El problema de la traducción implica una capacidad
que conocemos vulgarmente como el bilingüismo, es decir,
el potencial de un individuo para realizar el cambio de
habla de una lengua a otra con un nivel de competencia aceptable
(performance). Es uno de los asuntos más complejos que podamos
tocar en el ámbito del comparativismo lingüístico y de habilidades
psicomotoras referidas al lenguaje que, por tanto, no compete
como muchos creen a la lingüística únicamente,
sino que está referido al dominio de toda la cultura, a
todo el cosmos reticulado por las lenguas en
cuestión.
Hagamos un pequeño esfuerzo de abstracción y de memoria,
para ver primero este problema desde el punto de vista de
la lingüística. Dadas dos lenguas distintas, el ejercicio
de traducir consiste en una ficción: conseguir la equivalencia
entre los signos de dos sistemas distintos. Distingamos
con Hjelmslev que el signo tiene dos planos: el de la expresión
y el del contenido. Y que esta división no obedece
a la sencilla dicotomía propuesta por Saussure para dividir
el signo entre significante y significado.
En realidad, los planos de la expresión y el
contenido provienen del desarrollo de las nociones
saussurianas de sustancia y forma.
Como todos ustedes saben, la sustancia en el
lingüista ginebrino tiene dos magnitudes: la primera es
sonora y se forma de la selección de sonidos realizada por
una lengua determinada de entre toda la gama sónica que
las cuerdas vocales de los humanos pueden articular y oír;
la segunda es semántica y se forma de todos los sentidos,
de todos los posibles elementos que se puedan asir con la
inteligencia humana en el universo de significación de una
lengua determinada. A esta sustancia informe de significados,
Hjelmslev le llama materia, término que en inglés
y en francés se ha traducido audazmente como sentido
o significado. En cambio, la sustancia
para Hjelmselev es el criterio, la retícula
abstracta con que se clasifican los sonidos y los sentidos
en una lengua. Mientras que la forma para este
lingüista danés es la unión de la sustancia
(los criterios o retículas del sonido y del sentido) con
la materia (todos los sonidos y los sentidos).
Esta unión de la sustancia con la materia, que
puede ser más o menos lograda en el terreno práctico, en
el de la realización de la lengua, se llama manifestación
en glosemática, la escuela o corriente que fundó Louis Hjelmslev.
Vista de esta manera, la traducción suele basarse en el
supuesto falso de que hay una sola materia,
sonora y semántica, para todas las lenguas y que basta únicamente
un alto grado de bilingüismo para conseguir ajustar la materia
y la forma de una lengua a la materia y la forma de otra,
cuando en realidad cada lengua conforma una cultura diferente
que tiene sus propios universos de significación. Hay zonas
del mundo que, por su misma realidad, una lenguas logran
codificar mejor que otras. Es el caso de los esquimales
que tienen en sus lenguas muchos nombres para la nieve,
porque requieren un mayor conocimiento de su clima. Lo mismo
ocurre con los pueblos donde el mar es el principal sustento.
Sus lenguas tendrán una mayor reticulación para todo lo
que implique el conocimiento de los vientos, las mareas,
las nubes, así como las embarcaciones y sus partes. Por
eso se dice que las traducciones no existen más que en los
niveles elementales de la comunicación donde la literalidad
guarda un alto porcentaje de aproximación entre las versiones,
en tanto que la traducción de un texto o discurso complejo
es, en verdad, una reformulación o una recreación
cuya cercanía con el modelo original es, a veces, lo menos
indicado para conservar el espíritu semántico y estilístico
original.
Desde el punto de vista de la semiología esta imposibilidad
no es menos patética. Si pensamos que tanto la cultura como
la lengua son entes susceptibles de transmisión (de hecho
se los transmitimos a nuestros hijos) y a la vez son vehículos
de intercambio simbólico, esto es, nos permiten comerciar
gestos, actitudes, sentimientos y deseos que se transmutan
en actos, entonces pueden abstraerse como sistemas de signos.
Sin embargo, la transmisión de los sistemas de signos así
constituidos es relativamente sencilla en el seno de una
misma cultura y de una misma lengua pero resulta casi imposible
tratar de pasarla a otras culturas cuya manera de organizar
el mundo difiere de la nuestra. Aun cuando estas diferencias
parezcan mínimas.
