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Correo del Maestro Núm. 54, noviembre 2000

Los primeros pasos turísticos de México en el siglo XIX

José Luis Juárez López

El año 1858 fue en términos de difusión un año muy importante para nuestro país. Aparece publicado en París el Manual del Viajero en Méjico, escrito por Marcos Arróniz, destacado poeta, militante del partido conservador y admirador del poeta inglés Lord Byron.

La edición estuvo a cargo de la librería de Rosas y Bouret. Este manual, que podemos tomar como punto de partida de la posterior industria turística mexicana, cumple hoy ciento cuarenta y dos años de haber sido escrito y nos parece el momento apropiado para retomarlo y echar un vistazo a lo que entonces se manejaba como material informativo que todo visitante a nuestro país debía tener en consideración. Este valioso documento constituye también una mi-rada a ese siglo xix, tan lleno de estructuras nuevas, de las cuales el mismo manual es uno de los mejores ejemplos.

La obra está compuesta de seis capítulos en los que se detecta de inmediato el cuidado en su elaboración ya que lo que se pretendía era llamar la atención de Europa.

El primer capítulo está dedicado al México Antiguo, es decir a los orígenes de la Gran Tenochtitlan -a la que por cierto se compara con Roma- con sus palacios, colección de animales, célebres calzadas y chinampas, sin faltar los testimonios de los cronistas que la vieron -Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo-y que ya desde entonces eran imprescindibles para hablar del pasado indígena , como tampoco la mención a los códices con sus misteriosos jeroglíficos.

Viene después el capítulo titulado Ciudad Moderna en el que encontramos información sobre la geografía y la población de la entonces ciudad de México, para después dividir el resto de su contenido en el aspecto que ésta presenta para el visitante en el que se apuntan una gran variedad de servicios que se podrían solicitar en cuanto a librerías, zapaterías, mesones, panaderías y hasta baños públicos, para terminar con la información referente al servicio de telégrafos, a los horarios y destinos de las diligencias que partían de la ciudad de México ya para Veracruz o alguna ciudad del norte, y con una lista enorme de edificios religiosos: conventos, capillas y monasterios, herencia del periodo colonial, para cerrar con aspectos más intelectuales como academias, sociedades, bibliotecas y colegios.

En el tercer capítulo destaca la propuesta de Arróniz de tomar en cuenta las expresiones del pueblo, algo muy sobresaliente en esa época en la que el elogio al modelo de cultura europea estaba a la orden del día y lo más común era que se ignoraran costumbres y tradiciones que no cuadraban con dicho modelo, ya que si bien el autor nos habla de trajes como el de la China, el del ranchero y el del aguador, no deja de señalar que son vulgares. Mención aparte la merecen las festividades que hasta hoy seguimos celebrando  y que ya entonces, nos dice Arróniz, nos definen como pueblo. Tal es el caso de los días de muertos, las posadas y la Semana Santa. En una redacción que se antoja de crítica social por lo agudo de sus comentarios nos habla del compadrazgo y sus consecuencias, del paseo de las Cadenas y, especialmente, de los velorios donde todo, según él, es crítica y exhibicionismo. Invita a los viajeros a no perderse la oportunidad, si la hubiere, de echar un vistazo a los espacios de la vida del rancho con sus rodeos y herraderos, resaltando que son muy propios y típicos del país y concluye condenando a autores como Lëwenstein y Chavalier por criticar a México a la ligera.

También se incluye un capítulo dedicado a la literatura. En él vemos desfilar a los grandes escritores que han dado fama y brillo a las letras mexicanas. Una vez más el autor vuelve sobre el mundo azteca con escritores como Fernando de Alva Ixtlixóchitl y Hernando de Alvarado Tezozómoc, cuyas obras califica de silvestres.

