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En el comienzo, el desarrollo del niño se halla dominado
por la motricidad. En el bebé, los movimientos son
la únicas manifestaciones psicológicas que se pueden
observar, éstas son diversas y presentan múltiples
significados; los movimientos de succión, de respiración
y viscerales corresponden a una función vegetativa.
Hay que recordar que la función motriz está constituida
por movimientos orientados hacia las relaciones con
el mundo que rodea al niño. Una de esas relaciones
comprende movimientos mímicos y vocales cuyo carácter
expresivo es fundamental y a la vez corresponden a
la función afectiva de intercambio y comunicación
con el entorno; la otra relación se refiere a los
desplazamientos del propio cuerpo, ésta es la función
motriz en el sentido más corriente y restringido del
término. Con frecuencia se establece la distinción
entre la motricidad fina de las extremidades de los
miembros, especialmente las manos y dedos, y la global
o gruesa constituida por movimientos de conjunto,
de preponderancia postural. Es en este campo en el
que se han realizado numerosas investigaciones, en
el que se han hecho propuestas de nuevos métodos de
educación que procuran brindar a los niños un entorno
adaptado a las necesidades funcionales de cada edad
y, especialmente, dejarles una completa libertad de
movimiento. El desarrollo motor se realiza así de
una forma espontánea mediante la actividad autónoma,
en función de la maduración orgánica y nerviosa. De
esta forma, a lo largo del tiempo, las posturas que
el niño realiza voluntariamente, por propia iniciativa,
cuando ya sus aparatos llegan a la maduración, se
encuentran mejor estructuradas porque son el efecto
de una coordinación del conjunto de las partes del
cuerpo. Esta coordinación no puede producirse si el
adulto hace que el niño adopte prematuramente tal
o cual postura mediante un apoyo directo o recurriendo
a varios instrumentos; en este caso se producen fenómenos
de rigidez y tensiones que son perjudiciales al desarrollo
postural armonioso del niño.
Las posturas son manifestaciones del
tono y sus variaciones, bajo la influencia de las
modificaciones vestibulares en relación con la acción
de la gravedad, y de las modificaciones intero y propioceptivas
resultantes de la actividad interna y externa del
organismo (Trang Thong, Universidad de París). Se
ha demostrado que un desarrollo posturo-motor rico
y armonioso beneficia el desarrollo de las demás funciones.
Pikler (1985) subraya la importancia
y la validez de la actitud no intervencionista del
adulto respecto al desarrollo motor en el niño pequeño.
En su sistema educativo la actitud general consiste
en respetar al niño, en considerarle como una persona
y en favorecer su desarrollo autónomo. El educador
debe manifestar paciencia, consideración y dulzura
en su relación con el niño y evitar manipularle, apresurar
e intervenir intempestivamente en la aparición y el
desarrollo de sus funciones.
La ayuda que el adulto aporta al desarrollo
debe ser, en primer lugar, indirecta, es decir, ha
de consistir en la organización de un entorno adecuado
a las necesidades de desarrollo de cada edad. Éste
es, sin duda, un principio educativo esencial y general.
La función motriz, y especialmente la
posturomotriz, depende directa y estrechamente de
la maduración nerviosa, por lo que es muy importante
considerar el perjuicio que se causa con las posturas
impuestas, que no se limita al desarrollo de la motricidad
sino que también influye desfavorablemente en el desarrollo
psíquico, en el desarrollo de la personalidad.
Actualmente se reconoce que el movimiento
activo del niño cuya iniciativa asume él y
que él mismo ejecuta posee un papel preponderante
en el conocimiento del propio cuerpo, en la autoconciencia,
en la percepción de su propia eficiencia, en el aprendizaje,
en el reconocimiento espacio temporal del entorno
general
Podríamos decir que se ha comprobado
que ni la enseñanza, ni la ayuda directa del adulto,
ni su incitación, ni el empleo de objetos o instrumentos
diversos son condiciones indispensables del desarrollo
motor.
La gimnasia, el ejercicio de los movimientos,
desempeña un papel preponderante en la adquisición
correcta de movimientos cada vez más perfeccionados,
los niños realizan movimientos preparatorios por propia
iniciativa. Estos ejercicios poseen, sobre el aprendizaje
habitual, la ventaja de que los niños los ejecutan
con una buena coordinación muscular. Se ha observado
que los niños realizan estos movimientos en forma
continua pues se hallan integrados en su actividad,
a diferencia de aquéllos que se imponen en los aprendizajes
habituales que son realizados intermitentemente.
El niño, aproximadamente a los 6 años,
propiamente en la etapa escolar, toma conciencia de
sí mismo, de su cuerpo y su adaptación al ambiente,
del mundo que lo rodea. En general, va adquiriendo
el dominio de una serie de habilidades que van a
configurar su madurez global, tanto intelectual como
afectiva, por lo que es indispensable considerar la
profunda relación de todos los aspectos que configuran
la globalidad del niño, su integridad.
El niño descubre el mundo de los objetos
mediante el movimiento, pero el descubrimiento de
los objetos tan sólo será válido cuando sea capaz
de coger y dejar con voluntad, cuando haya adquirido
el concepto de distancia entre él y el objeto manipulado
y cuando este objeto ya no forme parte de su actividad
corporal, por lo que de objeto acción pasa a ser objeto
experimentación.
