computadoras con diferente sistema operativo. Todas las lenguas son humanas, como todos los sistemas operativos de las máquinas se basan, en última instancia, en un código binario, pero cada uno percibe y retiene el mundo en forma muy diferente. Por tanto, habrá cosas que podamos hacer con una lengua, y habrá otras que deberemos hacer con otra. Mientras, la traducción se reducirá simplemente a la pálida versión de otro mundo y con ello tendremos que contentarnos si no tenemos acceso a la lengua original.

Bibliografía

BENVENISTE, Émile. “La semiología de la lengua”, en Problemas de lingüística general II. México, Siglo XXI, 1977.
BERISTÁIN, Helena. Diccionario de retórica y poética. México, Porrúa, 1985.
HELMSELV, Louis. Prolegómenos a una teoría del lenguaje. Madrid, Gredos, 1969.
SAUSSURE, Ferdinand. Curso de lingüística general. México, Nuevo Mar, 1982.
TODOROV, T. y ducrot, O. Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje. Buenos Aires, Siglo XXI, Argentina editores, 1974.

 

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