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Correo del Maestro Núm. 59, abril 2001

Cervantes

Adolfo Hernández Muñoz

* Nota al pie

Hablar de Cervantes es hablar de la cima de nuestra literatura. El príncipe de los ingenios españoles es autor de esa joya que se llama Don Quijote en la que se narran una serie de hechos y conversaciones, donde se dan cita lo humano y lo divino. Por un lado, un don Quijote que enloquece leyendo libros de caballerías; una figura macilenta, hierática y un sin par defensor de las causas perdidas, tenaz en sus correrías que, dentro de su diversidad, se centran en pos de una Dulcinea idealizada y huidiza. Por el otro, su escudero Sancho Panza, astuto y práctico —un rústico que tiene más de sabio de lo que parece— que dio cátedra en su Barataria. Ambos unen las dos tendencias que todo ser humano lleva en sí. Sus pláticas muestran, son belleza, todo lo que la vida ofrece como comedia y como drama. Angustia y grandeza.

Era aquélla una época peligrosa y lo aconsejable era hablar en metáfora. No está por demás men-cionar a Erasmo y su incisivo Elogio de la Locura para preguntarse: ¿Sólo podrán explicar verdades los orates…? ¿O las circunstancias aconsejan decir, con sentido común, sinrazones que penetren en la cerrazón que priva? Así las cosas, don Quijote propina ‘tundas’ a sus enemigos que lo son o aparentan, ante las suaves —a veces no tanto— recriminaciones de su escudero Sancho, por lo demás, llenas de sentido común. En esos días había una lucha sin cuartel entre católicos y protestantes o herejes de todo linaje. En suma, la duda afloraba y ser cauto y estar alerta era la antena de la prudencia.           
    Don Quijote está tan cargado de vida y de sueños que su fama, al correr de los siglos, ha rebasado la de su autor. En suma, es un compendio de razón teñida de pasión. Y así, el puntual cronista, que no era otro más que el mismo Cervantes, diría:

Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie lo viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo…

Él no sabe que su aventura lleva cuatro siglos y que sus andares manchegos dan que decir en todos los idiomas y no tienen para cuando acabar.

Habrá que hablar un poco de la vida de don Miguel. Nació en Alcalá de Henares en 1547, en el seno de una familia pudiente; su padre ejercía de cirujano y nuestro personaje fue el cuarto de siete hijos. Desde pequeño se entusiasmó por la lectura y la poesía. Su padre, interesado por el hijo, le procuró lecciones de gramática con el maestro Bayo y con don Juan López de Hoyos, afincados en la villa y corte y autores de algunos escritos, la mayoría laudatorios, de temas relacionados con la realeza. En este ambiente, a la muerte de la reina Isabel de Valois, esposa de Felipe ii, Miguel dio a conocer sus primeros sonetos. Éstos llamaron la atención del cardenal Acquaviva, legado del Papa, muy aficionado a la literatura y que se llevó al jóven Cervantes como paje. Oportunidad dorada para nuestro escritor en ciernes ya que el nombramiento le valió conocer el Levante español, el norte de Italia, el sur de Francia y, finalmente, Roma. Hasta él llegaron los ecos de Garcilaso y tomó nota de Castiglione en cuanto a la manera de comportarse y ser; así, Cervantes fue ducho en el manejo de la pluma y de las armas, culto y de maneras agradables.

Poco después, a los 22 años, nuestro poeta ingresó en el Tercio que mandaba don Miguel de Moncada y en él se situó en la compañía del capitan Diego de Urbina. Sus ojos curiosos y cultivados captaron desfiles de figuras opulentas e influyentes en escenarios resplandecientes; conoció Nápoles, virreinato influyente; Venecia y Génova, reinas del Adriático y del Mediterráneo;   todo ello unido a lecturas incesantes. Y de esta manera desembocó, como protagonista destacado, en la gran batalla naval que, de manera vital, contribuyó a cambiar el curso de la historia europea: la de Lepanto. Ocurrió después de que a la muerte del gran sultán Solimán subiera al trono su hijo Salim ii quien tenía ambiciones anexionistas con la intención de que el imperio otomano se extendiera.

Su mira: la isla de Chipre que pertenecía, por esas épocas, a Venecia. Hubo un ultimatum que los venecianos rechazaron, comenzando una nueva guerra. La cristiandad se sintió amenazada y el Papa negoció una liga, en la cual logró la adhesión de Felipe ii y en la que se decidió que Don Juan de Austria sería el comandante de la coalición. Don Juan era hijo natural de Carlos v.

Miguel de Cervantes Saavedra.