Es vital recordar que la psicomotricidad
es una resultante compleja que implica no solamente
las estructuras sensoriales, motrices e intelectuales
sino también los procesos que coordinan y ordenan
progresivamente los resultados de estas estructuras.
Aunque hablemos de globalidad, se puede, si se da
el caso, estimular una sola área, la que esté menos
madura, dándole al niño elementos de referencia para
que pueda integrarla en la totalidad del proceso.
Con el fin de que el niño llegue a dominar
las diferentes partes del cuerpo, es necesario partir
de una adecuada estimulación en el dominio corporal
dinámico: extremidades inferiores, superiores, tronco...
hacerlas mover siguiendo la voluntad o realizando
una actividad determinada, permitiendo no sólo un
movimiento de desplazamiento sino también una sincronización
de movimientos. Esta coordinación dará al niño confianza
y seguridad en sí mismo, puesto que se dará cuenta
del dominio que tiene de su cuerpo en cualquier situación.
Este dominio implica por parte del niño:
1. Que tenga un dominio segmentario del cuerpo
lo que le permite moverlo de forma sincronizada.
2. Que no tenga miedo al ridículo o a caer
ya que en esas circunstancias los movimientos serán
necesariamente tensos, rígidos o de poca amplitud.
3. Que posea la madurez neurológica adecuada,
la que se adquiere con la edad. Éste es el motivo
por el cual no se puede exigir todo a cualquier edad,
hay objetivos diferentes para cada una y es, además,
necesario determinar si el niño tiene el nivel de
desarrollo que corresponde a su edad cronológica.
4. Que tenga una buena integración del esquema
corporal.
El niño necesita de estimulación y de
un ambiente propicio. Usualmente, los espacios de
que dispone no brindan las condiciones que favorezcan
el desarrollo motriz.
Una vez que se haya cumplido el proceso
de maduración en los movimientos y exista autocontrol,
podríamos pensar en una dimensión más compleja del
movimiento en la que el niño aprenda de forma específica
la practica de uno o varios deportes, lo que se conoce
como iniciación deportiva. Este proceso
de iniciación debe considerar que una persona determinada
cumple con las exigencias ligadas a su estatus o específicas
de un grupo y puede, así, responder a expectativas.
Hernández Moreno (1988) nos dice que
la iniciación deportiva es el proceso de enseñanza-aprendizaje
seguido por un individuo para la adquisición del conocimiento
y la capacidad de ejecución práctica de un deporte,
desde que toma contacto con el mismo hasta que es
capaz de jugarlo o practicarlo con adecuación a su
estructura funcional. Podríamos decir que el niño
se inicia en un deporte cuando tras un proceso de
aprendizaje adquiere los patrones básicos requeridos
por la motricidad específica y especializada de un
deporte, debe moverse en un espacio deportivo con
sentido del tiempo de las acciones y situaciones,
sabiendo leer o interpretar las acciones motrices
emitidas por el resto de los que participan en el
desarrollo de las acciones.
En este proceso de iniciación tocamos
otra parte importante de la esfera del desarrollo
integral: la socialización, que permite la interacción
de los individuos dentro de situaciones de acción,
estructuradas desde el punto de vista normativo y
simbólico. También la iniciación nos lleva a una situación
de competición y este proceso está sujeto al momento
en el que el niño haya alcanzado una madurez cognitiva
y de relación tal que le permita enfrentarse con otro,
así como un compromiso físico que apunte hacia la
eficacia.
Por último, pondremos énfasis en la acción
didáctica, es decir en la intencionalidad fundamentalmente
educativa. El momento educativo no debe entenderse
como el momento en que se empieza la práctica deportiva
sino como la acción pedagógica, que teniendo en cuenta
las características del niño o sujeto que se inicia
y los fines a conseguir, va evolucionando progresivamente.
Este tipo de actividad dentro de la escuela
requiere de la supervisión y control por parte de
los responsables educativos, ya que esto favo-rece
que el deporte escolar, sea cual sea la forma de realización
que adopte, esté orientado hacia la educación integral
del niño y hacia el desarrollo armónico de su personalidad.
Debemos añadir que es realmente asombroso
que las instituciones escolares presten tan poca atención
a la actividad física organizada para los niños, sobre
todo en su vertiente pedagógica. La influencia educativa
que se puede ejercer sobre el niño a través del deporte
es, en condiciones normales, muy grande. En consecuencia,
nos parece indispensable que las instituciones tomen
conciencia y den la importancia que se merece una
actividad potencialmente tan influyente sobre el niño,
que exijan un mayor rigor en la planificación y programación
de estas actividades, que se profesionalice a los
educadores que la imparten, y que garanticen solidez
y seriedad en las estructuras organizativas.
Bibliografía
BLÁZQUEZ sánchez,
Domingo. La Iniciación deportiva y el deporte
escolar. inde, Madrid , 1998.
PIKLER, Emmi. Moverse en libertad. Desarrollo
de la motricidad global. Narcea, Madrid, 1995
.WENDROS olds, Sally. El Mundo del niño. McGraw-Hill,
tomo I y II , Wisconsin, 1989 |
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