Penetremos en la vorágine sígnica de la cultura, pero para
hacerlo es menester dar un largo rodeo. Al decir sistemas
de signos estamos hablando de una serie de conjuntos
que tienen, cada uno, sus propias reglas de combinación.
Así, tenemos que las formas de vestir, los saludos y demás
manifestaciones de urbanidad, los anuncios de las calles,
los semáforos y las señales de tránsito, los rituales de
la alimentación, las manifestaciones de religiosidad, la
forma en que se realiza el cortejo entre los jóvenes, hasta
el modo en que nos fumamos un cigarro, en fin, todos los
comportamientos que integran el ámbito cultural pueden sistematizarse
como conjuntos ordenados de signos, cada uno
con sus propios códigos. Pero vayamos en orden. Como todo
el mundo recuerda, fue Saussure quien propuso que la lengua
era sólo uno de estos conjuntos de signos y que la lingüística
sería la ciencia que la debía estudiar. Pero no tocó el
espinoso tema de la significación. Heredero del positivismo
decimonónico, consiguió que la lengua se convirtiese en
una entidad abstracta gracias a este soslayamiento de la
semántica y aisló las unidades que, según él, integraban
a la lengua en los diferentes niveles (fonético, fonológico,
léxico y sintáctico) y en los diferentes enfoques (sincrónico
y diacrónico). Los fonólogos posteriores a Saussure evidenciaron,
gracias a las conmutaciones, que había unidades
menores que el signo. También fue Saussure quien propuso
el estudio de los demás sistemas de signos a través de la
semiología: una ciencia que estudi[ase] la vida de
los signos en el seno de la vida social. No adelantó
más en este terreno. Nosotros sabemos que la semiología
no sólo debe estudiar la vida de los signos,
sino los sistemas de signos puesto que, cuando los
objetos se convierten en signos es porque forman parte de
un conjunto ordenado al que llamamos sistema
debido a que está regido por ciertas reglas de comportamiento.
Pero no sólo debe estudiar los sistemas de signos, insistamos,
sino también las relaciones que contraen los sistemas entre
ellos mismos. Al estudio individual de cada sistema se le
ha llamado semiótica, mientras que al estudio de las relaciones
entre los sistemas postulados se le llama semiología. Por
tanto, a todos los sistemas que integran la cultura les
podemos llamar sistemas semióticos o lenguajes
si enfocamos el asunto desde el punto de vista de
la comunicación y a los sistemas complejos que alberguen
a más de dos sistemas de signos, les vamos a llamar sistemas
semiológicos, como son las obras artísticas y otras
codifi-caciones complejas que circulan en las diferentes
sociedades Hemos dicho que Saussure dejó a un lado el
aspecto semántico de la lengua pero no olvidó decirnos que
la lengua era el sistema de signos privilegiado por las
sociedades humanas, por una razón muy simple: es el único
sistema que puede hablar de todos los demás sistemas de
signos, incluido por supuesto él mismo. Puede contener en
su seno al mundo entero (como abstracción) e interpretar
a los demás lenguajes, sin que esto último signifique que
los puede sustituir. Por lo tanto, es el único a través
del cual podemos reducir, en el sentido epistemológico del
término, y estudiar todos los lenguajes o sistemas inventados
por el hombre. El lingüista ginebrino dio a la lengua un
lugar entre los hechos humanos y estableció el principio
rector del estudio del signo, fundado en la arbitrariedad
de sus componentes en la lengua, a los que él llamó, como
hemos visto, significante y significado.
Todos los signos de los demás sistemas debían reunir esa
calidad biplanar de dos planos para
considerarse como unidades de los sistemas. Ahora sabemos
que hay signos monoplanares en las codificaciones
semiológicas, sin embargo en aquellos momentos fue un principio
que dio frutos estupendos a la naciente disciplina. Los
signos monoplanares se componen de un solo elemento
(ya sea significado o significante) y requieren, para completar
su manifestación, del auxilio de algunos de los elementos
de otros lenguajes. Detallemos estas funciones, pero expliquemos
antes algunos principios básicos que apoyen la explicación.
Para instaurar los sistemas de signos que se integran en
la vida cultural es necesario tener en cuenta varios factores.
Emile Benveniste propone que todo sistema reúna dos condiciones
externas o empíricas: la primera es su modo de operación,
la forma en que el sistema actúa, especialmente el sentido
corporal al que se dirige, el tacto, el oído, la vista,
etc.; la segunda es su dominio de validez, aquella
zona donde se impone el sistema y debe ser reconocido u
obedecido. No podemos colocar un semáforo en el lugar de
un profesor, o hacer señales de guardavía en una conferencia,
etcétera.
