Hablar de Cervantes es hablar de la cima de nuestra literatura.
El príncipe de los ingenios españoles es autor de esa
joya que se llama Don Quijote en la que se narran una
serie de hechos y conversaciones, donde se dan cita lo
humano y lo divino. Por un lado, un don Quijote que enloquece
leyendo libros de caballerías; una figura macilenta, hierática
y un sin par defensor de las causas perdidas, tenaz en
sus correrías que, dentro de su diversidad, se centran
en pos de una Dulcinea idealizada y huidiza. Por el otro,
su escudero Sancho Panza, astuto y práctico un rústico
que tiene más de sabio de lo que parece que dio
cátedra en su Barataria. Ambos unen las dos tendencias
que todo ser humano lleva en sí. Sus pláticas muestran,
son belleza, todo lo que la vida ofrece como comedia y
como drama. Angustia y grandeza.
Era aquélla una época peligrosa y lo aconsejable
era hablar en metáfora. No está por demás men-cionar a
Erasmo y su incisivo Elogio de la Locura para preguntarse:
¿Sólo podrán explicar verdades los orates
? ¿O las
circunstancias aconsejan decir, con sentido común, sinrazones
que penetren en la cerrazón que priva? Así las cosas,
don Quijote propina tundas a sus enemigos
que lo son o aparentan, ante las suaves a veces
no tanto recriminaciones de su escudero Sancho,
por lo demás, llenas de sentido común. En esos días había
una lucha sin cuartel entre católicos y protestantes o
herejes de todo linaje. En suma, la duda afloraba y ser
cauto y estar alerta era la antena de la prudencia.
Don Quijote está tan cargado
de vida y de sueños que su fama, al correr de los siglos,
ha rebasado la de su autor. En suma, es un compendio de
razón teñida de pasión. Y así, el puntual cronista, que
no era otro más que el mismo Cervantes, diría:
Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención
y sin que nadie lo viese, una mañana, antes del día, que
era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de
todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal
compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y
por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo
contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había
dado principio a su buen deseo
Él no sabe que su aventura lleva cuatro siglos
y que sus andares manchegos dan que decir en todos los
idiomas y no tienen para cuando acabar.
Habrá que hablar un poco de la vida de don
Miguel. Nació en Alcalá de Henares en 1547, en el seno
de una familia pudiente; su padre ejercía de cirujano
y nuestro personaje fue el cuarto de siete hijos. Desde
pequeño se entusiasmó por la lectura y la poesía. Su padre,
interesado por el hijo, le procuró lecciones de gramática
con el maestro Bayo y con don Juan López de Hoyos, afincados
en la villa y corte y autores de algunos escritos, la
mayoría laudatorios, de temas relacionados con la realeza.
En este ambiente, a la muerte de la reina Isabel de Valois,
esposa de Felipe ii, Miguel dio a conocer sus primeros
sonetos. Éstos llamaron la atención del cardenal Acquaviva,
legado del Papa, muy aficionado a la literatura y que
se llevó al jóven Cervantes como paje. Oportunidad dorada
para nuestro escritor en ciernes ya que el nombramiento
le valió conocer el Levante español, el norte de Italia,
el sur de Francia y, finalmente, Roma. Hasta él llegaron
los ecos de Garcilaso y tomó nota de Castiglione en cuanto
a la manera de comportarse y ser; así, Cervantes fue ducho
en el manejo de la pluma y de las armas, culto y de maneras
agradables.
Poco después, a los 22 años, nuestro poeta
ingresó en el Tercio que mandaba don Miguel de Moncada
y en él se situó en la compañía del capitan Diego de Urbina.
Sus ojos curiosos y cultivados captaron desfiles de figuras
opulentas e influyentes en escenarios resplandecientes;
conoció Nápoles, virreinato influyente; Venecia y Génova,
reinas del Adriático y del Mediterráneo; todo ello unido
a lecturas incesantes. Y de esta manera desembocó, como
protagonista destacado, en la gran batalla naval que,
de manera vital, contribuyó a cambiar el curso de la historia
europea: la de Lepanto. Ocurrió después de que a la muerte
del gran sultán Solimán subiera al trono su hijo Salim
ii quien tenía ambiciones anexionistas con la intención
de que el imperio otomano se extendiera.
|
Su mira: la isla de Chipre que pertenecía,
por esas épocas, a Venecia. Hubo un ultimatum que
los venecianos rechazaron, comenzando una nueva
guerra. La cristiandad se sintió amenazada y el
Papa negoció una liga, en la cual logró la adhesión
de Felipe ii y en la que se decidió que Don Juan
de Austria sería el comandante de la coalición.