Corría el año 1571 cuando tuvo lugar ese gran combate naval llamado la Batalla de Lepanto, en el golfo de Korinthiakós. Escenificaron el encuentro aproximadamente 468 galeras; las de la Santa Liga (España, Venecia y los Estados Pontificios) por un lado, en tanto que, por el otro, los otomanos que presentaron a la mayoría de su flota. Los turcos atacaron el 7 de octubre de 1571 hacia el mediodía. Durante más de cuatro horas la batalla fue fiera y abundaron abordajes y luchas cuerpo a cuerpo. Finalmente, al atardecer, Don Juan y su flota resultaron vencedores y de esta forma se detuvo el avance otomano en el Mediterráneo.

Cervantes participó en esta histórica batalla naval con 24 años de edad. Zarpó del puerto de Messina en la galera Marquesa, una de las 208 naves en la que 50000 combatientes —más de la mitad españoles— que partían a Lepanto. Aunque enfermo, nuestro futuro escritor ocupó su puesto de combate en una lancha de la galera,  y allí recibió dos arcabuzazos, uno en el pecho y otro en la mano izquierda, la que perdió —y hubiera perdido incluso la vida de no haber ordenado el propio don Juan de Austria, que lo visitaba en el hospital de Messina, que le quemaran las heridas para detener la gangrena que ya surgía. De ahí le quedó el sobrenombre de ‘Manco de Lepanto’. Él mismo nos contó, en alguna ocasión, sus desventuras diciendo: que “ha recibido una grave herida en el pecho y sacado la mano izquierda”, “rompida en mil partes”.

Nuestro héroe, medio repuesto, recibió 82 ducados por el lance y reincidió en la milicia alistándose en la compañía del capitán Manuel Ponce de León con la que recorrió parte de Italia, teniendo estancias prolongadas en Nápoles; según la crónica, en escenarios mediterráneos. Finalmente, quiso volver a España en compañía de Rodrigo, su hermano menor. Iban contentos y confiados, con cartas de recomendación que Miguel solicitó y obtuvo de sus jefes don Juan de Austria, del duque de Sessa y de Marco Antonio Colonna; en ellas se exaltaba el valor mostrado por nuestro escritor y se le recomendaba a su majestad.

Navegaban en la galera Sol, frente a las costas de Marsella, cuando fueron asaltados por corsa-rios argelinos comandados por un renegado albanés llamado Arnaute Maní. Por unos años todo cambió para Miguel. La historia nos dice que en Argel sucedieron cosas insólitas a los hermanos Cervantes. Debido a las cartas de recomendación que nuestro escritor llevaba consigo para ser presentadas al Rey, fue valuado en 500 coronas de oro pero, a la vez, era un cautivo incómodo ya que ningún señor árabe se interesaba en la adquisición de un esclavo manco. La suerte estaba del lado de Rodrigo que ‘únicamente’ costaba 25 coronas. No obstante, hubo forcejeos por parte de la orden de Nuestra Señora de la Merced que mediaba en los intentos de rescate. El padre Gil, cuando terminó el cautiverio, no vaciló en recomendarlo al Rey, como diremos más adelante.

De las penurias de los prisioneros, el propio Cervantes relata algunos pormenores (en el capítulo xl de la primera parte de Don Quijote) como estos que transcribimos:

Yo, pues, era uno de los de rescate; que como se supo que era capitán, puesto que dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovechó nada para que no me pusiesen en el número de los caballeros y gente  de rescate. Pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella, y así pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente principal, señalados y tenidos por de rescate; y aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como oír y ver a cada paso las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba a aquél; y esto, por tan poca ocasión y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano. Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, al cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar la libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.

Y ¿qué hizo Cervantes en su cautiverio que mereciese contarse...? Hizo mucho y todo meritorio. Intentó, por lo pronto, fugarse en diversas ocasiones y de todo tornose acucioso cronista. También dio clases a algunos moros pudientes de Argel para poder ayudar a los cristianos cautivos y fue reconocido su noble comportamiento con los compañeros. Entre sus empeños, escribió una misiva a Mateo Vázquez, secretario del Rey en Madrid, en la que trazaba, con todo detalle, cómo, en una operación nocturna de sorpresa, un flotilla española podría liberarlos e incluso apoderarse del puerto argelino. La carta fue interceptada y dicen que le acarreó muchos palos en la espalda.

No perdió el tiempo y pudo escribir mucho y esbozar más.