Los sistemas también deben reunir dos condiciones internas:
la primera es la especificación de la naturaleza y el número
de los signos que los integren; la segunda es su tipo de
funcionamiento. Todo sistema tiene un repertorio finito
de signos, reglas de disposición que gobiernan sus figuras
y con estos dos elementos deben producir una cantidad indefinida
de discursos. Como sucede, por ejemplo, con las barajas.
Un número finito de cartas, más unas reglas de combinación,
componen un juego (póker, brisca, siete y medio, etcétera).
Pero un mismo juego o sistema produce una cantidad indefinida
de eventos o partidas (o textos) que prácticamente se pueden
considerar irrepetibles.
A su vez, las relaciones que contraen los sistemas de signos
entre sí están regidas por seis principios básicamente:
Primero, existe el principio de no redundancia.
No hay sinonimia entre los sistemas, lo que se dice con
música no puede decirse con la palabra o con la pintura,
puesto que son sistemas de fundamento diferente.
El segundo principio, desprendido del primero, propone
que no hay convertibilidad entre sistemas. No
se dispone de varios lenguajes distintos para el mismo universo
de significación.
El tercer principio dice que no hay signos transistemáticos.
Dos sistemas pueden tener el mismo signo en común, pero
la identidad sustancial no cuenta en la codificación,
sólo cuenta su diferencia funcional. Es decir,
el valor de un signo se define solamente en el sistema que
lo integra. Un as, por ejemplo, en el póker no vale lo mismo
que para la brisca o para el siete y medio. Sustancialmente
es la misma carta, pero funcionalmente es muy diferente.
Luego, debemos asumir a este as como un signo diferente.
Para el cuarto principio es básico que la relación planteada
entre sistemas semióticos sea de naturaleza semiótica. Debe
estar determinada, ante todo, por la acción de un mismo
medio cultural, una misma sociedad que de una manera o de
otra produce y nutre todos los sistemas que le son propios.
En lo que se refiere al quinto principio es importante
determinar si un sistema semiótico dado puede ser interpretado
por sí mismo o si necesita recibir su interpretación de
otro sistema. Los ejemplos más claros podrían ser la clave
Morse, un sistema secundario que originalmente
se utilizó en los telégrafos para sustituir a la lengua,
o los rituales religiosos cuya interpretación necesita de
la lengua para ser interpretada correctamente y mantenerse
en la ortodoxia.
Y, finalmente, en el sexto principio, la lengua debe ser
el interpretante de la sociedad puesto que toda
semiología de un sistema tiene que recurrir a la mediación
de la lengua, y así no puede existir más que por la semiología
de la lengua y en ella.
Enunciados de una manera muy apresurada, estos principios
están contenidos en una propuesta nominalista en el sentido
filosófico del término. Quiero decir que, como hizo Marx
al poner de cabeza el idealismo de Hegel, la
semiología invierte el enfoque de la sociología: la lengua
funciona dentro de la sociedad, es cierto, pero el principio
metodológico parte en sentido contrario, es el análisis
de un reflejo: la sociedad se encuentra inmersa en la lengua
dado que ésta es el interpretante de aquélla. Luego, entonces,
para la semiología, es la sociedad la que está en la lengua,
puesto que funciona y se instaura gracias a la lengua. De
otra manera no podríamos ver a la cultura como un conjunto
de signos.
Hemos dado la vuelta para entender la propuesta semiológica,
ahora veamos cómo funciona la traducción. En el primer nivel
semiótico de un signo dado, se puede decir que hay una doble
correspondencia entre expresión y contenido. La una implica
a la otra y viceversa. Si yo digo denotativamente mesa,
actualizo los semas mueble, de madera,
con patas, etc. Pero si yo digo mesa redonda
o mesa directiva entonces suspendo el primer
conjunto de semas, el que corresponde al mueble, para actualizar
los conjuntos que corresponden a una organización
académica o a un cuerpo directivo. Creo
un artilugio connotativo en el que el contenido selecciona
como su expresión a una palabra o un sintagma (un grupo
de sonidos) que no le corresponde en primera instancia y
que por alguna razón instaurada socialmente puede seleccionar
como si fuera su propia expresión. Esto resulta más claro
en la figura retórica que conocemos como sinécdoque. Si
yo digo la pluma más venenosa de este país.