Don Juan era hijo natural de Carlos v.
|
|
Corría el año 1571 cuando tuvo lugar ese
gran combate naval llamado la Batalla de Lepanto, en el
golfo de Korinthiakós. Escenificaron el encuentro aproximadamente
468 galeras; las de la Santa Liga (España, Venecia y los
Estados Pontificios) por un lado, en tanto que, por el
otro, los otomanos que presentaron a la mayoría de su
flota. Los turcos atacaron el 7 de octubre de 1571 hacia
el mediodía. Durante más de cuatro horas la batalla fue
fiera y abundaron abordajes y luchas cuerpo a cuerpo.
Finalmente, al atardecer, Don Juan y su flota resultaron
vencedores y de esta forma se detuvo el avance otomano
en el Mediterráneo.
Cervantes participó en esta histórica batalla
naval con 24 años de edad. Zarpó del puerto de Messina
en la galera Marquesa, una de las 208 naves en la que
50000 combatientes más de la mitad españoles
que partían a Lepanto. Aunque enfermo, nuestro futuro
escritor ocupó su puesto de combate en una lancha de la
galera, y allí recibió dos arcabuzazos, uno en el pecho
y otro en la mano izquierda, la que perdió y hubiera
perdido incluso la vida de no haber ordenado el propio
don Juan de Austria, que lo visitaba en el hospital de
Messina, que le quemaran las heridas para detener la gangrena
que ya surgía. De ahí le quedó el sobrenombre de Manco
de Lepanto. Él mismo nos contó, en alguna ocasión,
sus desventuras diciendo: que ha recibido una grave
herida en el pecho y sacado la mano izquierda, rompida
en mil partes.
Nuestro héroe, medio repuesto, recibió 82
ducados por el lance y reincidió en la milicia alistándose
en la compañía del capitán Manuel Ponce de León con la
que recorrió parte de Italia, teniendo estancias prolongadas
en Nápoles; según la crónica, en escenarios mediterráneos.
Finalmente, quiso volver a España en compañía de Rodrigo,
su hermano menor. Iban contentos y confiados, con cartas
de recomendación que Miguel solicitó y obtuvo de sus jefes
don Juan de Austria, del duque de Sessa y de Marco Antonio
Colonna; en ellas se exaltaba el valor mostrado por nuestro
escritor y se le recomendaba a su majestad.
Navegaban en la galera Sol, frente a las
costas de Marsella, cuando fueron asaltados por corsa-rios
argelinos comandados por un renegado albanés llamado Arnaute
Maní. Por unos años todo cambió para Miguel. La historia
nos dice que en Argel sucedieron cosas insólitas a los
hermanos Cervantes. Debido a las cartas de recomendación
que nuestro escritor llevaba consigo para ser presentadas
al Rey, fue valuado en 500 coronas de oro pero, a la vez,
era un cautivo incómodo ya que ningún señor árabe se interesaba
en la adquisición de un esclavo manco. La suerte estaba
del lado de Rodrigo que únicamente costaba
25 coronas. No obstante, hubo forcejeos por parte de la
orden de Nuestra Señora de la Merced que mediaba en los
intentos de rescate. El padre Gil, cuando terminó el cautiverio,
no vaciló en recomendarlo al Rey, como diremos más adelante.
De las penurias de los prisioneros, el propio
Cervantes relata algunos pormenores (en el capítulo xl
de la primera parte de Don Quijote) como estos que transcribimos:
Yo, pues, era uno de los de rescate; que como se supo
que era capitán, puesto que dije mi poca posibilidad y
falta de hacienda, no aprovechó nada para que no me pusiesen
en el número de los caballeros y gente de rescate. Pusiéronme
una cadena, más por señal de rescate que por guardarme
con ella, y así pasaba la vida en aquel baño, con otros
muchos caballeros y gente principal, señalados y tenidos
por de rescate; y aunque la hambre y desnudez pudiera
fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos
fatigaba tanto como oír y ver a cada paso las jamás vistas
ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos.
Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba
a aquél; y esto, por tan poca ocasión y tan sin ella,
que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo
y por ser natural condición suya ser homicida de todo
el género humano. Sólo libró bien con él un soldado español,
llamado tal de Saavedra, al cual, con haber hecho cosas
que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos
años, y todas por alcanzar la libertad, jamás le dio palo,
ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la
menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había
de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si
no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora
algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para
entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento
de mi historia.
Y ¿qué hizo Cervantes en su cautiverio que
mereciese contarse...? Hizo mucho y todo meritorio. Intentó,
por lo pronto, fugarse en diversas ocasiones y de todo
tornose acucioso cronista. También dio clases a algunos
moros pudientes de Argel para poder ayudar a los cristianos
cautivos y fue reconocido su noble comportamiento con
los compañeros. Entre sus empeños, escribió una misiva
a Mateo Vázquez, secretario del Rey en Madrid, en la que
trazaba, con todo detalle, cómo, en una operación nocturna
de sorpresa, un flotilla española podría liberarlos e
incluso apoderarse del puerto argelino. La carta fue interceptada
y dicen que le acarreó muchos palos en la espalda.
No perdió el tiempo y pudo escribir mucho
y esbozar más.
Debido a su carisma y al cierto respeto de
que gozaba como veterano de Lepanto, pudo pasar con relativo
desahogo por los castigos a que le condenaron. Entretanto,
gracias al admirable empeño de su familia y a la meritoria
actividad de los mercedarios encabezados por el diligente
fray Juan Gil, Rodrigo fue liberado. Los parientes del
célebre manco reunieron el dinero a costa de memorables
esfuerzos: las dos hermanas mayores, a punto de casarse,
entregaron sus dotes, al mismo tiempo que su padre, médico
prestigioso, fue ayudado con generosas dádivas que influyeron
decisivamente para alcanzar el rescate exigido.
Mientras tanto, Miguel hizo cosas admirables
en Argel; el padre Gil, enterado de que dio clases a moros
pudientes y que siempre luchó por mejorar la situación
de los cristianos esclavos, lo recomendó al Rey en términos
altamente laudatorios: en su cautiverio ha hecho
cosas por las que merece que Su Majestad le haga mucha
merced. Se sabe que en prisión Cervantes completó
alguna de las obras que más adelante le darían notoriedad;
entre ellas: El trato de Argel, La gran sultana y La batalla
naval pero, sobre todo, muchos apuntes y esbozos de lo
que más adelante sería su Don Quijote. Surge una pregunta:
¿por qué Felipe ii ignoró al escritor
?
Finalmente, llegó a Denia, en el Levante
español, en octubre de 1580. Enterado de la penosa situación
económica de su familia decidió unirse a su hermano Rodrigo
en Portugal, donde tomó parte en la acción de las islas
Terceras (Azores) bajo las órdenes de don Álvaro Bazán.
En esos meses (del año 1582), fruto de sus amores con
doña Franca, tuvo una hija, Isabel, que siempre acompañó
a su padre hasta el final de su vida.
Aquí cabe señalar que Cervantes fue buen
hijo, un buen padre y que acogió con cariño, en los momentos
de penuria, a toda la familia no olvidó nunca los sacrificios
que todos ellos hicieron para reunir el rescate argelino.
|
|
Un recalar en
la ternura fue conocer, en Esquivias, a Catalina Palacios
Salazar, con quien contrajo matrimonio a pesar de
las negativas de la familia de ella y de la diferencia
de edades veinte años entre ellos. Catalina,
amorosa, le ofreció criar a su hija y él, por su parte,
haciendo alarde de candidez, autorizó con su firma
la cesión a favor de su cuñado de los bienes que correspondían
a su mujer. El hermano político sólo respondió con
bajeza y rencor contra Catalina y Miguel. |
Durante esas duras jornadas nuestro escritor
terminó la que se considera, hasta ese momento, la mejor
de sus obras: La Galatea, pieza fecunda de ambiente pastoril,
un bordado de aventuras permeadas de tragedias y amores.