Debido a su carisma y al cierto respeto de que gozaba como veterano de Lepanto, pudo pasar con relativo desahogo por los castigos a que le condenaron. Entretanto, gracias al admirable empeño de su familia y a la meritoria actividad de los mercedarios encabezados por el diligente fray Juan Gil, Rodrigo fue liberado. Los parientes del célebre manco reunieron el dinero a costa de memorables esfuerzos: las dos hermanas mayores, a punto de casarse, entregaron sus dotes, al mismo tiempo que su padre, médico prestigioso, fue ayudado con generosas dádivas que influyeron decisivamente para alcanzar el rescate exigido.

Mientras tanto, Miguel hizo cosas admirables en Argel; el padre Gil, enterado de que dio clases a moros pudientes y que siempre luchó por mejorar la situación de los cristianos esclavos, lo recomendó al Rey en términos altamente laudatorios: “en su cautiverio ha hecho cosas por las que merece que Su Majestad le haga mucha merced“. Se sabe que en prisión Cervantes completó alguna de las obras que más adelante le darían notoriedad; entre ellas: El trato de Argel, La gran sultana y La batalla naval pero, sobre todo, muchos apuntes y esbozos de lo que más adelante sería su Don Quijote. Surge una pregunta: ¿por qué Felipe ii ignoró al escritor…?

Finalmente, llegó a Denia, en el Levante español, en octubre de 1580. Enterado de la penosa situación económica de su familia decidió unirse a su hermano Rodrigo en Portugal, donde tomó parte en la acción de las islas Terceras (Azores) bajo las órdenes de don Álvaro Bazán. En esos meses (del año 1582), fruto de sus amores con doña Franca, tuvo una hija, Isabel, que siempre acompañó a su padre hasta el final de su vida.

Aquí cabe señalar que Cervantes fue buen hijo, un buen padre y que acogió con cariño, en los momentos de penuria, a toda la familia no olvidó nunca los sacrificios que todos ellos hicieron para reunir el rescate argelino.

  Un recalar en la ternura fue conocer, en Esquivias, a Catalina Palacios Salazar, con quien contrajo matrimonio a pesar de las negativas de la familia de ella y de la diferencia de edades —veinte años— entre ellos. Catalina, amorosa, le ofreció criar a su hija y él, por su parte, haciendo alarde de candidez, autorizó con su firma la cesión a favor de su cuñado de los bienes que correspondían a su mujer. El hermano político sólo respondió con bajeza y rencor contra Catalina y Miguel.

          Durante esas duras jornadas nuestro escritor terminó la que se considera, hasta ese momento, la mejor de sus obras: La Galatea, pieza fecunda de ambiente pastoril, un bordado de aventuras permeadas de tragedias y amores. Algunos especialistas, como Han Ryner y Azorín, aluden a los entresijos del drama en La Galatea. La pluma de Azorín se ha detenido en la muerte de Leónida para proclamar que no hay en nuestra literatura un punto dramático como ése. Veamos:

Aludimos al episodio de la muerte de Leónida. El hermano de Leónida mata a su hermana creyéndola otra mujer; la mata de noche, en un bosque. Aparece el amador de Leónida; cerca del sitio en donde la infeliz mujer expira, encuentra este amante al asesino de Leónida; lo hiere mortalmente; lo arrastra hasta el sitio en donde está Leónida, y coge una mano de la muerta; el mismo puñal de que el asesino se ha servido lo pone en la mano de muerta, y con él, como si fuera la propia muerta la que da puñaladas, traspasa tres veces el corazón del asesino. Y nada más dramático también que el beso supreso, el beso en la boca, con que el amante se despide de la amada, ya en agonía...

Son unas bucólicas ensangrentadas. Se habla, pues, de La Galatea pero todavía no hay resonancia.

En 1585 conoce a Lope de Vega, del que siempre sería generoso en su mención, en tanto que el monstruo de la naturaleza se mostró ácido, acerbo, envidioso; aunque al final se rindió en admiración (hay epístolas y dedicatorias que muestran cómo Lope y Cervantes se estimaban). Hubo, pues, turbiedades entre los dos grandes, sobre todo en las prebendas. ¿Envidias...? Definitivamente, no. El Conde de Lemos y el cardenal don Bernardo de Sandoval y Rojas, arzobispo de Toledo, otorgan mercedes a nuestro escritor aunque, a veces, lo olvidan. Así son los ‘grandes‘ con los grandes sin comillas. Felipe ii se olvidó sin remedio de Miguel de Cervantes, y todavía no sabemos si algunas cartas enviadas a Su Majestad fueron desviadas por el poderoso secretario de Felipe, Mateo Vázquez.