El sentido denotativo de pluma ya no es el instrumento
para escribir. Olvidémonos del sentido original que
era el de pluma de ave, se ha construido una
catacresis y no nos hace falta en este momento reparar en
el fenómeno. No es el instrumento para escribir, pues, sino
el escritor a quien nos estamos refiriendo en la frase.
Esto quiere decir que, por contigüidad, podemos justificar
la asignación del contenido escritor a la expresión
pluma, mientras el contenido original de pluma
se queda suspendido. Esta figura se puede hacer no sólo
con los elementos contiguos, también se hace con la parte
por el todo, velas por barcos, cabezas
de ganado por reses, el género por la
especie, los mortales, por los hombres,
la especie por el individuo, el obispo de Hipona
por San Agustín, la materia por el objeto, el acero
por la espada, etcétera.
¿Se imaginan ustedes la dificultad que encierra traducir
estas figuras y otras similares a otra lengua conservando
el mecanismo de intercambio de expresión? Quizás lo resistan
pero generalmente no sucede así. El problema es que estamos
hablando aún de los niveles más elementales en la configuración
del sentido. No voy a tratar de explicar en forma abstracta
un modelo lógico matemático de demostración. Lo haré con
un ejemplo y así expondré cuan difícil es codificar en otra
lengua el contenido que se articuló primero. Es imposible,
por ejemplo, traducir unos versos como los siguientes, del
cordobés Luis de Góngora, donde participan simultáneamente
varias semióticas:
Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa
(media luna las armas de su frente,
y el Sol todos los rayos de su pelo),
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas,
[En la primavera o estación florida, cuando el Sol entra
en la constelación sideral de Tauro, en el mes de abril,
en un momento en que están presentes el Sol y la Luna en
el cielo, aunque ya hay estrellas porque comienza a caer
el atardecer, escena natural que trae a la mente el mitológico
rapto de Europa, el toro Júpiter comiendo estrellas como
si fuera el césped del campo, etcétera. A todo hay que agregar
la musicalidad de los versos, el ritmo y la medida que combinan
endecasílabos con heptasílabos, los acentos internos y la
rima.]
Claro que hay hazañas de traducción o recreación, pero
éstas son contadas. Por ejemplo, aquellos versos de las
Bucólicas (I, 53-55) de Virgilio (Hinc tibi quae semper
vicino ab limite saepes/Hyblaeis apibus florem depasta salicti/Saepe
levi somnum suadebit inire susurro) que el toledano Garcilaso
de la Vega rehizo admirablemente conservando los sonidos
de la s que aluden al silencio y contrastándolos
con la vibrante múltiple rr que más allá de
la sinestesia, casi con una onomatopeya, representan el
sonido de las abejas:
En el silencio sólo se escuchaba
Un susurro de abejas que sonaba
En conclusión: traducir implica un doble traslado; de una
lengua a otra, sí, pero también de una cultura a otra, con
todos sus recursos y sonoridades y esto no es posible porque
codifican su materia, en el sentido utilizado
por Hjelmslev que ya explicamos, de manera muy distinta.
Es, al final, como intentar hacer compatibles dos computadoras
con diferente sistema operativo. Todas las lenguas son humanas,
como todos los sistemas operativos de las máquinas se basan,
en última instancia, en un código binario, pero cada uno
percibe y retiene el mundo en forma muy diferente. Por tanto,
habrá cosas que podamos hacer con una lengua, y habrá otras
que deberemos hacer con otra. Mientras, la traducción se
reducirá simplemente a la pálida versión de otro mundo y
con ello tendremos que contentarnos si no tenemos acceso
a la lengua original.
Bibliografía
BENVENISTE, Émile.
La semiología de la lengua, en Problemas
de lingüística general II. México, Siglo XXI, 1977.
BERISTÁIN, Helena. Diccionario de retórica y
poética. México, Porrúa, 1985.
HELMSELV, Louis. Prolegómenos a una teoría del lenguaje.
Madrid, Gredos, 1969.
SAUSSURE, Ferdinand. Curso de lingüística general. México,
Nuevo Mar, 1982.
TODOROV, T. y ducrot, O. Diccionario enciclopédico de
las ciencias del lenguaje. Buenos Aires, Siglo XXI,
Argentina editores, 1974. |