Algunos especialistas, como Han Ryner y Azorín, aluden
a los entresijos del drama en La Galatea. La pluma de
Azorín se ha detenido en la muerte de Leónida para proclamar
que no hay en nuestra literatura un punto dramático como
ése. Veamos:
Aludimos al episodio de la muerte de Leónida. El hermano
de Leónida mata a su hermana creyéndola otra mujer; la
mata de noche, en un bosque. Aparece el amador de Leónida;
cerca del sitio en donde la infeliz mujer expira, encuentra
este amante al asesino de Leónida; lo hiere mortalmente;
lo arrastra hasta el sitio en donde está Leónida, y coge
una mano de la muerta; el mismo puñal de que el asesino
se ha servido lo pone en la mano de muerta, y con él,
como si fuera la propia muerta la que da puñaladas, traspasa
tres veces el corazón del asesino. Y nada más dramático
también que el beso supreso, el beso en la boca, con que
el amante se despide de la amada, ya en agonía...
Son unas bucólicas ensangrentadas. Se habla,
pues, de La Galatea pero todavía no hay resonancia.
En 1585 conoce a Lope de Vega, del que siempre sería
generoso en su mención, en tanto que el monstruo de la
naturaleza se mostró ácido, acerbo, envidioso; aunque
al final se rindió en admiración (hay epístolas y dedicatorias
que muestran cómo Lope y Cervantes se estimaban). Hubo,
pues, turbiedades entre los dos grandes, sobre todo en
las prebendas. ¿Envidias...? Definitivamente, no. El Conde
de Lemos y el cardenal don Bernardo de Sandoval y Rojas,
arzobispo de Toledo, otorgan mercedes a nuestro escritor
aunque, a veces, lo olvidan. Así son los grandes
con los grandes sin comillas. Felipe ii se olvidó sin
remedio de Miguel de Cervantes, y todavía no sabemos si
algunas cartas enviadas a Su Majestad fueron desviadas
por el poderoso secretario de Felipe, Mateo Vázquez.
Durante dos o tres años, Cervantes se adentra
en el mundillo teatral y concurre a tertulias (1585-1587)
madridenses; él mismo nos lo cuenta:
Se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos
de Argel, que yo compuse; La destrucción de Numancia y
La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias
en tres jornadas, de cinco que tenían; mostré o, por mejor
decir, fui el primero que representase las imaginaciones
o los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras
morales al teatro; con general y gustoso aplauso de los
oyentes, compuse en ese tiempo hasta veinte o treinta,
que todas ellas se recitaron sin que se les hiciese ofrenda
de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera
sin silbos, gritos ni baraúndas; tuve otras cosas en que
ocuparme, dejé la pluma y las comedias y entró luego el
monstruo de la naturaleza, el gran Lope de Vega,
y alzose con la monarquía cómica, avasalló y puso delante
de su jurisdicción a todos los farsantes...
Esas otras cosas en que ocuparse consistieron en comisiones
del gobierno. ¿Y qué comisiones fueron éstas? ¿De qué
manera fue recompensado por sus méritos y
sufrimientos militares? Se enfrentó, como enviado real,
a la renuencia del pueblo y de algunos clérigos monasterios,
sobre todo en Sevilla, a la compra por parte de la corona
de trigo, aceite y cebada, teniendo que requisarlos casi,
por ser pagados al precio de tasa oficial, amparando las
arbitrariedades. Este embozado saqueo era
para cubrir las necesidades que apremiaban a la Armada
Invencible. A pesar de las presiones, privados y clérigos
no dieron su brazo a torcer y el resultado de la requisa
fue magro. Miguel fue, además, acusado de impío y sacrílego
por tratar de intervenir en los bienes eclesiásticos.
Así, pues, ¡Cervantes fue a parar a la cárcel! Pero fue
por poco tiempo unos tres meses. Estuvo recluido
en en la prisión de la Santa Inquisición en Sevilla. Al
salir, nuestro viejo guerrero y escritor estaba en la
indigencia. Vendía relatos al mejor postor incluso
comedias más o menos afortunadas. Conoció a malandrines,
bachilleres, bandidos, ermitaños, gentes de toda laya,
que pasaron bajo sus escrutadores ojos; rica cantera para
crear o recrear tipos y si-tuaciones. Así, Don Quijote
seguía acumulando páginas. Intentó buscar empleo con el
objeto de juntar dinero para ir a la Nueva España, pero
nunca pudo reunir lo suficiente. Vivió casi 15 años de
angustias disfrazadas de carencia que dejaron su huella
en él. Sin embargo, ya se vislumbra la inmortalidad; el
pintor don Juan de Jáuregui le hace un retrato que ha
llegado hasta nuestros días. Al pie del lienzo se lee:
Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño,
frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz
corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata,
que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes,
la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque
no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos,
porque no tienen correspondencia los unos con los otros;
el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la
piel color viva, antes blanca que morena; algo cargado
de espaldas, y no muy ligero de pies. Este, digo, que
es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote
de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso...
