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El año 1858 fue en términos de difusión un año muy
importante para nuestro país. Aparece publicado en
París el Manual del Viajero en Méjico, escrito
por Marcos Arróniz, destacado poeta, militante del
partido conservador y admirador del poeta inglés Lord
Byron.
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La edición estuvo a cargo de la librería de Rosas y Bouret.
Este manual, que podemos tomar como punto de partida de
la posterior industria turística mexicana, cumple hoy ciento
cuarenta y dos años de haber sido escrito y nos parece el
momento apropiado para retomarlo y echar un vistazo a lo
que entonces se manejaba como material informativo que todo
visitante a nuestro país debía tener en consideración. Este
valioso documento constituye también una mi-rada a ese siglo
xix, tan lleno de estructuras nuevas, de las cuales el mismo
manual es uno de los mejores ejemplos.
La obra está compuesta de seis capítulos en los que se
detecta de inmediato el cuidado en su elaboración ya que
lo que se pretendía era llamar la atención de Europa.
El primer capítulo está dedicado al México Antiguo, es
decir a los orígenes de la Gran Tenochtitlan -a la que por
cierto se compara con Roma- con sus palacios, colección
de animales, célebres calzadas y chinampas, sin faltar los
testimonios de los cronistas que la vieron -Hernán Cortés
y Bernal Díaz del Castillo-y que ya desde entonces eran
imprescindibles para hablar del pasado indígena , como tampoco
la mención a los códices con sus misteriosos jeroglíficos.
Viene después el capítulo titulado Ciudad Moderna
en el que encontramos información sobre la geografía y la
población de la entonces ciudad de México, para después
dividir el resto de su contenido en el aspecto que ésta
presenta para el visitante en el que se apuntan una gran
variedad de servicios que se podrían solicitar en cuanto
a librerías, zapaterías, mesones, panaderías y hasta baños
públicos, para terminar con la información referente al
servicio de telégrafos, a los horarios y destinos de las
diligencias que partían de la ciudad de México ya para Veracruz
o alguna ciudad del norte, y con una lista enorme de edificios
religiosos: conventos, capillas y monasterios, herencia
del periodo colonial, para cerrar con aspectos más intelectuales
como academias, sociedades, bibliotecas y colegios.
En el tercer capítulo destaca la propuesta de Arróniz de
tomar en cuenta las expresiones del pueblo, algo muy sobresaliente
en esa época en la que el elogio al modelo de cultura europea
estaba a la orden del día y lo más común era que se ignoraran
costumbres y tradiciones que no cuadraban con dicho modelo,
ya que si bien el autor nos habla de trajes como el de la
China, el del ranchero y el del aguador, no deja de señalar
que son vulgares. Mención aparte la merecen las festividades
que hasta hoy seguimos celebrando y que ya entonces, nos
dice Arróniz, nos definen como pueblo. Tal es el caso de
los días de muertos, las posadas y la Semana Santa. En una
redacción que se antoja de crítica social por lo agudo de
sus comentarios nos habla del compadrazgo y sus consecuencias,
del paseo de las Cadenas y, especialmente, de los velorios
donde todo, según él, es crítica y exhibicionismo. Invita
a los viajeros a no perderse la oportunidad, si la hubiere,
de echar un vistazo a los espacios de la vida del rancho
con sus rodeos y herraderos, resaltando que son muy propios
y típicos del país y concluye condenando a autores como
Lëwenstein y Chavalier por criticar a México a la ligera.
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También se incluye un capítulo dedicado a la literatura.
En él vemos desfilar a los grandes escritores que han
dado fama y brillo a las letras mexicanas. Una vez más
el autor vuelve sobre el mundo azteca con escritores
como Fernando de Alva Ixtlixóchitl y Hernando de Alvarado
Tezozómoc, cuyas obras califica de silvestres. |
Une al Siglo de Oro Español las figuras sobresalientes
de la época colonial como Juan Ruiz de Alarcón, Sor Juana
Inés de la Cruz y Francisco Javier Clavijero y hace mención
de los nombres destacados del siglo xix: Manuel Eduardo
de Gorostiza, Manuel Payno, José María Roa Bárcena y Francisco
Zarco, por mencionar algunos, y para dejar constancia de
un adelanto en las letras y del mundo culto que es México,
dedica unos comentarios a la Academia de San Juan de Letrán
y a publicaciones como El Año Nuevo, El Mosaico, El Museo
del Liceo y El Ateneo.