Durante dos o tres años, Cervantes se adentra en el mundillo teatral y concurre a tertulias (1585-1587) madridenses; él mismo nos lo cuenta:

Se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos de Argel, que yo compuse; La destrucción de Numancia y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias en tres jornadas, de cinco que tenían; mostré o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones o los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro; con general y gustoso aplauso de los oyentes, compuse en ese tiempo hasta veinte o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les hiciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritos ni baraúndas; tuve otras cosas en que ocuparme, dejé la pluma y las comedias y entró luego ‘el monstruo de la naturaleza’, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica, avasalló y puso delante de su jurisdicción a todos los farsantes...

Esas otras cosas en que ocuparse consistieron en comisiones del gobierno. ¿Y qué comisiones fueron éstas? ¿De qué manera fue ‘recompensado’ por sus méritos y sufrimientos militares? Se enfrentó, como enviado real, a la renuencia del pueblo y de algunos clérigos —monasterios—, sobre todo en Sevilla, a la compra por parte de la corona de trigo, aceite y cebada, teniendo que requisarlos casi, por ser pagados al precio de tasa oficial, amparando las arbitrariedades. Este ’embozado’ saqueo era para cubrir las necesidades que apremiaban a la Armada Invencible. A pesar de las presiones, privados y clérigos no dieron su brazo a torcer y el resultado de la requisa fue magro. Miguel fue, además,  acusado de impío y sacrílego por tratar de intervenir en los bienes eclesiásticos. Así, pues, ¡Cervantes fue a parar a la cárcel! Pero fue por poco tiempo —unos tres meses. Estuvo recluido en en la prisión de la Santa Inquisición en Sevilla. Al salir, nuestro viejo guerrero y escritor estaba en la indigencia. Vendía relatos al mejor postor —incluso comedias más o menos afortunadas. Conoció a malandrines, bachilleres, bandidos, ermitaños, gentes de toda laya, que pasaron bajo sus escrutadores ojos; rica cantera para crear o recrear tipos y si-tuaciones. Así, Don Quijote seguía acumulando páginas. Intentó buscar empleo con el objeto de juntar dinero para ir a la Nueva España, pero nunca pudo reunir lo suficiente. Vivió casi 15 años de angustias disfrazadas de carencia que dejaron su huella en él. Sin embargo, ya se vislumbra la inmortalidad; el pintor don Juan de Jáuregui le hace un retrato que ha llegado hasta nuestros días. Al pie del lienzo se lee:

Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la piel color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies. Este, digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso...

En 1604 ya corrían algunas copias manuscritas del Quijote; en diciembre estaban ya impresos sus 83 pliegos. En esa época, Cervantes vivía en Valladolid con toda la familia que incluía, además de su esposa y de su hija natural Isabel, a sus dos hermanas y a su sobrina Constanza, hija de Andrea. Vivían con estrechez, lo que obligó a nuestro escritor a ceder los derechos del Quijote por una mísera cantidad a un tal señor Robles.

El éxito de la obra fue instantáneo. Algunas lecturas en público entusiasmaron e hicieron que la fama de Don Quijote se extendiera, poco a poco, por toda España.

En 1608 el conde de Lemos —padrino de Miguel— es nombrado virrey en Nápoles y delega a su secretario particular, Lupercio Leonardo de Argensola, para que se ocupe del séquito del personal. Pese a la popularidad del momento, Cervantes, muy necesitado de ayuda, es ignorado por el conde Lemos.

¿Será debido al incidente habido unos tres años antes en Valladolid?Un extraño suceso que terminó con toda la familia en la cárcel por poco tiempo.Aconteció que un caballero fue lesionado, en un duelo nocturno, frente a la puerta del domicilio del escritor. La familia atendió al herido, el cual falleció sin pronunciar palabra. Finalmente, todo se resolvió. Digamos que Lemos prefirió que siguiera escribiendo.

Ya con dos ediciones del Quijote, Cervantes adquirió más fama en Madrid y quiso adentrarse en los teatros de la villa y de la corte. Tuvo desigual fortuna por la enemistad de Lope quien, aunque apreciaba al escritor, tenía por él mala voluntad, la que se disipó poco antes del final del escritor manchego. A esto se atribuye que sus entremeses y piezas cortas fueran poco representadas. Sin embargo, su obra maestra (Don Quijote) iba conquistando al público español y al extranjero (de Francia, Italia, Alemania, Flandes).

Sin que nadie lo esperara, surgió en el mercado una segunda parte del Quijote firmada por un tal Avellaneda, la cual fue impresa en Tarragona. Esto impulsó, de inmediato, a Cervantes a componer una segunda parte de su Don Quijote (con su fiel escudero Sancho Panza). En el prólogo, Cervantes alude al asunto y dice:

Válgame Dios, y con cuánta ganas debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganza, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona. Pues en verdad que no te he de dar este contento; que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento, castíguele su pecado con su pan se lo coma y allá se lo haya.