Une al Siglo de Oro Español las figuras sobresalientes de la época colonial como Juan Ruiz de Alarcón, Sor Juana Inés de la Cruz y Francisco Javier Clavijero y hace mención de los nombres destacados del siglo xix: Manuel Eduardo de Gorostiza, Manuel Payno, José María Roa Bárcena y Francisco Zarco, por mencionar algunos, y para dejar constancia de un adelanto en las letras y del mundo culto que es México, dedica unos comentarios a la Academia de San Juan de Letrán y a publicaciones como El Año Nuevo, El Mosaico, El Museo del Liceo y El Ateneo.

Los dos últimos capítulos son definitivamente los que le dan a esta guía un sello turístico, lo cual es un adelanto enorme en un país que en ese entonces apenas estaba alcanzando el medio siglo de vida independiente.

Es sorprendente que ya desde 1858 la visita a la Basílica de Guapalupe y el viaje a las pirámides de Teotihuacan estuvieran delineados y obligados si se quería conocer el país, la primera por ser el trono de la virgen más reverenciada, y el segundo, célebre por sus construcciones. Asimismo se sugiere no olvidarse de Chapultepec -lugar de encantos indescriptibles- y además a un paso de la ciudad de México. De igual forma se recomienda una serie de paseos cortos a algunos pueblos aledaños a  la ciudad como Tacubaya, con su aire aristocrático que no desdeñaría un lord inglés; Tlalpan, con sus juegos de azar; Cuajimalpa para quienes estuvieran interesados en pasar una tarde en umbrosos bosques; Mixcoac como curiosidad de indios, y Churubusco, pueblo obscuro según Arróniz, ya famoso por haberse librado allí una batalla contra el ejército norteamericano durante la invasión a México de 1846-1848.

La guía finaliza con lo que ahora podríamos llamar 'promoción turística' al interior de la República, para mirar algunas de las maravillas del México desconocido de ese entonces: las Grutas de Cacahuamilpa, la Cascada de Regla y Real del Monte, entre otros.

No podía faltar uno de los aspectos que hasta hoy son de suma importancia en la captación de turismo nacional y extranjera: las ruinas arqueológicas. La guía propone se visiten Xochicalco, prueba del adelanto de un pueblo indígena; las Ruinas de la Quemada, a la que califica de ciudad azteca, Chicomostoc, cuna de los tenochcas y sobre todo las ruinas de Yucatán, obra de  pueblos remotos y desconocidos, citando aquí a personajes ilustres que visitaron ese lugar como Madame Calderón de la Barca, Karl Nebol y Mr. John Stephens. Y aquí es donde Arróniz más que nunca subraya que la patria, por todo lo antes dicho, merece ser visitada por viajeros ilustrados e imparciales para que puedan comprobar que los mexicanos son, ante todo, hospitalarios.

Leer el Manual del Viajero en México sin duda nos llena de un cúmulo de información valiosa, pero también es un buen catalizador para darnos cuenta de que ciertas estructuras pertenecen a épocas más recientes, tal es el caso de la total ausencia de alguna referencia a la comida mexicana, pues en ninguna parte del libro se aconseja qué comer. ¿Será que el concepto 'cocina mexicana' no existía? Pero ni siquiera hace algún comentario sobre la comida francesa, que de acuerdo a nuestros historiadores era la que estaba de moda. En este libro tampoco se habla de pueblos que hoy son parte de la ciudad y que consideramos típicos, como Coyoacán y San Ángel. Más bien lo que se detecta en el manual es la intención de que el lector reciba una imagen pertinente de México y éste se dé a conocer en el mundo para quitarse el sello de pueblo de ignorantes y salvajes, acercándolo desde luego más al modelo europeo en general y al inglés en particular.

Este manual es un documento único en la historia de la Ciudad de México y del país, en el que vemos lanzadas las redes de lo que mucho tiempo después sería el México turístico que el mundo admira.

Reseña del libro de Manuel Arróniz "Manual del Viajero en México". México Instituto Mora, 1991.

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