Los dos últimos capítulos son definitivamente los que le
dan a esta guía un sello turístico, lo cual es un adelanto
enorme en un país que en ese entonces apenas estaba alcanzando
el medio siglo de vida independiente.
Es sorprendente que ya desde 1858 la visita a la Basílica
de Guapalupe y el viaje a las pirámides de Teotihuacan estuvieran
delineados y obligados si se quería conocer el país, la
primera por ser el trono de la virgen más reverenciada,
y el segundo, célebre por sus construcciones. Asimismo se
sugiere no olvidarse de Chapultepec -lugar de encantos indescriptibles-
y además a un paso de la ciudad de México. De igual forma
se recomienda una serie de paseos cortos a algunos pueblos
aledaños a la ciudad como Tacubaya, con su aire aristocrático
que no desdeñaría un lord inglés; Tlalpan, con sus juegos
de azar; Cuajimalpa para quienes estuvieran interesados
en pasar una tarde en umbrosos bosques; Mixcoac como curiosidad
de indios, y Churubusco, pueblo obscuro según Arróniz, ya
famoso por haberse librado allí una batalla contra el ejército
norteamericano durante la invasión a México de 1846-1848.
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La guía finaliza con lo que ahora podríamos llamar
'promoción turística' al interior de la República, para
mirar algunas de las maravillas del México desconocido
de ese entonces: las Grutas de Cacahuamilpa, la Cascada
de Regla y Real del Monte, entre otros. |
No podía faltar uno de los aspectos que hasta hoy son
de suma importancia en la captación de turismo nacional
y extranjera: las ruinas arqueológicas. La guía propone
se visiten Xochicalco, prueba del adelanto de un pueblo
indígena; las Ruinas de la Quemada, a la que califica de
ciudad azteca, Chicomostoc, cuna de los tenochcas y sobre
todo las ruinas de Yucatán, obra de pueblos remotos y desconocidos,
citando aquí a personajes ilustres que visitaron ese lugar
como Madame Calderón de la Barca, Karl Nebol y Mr. John
Stephens. Y aquí es donde Arróniz más que nunca subraya
que la patria, por todo lo antes dicho, merece ser visitada
por viajeros ilustrados e imparciales para que puedan comprobar
que los mexicanos son, ante todo, hospitalarios.
Leer el Manual del Viajero en México sin duda nos
llena de un cúmulo de información valiosa, pero también
es un buen catalizador para darnos cuenta de que ciertas
estructuras pertenecen a épocas más recientes, tal es el
caso de la total ausencia de alguna referencia a la comida
mexicana, pues en ninguna parte del libro se aconseja qué
comer. ¿Será que el concepto 'cocina mexicana' no existía?
Pero ni siquiera hace algún comentario sobre la comida francesa,
que de acuerdo a nuestros historiadores era la que estaba
de moda. En este libro tampoco se habla de pueblos que hoy
son parte de la ciudad y que consideramos típicos, como
Coyoacán y San Ángel. Más bien lo que se detecta en el manual
es la intención de que el lector reciba una imagen pertinente
de México y éste se dé a conocer en el mundo para quitarse
el sello de pueblo de ignorantes y salvajes, acercándolo
desde luego más al modelo europeo en general y al inglés
en particular.
Este manual es un documento único en la historia de la
Ciudad de México y del país, en el que vemos lanzadas las
redes de lo que mucho tiempo después sería el México turístico
que el mundo admira.
Reseña del libro de Manuel Arróniz "Manual del Viajero
en México". México Instituto Mora, 1991.
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