Por nuestra parte añadiremos que la segunda parte de nuestro señor de La Mancha es más redonda —si cabe— que la primera, y redondeó el prestigio de Cervantes. Azorín, hablando del otro Quijote indicó que en él campea un conocimiento algo rudo, zafio, de la vida de los pueblos; hay también ‘algunas impertinencias’.

En fin, siguiendo a nuestro amigo, el fantasma de la muerte lo asedia. Y mientras trabaja en la que sería su última obra, Los trabajos de Per-siles y Segismunda, quiere pagar una deuda: la que tenía con aquéllos a quienes debía su libertad de los corsarios argelinos. Así, ingresa,  en 1609, en la Congregación del Santísimo Sacramento, fundada por los padres trinitarios. Cuatro años más tarde, en 1613, profesó también como hermano de la Venerable Orden Tercera de San Francisco. Entretanto, su obra El Viaje del Parnaso, es escudo eficaz contra los que criticaban su obra poética. El propio Cervantes dirá en alguna ocasión:

A eso se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más que me doy a entender (y es así) que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa. Tras ellas, si la vida no me deja, te ofrezco Los trabajos de Persiles...

Todo ello al conde de Lemos.

Anda mal la salud de nuestro Cervantes, pero su fama pasa las fronteras y qué mejor elogio que el del Lic. Márquez Torres en su ‘aprobación’ de la Segunda Parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de la que entresacamos algunos fragmentos relativos al interés que despertó en algunos señores que acompañaban al Embajador de Francia (venían a asuntos relativos a los casamientos de sus príncipes y los de España):

...muchos caballeros franceses de los que vinieron acompañando al Embajador, tan corteses como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del Cardenal, mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más válidos, y tocando acaso en éste, que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la estimación en así en Francia como en los reinos sus confinantes se tenían sus obras, La Galatea, que algunos de ellos tiene casi de memoria, la primera parte desta y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos, que me ofrecí llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras: ‘Pues, ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?’ Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento, y con mucha agudeza, y dijo: ‘Si la necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga aubundancia, para que con sus obras, haga rico a todo el mundo’.

Creemos, con lo dicho, que Cervantes tenía la estimación debida a los grandes autores. Por su parte, nuestro autor estaba enfrascado en lo que él mismo llamaba ‘último sueño romántico’, que era Persiles y Segismunda, inmenso libro de aven-turas en los escenarios más dispares, lleno de sueños y rico en matices. Inspirado en las obras de Heliodoro y de Tacio. Pensaba terminar la obra antes de que la muerte se personase de él en la forma de una hidropesía.

Era el 1616, febrero, Persiles —aunque apresurado, terminado— está listo y Cervantes ha dado cima a su obra en el bello prólogo que la antecede. Allí da cuenta de un encuentro con un entusiasta estudiante, ambos camino a Toledo. Se entusiasma el joven ante el escritor y le dice:

—¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las Musas!

Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas; y así abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije:

—Ése es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes; yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las Musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced. Vuelva a cobrar su burra, y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino.

Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:

—Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente bebiese. Vuesa merce, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará, sin otra medicina alguna.

En esto llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella,
él se apartó a entrar por la de Segovia...

—Esto me han dicho muchos —respondí yo—; pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido.

—Mi vida se va acabando, y, al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado.

Cervantes estuvo una pequeña temporada en Esquivias, tierra de la familia, donde no halló mejoría. Regresó a la Corte, donde finalmente expiró el 23 de abril de 1616. Dicen que murió el misma día que Shakespeare lo hiciera, en su tierra. Antes de irse, escribió cartas de despedida a sus grandes protectores (el arzobispo Sandoval, primado de España y el Conde de Lemos). Hizo testamento en favor de su esposa y pidió ser enterrado en la capilla del convento trini-tario, con cuyo hábito fue amortajado. Dicen que poco antes de que muriese fue visitado por don Juan de Austria, con quien combatió en Lepanto (existe un cuadro de Cano de la Peña al respecto en el Museo de las Bellas Artes de Sevilla). Por su parte, Lope de Vega, con quien había reanudado la buena amistad de otros tiempos y ya lavada la pequeña inquina, acudió a rezar un responso ante el cadáver de su amigo.

No hubo inscripción alguna sobre su tumba. A la fecha se ignora a dónde fueron a parar sus restos. Y así durmió, para siempre, en la noche de los tiempos.

 

Nota:  Tomado del libro Del castellano: acerca de sus venturas y desventuras, en proceso de edición por Ediciones La Vasija y Correo del Maestro.

 

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