En 1604 ya corrían algunas copias manuscritas
del Quijote; en diciembre estaban ya impresos sus 83 pliegos.
En esa época, Cervantes vivía en Valladolid con toda la
familia que incluía, además de su esposa y de su hija
natural Isabel, a sus dos hermanas y a su sobrina Constanza,
hija de Andrea. Vivían con estrechez, lo que obligó a
nuestro escritor a ceder los derechos del Quijote por
una mísera cantidad a un tal señor Robles.
El éxito de la obra fue instantáneo. Algunas
lecturas en público entusiasmaron e hicieron que la fama
de Don Quijote se extendiera, poco a poco, por toda España.
En 1608 el conde de Lemos padrino de
Miguel es nombrado virrey en Nápoles y delega a
su secretario particular, Lupercio Leonardo de Argensola,
para que se ocupe del séquito del personal. Pese a la
popularidad del momento, Cervantes, muy necesitado de
ayuda, es ignorado por el conde Lemos.
|
|
¿Será debido al incidente habido
unos tres años antes en Valladolid?Un extraño suceso
que terminó con toda la familia en la cárcel por
poco tiempo.Aconteció que un caballero fue lesionado,
en un duelo nocturno, frente a la puerta del domicilio
del escritor. La familia atendió al herido, el cual
falleció sin pronunciar palabra. Finalmente, todo
se resolvió. Digamos que Lemos prefirió que siguiera
escribiendo.
|
Ya con dos ediciones del Quijote, Cervantes
adquirió más fama en Madrid y quiso adentrarse en los
teatros de la villa y de la corte. Tuvo desigual fortuna
por la enemistad de Lope quien, aunque apreciaba al escritor,
tenía por él mala voluntad, la que se disipó poco antes
del final del escritor manchego. A esto se atribuye que
sus entremeses y piezas cortas fueran poco representadas.
Sin embargo, su obra maestra (Don Quijote) iba conquistando
al público español y al extranjero (de Francia, Italia,
Alemania, Flandes).
Sin que nadie lo esperara, surgió en el mercado
una segunda parte del Quijote firmada por un tal Avellaneda,
la cual fue impresa en Tarragona. Esto impulsó, de inmediato,
a Cervantes a componer una segunda parte de su Don Quijote
(con su fiel escudero Sancho Panza). En el prólogo, Cervantes
alude al asunto y dice:
Válgame Dios, y con cuánta ganas debes de estar esperando
ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo,
creyendo hallar en él venganza, riñas y vituperios del
autor del segundo Don Quijote, digo de aquel que dicen
que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona. Pues
en verdad que no te he de dar este contento; que puesto
que los agravios despiertan la cólera en los más humildes
pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla.
Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del
atrevido; pero no me pasa por el pensamiento, castíguele
su pecado con su pan se lo coma y allá se lo haya.
Por nuestra parte añadiremos que la segunda
parte de nuestro señor de La Mancha es más redonda si
cabe que la primera, y redondeó el prestigio de
Cervantes. Azorín, hablando del otro Quijote indicó que
en él campea un conocimiento algo rudo, zafio, de la vida
de los pueblos; hay también algunas impertinencias.
En fin, siguiendo a nuestro amigo, el fantasma
de la muerte lo asedia. Y mientras trabaja en la que sería
su última obra, Los trabajos de Per-siles y Segismunda,
quiere pagar una deuda: la que tenía con aquéllos a quienes
debía su libertad de los corsarios argelinos. Así, ingresa,
en 1609, en la Congregación del Santísimo Sacramento,
fundada por los padres trinitarios. Cuatro años más tarde,
en 1613, profesó también como hermano de la Venerable
Orden Tercera de San Francisco. Entretanto, su obra El
Viaje del Parnaso, es escudo eficaz contra los que criticaban
su obra poética. El propio Cervantes dirá en alguna ocasión:
A eso se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación,
y más que me doy a entender (y es así) que yo soy el primero
que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas
que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas
extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni
hurtadas; mi ingenio las engendró y las parió mi pluma,
y van creciendo en los brazos de la estampa. Tras ellas,
si la vida no me deja, te ofrezco Los trabajos de Persiles...
