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Correo del Maestro Núm. 54, noviembre 2000

¿Qué historia enseñar?

Boris Berenzon Gorn

 

Por un lado, el rompecabezas de la heterogeneidad de fundamentos históricos. Insinuado a partir del estado de deshistorización de los estudiantes, los de secundaria y los universitarios, está directamente vinculado a los contenidos de la enseñanza, el . Por otro lado, el dilema de la enseñanza emancipadora, inscrito en el ámbito de los fines de la educación -histórica-, ¿para qué enseñar historia?

Desde un punto de vista curricular nuestra pregunta, centrada en los objetivos y contenidos de la enseñanza de la sociedad, está siendo incompleto, parcial. Los problemas relativos al cómo enseñar han merecido muy poca atención, y no han sido suficientemente explicitados. Y sobre evaluación apenas si se ha escrito una palabra, pese a su insustituible papel en la determinación del grado de idoneidad del resto de nuestras decisiones curriculares.

Si consideramos los programas de la educación media y media superior como un conjunto coherente e integrado de decisiones 'inseparables', nuestro pensamiento sobre 'qué historia enseñar' parece estar deformado. Sobredimensionamos unas variables curriculares y minimizamos otras. Esta preocupación por los objetivos y contenidos nos sitúa directamente en determinados modelos didácticos universales, generales a todas las disciplinas, y nos 'hermana' (teórica e ideológicamente) más de lo que aparentamos.

Sin embargo, nuestro desequilibrio es también patente desde un punto de vista epistemológico. Definir la disciplina histórica 'qué historia enseñar' implica dar respuesta a una serie de preguntas igualmente integradas e interdependientes, las ya clásicas tres metodologías de Topolsky, por ejemplo. Nuestras discusiones sobre los pensamientos históricos y la finalidad emancipatoria se han circunscrito a uno de los tres cimientos sobre los que levantamos nuestras ideas sobre la historia: la naturaleza del conocimiento histórico y su función social. Apenas nada relativo a la realidad histórica y a los modos de re-producción del conocimiento sobre esa realidad. No obstante, se ha debatido también acerca de la problematización de la realidad histórica y de los contenidos de su enseñanza, incluso con invitaciones a conocer experiencias prácticas. Ello supone penetrar en el terreno del cómo enseñar, aunque luego no hayamos 'excavado' en él como se merece. Y esta faceta del debate es tan potente que contribuye decididamente a la resolución de los dos problemas más subrayados. En cuanto a la diversidad de pensamientos históricos, la problematización del programa escolar implica una reversión del problema. No se trata tanto de elegir qué forma de pensar históricamente queremos transmitir al alumnado, sino de cómo transformar, reconstruyéndolo, su propio pensar histórico.   Cuando problematizamos la enseñanza de la historia iniciamos los procesos de aprendizaje con el planteamiento de problemas de investigación. Su resolución debe ser viable en cuanto a la disponibilidad y accesibilidad de la información. Y deben ser problemas muy relevantes, tanto socialmente (utilidad del saber histórico, motivación, interés, placer, gusto) como desde una óptica disciplinar, por su inclusividad de contenidos. Pero lo esencial reside en que demandemos a los estudiantes sus propias hipótesis de trabajo sobre esas cuestiones, que luego serán verificadas mediante el tratamiento de la información. Explican así su pensar histórico, no sólo el conceptual y factual, también el procedimental, y lo someten a una reconstrucción consciente en el proceso de aprendizaje.

Esto significa incluir en dicho proceso todas las formas de pensar históricamente del alumnado, resolver el problema de su diversidad. Pero también incluir la diversidad que se produce en el ámbito de la teoría de la historia, origen de las peligrosas 'teorías históricas light' vigentes en nuestras sociedades. Además, la organización de los programas de historia en torno a cuestiones de investigación también resuelve otros problemas expuestos en nuestras discusiones, en primer lugar, el de la utilidad social del saber histórico en cada etapa del sistema educativo.

El bachillerato serviría para construir los fundamentos conceptuales básicos del saber histórico, los conceptos teóricos que estructuran la enseñanza, así como al aprendizaje de los grandes rasgos del devenir de las sociedades humanas. Y esto desde un tratamiento más disciplinar de los problemas de investigación. Así podríamos organizar un programa helicoidal en cuanto al grado de profundización en los problemas, es decir, en la realidad y en el saber que sobre ella vamos desarrollando. También sería un planteamiento didáctico progresivamente especializado y disciplinar. En cuanto a los estudios universitarios, el primer ciclo podría dedicarse a la profundización en el trabajo desarrollado en el bachiller, tanto el relativo a los conceptos estructurantes (y procedimientos de investigación) como al conocimiento de las sociedades humanas. El segundo ciclo serviría para iniciar al alumnado en la investigación 'real', la destinada a la producción de nuevo conocimiento. Y el tercer ciclo para especializar, en la producción de nuevo conocimiento y en el dominio de un campo temático. Nuestras facultades se acercarían realmente a sus sociedades, contribuyendo a resolver sus problemas, esta vez históricos. El profesorado superaría su fatal dicotomía entre 'carga investigadora' y 'carga docente', sintetizando funciones antes antagónicas en la práctica cotidiana. Y también el alumnado -en el nivel superior- superaría algunas de sus contradicciones, especialmente las relativas a la dicotomía entre 'formación teórica' y 'formación práctica', y entre 'formación para la enseñanza' y 'formación para la investigación'.

En resumen, conseguiríamos lo que hasta ahora venimos intentando y generalmente no conseguimos. Porque, en segundo lugar, tampoco renunciamos a enseñar un 'pensar históricamente' determinado. Al contrario, perseguimos capacitar a nuestros jóvenes para resolver sus grandes problemas actuales con la herramienta del saber histórico, de su propio saber histórico sometido a un proceso autónomo de reconstrucción, de aprendizaje.

Y en esto reside verdaderamente la función emancipadora de la enseñanza de la historia, y no en una selección más o menos apropiada de contenidos. Porque la investigación-acción transforma, 'revoluciona', la relación que sostienen los jóvenes con el conocimiento histórico. Éste pasa de ser algo dado por otros (la autoridad), que debe ser acatado y asumido sin crítica alguna, a un objeto abierto, dinámico y, sobre todo, construido por ellos mismos. Pero también cambia radicalmente su relación con la realidad histórica, modificándose en los mismos términos. Una emancipación que se manifiesta en la formulación de nuevas cuestiones de investigación de mayor relevancia social y calado disciplinar. Y, sobretodo, de metapreguntas sobre el saber histórico ('¿por qué pensábamos entonces que...?'), cuestionadas de su propio conocimiento, del académico y de la realidad misma.

            Aunque, finalmente, lo más importante para nosotros es que desarrollar nuestro propio currículo 'problematizado' (para ser investigado) modifica sustancialmente la relación con nuestro principal medio de producción: el programa de historia, de todas las historias. Y es, sobre todo, emancipador de los maestros.

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