Todo ello al conde de Lemos.
Anda mal la salud de nuestro Cervantes, pero
su fama pasa las fronteras y qué mejor elogio que el del
Lic. Márquez Torres en su aprobación de la
Segunda Parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la
Mancha, de la que entresacamos algunos fragmentos relativos
al interés que despertó en algunos señores que acompañaban
al Embajador de Francia (venían a asuntos relativos a
los casamientos de sus príncipes y los de España):
...muchos caballeros franceses de los que vinieron acompañando
al Embajador, tan corteses como entendidos y amigos de
buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del
Cardenal, mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio
andaban más válidos, y tocando acaso en éste, que yo estaba
censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes,
cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la
estimación en así en Francia como en los reinos sus confinantes
se tenían sus obras, La Galatea, que algunos de ellos
tiene casi de memoria, la primera parte desta y las Novelas.
Fueron tantos sus encarecimientos, que me ofrecí llevarles
que viesen el autor dellas, que estimaron con mil demostraciones
de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad,
su profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir
que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió
estas formales palabras: Pues, ¿a tal hombre no
le tiene España muy rico y sustentado del erario público?
Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento,
y con mucha agudeza, y dijo: Si la necesidad le
ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga
aubundancia, para que con sus obras, haga rico a todo
el mundo.
Creemos, con lo dicho, que Cervantes tenía
la estimación debida a los grandes autores. Por su parte,
nuestro autor estaba enfrascado en lo que él mismo llamaba
último sueño romántico, que era Persiles y
Segismunda, inmenso libro de aven-turas en los escenarios
más dispares, lleno de sueños y rico en matices. Inspirado
en las obras de Heliodoro y de Tacio. Pensaba terminar
la obra antes de que la muerte se personase de él en la
forma de una hidropesía.
Era el 1616, febrero, Persiles aunque
apresurado, terminado está listo y Cervantes ha
dado cima a su obra en el bello prólogo que la antecede.
Allí da cuenta de un encuentro con un entusiasta estudiante,
ambos camino a Toledo. Se entusiasma el joven ante el
escritor y le dice:
¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo,
el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las
Musas!
Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis
alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a
ellas; y así abrazándole por el cuello, donde le eché
a perder de todo punto la valona, le dije:
Ése es un error donde han caído muchos aficionados
ignorantes; yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo
de las Musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha
dicho vuesa merced. Vuelva a cobrar su burra, y suba,
y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta
de camino.
Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto
más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro
camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen
estudiante me desahució al momento, diciendo:
Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará
toda el agua del mar Océano que dulcemente bebiese. Vuesa
merce, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose
de comer, que con esto sanará, sin otra medicina alguna.
|
|
En esto
llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por
ella,
él
se apartó a entrar por la de Segovia...
|
|
Esto me han dicho muchos respondí
yo; pero así puedo dejar de beber a todo mi
beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido.
Mi vida se va acabando, y,
al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a
más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré
yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa
merced a conocerme, pues no me queda espacio para
mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced
me ha mostrado.
|
Cervantes estuvo una pequeña temporada en Esquivias,
tierra de la familia, donde no halló mejoría. Regresó
a la Corte, donde finalmente expiró el 23 de abril de
1616. Dicen que murió el misma día que Shakespeare lo
hiciera, en su tierra. Antes de irse, escribió cartas
de despedida a sus grandes protectores (el arzobispo Sandoval,
primado de España y el Conde de Lemos). Hizo testamento
en favor de su esposa y pidió ser enterrado en la capilla
del convento trini-tario, con cuyo hábito fue amortajado.
Dicen que poco antes de que muriese fue visitado por don
Juan de Austria, con quien combatió en Lepanto (existe
un cuadro de Cano de la Peña al respecto en el Museo de
las Bellas Artes de Sevilla). Por su parte, Lope de Vega,
con quien había reanudado la buena amistad de otros tiempos
y ya lavada la pequeña inquina, acudió a rezar un responso
ante el cadáver de su amigo.
No hubo inscripción alguna sobre su tumba.
A la fecha se ignora a dónde fueron a parar sus restos.
Y así durmió, para siempre, en la noche de los tiempos.
Nota:
Tomado del libro Del castellano: acerca
de sus venturas y desventuras, en proceso de edición por
Ediciones La Vasija y Correo del Maestro.